enero 16, 2022

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#4 Tiempos

“Crónicas de la América profunda”: un libro para comprender a la clase trabajadora de derecha | Columna de Edén Ulises Martínez

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Funambulista

 

“Así es Estados Unidos, un paraíso en el que la codicia recibe el nombre de iniciativa y es considerada una virtud. ¿Acaso estos ciudadanos exitosos e incultos le sirven de algo a la sociedad? No. Le sirven de mucho a la economía, que para ellos, hombres pujantes y llenos de iniciativa, viene a ser lo mismo que la sociedad.”

—Joe Bageant

Para Joe, quien pasó sus últimos días en Ajijic, Chapala, en el 2011.

 

La vida llevó al más grande cronista de la White America, irónicamente, a morir en México.

Joe Bageant fue un periodista de Winchester, Virginia, ciudad que él mismo describe como la “más sureña del norte”, una localidad industrializada de mayoría blanca, con raíces históricas y étnicas en los escoceses-irlandeses del Ulster, esa raza que se convertiría en el carbón humano del sueño americano y de sus ideales belicosos y nacionalistas. Bageant, gordinflón, de cara redonda y pálida, publicó en el 2007 su crónica casi biográfica Deer Hunting With Jesus: Dispatches From America’s Class War, traducida al español como Crónicas de la América profunda (Editorial Lince), un recorrido por su ciudad natal y sus recuerdos de la infancia, que desnuda con “brutalidad y ternura” a esa parte de los Estados Unidos que carece del glamour y los reflectores de Los Ángeles o de Nueva York, esa parte de la sociedad estadounidense que se esconde bajo la alfombra, entre el polvo, la grasa y la mugre, y que consume su tiempo entre carreras de NASCAR y cervezas Bud-Light: la clase baja blanca trabajadora.

En el libro, Joe, quién logró escapar de su predestinado futuro como operador de maquinaria en Rubbermaid o cajero de Home Depot para convertirse en periodista y editor, regresa a los barrios de caravanas móviles de Winchester, en parte por nostalgia pero también porque se ha dado cuenta de que los progres y liberales de izquierda, la gente educada del mundo editorial y de la alta cultura, no han logrado y quizá no han ni intentado comprender a sus conciudadanos: esos millones de votantes conservadores que son la principal base electoral del Partido Republicano.

Joe nos guía a través del territorio urbano de su juventud redneck, blanca y protestante, y lo hace desde el Royal Lunch, el bar local por excelencia, en donde todos los sectores de la sociedad se juntan para pasarse las noches entre litros de whiskey escocés y música country. Desde las sillas viejas y la iluminación opaca del Royal conoceremos la historia de Dottie, mujer de la tercera edad a quien cargar un tanque de oxígeno no le impide llegar al bar a cantar algunas canciones; la de Dink Lamp, famoso por haber derrotado a un chimpancé en una pelea de la feria regional; o la de Nance Willingham, madre de dos hijos y trabajadora de forklift, cuyo pensamiento político se podría resumir en creer que las feministas son “una pandilla de lesbianas de la costa oeste”. El Royal Lunch es el lugar perfecto para comenzar a radiografiar las vidas de los habitantes de Winchester, el único sitio en donde gracias a los efectos del alcohol los hombres y mujeres que se creen demasiado duros se permiten a sí mismos comentar cómo su vida no ha resultado ser lo bastante buena como lo prometía el sueño norteamericano.

Las Crónicas narran los aspectos más generalizados del proletariado blanco de la Costa Este: La naturaleza apolítica propia de la psicología del tough guy; la manera en que las firmas inmobiliarias de caravanas móviles se vuelven negocios con índices de ganancias obscenos cuando se trata de cobrarle a los que no pueden costearse una casa; la explotación en los trabajos por subcontratación, con una lógica igual de cruel que en los países del tercer mundo; el control y la influencia de las “miles de iglesias metodistas, presbiterianas y pentecostales” que han sido utilizadas como herramienta política por el Partido Republicano; la incomprensión y el prejuicio intelectual de las clases refinadas en cuanto a la cultura de las armas y de la cacería; y el tremendo deterioro del sistema de salud pública, que a la par de la proliferación de los hospitales privados han creado una cultura del endeudamiento progresivo entre los más necesitados.

