octubre 2, 2022

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#Si Sostenido

El número de la bestia | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

-¿Ya le asignaron su número? -me preguntó gentilmente la encargada de la lavandería-. Sí, cuando pasó usted a registrarse con el administrador, éste debió por fuerza haberle asignado un número. ¿Lo recuerda usted?

No, la verdad es que no lo recordaba. ¿De qué número me estaba hablando?

-En realidad, señorita, yo no sabía que…

-Pues vaya a preguntarlo; de otra manera no podremos proporcionarle las etiquetas.

-¡Dios mío, otro número! Señorita -le dije-, soy el 128 según el número de mi cuarto; el 428 según el número de mi teléfono interno; el 13095 según la matrícula de la Universidad, y el 55 por el lugar que ocupo en las listas de los profesores. ¿Me falta ser todavía otro número?

Por toda respuesta la señora tomó el teléfono:

-Sí, Priego. ¿115? De acuerdo. Muchas gracias, señor administrador, es usted muy amable.

La mujer colgó el teléfono y dibujó una sonrisa.

-Dice el señor de la administración que es usted el 115. Aquí tiene las etiquetas.

Se trataba de las etiquetas que tenía que coserle a mi ropa para que no se confundiera con la de los demás alumnos en las gigantescas lavadoras del Colegio. Ni hablar, a partir de ese momento comenzaba a ser también, por desgracia, «el 115».

¡Ay, ya lo decía Galileo: la naturaleza está escrita en caracteres matemáticos! Para los pitagóricos, esa especie de secta filosófica que floreció en Grecia alrededor del siglo V antes de Cristo (y para quienes el número perfecto era el 10), todo podía ser convertido a números, desde el mecanismo de las esferas celestes hasta las modestas notas musicales. [Una vez, una preciosa niña de rizos dorados lloraba desconsoladamente porque había sacado un nueve en su último examen de geografía. Al verla hecha un mar de lágrimas, la maestra se le acercó y le dijo al oído: «No te preocupes, preciosa. Si dejas de llorar, te pongo un 11», con lo que no hizo sino que le pequeña redoblara el llanto. «¡No, no quiero un once –decía gimoteando -, yo quiero un diez!». Con lo que queda demostrado que los pitagóricos siguen ejerciendo en nuestros ambientes culturales posmodernos una influencia nada despreciable]. ¿Y cuándo nació la llamada cultura digital si no desde el momento en que fue posible convertir los sonidos, las palabras y las imágenes en ceros y unos, es decir, en lenguaje binario, como se lo llama? Sin embargo, hay algo que no nos está permitido convertir en número, y este algo es el hombre.

Una de las cosas que más llama la atención al leer los libros santos es que Dios se dirige siempre a sus siervos llamándolos por su nombre. «¡Moisés! ¡Moisés!» (Exodo 3, 4), se levantó la voz de Yahvé desde la zarza ardiente. «¡Samuel! ¡Samuel!» (Samuel 4, 10). «Ahora, así dice Yahvé, tu Creador: No temas, que yo te he rescatado. Te he llamado por tu nombre. Tú eres mío» (Isaías 43,1). Dios se sabe nuestro nombre y lo pronuncia amorosamente desde que estábamos en el seno materno. Mejor aún, si pudimos llegar un día al seno materno es porque Dios pronunció un día nuestro nombre, llamándonos de la nada al ser.

El diablo, por el contrario, prefiere utilizar no nombres, sino números. Es curioso que el libro del Apocalipsis se refiera a él precisamente con el número 666

. Nuestro Papa emérito, cuando todavía firmaba sus libros con el nombre de Joseph Ratzinger, dijo una vez en una de sus homilías que había que ver en este hecho un elocuente simbolismo, pues lo diabólico es aquello que cosifica y convierte a las personas en cosas numeradas. En tiempos de Hitler los prisioneros de los campos de concentración habían perdido sus nombres, pero llevaban un número tatuado en uno de sus brazos. («Me llamo 174517, dice Primo Levi en Si esto es un hombre; nos han bautizado, llevaremos mientras vivamos esta lacra tatuada en el brazo izquierdo»). Al diablo no le interesa la realidad sagrada que representa cada persona (realidad que queda expresada con el nombre de cada cual), no: a él sólo le interesa la masa y el número.

