septiembre 1, 2026

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#4 Tiempos

El ruido de la vida | Columna de Juan Jesús Priego

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No se escribe impunemente. No se encierra uno en una habitación para llenar páginas y más páginas, alejado de todos, sin pagar después las consecuencias. ¿Hay algo que exija tanta soledad como la escritura? Se dice que las paredes de la habitación de Marcel Proust estaban forradas con una capa de corcho para evitar que llegaran hasta él los ruidos de la vida. ¡Ah! ¿Por qué encerrarse en un aposento mal aireado cuando la noche es tan fresca y la luna tan blanca? ¿Por qué escribir cuando se podría gozar? Se dice de otro escritor que, a la hora de ponerse al trabajo, se taponaba con algodón los oídos para que el rumor del exterior no turbara el orden de sus pensamientos; y de otro más que incluso se amarraba a su silla –como Ulises al mástil de su embarcación- para no irse, como todo el mundo, a solazarse con el dulce cantar de las sirenas.

El escritor necesita aislamiento, soledad. Pero pronto sucede algo que de ninguna manera había previsto: que esta soledad, poco a poco y sin que él lo advierta, va convirtiéndosele en hábito: en un hábito malo, es decir, en un vicio.

Julien Green, el famoso novelista, se quejaba en uno de los volúmenes de su Diario del excesivo silencio que rodea a los novelistas y exigía por el amor de Dios un poco de ruido: «Aunque no aquí, donde escribo –añadía, impenitente- sino en la habitación de al lado». Todo escritor, por mediocre que sea, tiende a tomar distancias, a apartarse de los demás: es su oficio el que lo exige…

¡Cuántas invitaciones rechazadas, cuántos diálogos interrumpidos, cuántos encuentros frustrados sólo por acabar una página, un capítulo, un párrafo que mañana por la mañana, enfadado, insatisfecho, este mismo que lo escribió echará sin compasión al bote de la basura! Si se hubiese atrevido a ir a aquel lugar, donde lo solicitaban, acaso habría consolidado una amistad, o comenzado una nueva, pero no lo hizo para «aventajarle al trabajo», como suele decir. Y, así, aunque pudo poner punto final a aquello que se traía entre manos, hoy está más solo que nunca, o, por lo menos, más solo que ayer, porque sus amigos no piensan seguirlo invitándolo ya a sus cenas y reuniones. ¿Para qué, si nunca va a ellas? ¿Para qué, si raramente aparece? El pecado del escritor es el pecado de la soledad. Y lo sabemos: «No es bueno que el hombre esté solo».

Una vez, caminando por una sombría calle de Praga, Franz Kafka hizo la siguiente confesión a su amigo Gustave Janouch: «El trabajo intelectual arranca al hombre de la comunión humana, mientras que el trabajo manual lo lleva hacia los demás hombres. ¡Qué lástima que no pueda yo trabajar en un taller, o por lo menos en un huerto!». El comerciante, el labrador, la ama de casa conversan constantemente con otros comerciantes, labradores o amas de casa: se saludan, se hacen preguntas acerca del estado del tiempo, se informan recíprocamente acerca de las virtudes del nuevo detergente salido al mercado. Pero el escritor, no: éste habla poco incluso con otros escritores. Es un perro mudo.

Al final de su vida, François Mauriac se espantaba de su propia soledad y se criticaba a sí mismo por  no haber frecuentado más a sus amigos para dedicarse a este tormento sin fin que es la escritura; literalmente, se daba golpes de pecho lamentándose de que el tiempo hubiera pasado tan de prisa y fuera ya demasiado tarde para intentar con ellos algún acercamiento. Escribió así en Lo que yo creo

: «Nunca, en ningún momento de mi vida, he estado realmente asociado a una vida parroquial como la que admiraba desde  fuera en Saint-Séverin, o en Saint-Sulpice, o en Saint-Germain-des-Près. He sido incapaz de ello, me ha repugnado siempre, y al igual que en el colegio yo era el que rehusaba tomar parte en los juegos comunes y a causa de ello pasaba por tener mal humor, mi instinto me ha mantenido siempre aparte del rebaño. Sí, me doy golpes de pecho y confieso que he sido el artesano de mi soledad en el seno del rebaño cristiano».

A menudo se habla de la sensibilidad del escritor para referirse a ese no sé qué de nostálgico que hay en él; en realidad es un ser nostálgico, sí, pero no por ser escritor, sino por estar solo demasiado tiempo. ¿Quién lo librará de este círculo vicioso? Quería, por un lado, romper de una vez por todas esas cuartillas malditas que lo atan a su escritorio, y, por el otro, si le quitaran la posibilidad de llenar esas cuartillas, no sabría qué hacer con su vida.

