abril 22, 2026

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#4 Tiempos

Ética de la confidencia | Columna de Juan Jesús Priego

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Decía Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés, que así como debía existir una ética del escritor y una ética del periodista, así debía haber igualmente una ética para la recepción de confidencias.

El que ha sido partícipe de un secreto, lo quiera o no, dice nuestro filósofo, está obligado por lo menos a estas dos cosas: primero, a no divulgarlo; y, segundo, a no olvidarlo.

El primero de estos dos deberes es por demás evidente. ¿A quién no le ha sucedido que, tan pronto como ha abierto la boca, todos se han enterado ya de aquello que tan celosamente guardaba en su interior? ¡No han pasado ni siquiera veinticuatro horas y ya todos lo saben todo! ¿Pues a quién ha tenido la imprudencia de revelarlo? A un indiscreto, es decir, a una persona que no es capaz de guardarse nada. «¡Qué me parta un rayo si vuelvo a hablar con esa persona!», se queja la víctima de estos accesos comunicativos que tanto mal hacen a las relaciones humanas. El indiscreto ignora que por el sólo hecho de haber sido elegido entre muchos otros como custodio de lo que no todos deben saber, contrae serias obligaciones y, por ignorar esto, ha ocasionado un daño irreparable.

Una vez, según cuenta Diógenes Laercio, un filósofo caminaba por las calles de Atenas con una canasta bajo el brazo; andaba de prisa como si necesitara llegar lo antes posible a algún lugar. En eso lo detuvo alguien (un curioso de esos que nunca faltan) y le preguntó:

-¿Qué llevas en esa canasta?

Le respondió el filósofo:

-Para que no lo sepas va tapada.

¡Excelente respuesta! Sí, hay quienes querrían saberlo todo de los demás, pero a éstos hay que tener el valor de responderles como lo hizo el ingenioso filósofo griego. ¿Para qué quieren saber lo que llevamos en la canasta? ¿Para que luego se pongan a elucubrar y a sacar conclusiones? ¿Para luego divulgarlo a amigos y enemigos? ¡Pues bien, para que no sepan lo que llevamos en ella va tapada nuestra canasta!

Cuánta razón tenía Anselm Grün, el famoso monje benedictino,

cuando escribió en uno de sus libros (Su amor sobre nosotros): «Quien no puede guardar nada para sí sino que tiene que decirlo todo, tanto lo bueno como lo malo, da la impresión de que no tiene profundidad. Estas personas no pueden tener ningún secreto. No pueden vivir con secretos, ni pueden soportarlos, pero tampoco pueden penetrar profundamente en un secreto. Lo destruyen desde el momento en que inmediatamente quieren hablar de él».

El segundo de los deberes del hombre que fue escogido como confidente consiste en no olvidar lo que le fue revelado. Porque, cuando lo olvida, es como si hubiese dado poca importancia a las palabras que se le confiaron. «¿Te acuerdas de lo que te dije la otra vez?», pregunta el amigo al amigo, pero éste, francamente, no se acuerda de nada. Lo reconozca o no, el olvidadizo ha traicionado algo, y con su olvido, como el divulgador irresponsable, lo ha echado también él todo a perder.

En Nudo de víboras, esa espléndida novela que sería imperdonable no leer por lo menos una vez en la vida, François Mauriac (1885-1970) narra las vicisitudes de Louis, un viejo que ha sido poco amado por los suyos y que en venganza se ha puesto a cultivar un irrefrenable amor al dinero. Louis es el clásico avaro que no se entera de nada, ocupado como está en contar sus monedas de oro y en apilar, uno tras otro, sus títulos de propiedad. Pues bien, un día, cuando su mujer acababa de morir y él se sentía más solo que nunca, Louis bajó a la cocina… Y esto fue lo que sucedió o, por lo menos, lo que consignó en su diario:

«Nunca he hablado a los criados. No porque fuese un amo difícil o exigente, sino porque no existían a mis ojos, porque no los veía. Pero aquella noche me tranquilizaba su presencia. Y porque mis hijos no llegaban, hubiese querido cenar aquella noche en un rincón de la mesa donde la cocinera trinchaba la carne.

