Por: Jorge Saldaña
Esta es, Culto Público, una teoría íntima del nosotros viendo a la luna, siendo tierra y siendo luna:
Nadie nos vio nacer.
Como la Luna, llegamos
de un choque que no debía ocurrir
y ocurrió.
Fuimos escombro ardiendo,
restos de otras vidas,
fragmentos que el mundo creyó perdidos
y que la gravedad —terca, sabia—
decidió juntar en silencio.
No nos tocamos de frente.
Fue un roce.
Un desvío mínimo.
Lo suficiente para desordenarlo todo
sin que nadie pudiera señalar el momento exacto.
Desde entonces orbitamos.
No alrededor del mundo,
sino alrededor del secreto.
Un centro invisible
que no aparece en los mapas
pero sostiene todo.
Yo te atraigo sin permiso.
Tú me sostienes sin prometer.
La fuerza es mutua,
aunque fingimos inmovilidad
cuando otros miran.
Siempre te muestro la misma cara,
no porque no tenga más,
sino porque esa es la que aprendí a confiarte.
La otra —la que nadie ve—
también es tuya.
Nos alejamos apenas
unos centímetros por año,
lo justo para no delatarnos,
lo justo para no destruirnos.
Y aun así,
cada noche el cuerpo recuerda
la marea.
Si algún día preguntan
cómo nació esto,
diremos que no pasó nada.
Que fue una coincidencia.
Que la Luna siempre estuvo ahí.
Pero tú y yo sabemos
que somos la cicatriz
de un golpe hermoso,
la prueba de que incluso en el caos
algo decide quedarse
y girar
y volver
y volver
y volver.
En secreto.
Como todo lo que es verdadero.
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