marzo 4, 2021

Conecta con nosotros

#Si Sostenido

#Entrevista | Un viaje a todas Las Habanas con Dainerys Machado

Publicado hace

el

Dainerys Machado

La escritora cubana platicó con La Orquesta sobre su nuevo libro

Por: Luis Moreno Flores

Dainerys Machado Vento nació en La Habana, Cuba, en 1986. Eso la convirtió en una niña que vivió al centro del Periodo Especial, como se le conoce a la crisis que sumergió su país tras la caída de la Unión Soviética. Ese es el telón de fondo que sirve a muchas de las historias de su más reciente libro Las noventa Habanas (Katana Editores): 

«El número noventa se refiere a que existen muchas Habanas y también es un juego para hablar del periodo en el que varios de los cuentos tienen lugar y que es una época que marcó a la ciudad. Dos años después de la caída del muro de Berlín, se desplomó la Unión Soviética y Cuba, que desde el año 71 había entrado al consejo de la ayuda mutua económica, se quedó sin nadie que le comprara el azúcar, la caña. Éramos un país mono exportador. Eso causó que la economía se cayera de un día para otro. Los mercados se quedaron sin comida, los equipos electrodomésticos desaparecieron de las tiendas, los periódicos tuvieron que cerrar porque no tenían luz eléctrica para trabajar debido a los apagones cíclicos que había en la ciudad. Un país relativamente próspero de repente se volvió un desastre. Hay gente que dice que esto todavía no se ha terminado porque Cuba sigue en crisis, pero los años más fuertes fueron hasta el 95 o 96».

Cuando recién estaba por comenzar a leer el libro, Dainerys Machado, que siempre peca de humildad, me advirtió que no sabía si me gustaría, pues quizá las historias no me harían tanto sentido como a un cubano. La realidad es que los cuento de Las noventa Habanas tienen poco que ver con una cuestión política, económica, geográfica o ideológica y están mucho más relacionados con aquellos que nos hermana como humanos: crecer, la soledad, el sexo, el amor, la migración. Situaciones universales que nos recuerdan que somos los mismos.

Encontré en este libros tres grandes bloques. En el primero Machado Vento ofrece historias iniciáticas. Viñetas de primera veces: conocer la discoteca, descubrirse enamorado de quien se supone que no se debe, ver el destino en la atracción por un pariente, envidiar lo que no se tiene… El segundo habla de uno de los grandes temas latinoamericanos: la migración y el exilio: encontrar un salvoconducto de regreso a la casa en el sexo con un compatriota; la nostalgia y la imaginación como medicina a las afrentas del día a día en el extranjero; la resignación ante una vida que no es como se esperaba, todas narraciones están bañadas en una luz de deseos frustrados o cumplidos. La última parte son historias de personajes adultos que viven en la Habana, cuya cotidianidad le sirve a Dainerys para forjar anécdotas insólitas sobre el amor, la muerte, la pasión y la aniquilación del manto infantil con el que en ocasiones insistimos en cubrirnos. Sin embargo, la autora explicó que esa no es la división que pretendió:

«Es interesante esta clasificación, no había pensando en ella. Me gusta la forma en que la gente ha dividido estas historias, me gusta más lo que piensan otras personas de lo que yo contemplé originalmente con el libro. Lo que hice fue crear diferentes voces narrativas que van madurando. Los primeros cuentos son niñas y niños, adolescentes, después pasa a una etapa de personajes juveniles. Lo que veía era cómo esas voces crecen hasta el último cuento en el que es el barrio el que lo está contando». 

La Orquesta:¿Por qué decidiste regresar a La Habana mediante estos cuentos?

Dainerys Machado Vento: Me atraen mucho los libros de cuentos que son proyectos enteros, más allá de aquellos en donde hay historias dispersas reunidas en un volumen. Los escritores que más admiro son aquellos que crearon universos en sus obras, ya sean ficticios como García Márquez o Elena Garro. O reales como Virgilio Piñera. Regresar a La Habana fue una reflexión conciente de decir: bueno qué universo mejor que ese que a mí me ofrece todas esas atracciones. 

–0–

Dainerys Machado actualmente estudia el doctorado en Lengua Moderna y Literatura en la Universidad de Miami. Su historia tiene algo de ironía, pues aunque sus motivos para estar en Miami son completamente distintos a los de la mayoría de sus compatriotas, al final está en el mismo lugar que otras 700 mil personas nacidas en Cuba:

«Los primeros meses era muy difícil explicarle a la gente cómo llegué, porque tengo una visa de estudiante que se llama F1, pero la mayoría de los cubanos están con un papel que se llama parole y que se relaciona con el asilo político. En los bancos me preguntaba por él y yo trataba de decirles por qué no lo tengo, pero me insistían en que soy cubana y debo tener parole. No me abrieron cuenta en el banco, no me aceptaban los documentos en muchos lugares porque no entendían que una cubana estuviera acá con algo que no fuera un parole».

