septiembre 4, 2026

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#4 Tiempos

El rostro de Cristo | Columna de Juan Jesús Priego

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¿Qué es lo que podemos saber acerca de la figura humana del Señor? ¿Era alto o bajo, rubio o moreno? Ningún evangelista se tomó el trabajo de decírnoslo. «Jamás hemos visto su rostro ni escuchado su voz. En realidad, no sabemos cuál era el aspecto de aquel hombre llamado Jesús»: así comienza la Vida de Cristo escrita por Shusaku Endo (1923-1996), el novelista católico más leído del Japón.

De otros hombres bíblicos, como David, Absalón y Saúl, por ejemplo, sabemos que eran altos, rubios y de buena presencia. Pero de Cristo, al menos por lo que a esto toca, no sabemos absolutamente nada.

Pocas veces hablan los evangelios del rostro de Jesús, y cuando lo hacen es sólo para decirnos que, antes de ir a Jerusalén, «endureció su rostro» (Lucas 9,51); que en una aldea de Samaria no fue bien recibido «porque su rostro se dirigía a Jerusalén» (Lucas 9,53); que, en la noche de Getsemaní, «cayó rostro en tierra» (Mateo 26,39); que, durante el juicio, en el Pretorio, horas antes de su pasión, los soldados que se burlaban de él «le taparon el rostro» (Marcos 14,65) y «le escupían en la cara» (Mateo 26,67); que durante la Transfiguración en el Tabor, «mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro» (Lucas 9,29) y que su cara, entonces, «brilló como el sol» (Mateo 17,2). Pero nada nos dicen acerca de su belleza o de su fealdad.

Para los primeros cristianos, pintar a las personas santas era un acto de irreverencia extrema: tal es el motivo por el que no poseamos un retrato ni siquiera aproximado del rostro de Jesús. San Clemente de Alejandría, en el siglo II, fue categórico: para evocar al Señor era suficiente con dibujar una paloma, un pez, una nave, un ancla o un zarcillo de vid, pues los retratos, si bien podían dar cuenta de su humanidad, nada sabían decir de su divinidad. Pintar a Cristo era, pues, robarle una de sus dos naturalezas, o lo que es lo mismo, incurrir en el pecado de herejía (véase su obra El pedagogo).

Será hasta más tarde -a principios del siglo III- que ciertos escritores eclesiásticos empezarán a aventurar hipótesis acerca del aspecto físico del Señor. Y aquí los pareceres tomaron dos caminos.

Para unos, Cristo debió haber sido humanamente feo. ¿En qué se basaban para afirmarlo? En un versículo del profeta Isaías que dice así, refiriéndose al Mesías: «No tenía gracia ni belleza; le vimos y no tenía un aspecto que pudiéramos estimar» (Isaías 53,2). Orígenes, el teólogo más prolífico de la antigüedad cristiana, era del mismo parecer y dijo en uno de sus tratados que «Jesús era pequeño, poco atrayente, parecido a uno cualquiera». Según San Efrén el Sirio, Jesús no mediría más de tres codos (poco menos de 1,50 metros). Y en tiempos mucho más recientes, François Mauriac hizo la siguiente observación (bastante aguda, por lo demás) para demostrar que, en lo que a belleza física se refiere, Jesús no aventajó en nada a ninguno de sus contemporáneos: «Al entregarlo, Judas no dirá a los soldados que lo aprehenderían: “Lo reconoceréis por su estatura. Aquel que es más alto que vosotros, cuya majestad salta a los ojos, a ese debéis arrestar”. Tampoco dirá: “Os será fácil distinguir al Maestro de los demás”. No: será necesario señalarlo con un beso» (Le fils de l’homme

).

Otro grupo de escritores creía, por el contrario, que Jesús debió ser físicamente hermoso. Se basaban en otro texto de la Escritura que dice así: «Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia» (Salmo 45,5). Una carta descubierta en el Medioevo y atribuida al procónsul romano Cneo Cornelio Léntulo, contemporáneo de Jesús, describía su aspecto físico de esta manera: «Alta estatura, bien proporcionado, cabellos del color de las nueces maduras de Sorrento… Frente lisa y serena, rostro sin arrugas ni manchas, nariz y boca perfectas…Ojos azules, vivaces, brillantes. Brazos y manos graciosos a la vista». Para Fiódor Dostoievski (1821-1881), el gran escritor ruso, Cristo fue no sólo bello, sino bellísimo: «Nadie en la tierra ha sido más hermoso que él».