Con esto no quiero decir que la pobre señora de la lavandería sea culpable de quién sabe qué cosa: para facilitar su titánica labor era necesario que se las viera con cifras. Quiero decir únicamente que allí donde el ser humano es visto únicamente como una cosa, como un número –es decir, allí donde no se respeta su valor ni su dignidad de imagen de Dios-, allí se está ejerciendo una verdadera labor de satanismo, como la de aquel economista que dijo a un anciano en un debate transmitido por televisión: «Vosotros, los viejos, sois ya demasiados. Os habéis convertido en una carga tanto para el estado como para vuestros hijos. Por los miserables veinticinco o treinta años que habéis trabajado exigís un sueldo vitalicio. ¿Por qué nos robáis el aire? Lo que tendríais que hacer es moriros». Culto auténtico al demonio, aunque sin velas negras ni gatos degollados.

Y ya que Dios llama siempre a todos por su nombre, ¿no estaría bien aprendernos los nombres de aquellos que nos rodean para pronunciarlo también nosotros? ¡Esto es importante! A nadie le gusta que lo olvidemos, sobre todo si nos lo hemos encontrado por las calles de la vida en más de una ocasión. Y, sin embargo, a veces pasan años y años sin que sepamos cómo se llama a ciencia cierta aquel señor de hábitos invariables que trabaja dos escritorios más allá del nuestro.

Pronunciar el nombre de los otros, es decir, no olvidarlo, es ya, en cierto sentido, imitar a Dios. Y creo que, como propósito –y como un auténtico y abnegado ejercicio del espíritu-, no estaría del todo mal…

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#4 Tiempos

La competencia en competencia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

Un logro más de este gobierno fue recientemente anunciado por la Secretaría de Educación: no habrá más reprobados, la calificación mínima de cualquier estudiante será 6. En el momento que leí la nota, cruzaron por mi mente tantas noches en vela pensando cómo iba a aprobar el examen de Química Orgánica o el de Biología (una maestra nos obligó a memorizar las tres eras geológicas con sus respectivos períodos y temporalidades) o el de Etimologías (nos obligaban a memorizar los cinco modelos de declinación del latín). Muchos de esos días los viví convencido que no iba a terminar la preparatoria y de que no merecía existir.

En aquel tiempo, la excusa para torturar estudiantes era la competencia, entendida como “la sobrevivencia del más apto”. Se nos atemorizaba, diciéndonos que “allá afuera” en el mundo “real” y no en nuestras vidas de pacotilla, había que competir por todo y sólo el más apto sobrevivía y si se trabajaba tenazmente se podía hasta “triunfar”. Se nos explicaba, ya en tono buena onda, que la verdad de esta postura descansa en la naturaleza: Darwin había descubierto que la evolución se basaba en la competencia entre individuos y especies. El universo entero era una jaula de lucha libre: todos contra todos (o una fiesta de Gobierno del Estado en tiempos de Toranzo). Acto seguido, nos pasaban a la clase de religión y ahí nos explicaban cómo Noé diseñó el arca para que las jirafas no se pelearan con los rinocerontes.