Mientras avanzamos en el libro, los datos que Bageant suelta sobre esos temas quizá no nos parezcan más sorprendente que la manera en que los habitantes de Winchester reaccionan a éstos. Los blancos de los guetos lumpen estadounidenses se han tragado toda la historia de la grandeza norteamericana y los Republicanos de las élites locales se han encargado de mezclar este mito con las prácticas sociales, culturales y económicas más contradictorias y nocivas que nos podamos imaginar. Este gran segmento de la población (el 40%, lo que los vuelve el sector en pobreza más importante del país, incluso sobre los afroamericanos y latinos) odia todo lo que huela a sindicato laborista o a huelga, desconfía de los intelectuales de las universidades (y de la ciencia en general), reniega del asistencialismo social y además de todo eso, ha desarrollado un sistema moral en el que los pobres merecen ser pobres porque no supieron cómo hacerse ricos, y en el que habrá que aguantarse sin quejarse de la suerte que la “providencia” les plantó. Es decir: se han convertido en el votante perfecto de la derecha, en el mejor combustible para la maquinaria del capitalismo sin regulación.

Aún ante todo lo antes dicho (y eso es precisamente lo que hace que Crónicas de la América profunda sea un libro verdaderamente bueno) Joe Bageant no juzga a Dottie, ni a Dink, ni a Nance. No se adelanta a tacharlos de estúpidos, de incultos, o de basura blanca, sino que se pone en sus zapatos: “Si le hubiera tocado llevar esa vida de trabajo duro y fuese de los que prefieren cualquier cosa antes que recibir una limosna del Estado, usted también sería conservador (…) Quiero decir que sería tan cauteloso y reaccionario como para votar al hombre que parece suficientemente firme para mantener los precios de la vivienda en alza, acabar con los enemigos invisibles que acechan desde el extranjero y darle a Dios la palabra en lo relativo a la política interior.” Al final de cuentas son su gente, su familia (su hermano es un pastor cristiano ultra protestante), conoce sus demonios y los pesos que tienen que sostener sobre sus espaldas, el olor de cerveza derramada en el suelo y las carencias e imposiciones de su estilo de vida.

Su acusación y su denuncia no es en contra de los habitantes de esas profundidades, sino que están dirigidas hacia una izquierda que ha sido cada vez más miope e incapaz de comprenderlos, que los ha dado por perdidos y los ha estigmatizado como como bárbaros pueblerinos incapaces de pensar. Una izquierda políticamente incompetente que no ha sabido entender las motivaciones de este sector de la población, y que por lo tanto ha permitido que se vuelva cada vez más reaccionario: “Desde esa perspectiva privilegiada, los liberales ven a los trabajadores blancos como unos tipos cabreados, belicosos, intolerantes y felices títeres del imperio americano, lo cual supone ignorar la pregunta de cómo llegaron a convertirse en eso, si es que realmente son tal como esos liberales los ven.”

Ahora, a más de 10 años de su publicación, Crónicas de la América profunda es un libro ideal para entender a los votantes de Donald Trump y el perfil social y psicológico de la clase obrera norteamericana. Sin embargo, la cercanía de su descripción y la calidad informativa de la investigación que Bageant hace de los blancos pobres vuelven a las Crónicas útiles y hasta necesarias para comprender a las Dotties de todo el mundo (México incluido), la cultura de la pobreza y su relación con la política, el fallo de las izquierdas y el ascenso mundial de la ultra derecha, que nos guste aceptarlo o no, muchas veces ha logrado establecer más empatía (aunque cínicamente) con los menos privilegiados, a quien la progresía no se cansa de juzgar.

