mayo 25, 2026

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Opinión

Aniversarios de cine I | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO.

Este año se conmemoran aniversarios importantes para el mundo del cine: Si aún viviera cumpliría cien años el maestro Pier Paolo Pasolini (1922-1975), un intenso cineasta disruptivo, subversivo y provocador. Escritor y poeta cuyo pensamiento político lo desmarcó de los demás cineastas de su tiempo. Él se autodefinía como ateo, comunista, marxista, libertino y amoral, el más provocador de sus trabajos Saló (Pasolini, 1975) se estrenó tres semanas después de que encontraran su cuerpo en un baldío, víctima de una brutalidad  que pareciera emanada de su póstuma película. Cumple cien años la primera película sobre Drácula, Nosferatu (Murnau, 1922) del cineasta alemán Friedrich Wilhelm Murnau, obra maestra del expresionismo Alemán y de las pocas películas mudas que han trascendido por su destreza visual, la cinta está basada, pero no autorizada, en el libro de Bram Stoker.

Ochenta años cumple Casablanca (Curtiz, 1942) mítica película con unas memorables interpretaciones, un guión brillante, una música que ha sido referencia de muchos filmes y una realización cuidada e impecable. Ingrid Bergman nunca estuvo tan fascinante como cuando tararea la canción a Sam; y Bogart se alejó de su típico rol de gánster y con el personaje de Rick se convierte en el prototipo de héroe perdedor, de antihéroe solitario y romántico. Y como olvidar que Dooley Wilson (Sam) canta acompañado por su piano la canción más recordada de la historia del cine, As Time Goes By. Setenta años cumple Singin´ In The Rain (Donen, 1952) extraordinario musical considerado como una de las obras maestras indiscutibles del género. Cantando bajo la lluvia es una oda a la felicidad, al séptimo arte y a los profundos cambios que el cine experimentó cuando pasó de ser mudo a ser sonoro, una carta de amor a la música y al baile.

De las que festejarán sesenta años solo mencionaré a cuatro que considero son las que me han aportado más a mi gusto por el cine. Lawrence de Arabia (Lean, 1962) basada en la mítica figura de Thomas Edward Lawrence un joven oficial del Imperio Británico que lideró la lucha de las tribus árabes contra los turcos, en la primera guerra mundial. La cinta es dirigida por el maestro David Lean un director metódico y experto en contar historias intimas y en dotar a sus personajes de una enorme riqueza interior, logró que la  caracterización de O’Toole sea insuperable. El Ángel Exterminador (Buñuel, 1962)

una genial historia surrealista, el propio Luis Buñuel la resumió así “(…) un grupo de personas que, una noche, al término de una función teatral, van a cenar a casa de una de ellas. Después de la cena, pasan al salón y, por una razón inexplicada, no pueden salir de él”. “Si el film que van a ver les parece enigmático e incoherente, también la vida lo es. Es repetitivo como la vida y, como la vida, sujeto a múltiples interpretaciones.

También ese año vio la luz Lolita (Kubrick, 1962), en su mejor momento creativo Kubrick adapta la polémica novela de Vladimir Nobokov, el valor de la cinta radica, en lo personal, en el contexto, la censura y en la genialidad de Stanley Kubrick.

El poeta finisecular del cine Andréi Tarkovsky estrenó en 1962 La infancia de Iván (Tarkovsky, 1962) verla es un inolvidable puñetazo en el estómago, un viaje por la locura y el horror de la guerra, aunque los combates estén en fuera de campo en la cinta. Un poderoso film que se erige en toda una demostración de talento, vigor y sensibilidad cinematográfica. Iván es un monstruo destrozado por la guerra, un niño cuya infancia ha quedado irremediablemente perdida, devastada. Una película tan vigente como extraordinaria.

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Letras minúsculas

Amor empieza con A | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Me preguntas, estimada lectora, acerca de la muerte del amor: «¿Cuándo se ha dejado de querer a una persona?». Esta pregunta es tan difícil de responder como su contraria, es decir, aquella que inquiere por el día en que se ha empezado a amarlo. ¿Quién podría precisar el año, la fecha exacta en que se ha descubierto uno a sí mismo pensando en alguien más de lo ordinario, o, quizá, de lo debido? 

El amor, como la vejez, llega siempre sin avisar. Nadie envejece de un día para otro, sino que más bien, llegado a un cierto punto de la vida, se descubre viejo. ¿Cómo se hace casi siempre este descubrimiento? Un día, por ejemplo, asistes a una graduación: el que se recibe es tu pariente y quieres estar con él en este acto decisivo. Tú lo ves recibir el diploma, sonreír satisfecho, regresar a su asiento, lanzar al auditorio agradecidas miradas. Y, de pronto, reaccionas: «¡Dios mío! ¡Pero si a este médico yo lo vi gatear y usar chupón!». Estas palabras te producen, por decir así, un ataque de nervios. Y te alegras por él, pero te entristeces por ti. Ya de regreso a casa, observas tu cabeza en el espejo retrovisor y la encuentras más bien gris: en todo caso, tu cabello ya no tiene el bello color de la noche, y vuelves a entristecerte. Y, así, yendo de descubrimiento en descubrimiento y de tristeza en tristeza,  es como uno se da cuenta finalmente de que el tiempo ha pasado.