No quiero entretenerla mucho cuestionando estas ideas, pero déjeme separar algunas piedritas de este arroz. La frase de la supervivencia del más apto no fue de Darwin sino de Spencer (Darwin dijo “adaptado” y Spencer dijo “apto”, que no son lo mismo). Si Darwin vio competencia entre especies fue porque su modelo lo tomó del capitalismo bebé, pues cuando Darwin vio las tortugas galápagos no tenía ninguna formación como biólogo, pero sí conocía a Adam Smith y a Thomas Malthus. Siendo estrictos Darwin casi no habló de evolución, sino de origen de las especies y podría decirse que hasta antievolucionista era, en el sentido que Darwin pensaba que cada especie estaba adaptada a su medio ambiente y esto no significaba ser mejor o peor. De hecho, parece que le molestaba la arrogancia del ser humano de sentirse superior al resto de las especies: todos estamos adaptados a nuestras circunstancias y en la naturaleza no hay circunstancias mejores que otras. ¿Entonces la naturaleza está en competencia o no? Pues cada quién ve lo que le conviene, pero en la naturaleza operan otros muchos procesos además de la competencia.

Hasta aquí, estimada y culta lectora de La Orquesta, parece que trato de convencerla de unirse al movimiento contra la competitividad que ha lanzado la SEP, pero nada de eso. Yo me declaro un defensor de la competencia, no por los argumentos evolucionistas, ni por defender al capitalismo transnochado, sino por la simple razón que la competencia genera felicidad y cuando no la hay se reciben amarguras tremendas

. Le propongo algunos ejemplos: 

Casi toda persona ha tenido que comer una torta de central camionera. Las venden en localitos ubicados en la zona de andenes, para aquellos pasajeros de paso que tienen 15 minutos antes de abordar su camión. Seguramente son las peores tortas del mundo: insípidas, vacías, con ingredientes de mala calidad ahumados con diesel, preparadas de mala gana y carísimas. Se trata de tortas carentes de competencia. Esos torteros se aprovechan de que sus clientes nunca son los mismos y no hay manera de reclamarles. Quienes hemos pagado $60.00 pesos por una torta de esas es porque el instinto de supervivencia obliga a comer lo que sea antes de morir de hambre.

El segundo ejemplo es el SAT. Si hubiera dos SAT en competencia por captar contribuyentes, el servicio mejoraría muchísimo: imagine que usted llega a las oficinas a preguntar cualquier cosa y lo recibe una chica qué le orienta con amabilidad. “No haga filas, venga a este SAT, su SAT de confianza” o “No permita que lo traten como ganado, aquí todos nuestros contribuyentes son personas”. Sin regaños, sin páginas indescifrables, sin laberintos burocráticos, sin trámites innecesarios. ¡Qué maravilla! Hasta dan ganas de pagar impuestos.

El tercer ejemplo está en la llamada “Liga Mx”. También se trata de un monopolio. Los espectadores no tenemos de otra: vemos un juego del San Luis contra el Puebla o renunciamos a nuestra afición futbolera. Con una tenacidad notable, la Liga Mexicana de Futbol ha logrado lo que parecía imposible: quitarles a los deportistas las ganas de competir. Decisiones como que el último equipo ya no desciende a la liga inferior o limitar el número de jugadores extranjeros dizque para “proteger” al jugador mexicano producen resultados “más peores” que las tortas de la Central Camionera, les faltó decir que, en adelante, ya no habrá equipos perdedores, todos somos ganadores por decreto de la SEP.

Fíjese que, la solidaridad es la competencia de la competencia y también es muy necesaria, pero de eso platicamos otro día.

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#4 Tiempos

La gastroanomia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Sí usted me hizo el grandísimo honor de leer la columna pasada, recordará que hablaba del patrianomio. La anomia, le explicaba, es el malestar social, la enfermedad de la cultura, el COVID de las instituciones, que se genera cuando los propósitos no se cumplen. Por ejemplo, si una madre o un padre de familia trabajan mucho, es buscando que a su familia no le falte nada, pero si por este motivo, el padre o la madre trabajan tanto que dejan de atender y estar con sus hijos, pues se echa a perder todo: trabajo, tiempo y familia. El despropósito total.