»Me oprimía su silencio. Busqué en vano una palabra. Pero nada conocía de aquellos seres que nos servían devotamente desde hacía veinte años. Por fin recordé que antaño una hija suya, casada, iba a verlos, y que mi esposa no le pagaba el conejo que nos llevaba porque comía varias veces en la casa. Sin volver la cabeza, le pregunté un poco rápidamente:

»-Bien, Amelia, ¿y su hija? ¿Siempre en Sauveterre?

»Volvió hacia mí su cara avinagrada y, mirándome de hito en hito, dijo:

»-El señor ya sabe que murió… Hará diez años el 29, el día de San Miguel. ¿El señor no se acuerda?

»Su marido guardaba silencio, pero me miró duramente. Balbucí:

»-Perdónenme… Esta vieja cabeza mía»…

¡La muchacha había muerto hacía diez años y él apenas se estaba enterando, pese a que ya se lo habían dicho una y otra vez! ¿En qué pensaba este hombre? Ya lo sabemos: en su dinero.

Cuando el otro habla es preciso estar atento con una atención devota. Lo que dice –lo que nos dice-, como en un examen, como si fuera un profesor exigente, nos lo volverá a preguntar un día para comprobar si le prestamos atención o no. Si contestamos bien, estaremos salvados; y, si no, habremos perdido definitivamente un amigo, una confianza. ¿Qué quiere? Las cosas son siempre así.

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El Cronopio

El creador de la biología mexicana moderna | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

La ciencia en México, a pesar de su presencia desde los tiempos novohispanos, ha tenido un lento desarrollo propiciado por su mezquino apoyo económico y su sesgo por un sentido utilitario. De esta forma las aportaciones mexicanas, que no son escasas, pasan desapercibidas al igual que sus protagonistas; sobre todo, aquellos que vivieron en épocas pasadas donde los obstáculos para su trabajo eran muy frecuentes.

En esta columna, hemos estado dando vida a estos personajes, principalmente potosinos o relacionados con San Luis, que han contribuido desde sus trincheras a nuestro desarrollo social y cultural, independientemente de su actividad principal.

En esta ocasión tratamos el caso de uno de los pioneros de la biología moderna en el país y que fincó su trayectoria en esta disciplina en la estancia que tuvo en San Luis Potosí al cambiar la exploración en busca de especies vegetales, como las cactáceas, al trabajo del gabinete con el uso del microscopio impulsando así los estudios biológicos en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí y en el país, Isaac Ochoterena Mendieta.

Isaac Ochoterena pasa de la actividad de los naturalistas a la biología, considerado así el último naturalista en México y el pionero en los estudios biológicos, en particular se le considera el creador de la biología mexicana moderna. Aunque oficialmente se le considera que nació en 1885 en Atlixco, Puebla, en realidad nació el 28 de noviembre de 1880, de acuerdo a las indagatorias de Jorge Comensal, que ha escrito el más reciente ensayo sobre Isaac Ochoterena por encargo de El Colegio Nacional, institución, entre otras, a la que perteneció Ochoterena.

En Atlixco se interesaría por las cactáceas, que era el ambiente natural de lugar de nacimiento, formándose como profesor y practicando la docencia en primaria, lo que lo llevaría al estado de Durango como inspector de educación y maestro de primaria, lugar donde daría rienda suelta a sus intereses intelectuales, la enseñanza y el estudio de las cactáceas. Se dice que esa profesión, la de maestro, le salvo la vida al retirarlo del paredón de fusilamiento Francisco Villa, que en la toma de Torreón fusilaría a numerosos miembros del ejército vestidos de civiles en un tren en Durango entre los que se encontraba Isaac Ochoterena. Al enterarse Villa que era maestro, le perdonó la vida. Escriben sus biógrafas (Cecilia Cabrera y Cecilia Campos) en primera persona:

“Yendo en tren hacia el norte fuimos detenidos por las tropas de Villa y al ser presentados ante éste, le dijeron: ¿Qué hacemos con estos… y con este rotito que dice ser profesor? Villa contundente ordenó: a éstos ¡fusílenlos! Y a este rotito que dice ser profesor ¡libérenlo!, porque gentes como él necesita la patria

”.