Pues bien, lo mismo sucede con el amor: no lo vemos nacer, sino que lo descubrimos. Pero tú no quieres saber esto. Tu pregunta se refiere más a la muerte que al nacimiento: quieres saber cuáles son las actitudes reveladoras de que algo bello y bueno ha acabado entre dos seres que se amaban.

Acaso el siguiente pasaje pueda revelarte algo; lo he tomado de una novela de Dan Frank, el escritor francés, titulada La separación. 

Un hombre y una mujer, casados desde hace tiempo, han ido al teatro; sus ojos están fijos en el escenario y, mientras los actores hablan y se mueven, él intenta tomar, para tenerla consigo, la mano de ella. Siempre que van al teatro se toman de la mano; cuando viajan en auto hacen siempre lo mismo. Pero ahora no es como siempre, ahora algo extraño está pasando: 

«Ella dice en voz baja, exasperada: 

-“¡Ya déjame ver la obra! 

«Luego se separa bruscamente y se aleja, para recargarse del otro lado… En el camino de regreso, en moto, ella se mantiene recargada hacia atrás, no anuda los brazos alrededor de su torso, ni apoya la mejilla en su espalda, como acostumbraba. Él le pregunta si tiene frío; ella responde que sí. Él dice: 

“Pon las manos en mi bolsillo”. 

«Pero como ella no se mueve, las toma y las introduce él mismo. Ella las deja allí. Pero se aparta insensiblemente, extendiendo los brazos. Las palmas están lejos del cuerpo. Es una pasajera, ni mujer ni amiga. Él ha perdido la batalla de las manos».

Cuando se ha perdido la batalla de las manos, el amor ha muerto. El cuerpo del otro se ha convertido en un bulto que camina y respira, en una cosa que se agita y se mueve: ya no es una piel que invita al tacto, a la caricia, sino un objeto más entre millones de objetos: se puede pasar ante él con indiferencia y sin detenerse. 

La muerte del amor tiene mucho que ver, según la bellísima expresión del mismo Frank, con «la desaparición de los signos». 

«En la mañana, en la recámara, ella se arregla concienzudamente ante el espejo. Está radiante, pero sin él, o más bien fuera de él». Él, al verla embellecerse acaso para otro, acaso sólo para ella misma, se pregunta: «¿Por qué esos parpadeos?, ¿en qué piensa?, ¿rechazará mi mano?, ¿y mi brazo?, ¿qué pasa?, ¿por fin me mirará? Pero ella no lo mira, y rechaza brazo, mano, todo». 

He aquí, finamente expresados, los estertores de un amor.

Se ha dicho innumerables veces que se deja de amar un ser cuando se deja de esperar en él. Es posible que así sea. Pero antes de dejar de esperar en él se ha dejado de tocarlo y de mirarlo. Sus movimientos ya no son seguidos por una mirada curiosa e interesada: éstos, por decir así, han perdido toda trascendencia y se han vuelto insignificantes. Antes, uno y otro casi se espiaban; hoy, en cambio, apenas se miran. Cuando en otro tiempo salían juntos a dar un paseo por la ciudad, no se percataban de la existencia del mundo exterior: iban hombro con hombro y se miraban a los ojos. Hoy los dos se recargan indolentemente en su respectiva ventanilla y fingen un extraño interés por las fachadas de los edificios y los monumentos históricos, es decir, por cosas en las que antes ni siquiera reparaban. 

El amor ha muerto cuando el otro ya no nos sorprende ni nos maravilla. 

No es casual que la palabra amor empiece con a, que es la letra del arrebato, el asombro y la admiración (experiencias éstas que igualmente empiezan con a). Te invito a que comiences a decir la palabra amor una vez, y luego una segunda; que te dispongas a decirla una tercera vez, pero sin llegar a pronunciar las letra que siguen, es decir, la m, la o y la r. Quédate por ahora sólo en la primera letra. ¿A qué suena esta a de la palabra amor? Al “¡ah!” del asombro y del azoro, ¿no es verdad? 

Como la filosofía, el amor ha nacido de un “¡ah!” lleno de sorpresa. Sorpresa ante el mundo y la vida en la filosofía; sorpresa ante un rostro, ante una presencia en el amor. Y cuando el otro y todo lo que él es y hace ya no nos hace exclamar: “¡ah!”, entonces el amor ha muerto. 

¿He respondido a tu pregunta, mi querida amiga?