En nuestro contexto potosino pululan los ejemplos de instituciones anómicas. Lo reto a hallar una institución que cumpla medianamente con el fin para el que fue hecha. Yo solo he dado con una de la que hablaré otro día (10 letras, empieza por T y repite cuatro veces una misma vocal).  Por lo pronto, me vienen a la cabeza hartos recuerdos de casos escandalosos de fiscalías, iglesias, partidos, legislaturas, asociaciones civiles, medios de comunicación y escuelas en donde cunden los despropósitos y los efectos contraproducentes, o sea que logran a cabalidad exactamente lo opuesto de su misión.

Pero de lo que quiero hablar es algo que ocurre a la hora de la comida. Se trata de la pérdida de patrimonio gastronómico, culinario y nutricio que debiera considerarse un rasgo alarmante de nuestra sociedad. Esta reflexión no es mía, sino una argumentación que Miguel Iwadare expone a través de una plática al respecto y que yo tuve la fortuna de organizar para mis estudiantes. Tan impresionado quedé con la propuesta de la gastroanomia que escribí la columna del patrianomio de la vez anterior.

La primera cuestión es que la comida no es simple digestión de nutrientes orgánicos. No se trata solamente de meterse los tamales al cuerpo o de llenar el vacío de las 11.45. Sino que la comida es alimento de significados. Fíjese bien y se dará cuenta que solo Hannibal Lecter cocinaba para sí mismo. Generalmente, cocinamos para los demás: los guisos tienen como remitente a alguien cercano y querido. Cocinar significa querer agradar, cuidar, comer con alguien implica compartir y cada alimento incorpora emociones y significados al cuerpo.

La segunda cuestión es que los saberes y sabores de la cocina de nuestras abuelitas están en riesgo de perderse

(si no es que, como en mi caso, ya se los llevó el xoloescuincle del más allá). No sólo eso, también se pierden las maneras de mesa y los valores y significados que la comida transporta de generación en generación. Los valores, no solo se transmiten con regaños y chanclazos, sino sobre todo se pasan a través de la comida. No vaya usted a creer que ese plato que le ponían en la mesa nomás eran fideos … no, se trata de un sofisticado artilugio mediante el cual las madres de familia transmiten valores, reglas y sentimientos:

-Mamá, es que está muy caliente…

– ¡Te lo comes!

Y así, uno aprende a aceptar que lo que hay, es un lujo.

Tampoco piense que esa mesa llena de chavillos gritando y peleándose por la última concha era simple caos cotidiano, sino toda una escuela de convivencia, en donde a punta de zapes, gritos, y llanto con mocos, las personas aprenden a compartir, a respetar y a disentir. Es probable que, en escenarios como estos, en una mesa donde se comparten alimentos, los políticos de antes aprendían a aceptar sus derrotas.

¿Por qué le digo que estamos en medio del apocalipsis gastroanómico?

Porque los sabores y saberes de las cocinas se dejaron de transmitir. El molcajete pasó a ser una licuadora que ya tampoco se usa por falta de tiempo. Los frijoles dejaron de cocerse en la casa y ahora se compran por botes al igual que la salsa. Las tortillas ya ni son de maíz. La mayor porción de alimentos está industrializada y, en el fondo de esto, está el hecho de que muchas personas comen solas. Comer solo, es la peor manera de alimentarse y la mejor manera de agravar los problemas sociales (entre ellos, la salud).

Lo saludable es cocinar y comerlo con las personas que se quiere en la mesa de la casa. Cualquier cosa que sustituya esta tendencia es poner en riesgo nuestro ser social y corporal.

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#4 Tiempos

Notas sobre el patrianomio | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Me he topado por la calle a una “señorita de antes”, que es amiga mía, originaria de Cerro de San Pedro y me ha dicho lo siguiente: “me gusta mi pueblo, el Cerro de San Pedro como era antes, pero no en lo que lo han convertido… música fea, gente fea… es una cantina”, en ese momento llega a mi mente la nota del Sol de San Luis (19/05/22) que afirma algo similar, pero de la Ciudad de San Luis Potosí:  el Centro histórico es una cantina: alcohol, fiesta y ruido, y luego regreso a la conversación con mi amiga y le digo: “… es eso que llaman gentrificación…” a lo que me responde: “¡Sabrá Dios, yo no sé qué es eso!”.