Posiblemente ese prejuicio hacia lo que debe hacer una cubana en Miami sea la raíz del cuento Quédate, en el que una empresaria nacida en La Habana, residente de la Ciudad de México, visita Miami para cerrar un trato. Durante esa estadía todos los cubanos con los que encuentra la insisten en quedarse, pues consideran que es el único sitio en el que alguien de su país puede hacer una vida digna, aunque las suyas no lo son tanto:

«Había venido a Miami en el 2012 y fue abrumador lo que me decían las personas para que me quedara. Me prometí nunca decirle a un cubano que se quedara. Yo fui muy feliz en México, probablemente más plenamente de lo que he sido en Miami, a pesar de que aquí tengo más tiempo de lo que estuve en México. Creo que son cosas que no todo el mundo entiende. Ese cuento me lo encargaron para una antología de narradores latinoamericanos que se publicó en México, yo estaba en un momento terrible de la migración, hasta lo bueno me parecía totalmente malo. La historia es esa perspectiva que tenía de la ciudad: habla de toda la falsedad que veía».

A pesar de la ciudad plástica que en su momento encontró, Dainerys apuntó que el Miami que hoy vive dista mucho del postureo en el muchos que no lo hemos visitado cometemos el error de colocarlo: «Igual que La Habana, hay muchos Miamis. En el que yo vivo es un Miami humilde que se concentra de la casa a la escuela. También es un Miami muy cultural, donde puedo disfrutar de expresiones artísticas cubanas y latinoamericanas importantes. Todavía no he terminado el doctorado, así que pienso en la ciudad y todo son libros y escuela. Hay una metáfora que se usa mucho y es que Miami es una ciudad de catálogos turísticos, no obstante, desde que vivo aquí, creo que he ido cuatro o cinco veces a Miami Beach, me encanta la playa, me encanta Miami Beach, pero no forma parte de mi paisaje. Uno encuentra sus espacios, sobre todo en un sitio tan grande».

«La costa sur de la Florida es un lugar muy raro. Regala los atardeceres anaranjados más hermosos del mundo, pero como está atravesada en el Atlántico, no se dibuja en ella la silueta del sol para tocar el horizonte. Quizás por eso aquí los migrantes cubanos nunca se curan de sus fantasmas de Cuba. Porque a la copia de su país en la que han convertido la ciudad, le sigue faltando la figura del sol estoico que se funde cada tarde en el mar». Estas líneas pertenecen al cuento Quédate, me parecieron unas de las más bellas que contiene Las noventa Habanas. Como cierre a nuestra conversación pregunté a Machado Vento si estas son una metáfora que sintetiza las nostalgia que nunca acaba por abandonar al migrante latinoamericano: 

«Es bonito pensarlo así. Tú qué piensas. Si lo ponemos en términos económicos y políticos, el capitalismo en Estados Unidos es muy deshumanizado, mientras que lo que tienen todos los países latinoamericanos, más allá de cualquier sistema, sin importar si son socialistas o neoliberales, es el calor humano, la tradición, las familias, las relaciones humanas. La falta de eso se hace un poco más tolerable en la nostalgia. Esto lo entiendo porque siempre falta algo en Miami. El sol nunca está en el horizonte».

 

Las Noventa Habanas. 

Autor: Dainerys Machado Vento. 

Katakana Editores, Nagari.

EUA, 2019.

 

Este libro está disponible en el siguiente enlace: https://amzn.to/2I3DfI2 

Para mayor información: https://www.nagarimagazine.com

 

También te puede interesar: Elefant Records: 30 años de ser el sonido de la provincia | Por Luis Moreno Flores

Continuar leyendo

#Si Sostenido

Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

Publicado hace

el

Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

Lee también: ¿Qué v#%&@$ le pasa a Morena? | Columna de Ana G Silva

Continuar leyendo

#Si Sostenido

San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

También lee: NASRUDÍN Y SU HIJO | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

#Si Sostenido

La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

Publicado hace

el

«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

También lee: La memoria, pedazo de mentirosa | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

Continuar leyendo

#ElNotón

Hijo y esposa de Tekmol participarán también en cargos públicos

Opinión