De Durango, Ochoterena vino a radicar a San Luis Potosí en 1914, donde ocupó el puesto de director general de Educación del estado y fue profesor de Biología e Historia Natural del Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí y profesor de Antropología en la Escuela Normal del Estado.

Manifestó interés por muchos ámbitos de la biología, pero su pasión fue la histología, el estudio de la composición, estructura y funcionamiento de los tejidos orgánicos, y se especializó en estudios biomédicos, en especial el estudio de tejidos del cuerpo humano; interés iniciado en San Luis Potosí, donde realizó estudios de gabinete con el uso de microscopio y donde publicó sus primeros trabajos en este tema: elementos de técnica microscópica y de histología vegetal, un opúsculo de cincuenta páginas con diecisiete figuras, impreso en los Talleres de la Escuela Industrial de San Luis Potosí; y elementos de citología. Ochoterena se encerraba en el laboratorio en la época violenta de la revolución mexicana.

El microscopio con los que realizaría estos pioneros trabajos lo tengo bajo mi resguardo en la colección de instrumentos científicos de gabinete de ciencias que los considero patrimonio cultural de San Luis Potosí.

Ochoterena sería llamado por el gobierno constitucionalista para encargarse de la sección de Biología Vegetal del Instituto de Biología adscrita a la Dirección de Estudios Biológicos creada por el gobierno de Venustiano Carranza. Se encargaría posteriormente de las cátedras de histología en la Escuela médica Militar y a la postre sería el directos del Instituto de Bilogía al pasar estas instituciones a la Universidad Nacional Autónoma de México, que acababa de recibir su autonomía en 1929, siendo la Casa del lago el recinto del Instituto de Biología.

Ochoterena se desempeñó, así, como profesor, investigador y funcionario académico, muriendo en la Ciudad de México el 11 de abril de 1950; sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres, siendo el primer científico cuyos restos son depositados en dicha Rotonda.

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El Cronopio

El rescatista de la historia de la ciencia novohispana | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Suele pensarse que la ciencia en México es una empresa reciente y, que en la época novohispana era prácticamente nula. Nada más alejado de la realidad. La ciencia estuvo presente en todo el periodo que México vivió como Nueva España y se tuvieron importantes aportaciones en esta parte del continente americano.

Uno de los estudiosos que ha aportado al recate histórico de acontecimientos científicos en el periodo virreinal y a su vez difundido a los protagonistas en estas cuestiones, es Marco Arturo Moreno Corral que, entre sus intereses científicos, centrados en la astronomía y astrofísica, se encuentra la historia de la ciencia, en especial, la historia de la ciencia en México.

Marco Arturo Moreno Corral es Investigador Titular del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México y miembro fundador del Observatorio Astronómico Nacional, localizado en la Sierra de San Pedro Mártir, B. C., México, donde realiza observaciones regulares en fotometría fotoeléctrica. En el 2009 montamos una exposición de fotografías astronómicas, que usa para sus investigaciones, en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí titulada un paseo por los cielos, donde el público pudo apreciar la belleza del cosmos registradas con sus observaciones en el Observatorio de San Pedro Mártir.

Las líneas de investigación de Moreno Corral se centran en: Cinemática galáctica, Nebulosas Planetarias, Regiones HII, Estrellas de baja masa tipo TTauri; que combina, como ya lo indicamos con la Historia de la Ciencia en México. En 1981 yo vivía en Tonantzintla, Puebla a un costado del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) y se construía el control electrónico y la óptica del Observatorio “Guillermo Haro” de Cananea, Sonora, que seguía por convivir con investigadores que participaban en el proyecto; entonces no conocía a Marco Moreno, pero resulta que coadyuvó al desarrollo de la infraestructura de ese observatorio, y gracias a todo ello, entró en operación definitiva el telescopio reflector de 2.1 m de diámetro, que el INAOE tiene instalado en ese sitio.