El otro pecado del escritor es, pues, la impenitencia. Se sabe solo, sabe que no debiera ser así, que debería asomarse al mundo aunque sólo fuera por un ventanillo, pero la verdad es que se queda donde está haciendo lo que hace.

 

Voy a romper la pluma. Ya no la necesito.

Lo que mi alma siente yo no lo sé decir.

Persigo la palabra y sólo encuentro un grito

roto, inarticulado, que nadie quiere oír.

 

Así se quejaba Gerardo Diego en una de sus primeras poesías. Pero nos engañó, pues ni rompió la pluma ni, por lo que sabemos, dejó de escribir versos. ¡Qué remo tan pesado es una pluma! Hoy mismo, para acabar este artículo, he tenido que postergar una ida al cine, lugar al que no voy desde hace algo así como cuatro años y medio. Ahora bien, ¿me invitarán mis amigos otra vez a salir con ellos? Desde la cocina escucho una voz que me dice que ya es hora de cenar. Pero yo no hago caso y escribo un párrafo y otro más. Tengo que terminarlo hoy, pues mañana ya no podré. Hoy mis parientes cenarán sin mí. ¿Y no es esto –me digo a mí mismo- un pecado, un pecado de soledad? Y, sin embargo, aquí está el artículo. Me costó una cena con los míos, además de una ida al cine, pero aquí está. Ojalá haya servido de algo el sacrificio… ¿He dicho cosas –como dijo el poeta- que nadie quiere oír?

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El Cronopio

Juana María Alvarado, La Vida es Química | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Andrés Manuel del Río, el científico español naturalizado mexicano que desarrolló su carrera científica en México en el Seminario de Minería de México en los albores del siglo XIX y finales del XVIII se convirtió en una figura representativa de la química en México; se encargó de la cátedra de Mineralogía del también llamado Colegio de Minería y escribió el libro Elementos de Orictognosia que llevaría el potosino Mariano Jiménez, que sería su alumno.

De sus logros sobresalientes fue el descubrimiento del eritronio, un nuevo elemento químico que descubriera en 1801 en una muestra recolectada en Zimapán Hidalgo. La historia de este descubrimiento es una de las tristes historias de la ciencia mexicana, pues el descubrimiento de este elemento fue adjudicado años después a E. Wöhler que lo bautizó como vanadio. El elemento vanadio debe ser considerado como descubrimiento de Andrés Manuel del Río, quien también descubrió otros compuestos, como la plata azul o la aleación del rodio y el oro.

El nombre de Andrés Manuel del Río lo tiene asignado la Sociedad Química de México para denominar sus premios de química en México a destacados investigadores y docentes de la química en el país. Este año 2026 la profesora investigadora de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Juana María Alvarado Rodríguez se hizo merecedora al Premio Nacional de Química “Andrés Manuel del Río” 2026, por su actividad docente.

El Premio Nacional de Química se otorga desde 1964 y es otorgado en tres categorías: Docencia, Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico, tiene como finalidad hacer un reconocimiento público nacional a la labor realizada por profesionales de la Química que hayan contribuido de manera extraordinaria a elevar la calidad y el prestigio de la profesión Química en México.

Juana María Alvarado estudió en la licenciatura en la Facultad de Ciencias Químicas y realizó una maestría en hidrosistemas con opción en irrigación, en el 2006. Fue coordinadora de la licenciatura en química de la Facultad de Ciencias Químicas de la UASLP y ha desempeñado una destacada labor docente en dicha Facultad.

Juana María Alvarado ha incursionado en el área de divulgación de la ciencia en varias de sus facetas de comunicación, entre ellas y de manera importante en la radio. En 2008 inició la producción del programa La Vida es Química en Radio Universidad el cual ella misma conduce y en los que invita a participar a alumnos de química, lo que les ha permitido ser un factor más en su formación.

El amor y la pasión por la química que tiene la maestra Juanita, como se le conoce en el medio, la ha llevado a especializarse en comunicación social de la ciencia para lo que decide ir a España a Almería en particular a realizar el máster en Comunicación Social de la Ciencia en la Universidad de Almería realizando un trabajo comparativo de fin de máster entre dos jóvenes radios universitarias españolas, RadioUAL y RadioOlavide, y dos radios veteranas mexicanas, Radio UNAM y Radio UASLP.