 

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#4 Tiempos

Adam Driver: el mejor de su generación | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO.

Cada determinado tiempo aparece en la gran pantalla un actor que se desmarca de toda su generación y nos recuerda porque seguimos creyendo en el cine como una religión. Nos demuestra que el talento no depende del físico, ni del guión o de la dirección de una película. Esas estrellas son pocas, lo único que las vence en vida es el tiempo, pero en la pantalla son incombustibles y eternos. Hoy podemos decir que uno de esos actores es Adam Driver y en el 2021 en particular dio muestra de sus talento en tres películas: Annette (Carax,2021), House of Gucci (Scott,2021) y The Last Duel (Scott,2021).

A pesar de las desafortunadas declaraciones de Ridley Scott en una entrevista, en la que confesó que en los ochentas le ofrecieron dirigir Dune (Lynch, 1984) y no aceptó debido a qué la grabarían en México y allí “olía mal”, habrá que reconocer su gran talento como director, cintas como Blade Runner (Scott, 1982) o Gladiator (Scott, 2000) habitan en el inconsciente de todo cinéfilo. House of Gucci (Scott, 2021) es una película con un gran reparto, pero que no supo manejar el melodrama y se hunde en un abismo telenovelero. Ni el soundtrack ni la actuación de Adam Driver logran salvar la película. Lady Ga Ga, quién interpreta a Patricia, desluce en un guión que pareciera hecho a su medida. El personaje que interpreta Adam Driver es el de Mauricio Gucci, esposo de Patricia, un personaje soso, pusilánime y timorato, que la verdad sea dicha, está muy bien dibujado por Adam, pero sencillamente le resulta imposible destacar. Quizá uno de los momentos que se rescatan de la película es en el que Al Pacino, quién interpreta a Aldo Gucci, le muestra a Mauricio y su esposa el origen de una de las marcas más prestigiadas en el mundo: los lleva a un establo en la campiña toscana, y allí, rodeado de vacas y con los zapatos llenos de estiércol les dice “esto es Gucci”, mientras se recarga en una enorme vaca. Muy destacable la actuación de Pacino por cierto, y muy penosa la de Jared Leto quien pese al excelente maquillaje, su interpretación del hijo tonto de Aldo Gucci queda en una parodia bufonesca.

Es en The Last Duel (Scott, 2021) donde Driver demuestra su gran capacidad histriónica. Una película con una trama simple, pero con una actuación poderosa. A su personaje,  Jacques LeGris, lo dota de una genialidad perversa, es el villano perfecto. La escena final del duelo nos muestra también a un gran Ridley Scott, la batalla cuerpo a cuerpo es realmente descarnada e hiperrealista. Esta cinta vale la pena solo por esa escena y sin duda por el extraordinario personaje que crea Adam.

Al final dejamos la mejor actuación de este año para Mr. Driver. Annette (Carax,2021) ganadora de la palma de oro a mejor dirección. Un musical bizarro, desconcertante, excéntrico y mágico. Es como si metieras en una licuadora al mundo onírico de Fellini, el mundo provocador de David Lynch y la genialidad de Guissepe Verdi. La película es una ópera fascinante y le permite a Adam Driver demostrar por qué es el mejor actor de su generación.

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#4 Tiempos

La metamorfosis del PAN | Columna de Ángel Castillo Torres

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HURGANDO EN LOS SÓTANOS DEL PODER. 

 

#CultoPúblico, hoy le damos la bienvenida a La Orquesta a Ángel Castillo, quien cada miércoles arrojará luz en los sótanos más obscuros de la política potosina, los cuales conoce de memoria.

Contra viento y marea Verónica Rodríguez Hernández y Franco Coronado Guerra ganaron el trofeo de la dirigencia estatal del Partido Acción Nacional. Así lo han confirmado los directivos nacionales de este instituto político al informar hace unos días que la ex regidora del cabildo de la capital será la primera mujer presidenta del Comité Directivo Estatal que estará en funciones durante el periodo 2021-2024. Este acontecimiento iniciático no es menor.

