#Si SostenidoEduardo L. Marceleño

El Pacto. Un texto de Eduardo L. Marceleño García

“Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo,

hay que ser más fuerte de lo que se escribe.

Marguerite Duras

  

Los ruidos de la madrugada me despertaron. Cuando eres niño los ruidos de tu casa no pueden ser otra cosa que los ruidos de tus padres, aunque tú creas en fantasmas. Mis padres todavía vivían juntos, es decir, vivían conmigo. Mi padre acomodaba las antenas de conejo. Era el 13 de junio del 2002. México estaba apaleando a Italia en el mundial de futbol. Ambas patrias comparten los mismos colores en su bandera, pero solamente la nuestra posee la depredación en ella. Al 85’ a Italia le vino flojo nuestro entusiasmo, y cómo no venirle flojo si a nadie le gusta ser presa del otro. Entonces nos ensartó el empate. Ese día no fui a la escuela y mi padre, México y yo, fuimos los más felices del mundo.

De adulto uno le teme a su niñez como si esta se tratara de un anticristo; como en la película de la Profecía, de un niño muy simpático, guapo y encantador que viene siendo nada más y nada menos que el mismísimo demonio. Uno le ve el cabello de cazuela y las mejillas rojas y los raspones en los zapatos, y la mochila llena de útiles escolares, y los parches en los pantalones y toda esa energía que da la infancia de querer conquistar el mundo, y en ese momento uno sale corriendo como un cobarde, por más adulto que seas.

Cuando yo era pequeño me avergonzaban mis actos más valientes. Ahora, de mayor, cualquier ridiculez que tenga un mínimo de valentía me llena de orgullo. En lo que nos hemos convertido.

No digo que todo fuera malo en mi pasado lejano, ni en mi pasado reciente, siempre hay buenos momentos. Como en todas, a las primeras, y como en todas, a las inesperadas. Como el partido depredador que terminó en un generoso empate entre México e Italia. Por cierto, ese empate que a los mexicanos nos hizo el día, y que a los italianos les dio mil patadas en el culo, fue nada más y nada menos que un asqueroso pacto de dos selecciones mediocres.

Juan Luis Sepúlveda ya sabía el secreto del pacto en quinto grado de primaria. Puede que supiera más de pactos que yo porque sus padres se habían separado hacía un año, mientras que a los míos aún les quedaba uno muy largo sin saber pactar. Qué iba a saber yo entonces sobre pactos. Sepúlveda lo sabía y me lo hizo saber el día siguiente del partido, es decir, al tercer día, porque todos faltamos a la escuela el día inmediato tras el juego, ese en que apenas amanecía en México, pero que en Japón ya nos llevaban dos de ventaja.

Si de chicos nos hubiesen enseñado a caminar sobre piedras, de grandes no necesitaríamos zapatos. Pero a veces los padres son tan buenos que piensan que ser buenos es la única tarea importante que tiene el haberse convertido en padres, es decir, por haber metido y sacado al animal de su jaula y haber pasado por un parto atroz para dar a luz a un pedazo de carne del que no se sabe qué mierda traiga dentro. Y terminan echando al mundo a un hijo de las mil putas que luego se encarga de cagarse sobre ellos.

O por el contrario, a veces los padres son monstruos que dan a luz ángeles sabios y contentos que se andan por el mundo recordándole a aquellos malos hijos que ser bueno no es tan malo.

Supongo que esa es la forma en que se equilibran las cosas.

De niño la lluvia me ponía de buenas. Mi abuela decía: «la lluvia de mayo es la primera del año y esa nunca hace daño».  La frase es un encanto de frase, y si esta la viertes en la conciencia de un niño, es una bendición, qué duda cabe. 

Yo era de los que se quedaban en el salón a la hora del recreo. Me quedaba a leer las revistas del Cinepremier como un completo esnob de mierda, aunque por aquel tiempo ni idea tenía entonces de que algo así era tan humillante, el problema es que no tenía amigos con quién juntarme y a cambio tenía un buen montón de revistas.

Visto ahora, en mis años de adulto, me suena a una terrible presunción lo de las revistas, pero a qué negar que pasé los recreos menos amargos gracias a ellas. Ahora todo el mundo se cuelga una medalla y presume que no tiene amigos y que está muy solo y que eso es algo valioso. Pero cuando eres niño, ni una, pero ninguna medalla te darían por decir semejante estupidez.

Yo soy de los que piensan que en la depredación del águila sobre la serpiente existe un pacto de amor, aunque en principio cueste ser la presa. También pienso que entre México e Italia hubo un pacto de mierda que nos alegró la niñez a muchos.

Por otro lado, pienso que puedes ser el adulto que siempre quisiste ser y haber pactado con el anticristo de manera formidable, aunque eso, hemos visto, no hará que el número 666 desaparezca de tu cabeza.

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