Sus aportaciones a la historia de la ciencia son más que importantes, pues gracias a sus esfuerzos, se han rescatado textos que no eran conocidos y que cambian de manera radical la historia de la cultura mexicana conocida hasta ese momento. Como ejemplo, el hallazgo del primer texto americano de aritmética y álgebra publicado en 1556, el Sumario Compendioso de las cuentas… en el que trató diversos problemas aritméticos. Considerado el primer texto científico publicado en toda América. A partir de ese instante se desarrolla una importante contribución en el mundo de la ciencia y en especial de las matemáticas, con una importante cantidad de textos. En 1557 se publicaría también, el primer libro de física, la Physica Speculatio

de Fray Alonso de la Veracruz
, que incluyó como apéndice un texto de astronomía, que por lo mismo también fue el primero publicado en América. Estos textos ahora son conocidos gracias al trabajo de Marco Moreno Corral que nos permite reescribir la historia del México Novohispano.

El número de libros publicados en ese periodo no es pequeño, y sobre el tema de la aritmética, astronomía, hidráulica, ingeniería y matemáticas, se escribieron, ya en el siglo XVII, textos de Pedro Paz en 1623, Atanasio Reaton en 1649, Benito Belo en 1675, Fray Andrés de San Miguel entre 1631 y 1644, Carlos de Sigüenza y Góngora entre 1672 y 1693, Cristóbal de Guadalajara y una larga lista que se extiende hasta el siglo XVIII.

Sobre todos estos textos ha escrito Marco Moreno como producto de sus indagaciones, registradas en un buen número de libros; por su formación como astrónomo, tienen un énfasis en la historia de la astronomía, tema en el que sigue aportando en revistas internacionales donde acaba de publicar en 2025 en la revista Journal of Astronomical History and Heritage, el trabajo: Astronomy in México during the colonial period.

Uno de los aspectos importantes para San Luis Potosí, es su colaboración con la difusión de acontecimientos científicos que hemos publicado en conjunto con Moreno Corral, además de la difusión de personajes, entre los que se encuentran: Valentín Gama y Cruz, notable educador y científico potosino, y, Centenario del Eclipse Total de Sol en Laguna Seca.

Gracias a su disposición por divulgar la cultura científica mexicana, pudimos montar la exposición de instrumentos astronómicos de incalculable valor cultural para México, pues con ellos se realizaron contribuciones sobresalientes en ciencia; instrumentos que son Patrimonio Cultural de México.

Marco Moreno es uno de los autores del libro conmemorativo del Observatorio Astronómico Nacional que hemos tratado en anterior entrega donde aparecen científicos potosinos que han laborado y dirigido esa institución.

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El Cronopio

Prosa del Observatorio de Cortázar, simbiosis de ciencia y arte | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

De las obras de Cortázar, acuñador del término Cronopio que orienta nuestras actividades, la que más refleja esa simbiosis de ciencia y arte, es su obra Prosa del Observatorio que escribiera a principios de los setenta, mientras se fincaba esa corriente de comunicación del cronopio nacida en los jardines de la Escuela de Física potosina, y que refleja además, las raíces de lo que sería la Escuela de Física, en el nacimiento de la universidad potosina actual en la década de los cincuenta, bajo el rectorado del Dr. Manuel Nava que presentaba el proceso de investigación al interior de la universidad a través de facultades que redondearan el trabajo de los escuelas, naciendo así la Facultad de Ciencias, como se llamaría a la naciente Escuela e Instituto de Física, así como la Facultad de Humanidades que en cierto momento trataron de constituir un mismo recinto académico, ligando así las aportaciones científicas con las humanistas.

Obras literarias dentro de esta corriente, hemos tratado algunas en estas entregas; en esta ocasión a propósito de recordar esas raíces de creación de nuestras instituciones y las raíces de nuestra labor de comunicación, traigo a colación dos obras que ligan esas cuestiones científicas con la reflexión humana y los aspectos encumbrados, sus filosofías y formas de entender el mundo, elaborados por dos autores muy conocidos, nuestro Cronopio Mayor Julio Cortázar y Umberto Eco, sus obras referidas; La Isla del día de antes de Eco y Prosa del Observatorio de Cortázar.