La influencia que ha tenido, inyectando a su vez su pasión y amor por la química en sus estudiantes les ha permitido seguir con éxito sus carreras profesionales, algunos de los cuales se han convertido en sus colegas en el seno de la Facultad de Ciencias Químicas. Su interés por la historia de la química en San Luis se ha manifestado al difundir la labor de mujeres químicas pioneras en química y mantener la memoria del desarrollo de la química en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y compartirlo con el pueblo potosino, sin descartar a los niños y jóvenes con talleres de ciencia donde la química es la protagonista, entusiasmándolos para orientar su vocación a la química y mostrarles, como reza el título del que fuera su programa en Radio Universidad, que La Vida es Química. ¡Felicidades a la maestra Juanita!

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El Cronopio

Un pionero de la astrofísica en San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Uno de los dos primeros potosinos en estudiar formalmente astronomía y en realizar investigación en astrofísica son Joel Cisneros Parra oriundo de Salinas, San Luis Potosí, y de quien hemos tratado ya en esta columna, y Antonio Sarmiento Galán que se recibiera como físico y como matemático en la década de los setenta del siglo XX en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Antonio Sarmiento Galán comenzó a estudiar física en la entonces Escuela de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, para interrumpir sus estudios y emigrar a la Ciudad de México donde ingresaría a la Facultad de Ciencias de la UNAM para estudiar simultáneamente la carrera de física y la carrera de matemáticas, mismas que concluiría en 1976. Estas líneas de formación regirían su vida académica y profesional, pues contribuiría a la investigación en física en el área de la astrofísica y posteriormente en el ámbito de las matemáticas, siendo actualmente investigador del Instituto de Matemáticas, Unidad Cuernavaca de la UNAM desde 1999; previamente había sido investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM de 1981 a 1998.

Su formación primaria en astrofísica fue en el tema en el que coincidieron estos dos personajes potosinos, pioneros en el estudio de la astrofísica, sistemas binarios. Su tesis de licenciatura en física presentado en 1978 versó sobre Etapas Evolutivas Avanzadas en Sistemas Binarios. Realizó su maestría en ciencias en la propia Facultad de Ciencias de la UNAM y su doctorado en el Departamento de Matemáticas Aplicadas del Queen Mary College en la Universidad de Londres donde vuelve a combinar su interés en la física y la matemática, que no la física-matemática. Su tesis de doctorado en dicha universidad fue sobre Gravitación en el Sistema Solar que presentó en 1981.

Entre sus estudios de formación y, en especial en astrofísica se encuentran Estudios para la Localización de un Sitio Astronómico en la República Mexicana, en la Facultad de Ciencias de la UNAM en 1977 y 1978 y, Ph ysical Cosmology en Francia en la École d’Été de Physique Théorique. Université de Grenoble. Les Houches, Haute Savoie en julio de 1979.

Antonio Sarmi ento, como astrofísico ha hecho importantes aportaciones científicas teóricas en temas como la evolución química del Universo, la gran explosión, la gravitación en teoría general de la relatividad y el vacío en sistemas no inerciales.

Su contribución no se ha limitado al carácter de investigación pues ha tenido una intensa actividad en educación, no sólo impartiendo cursos de astrofísica, relatividad, física teórica y gravitación, sino que ha realizado una destacada participación en actividades de educación no formal, en especial en divulgación de la ciencia, donde ha escrito numerosos textos entre artículos y libros entre los que se encuentran libros técnicos y de divulgación, participando, además, con conferencias, videos y programas de radio para todo tipo de público con temas de física y astronomía.

Antonio Sarmiento ha contribuido al desarrollo de la educación y la investigación científica en su tierra de nacimiento apoyando programas de divulgación como Domingos en la Ciencia en San Luis Potosí, La Semana de Física y La Ciencia en el Bar, donde ha participado en varias sesiones. Como la charla Fractales que puede consultarse en la dirección: https://www.youtube.com/watch?v=AutyQCtnuI8

En una entrevista para la revista “¿Cómo Ves?”, de la UNAM, rechaza la idea de que la labor científica sea evaluada por premios, “Por fortuna hay muchos investigadores para quienes lo valioso es tener amor por la camiseta de la ciencia, o pasar horas en el laboratorio haciendo un experimento. Ellos se olvidan por completo de premios o publicidad en la radio o la televisión”.

Antonio Sarmiento Galán nació en San Luis Potosí el 23 de abril de 1954 y se convierte en el segundo potosino en formarse profesionalmente como astrofísico y contribuir al desarrollo de la ciencia y la educación científica, siendo además uno de los primeros matemáticos potosinos.

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#4 Tiempos

El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.

Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.

Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.

En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.

Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.

La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.

En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.

Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y

en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.

En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.

Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.

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