octubre 31, 2026

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#4 Tiempos

El ruido de la vida | Columna de Juan Jesús Priego

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No se escribe impunemente. No se encierra uno en una habitación para llenar páginas y más páginas, alejado de todos, sin pagar después las consecuencias. ¿Hay algo que exija tanta soledad como la escritura? Se dice que las paredes de la habitación de Marcel Proust estaban forradas con una capa de corcho para evitar que llegaran hasta él los ruidos de la vida. ¡Ah! ¿Por qué encerrarse en un aposento mal aireado cuando la noche es tan fresca y la luna tan blanca? ¿Por qué escribir cuando se podría gozar? Se dice de otro escritor que, a la hora de ponerse al trabajo, se taponaba con algodón los oídos para que el rumor del exterior no turbara el orden de sus pensamientos; y de otro más que incluso se amarraba a su silla –como Ulises al mástil de su embarcación- para no irse, como todo el mundo, a solazarse con el dulce cantar de las sirenas.

El escritor necesita aislamiento, soledad. Pero pronto sucede algo que de ninguna manera había previsto: que esta soledad, poco a poco y sin que él lo advierta, va convirtiéndosele en hábito: en un hábito malo, es decir, en un vicio.

Julien Green, el famoso novelista, se quejaba en uno de los volúmenes de su Diario del excesivo silencio que rodea a los novelistas y exigía por el amor de Dios un poco de ruido: «Aunque no aquí, donde escribo –añadía, impenitente- sino en la habitación de al lado». Todo escritor, por mediocre que sea, tiende a tomar distancias, a apartarse de los demás: es su oficio el que lo exige…

¡Cuántas invitaciones rechazadas, cuántos diálogos interrumpidos, cuántos encuentros frustrados sólo por acabar una página, un capítulo, un párrafo que mañana por la mañana, enfadado, insatisfecho, este mismo que lo escribió echará sin compasión al bote de la basura! Si se hubiese atrevido a ir a aquel lugar, donde lo solicitaban, acaso habría consolidado una amistad, o comenzado una nueva, pero no lo hizo para «aventajarle al trabajo», como suele decir. Y, así, aunque pudo poner punto final a aquello que se traía entre manos, hoy está más solo que nunca, o, por lo menos, más solo que ayer, porque sus amigos no piensan seguirlo invitándolo ya a sus cenas y reuniones. ¿Para qué, si nunca va a ellas? ¿Para qué, si raramente aparece? El pecado del escritor es el pecado de la soledad. Y lo sabemos: «No es bueno que el hombre esté solo».

Una vez, caminando por una sombría calle de Praga, Franz Kafka hizo la siguiente confesión a su amigo Gustave Janouch: «El trabajo intelectual arranca al hombre de la comunión humana, mientras que el trabajo manual lo lleva hacia los demás hombres. ¡Qué lástima que no pueda yo trabajar en un taller, o por lo menos en un huerto!». El comerciante, el labrador, la ama de casa conversan constantemente con otros comerciantes, labradores o amas de casa: se saludan, se hacen preguntas acerca del estado del tiempo, se informan recíprocamente acerca de las virtudes del nuevo detergente salido al mercado. Pero el escritor, no: éste habla poco incluso con otros escritores. Es un perro mudo.

Al final de su vida, François Mauriac se espantaba de su propia soledad y se criticaba a sí mismo por  no haber frecuentado más a sus amigos para dedicarse a este tormento sin fin que es la escritura; literalmente, se daba golpes de pecho lamentándose de que el tiempo hubiera pasado tan de prisa y fuera ya demasiado tarde para intentar con ellos algún acercamiento. Escribió así en Lo que yo creo

: «Nunca, en ningún momento de mi vida, he estado realmente asociado a una vida parroquial como la que admiraba desde  fuera en Saint-Séverin, o en Saint-Sulpice, o en Saint-Germain-des-Près. He sido incapaz de ello, me ha repugnado siempre, y al igual que en el colegio yo era el que rehusaba tomar parte en los juegos comunes y a causa de ello pasaba por tener mal humor, mi instinto me ha mantenido siempre aparte del rebaño. Sí, me doy golpes de pecho y confieso que he sido el artesano de mi soledad en el seno del rebaño cristiano».

A menudo se habla de la sensibilidad del escritor para referirse a ese no sé qué de nostálgico que hay en él; en realidad es un ser nostálgico, sí, pero no por ser escritor, sino por estar solo demasiado tiempo. ¿Quién lo librará de este círculo vicioso? Quería, por un lado, romper de una vez por todas esas cuartillas malditas que lo atan a su escritorio, y, por el otro, si le quitaran la posibilidad de llenar esas cuartillas, no sabría qué hacer con su vida.

El otro pecado del escritor es, pues, la impenitencia. Se sabe solo, sabe que no debiera ser así, que debería asomarse al mundo aunque sólo fuera por un ventanillo, pero la verdad es que se queda donde está haciendo lo que hace.

 

Voy a romper la pluma. Ya no la necesito.

Lo que mi alma siente yo no lo sé decir.

Persigo la palabra y sólo encuentro un grito

roto, inarticulado, que nadie quiere oír.

 

Así se quejaba Gerardo Diego en una de sus primeras poesías. Pero nos engañó, pues ni rompió la pluma ni, por lo que sabemos, dejó de escribir versos. ¡Qué remo tan pesado es una pluma! Hoy mismo, para acabar este artículo, he tenido que postergar una ida al cine, lugar al que no voy desde hace algo así como cuatro años y medio. Ahora bien, ¿me invitarán mis amigos otra vez a salir con ellos? Desde la cocina escucho una voz que me dice que ya es hora de cenar. Pero yo no hago caso y escribo un párrafo y otro más. Tengo que terminarlo hoy, pues mañana ya no podré. Hoy mis parientes cenarán sin mí. ¿Y no es esto –me digo a mí mismo- un pecado, un pecado de soledad? Y, sin embargo, aquí está el artículo. Me costó una cena con los míos, además de una ida al cine, pero aquí está. Ojalá haya servido de algo el sacrificio… ¿He dicho cosas –como dijo el poeta- que nadie quiere oír?

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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