La gentrificación es un fenómeno que consiste en el re-aprovechamiento de un espacio deteriorado y en estado de abandono por agentes inmobiliarios con suficiente capital para reorganizar el espacio y volverlo rentable. Se aprovecha que esos predios son baratos para adquirirlos y volverlos cervecerías, cafés, tiendas de chácharas o restaurancitos de moda (y ahora mi mente me lleva a las Historias de Perros Callejeros de Luis Moreno sobre el Miniso, 6/01/22, que encuentra aquí en su portal La Orquesta). Esos espacios urbanos son reocupados sin habitarse, son re-colonizados, modificados y despersonalizados: resulta ser un fenómeno altamente preocupante porque desplaza y margina a los pobladores originales de su propio patrimonio, como mi amiga, que vivió y creció en Cerro de San Pedro y al ver en lo que se convirtió su pueblo, se le forma una perturbación tan o más grande que ver a la misma Minera San Xavier.

A unas cuantas horas de la conversación con mi amiga, en el Centro Histórico se quemaba la casa de la antigua Exposición. Fue un edificio magnífico, como todos lo de ese sector. Sí, ya lo había escrito en otros contrapuntos y volutas: esos edificios quizá son producto del colonialismo, del clasismo y elitismo (chivos expiatorios de nuestra nueva moral burguesa) y probablemente de la usurpación de bienes y recursos, pero para eso la historia pone a cada quién en su lugar y me pregunto si el lugar de mi generación en la historia era convertir esos espacios en locales para después, accidentalmente, quemarlos; entonces las llamas -al igual que dicen de los ladridos de los perros- han de ser señal de que vamos avanzando.

Hace unos días, un hombre delgado y de barba, se me acercó en el Jardín Colón. No lo conozco, pero me dijo que era profesor de inglés y también artista visual.  Este hombre me preguntó si yo sabría qué hacer, porque para él, se está perdiendo el patrimonio histórico, se lo están robando -dijo- “es grave lo que está pasando, pero estamos como dormidos”

. Es el patri-anomio, le respondí.

La anomia es la enfermedad social: ocurre cuando las instituciones no pueden cumplir la función para la que fueron hechas. Ocurre cuando las normas no tienen fuerza, cuando los significados pierden su sentido. La simulación, la depresión, la perversión y la corrupción son hijitas de la anomia. El patrianomio surge cuando una generación no quiere heredar a sus descendientes, les niega los significados, los margina del proceso de herencia, pero también ocurre cuando las generaciones herederas desprecian, ignoran o desplazan (repudian, dicen los abogados) la herencia de sus padres.

Hace poco, Ana, una colega de La Orquesta me preguntaba por los taquitos rojos, que si estaban en riesgo, y yo respondí que no, pero ahora me pregunto cuántas mujeres jóvenes actuales estarán aprendiendo de la abuela o de la tía a cocinarlos. ¿En el futuro habrá abuelas que enseñen a sus nietas a cocinar taquitos rojos? Esta pérdida en la transmisión de la herencia cultural es el patrianomio.

El patrimonio cultural, al igual que la educación tienen dos partes. Una que emite y otra que recibe. El fallo puede estar en ambas: ni hemos sabido heredar, ni tampoco recibir. Otra parte del problema está en el testamento: ni sabemos qué dejamos, ni qué recibimos, ni qué dejamos de recibir. La última parte del problema está en el gobierno: ¿quién se encarga de hacer los inventarios de nuestro patrimonio? ¿quién se responsabiliza por la pérdida del patrimonio? ¿quién hace valer la ley? Preguntas que les toca responder a varias administraciones de la Secretaría de Cultura, INAH y Secretaría de Educación Pública y que siguen en silencio, pero por lo pronto una muy importante

¿Hasta cuándo los potosinos podremos acceder a un padrón o inventario de bienes culturales que conforman nuestro patrimonio?

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Opinión