En la Isla del Día de antes, surgen reflexiones filosóficas derivadas de las máquinas experimentales que permiten el medir longitudes y latitudes en épocas del renacimiento en pleno siglo XVII, junto a las máquinas aristotélicas donde campea el pensamiento en torno a Dios y su relación con el mundo; a través de las aventuras de un náufrago que en busca de una isla reportada y no encontrada por los datos de longitud relativos a forma muy particular de observación, y la busca de ese meridiano y punto fijo donde, el ahora puede coincidir con el día antes y el después, Roberto de la Grive, vive esas aventuras expedicionarias con las aventuras del conocimiento donde son frecuentes los conceptos científicos y las ideas metafísicas. Novela que bien puede tratarse en cursos de física, aportando a la formación científica y cultural de estudiantes de física y de ciencias en general.

La obra de Cortázar, como lo indica la presentación de la obra: “tiene el extraño privilegio de ser uno de los libros menos estudiados de Cortázar y, a la vez, uno de los que mejor representan su poética y su visión del mundo. Obra anfibia, hecha de las fotos tomadas por Cortázar en 1968 del observatorio de Jaipur, en la India, construido por el sultán Jai Singh en el siglo XVIII, y una serie de textos fechados en París y en Saignon en 1971. La asombrosa plasticidad con que se funden las prosas poéticas y las fotografías convierten al libro en una amalgama perfecta repleta de imágenes, relatos, reflexiones, hallazgos, expresividad y sinécdoques, de modo que, más que acompañarse unas a otras, parecen interpelarse primero y fundirse después. Asomarse a esta obra tan erótica como filosófica, que se alimenta más del asombro que de lo lúdico, permite espiar un espacio donde conviven las águilas y las anguilas, Baudelaire y Nietzsche, la cinta de Moebius y ese instante previo al alba que Cortázar denomina la «noche pelirroja». Y experimentar, al mismo tiempo, ese punto trascendental y libre del lenguaje —más allá de lo verbal y lo visual— donde se rompen las fronteras entre Oriente y Occidente, entre el cielo y el océano, entre la ciencia y la poesía

”.

Obras recomendadas tanto en lo literario como en lo científico por el contenido tratado y la forma de abordar y reflexionar nuestro mundo y nuestra relación entre lo humano y el mundo físico.

Estas obras nos rememoran esa vertiente que serían nuestras raíces y que de cierta forma fueron abortadas en el proceso de control gubernamental de nuestra universidad, que se propuso eliminar de cierta forma la obra educativa del Dr. Manuel Nava y su pléyade de académicos que contrastaban con los políticos enquistados en la universidad y que subsisten hasta la fecha, caracterizando esa existencia de dos universidades el progreso y la formación crítica y, la mediocridad representada por una administración estorbosa y direcciones inhibidoras del pensamiento creativo.

Por algo remata Cortázar en sus reflexiones: “Vea usted, en el parque de Jaipur se alzan las máquinas de un sultán del siglo dieciocho, y cualquier manual científico o guía de turismo las describe como aparatos destinados a la observación de los astros, cosa cierta y evidente y de mármol, pero también hay la imagen del mundo como pudo sentirla Jai Singh, como la siente el que respira lentamente la noche pelirroja donde se desplazan las anguilas; esas máquinas no sólo fueron erigidas para medir derroteros astrales, domesticar tanta distancia insolente; otra cosa debió soñar Jai Singh alzado como un guerrillero de absoluto contra la fatalidad astrológica que guiaba su estirpe, que decidía los nacimientos y las desfloraciones y las guerras; sus máquinas hicieron frente a un destino impuesto desde fuera, al Pentágono de galaxias y constelaciones colonizando al hombre libre, sus artificios de piedra y bronce fueron las ametralladoras de la verdadera ciencia, la gran respuesta de una imagen total frente a la tiranía de planetas y conjunciones y ascendentes; el hombre Jai Singh, pequeño sultán de un vago reino declinante, hizo frente al dragón de tantos ojos, contestó a la fatalidad inhumana con la provocación del mortal al toro cósmico, decidió encauzar la luz astral, atraparla en retortas y hélices y rampas, cortarle las uñas que sangraban a su raza; y todo lo que midió y clasificó y nombró, toda su astronomía en pergaminos iluminados era una astronomía de la imagen, una ciencia de la imagen total, salto de la víspera al presente, del esclavo astrológico al hombre que de pie dialoga con los astros”.

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