En un libro reciente, un filósofo español se propuso demostrar que Cristo era bello, y que fue gracias a su singular hermosura que pronto se conquistó la simpatía de sus discípulos:

«Con solo sus milagros, por muy grandes que fueran –escribe en un párrafo polémico-, un Jesús feo no hubiera tenido apenas poder de entusiasta atracción, de adhesión apasionada hacia su persona, hacia su doctrina, que se extenderá prodigiosamente por todo el mundo debido a unos corazones enamorados de él» (Enrique González Fernández, La belleza de Cristo).

En realidad no sabemos cómo fue Jesucristo. ¿Por qué los evangelistas no nos lo dijeron? Para justificar este silencio suele argumentarse que si bien los griegos eran el pueblo de la vista y el ojo –de la estética, en una palabra-, los judíos eran, por el contrario, el pueblo de la escucha y el oído –de la ética-, y que por eso no debe uno esperar en los libros de estos últimos descripciones físicas detalladas de nadie. Sí, y sin embargo –como hemos recordado más arriba-, las Escrituras no callan la hermosura de algunos hombres del Antiguo Testamento. ¿Qué hay detrás, pues, de este silencio deliberado de los evangelistas respecto al aspecto físico del Señor? ¿Estarán diciéndonos que después de todo no hay que dar demasiada importancia a la belleza o a la fealdad de un rostro, ni a la largura o cortedad de un cuerpo?,  ¿que no se puede juzgar la importancia de un hombre sólo por los rasgos de su cara, sino que hay que ver más bien su belleza interior o la de sus obras? Silencio. Nunca lo sabremos. Y aunque creo firmemente que esta omisión ha sido debida más a la voluntad que al descuido de los evangelistas, cada uno es libre de sacar la conclusión que su piedad prefiera.

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El Cronopio

Juana María Alvarado, La Vida es Química | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Andrés Manuel del Río, el científico español naturalizado mexicano que desarrolló su carrera científica en México en el Seminario de Minería de México en los albores del siglo XIX y finales del XVIII se convirtió en una figura representativa de la química en México; se encargó de la cátedra de Mineralogía del también llamado Colegio de Minería y escribió el libro Elementos de Orictognosia que llevaría el potosino Mariano Jiménez, que sería su alumno.

De sus logros sobresalientes fue el descubrimiento del eritronio, un nuevo elemento químico que descubriera en 1801 en una muestra recolectada en Zimapán Hidalgo. La historia de este descubrimiento es una de las tristes historias de la ciencia mexicana, pues el descubrimiento de este elemento fue adjudicado años después a E. Wöhler que lo bautizó como vanadio. El elemento vanadio debe ser considerado como descubrimiento de Andrés Manuel del Río, quien también descubrió otros compuestos, como la plata azul o la aleación del rodio y el oro.

El nombre de Andrés Manuel del Río lo tiene asignado la Sociedad Química de México para denominar sus premios de química en México a destacados investigadores y docentes de la química en el país. Este año 2026 la profesora investigadora de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Juana María Alvarado Rodríguez se hizo merecedora al Premio Nacional de Química “Andrés Manuel del Río” 2026, por su actividad docente.

El Premio Nacional de Química se otorga desde 1964 y es otorgado en tres categorías: Docencia, Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico, tiene como finalidad hacer un reconocimiento público nacional a la labor realizada por profesionales de la Química que hayan contribuido de manera extraordinaria a elevar la calidad y el prestigio de la profesión Química en México.

Juana María Alvarado estudió en la licenciatura en la Facultad de Ciencias Químicas y realizó una maestría en hidrosistemas con opción en irrigación, en el 2006. Fue coordinadora de la licenciatura en química de la Facultad de Ciencias Químicas de la UASLP y ha desempeñado una destacada labor docente en dicha Facultad.

Juana María Alvarado ha incursionado en el área de divulgación de la ciencia en varias de sus facetas de comunicación, entre ellas y de manera importante en la radio. En 2008 inició la producción del programa La Vida es Química en Radio Universidad el cual ella misma conduce y en los que invita a participar a alumnos de química, lo que les ha permitido ser un factor más en su formación.

El amor y la pasión por la química que tiene la maestra Juanita, como se le conoce en el medio, la ha llevado a especializarse en comunicación social de la ciencia para lo que decide ir a España a Almería en particular a realizar el máster en Comunicación Social de la Ciencia en la Universidad de Almería realizando un trabajo comparativo de fin de máster entre dos jóvenes radios universitarias españolas, RadioUAL y RadioOlavide, y dos radios veteranas mexicanas, Radio UNAM y Radio UASLP.