Nos habla de un vigoroso avance en materia de empoderamiento de las mujeres que de esta forma irrumpen en anquilosadas estructuras patriarcales de poder, en este caso en un partido político calificado como conservador y que al innovar con estas prácticas políticas abre espacios a las mujeres para demostrar que está sufriendo una metamorfosis profunda.

La fórmula ganadora encabezada por Verónica Rodríguez triunfó el pasado 11 de diciembre con el 61 por ciento de la votación a su favor, contra un 38% de su más cercana competidora. Hernández Rodríguez y Franco Coronado emergen desde las bases del PAN como parte de esa generación empeñada en sustituir a los veteranos cuadros de Acción Nacional que en otras épocas, las de la brega de eternidad, fueron activistas valerosos que forzaron la consumación del proceso de transición a la democracia que provocó un cambio de régimen en México.

Es oportuno recordar que después de la elección interna del 11 de diciembre no hubo ni una sola impugnación promovida por los perdedores. Así las cosas, la Comisión Estatal Organizadora bajo el mando de Fabiola Montserrat Segura anunció a los cuatro vientos el clásico Habemus Dirigente.

Verónica Rodríguez se verá fortalecida en su gestión como lideresa del PAN gracias a los buenos oficios del joven matehualense Franco Coronado Guerra quien como secretario general aportará su amplia y reconocida experiencia como militante. Sangre nueva llega a conducir en San Luis Potosí los destinos del partido fundado un 16 de septiembre de 1939 por Don Manuel Gómez Morín.

Acción Nacional ha superado un dramático episodio de su vida interna pagando a cambio un mínimo de daños colaterales. Durante la disputa por la dirigencia estatal, que fue feroz y en donde las competidoras y sus equipos pelearon a muerte en una lucha sin cuartel se vivieron momentos de tensión, confrontación, división interna y acusaciones de presuntas manipulaciones e inequidades cometidas por algunos caudillos de facciones que dominan desde hace tiempo los órganos de decisión y la voluntad colectiva de los militantes. La opinión pública y particularmente la clase política local, fueron testigos de una estridente competencia en la que hubo momentos en que se daba la impresión de que el proceso electivo se saldría de control y ocurriría un cisma de dimensiones apocalípticas que colocaría en un lecho de muerte al Partido Acción Nacional. Afortunadamente para los panistas este horripilante escenario no se presentó y al parecer la cordura ha vuelto a esa institución, los rijosos han dado vuelta a la página y los nuevos dirigentes estatales se aprestan a llevar a cabo la “operación cicatriz” para sanar heridas y emprender de inmediato acciones y estrategias de un proyecto institucional que incluya a todos, especialmente a los perdedores del aciago proceso de elección de dirigentes. En sus aspiraciones de corto y mediano plazo los panistas tienen la esperanza de recuperar antiguas fortalezas, esas que les dieron brillo y los distinguieron en su época de gloria cuando ganaban elecciones en todo el país. Los panistas de ayer y hoy están conscientes de que deben trabajar para estar en condiciones de enfrentar los retos electorales de 2024, año en el que se renovarán prácticamente todos los cargos de elección popular en nuestro estado y a nivel federal (Incluido el cargo de presidente de la república). Así que para el panismo potosino comienza una nueva etapa de su historia con nuevos dirigentes, puede ser un destino de plenitud y éxitos electorales o de decadencia y crisis institucional.

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El potosino impulsor de la autonomía universitaria | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los aires de autonomía se respiraban en diferentes puntos del país antes de 1923, año en que la UASLP obtuvo su autonomía; uno de los primeros intentos se realizó en el año de 1914, en la entonces Universidad Nacional de México, estando involucrado un potosino: Don Valentín Gama y Cruz que fuera estudiante de preparatoria entre 1880 y 1885 en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí de donde partió a la ciudad de México a continuar sus estudios de ingeniero geógrafo.

