octubre 15, 2026

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#4 Tiempos

Carta sobre el entusiasmo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Cuando te veo llegar de la escuela, ya en casa, hago siempre un ejercicio de imaginación y trato de adivinar hacia dónde dirigirás tus primeros pasos. ¿A saludar a tu papá?, ¿a darle un beso a tu mamá? No: irás corriendo a la computadora; la encenderás con un solo golpe enérgico y entonces, sólo entonces, anunciarás en voz alta tu llegada.

No dirás nada acerca de ti, o de cómo te fue hoy por la mañana en la clase de química; para ti, en la escuela no pasa nada, no pasa nunca nada: tal es el motivo por el que, en casa, ni siquiera hablas de ella: es, para decirlo ya, un mal que ni siquiera juzgas necesario.

Llegas invariablemente a las dos y media de la tarde, enciendes la computadora y a las once de la noche todavía estarás allí, haciendo como que consultas algo en Internet, aunque en realidad bajando videos, entrando a sitios nuevos y desconocidos y chateando con tus amigos. Esto sucede exactamente así de lunes a viernes; de los sábados y los domingos prefiero no hablar, pues tus sesiones ciberespaciales comienzan desde mucho antes, casi desde que amanece. ¿Es que no te aburre hacer siempre lo mismo, no te cansa?

A los jóvenes de hoy los veo cansados, ojerosos, deprimidos y solos. Sobre todo solos. Cada vez hablan menos entre ellos y, si lo hacen, es sólo a través de aparatos que ocultan los rostros y evitan las miradas.

Antes, cuando los de la generación pasada, veíamos llegar a nuestra casa a un visitante, por desconocido que fuera, debíamos saludarlo en el acto estrechándole la mano o deseándole buenos días: nuestros padres nos obligaban a ello.

Hoy ya no suele suceder así, y cuando los mayores llegamos a una casa, los de tu edad apenas si se dignan a mirarnos: una ráfaga de viento entrando por la ventana los habría sin duda sorprendido más.

Pero no, no quiero hablarte de esto, sino del entusiasmo, esa virtud que los jóvenes de hoy cada vez aprecian menos y que tanta falta les hace. «Pero, ¿qué es el entusiasmo?», me preguntarás. Es la virtud que nos impele a hacer las cosas con alegría, a fondo, y poniendo en ello el alma entera. He visto caminar a los amigos que llevas a tu casa, y pareciera que ya caminar es para ellos una actividad que excede con mucho la posibilidad de sus fuerzas: ora se inclinan ante un peso invisible como jorobados, ora va una de sus piernas pidiéndole permiso a la otra para adelantársele.

La postura de nuestro cuerpo dice mucho de nosotros mismos; por eso, a los jóvenes de su tiempo, un autor de mediados de siglo llamado Romano Guardini (1885-1968) los invitaba en uno de sus libros a realizar el siguiente ejercicio: «Mantener el cuerpo erguido: la cabeza elevada, la frente abierta a la luz, los hombros hacia atrás; al andar, mover con naturalidad los pies y no apoyarse sin necesidad al estar sentado». Y esto para que el alma se irguiera también y apareciera a los ojos del mundo un poco menos cansada, tal vez un poquitín menos triste.

Otro vicio de los jóvenes: hacer las cosas sin convicción y como a regañadientes. La computadora –quiero decir, la tecnología en general- los ha vuelto conformistas además de ensimismados. Conformistas, sí, pues cada vez son menos las cosas que puedan sorprenderlos. ¡Hemos agotado, y ustedes los primeros, nuestras reservas naturales de estupor! Si hoy mismo, por ejemplo, se diera la noticia de que a partir de mañana los autos volarán, en una semana nos habríamos acostumbrado ya a que los autos vuelen y estaríamos psicológicamente listos para pasar de una vez por todas a otra cosa.

La palabra ambición –a menos que se entienda por ella la sed apasionada de dinero- ha sido borrada de los diccionarios juveniles desde hace ya muchos, muchos años. Y, sin embargo, es necesario soñar, desear y apuntar alto, pues vivir significa esto: hacer realidad unos cuantos sueños, y si no muchos por lo menos uno o dos. Lo peor que puede sucederte es que ya no desees nada y te dediques a vivir la vida como viene y sin atreverte a enriquecerla con los sueños de tu imaginación.

Los sabios de la antigüedad y del presente están de acuerdo en esto: cuando se deja de soñar y de querer, la vida ha terminado. Georges Herbert, por ejemplo, decía: «Alcanza más alto el que apunta a la luna que el que dispara a un árbol». Otro autor del que no diré el nombre porque no creo que te diga nada, decía también: «El que dispara al sol del mediodía es indudable que no dará en el blanco; sin embargo, es también indudable que alcanzará mayor altura que quien apunta a un arbusto».

Sólo para que veas que no se trata de ocurrencias aisladas, sino que hay en esto mucho de verdad, me atreveré a transcribir para ti un último pensamiento, tomado ahora de uno de los libros de un filósofo francés llamado Gustave Thibon (1903-2001): «Hay que partir de lo absoluto con el pensamiento para realizar lo relativo en la acción. El que, al partir, tan sólo cree en lo relativo, vendrá a parar prácticamente en la nada… El ideal juega el papel del alza: todo el que ha manejado armas de fuego sabe que para tirar lejos sobre la tierra, hay que apuntar alto hacia el cielo».
Apuntar alto. A esto es a lo que yo llamo ambición y entusiasmo. Ojalá puedas apuntar alto en cielo para que tu tiro llegue lejos en la tierra. ¡No te conformes, no te quedes sentado todo el día ante una pantalla que, en el fondo, no hace más que robarte el tiempo y quitarte la vida! Levántate, ponte en movimiento, sonríe: hay una vida que vivir y muchas cosas por hacer. ¿Cómo decirte que es necesario imaginar? ¿Cómo hacerte ver que sólo recibimos en la medida en que esperamos; que sólo conseguimos en la medida en que soñamos? «El hombre sin deseos es un cadáver que piensa», dijo una vez el dramaturgo francés H. R. Lenormand.

Apunta alto en el cielo. Sí, es posible que tu tiro no alcance las nubes: ya lo sabes, existe la gravedad, esa fuerza misteriosa que tira a las cosas de los pies y les impide volar; pero, aun cuando las nubes se burlen de ti, tu tiro llegará lejos en el horizonte. ¿Y no es eso lo único que importa?

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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