La influencia que ha tenido, inyectando a su vez su pasión y amor por la química en sus estudiantes les ha permitido seguir con éxito sus carreras profesionales, algunos de los cuales se han convertido en sus colegas en el seno de la Facultad de Ciencias Químicas. Su interés por la historia de la química en San Luis se ha manifestado al difundir la labor de mujeres químicas pioneras en química y mantener la memoria del desarrollo de la química en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y compartirlo con el pueblo potosino, sin descartar a los niños y jóvenes con talleres de ciencia donde la química es la protagonista, entusiasmándolos para orientar su vocación a la química y mostrarles, como reza el título del que fuera su programa en Radio Universidad, que La Vida es Química. ¡Felicidades a la maestra Juanita!

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El Cronopio

Un pionero de la astrofísica en San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Uno de los dos primeros potosinos en estudiar formalmente astronomía y en realizar investigación en astrofísica son Joel Cisneros Parra oriundo de Salinas, San Luis Potosí, y de quien hemos tratado ya en esta columna, y Antonio Sarmiento Galán que se recibiera como físico y como matemático en la década de los setenta del siglo XX en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Antonio Sarmiento Galán comenzó a estudiar física en la entonces Escuela de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, para interrumpir sus estudios y emigrar a la Ciudad de México donde ingresaría a la Facultad de Ciencias de la UNAM para estudiar simultáneamente la carrera de física y la carrera de matemáticas, mismas que concluiría en 1976. Estas líneas de formación regirían su vida académica y profesional, pues contribuiría a la investigación en física en el área de la astrofísica y posteriormente en el ámbito de las matemáticas, siendo actualmente investigador del Instituto de Matemáticas, Unidad Cuernavaca de la UNAM desde 1999; previamente había sido investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM de 1981 a 1998.

Su formación primaria en astrofísica fue en el tema en el que coincidieron estos dos personajes potosinos, pioneros en el estudio de la astrofísica, sistemas binarios. Su tesis de licenciatura en física presentado en 1978 versó sobre Etapas Evolutivas Avanzadas en Sistemas Binarios. Realizó su maestría en ciencias en la propia Facultad de Ciencias de la UNAM y su doctorado en el Departamento de Matemáticas Aplicadas del Queen Mary College en la Universidad de Londres donde vuelve a combinar su interés en la física y la matemática, que no la física-matemática. Su tesis de doctorado en dicha universidad fue sobre Gravitación en el Sistema Solar que presentó en 1981.

Entre sus estudios de formación y, en especial en astrofísica se encuentran Estudios para la Localización de un Sitio Astronómico en la República Mexicana, en la Facultad de Ciencias de la UNAM en 1977 y 1978 y, Ph ysical Cosmology en Francia en la École d’Été de Physique Théorique. Université de Grenoble. Les Houches, Haute Savoie en julio de 1979.

Antonio Sarmi ento, como astrofísico ha hecho importantes aportaciones científicas teóricas en temas como la evolución química del Universo, la gran explosión, la gravitación en teoría general de la relatividad y el vacío en sistemas no inerciales.

Su contribución no se ha limitado al carácter de investigación pues ha tenido una intensa actividad en educación, no sólo impartiendo cursos de astrofísica, relatividad, física teórica y gravitación, sino que ha realizado una destacada participación en actividades de educación no formal, en especial en divulgación de la ciencia, donde ha escrito numerosos textos entre artículos y libros entre los que se encuentran libros técnicos y de divulgación, participando, además, con conferencias, videos y programas de radio para todo tipo de público con temas de física y astronomía.

Antonio Sarmiento ha contribuido al desarrollo de la educación y la investigación científica en su tierra de nacimiento apoyando programas de divulgación como Domingos en la Ciencia en San Luis Potosí, La Semana de Física y La Ciencia en el Bar, donde ha participado en varias sesiones. Como la charla Fractales que puede consultarse en la dirección: https://www.youtube.com/watch?v=AutyQCtnuI8

En una entrevista para la revista “¿Cómo Ves?”, de la UNAM, rechaza la idea de que la labor científica sea evaluada por premios, “Por fortuna hay muchos investigadores para quienes lo valioso es tener amor por la camiseta de la ciencia, o pasar horas en el laboratorio haciendo un experimento. Ellos se olvidan por completo de premios o publicidad en la radio o la televisión”.

Antonio Sarmiento Galán nació en San Luis Potosí el 23 de abril de 1954 y se convierte en el segundo potosino en formarse profesionalmente como astrofísico y contribuir al desarrollo de la ciencia y la educación científica, siendo además uno de los primeros matemáticos potosinos.

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El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.

Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.

Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.

En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.

Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.

La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.

En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.

Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y

en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.

En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.

Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.

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