En esta primera centuria de vida de la UNAM, varios potosinos han tenido el honor de dirigir la institución, siendo rectores y en algunos casos secretarios generales. En particular Valentín Gama, que fue rector en dos ocasiones, durante uno de los periodos más difíciles para la institución y el país: la revuelta revolucionaria.

Como rector de la Universidad estuvo convencido de la necesidad de que le fuera otorgada la autonomía a las instituciones de educación superior, pues con claridad expresó que esa era la única forma en que cumplirían adecuadamente su misión.

En una de las épocas más violentas del México moderno, cuando la capital del país fue paralizada varias veces por la lucha entre las distintas facciones que se disputaban el liderazgo revolucionario, el ingeniero Valentín Gama y Cruz fue nombrado rector de la Universidad Nacional de México. El 11 de septiembre de 1914 en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, tomó posesión de ese cargo ante un nutrido grupo de intelectuales y militares, entre los que se encontraban el presidente Venustiano Carranza, el encargado de Instrucción Pública y Bellas Artes, Félix Fulgencio Palavicini Loria y el general Álvaro Obregón. En la presentación que de él hizo Palavicini Loria, apuntó:

“… y al frente de la rectoría de la Universidad, queda el señor ingeniero don Valentín Gama que no es un improvisado ni un arribista político, sino un universitario pleno al tanto de la Universidad, comprometido con el programa de enseñanza carrancista”.

En el mismo discurso anunció el propósito del Gobierno de modificar la estructura de la Universidad otorgándole su autonomía, así lo expresó este funcionario al decir:

“…Creemos que la Universidad debe subsistir; pero pedimos que viva independiente, libre, autónoma: que no haya menester de limosneo oficial y que la jerarquía de sus directores y la competencia de sus catedráticos sean el resultado de su propia responsabilidad.

El gobierno propónese organizar la vida universitaria con un funcionamiento autónomo, y mientras tanto, cuida de que el personal directivo responda a las exigencias de la cultura general y, así como ha dado muestras en el terreno político, de que su mano es fuerte y firme, en la enseñanza será cauteloso y precavido…”

Gama había estado asociado con la Universidad Nacional desde su surgimiento en 1910. Con base a su probada capacidad en el terreno de las ciencias exactas, el 22 de septiembre de aquel año se le otorgó el grado de doctor ex-oficio. Su conocimiento de la vida universitaria era real, pues además de ser maestro en sus escuelas de Ingeniería y de Altos Estudios, formó parte de la Comisión Administradora de los Fondos Propios de la Universidad. Igualmente fue miembro del grupo de profesores que evaluó el Plan de Estudios de la Escuela de Jurisprudencia.

Valentín Gama fue el tercer rector de la Universidad Nacional. Cubrió los periodos del 11 de septiembre al 4 de diciembre de 1914 y del 28 de abril al 29 de junio de 1915.

Gama estaba convencido y así lo hizo saber en el discurso que dio en la ceremonia donde fue nombrado rector, de la necesidad que la Universidad tenía de ser autónoma, pues según dijo, era la única manera para que dicha institución cumpliera cabalmente con su función de educar y generar conocimiento. Sus esfuerzos en esa dirección lo llevaron a buscar una nueva Ley Constitutiva de la Universidad. Por esas fechas la situación política del país se agravó por el desconocimiento que la Convención Revolucionaria hizo del gobierno encabezado por Carranza. El sector educativo de la nación también se vio fuertemente afectado por ese suceso y los cambios de rumbo que generaron diversos proyectos educativos inconclusos, entre ellos el de la autonomía universitaria. Todo ello llevó a Valentín Gama a presentar su renuncia a la rectoría en junio de 1915.

Nuestro personaje no se alejó de la vida académica de la Universidad, pues siguió su labor docente y en dos ocasiones ocupó el puesto de director de la Escuela Nacional de Ingenieros; primero de 1923 a 1925 y después de 1933 a 1934.

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