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El Cronopio

El formador de humanistas, Villaseñor Tejeda | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Hace setenta y un años iniciaban las actividades académicas de la extinta Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) desaparecida ignominiosamente por motivos políticos en 1962. La UASLP caía en un largo periodo de oscurantismo del que costó salir, en la década de los ochenta, con el esfuerzo de la planta académica que comenzó su formación en la propia UASLP y que redondeara esa formación en universidades e instituciones de vanguardia a nivel mundial.

Sesenta años después se restablecían en la UASLP estudios humanísticos y sociales. Los primeros tiempos de aquella Facultad de Humanidades fueron brillantes y una pléyade de profesores figuraron en el claustro académico de la UASLP, muchos de los cuales han caído en el olvido y que hemos estado recordando en esta columna, tanto a profesores como profesoras que aparecen en el libro Damas de Potosí, perfiles publicados en La Orquesta.

En cuanto a la licenciatura de filosofía, activa en la actualidad en la UASLP, que cumple once años de ser reactivada, pues esta carrera era una de las carreras que existían en aquella Facultad de Humanidades, requiere conocer sus antecedentes y principalmente los profesores que le dieron vida en la década de los cincuenta y principios de los sesenta.

Uno de esos profesores fue José Villaseñor Tejeda, que impartió cátedra en la Facultad de Humanidades potosina de enero de 1958 a agosto de 1962, año y mes en que fue cerrada. A decir de Josefina de Ávila Cervantes, estudiante y profesora de la mencionada Facultad y de quien hemos tratado en esta columna, “el profesor Villaseñor fue el eje silencioso del cual partían y al cual volvían maestros y alumnos”.

En ese lustro de trabajo en la UASLP por formar maestros en filosofía y en letras escribiría su Introducción a la Filosofía, su estudio sobre la Crítica de la Razón Pura y sus ensayos sobre Sócrates, Freud, Proust, Dostoievski, el humanismo y otros temas que fueron publicados en la Revista de la Facultad de Hum anidades, en Letras Potosinas y en Vitral, revista del Instituto de Cultura Superior, así como escritos inéditos consistentes en investigaciones filosóficas, ensayos sobre arte: pintura, cine, literatura.

José Villaseñor Tejeda murió joven, a los cuarenta años, el 23 de diciembre de 1968 en la Ciudad de México a donde fue a laborar al Instituto de Cultura Superior después del cierre de la Facultad de Humanidades. En ese Instituto reestructuró el curso filosofía de la religión que había iniciado en la UASLP. 

Villaseñor comenzó sus estudios de filosofía en el Seminario Conciliar de México y para 1947 pasó a la Universidad Nacional Autónoma de México donde terminó sus estudios de maestría en filosofía. Al terminar, ingresó como profesor a la Universidad de Guanajuato donde laboró por un poco tiempo al renunciar en protesta por el despido de un grupo de compañeros de trabajo tratados injustamente por las autoridades escolares.

Su compañera de aventura académica en la UASLP, la mencionada Josefina de Ávila lo retrata en un comentario de recuerdo: “La contrapartida de su historia -la que ofrece tan poco a aquellos que esperan todo de los hechos-, fue (usando términos suyos), su intrahistoria. Para quienes no traducen su propia existencia como un activismo urgente y aceptan, por el contrario, que la aventura del espíritu no puede ser corrida con la esperanza de una respuesta concreta y tranquilizadora sino con la pura actitud contemplativa, encontrarán en su obra una invitación a detenerse ante el misterio develable que envuelve y penetra esto que llamamos el Universo”.

El recuerdo de quienes contribuyeron al desarrollo de nuestras instituciones y, participaron en la formación de la juventud potosina y profesionales que contribuyen al desarrollo social es imprescindible en una institución que se jacta de ser representativa de la educación superior en el país; pero más importante es darles vida manteniendo su obra en difusión.

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Letras minúsculas

Robots Joviales | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Por: Juan Jesús Priego

La señorita acababa de perder a su madre, de modo que aquel día se mostraba aún un tanto pensativa y silenciosa. Su madre… ¡Cómo había sufrido en la vida! Durante muchos años había estado enferma y, pese a todo, nunca se quedó en la cama compadeciéndose a sí misma ni quejándose de la vida. El desayuno siempre estuvo listo, la casa siempre estuvo limpia: la enfermedad no le impidió jamás cumplir con sus deberes.

-¿Encontró todo lo que buscaba? ¿Necesita tiempo aire para su teléfono? –preguntó la señorita mientras se esforzaba por no romper a llorar y sin levantar la cabeza. Tenía que hacer la pregunta en voz alta, y la hizo, pero sin demasiado entusiasmo. 

No escuchó la respuesta; en realidad, no le interesaba que los clientes hubieran encontrado o no lo que buscaban; había otras cosas mucho más importantes en qué pensar: «La enfermedad –se dijo a sí misma la señorita-, la enfermedad, cualquiera que ésta sea, es siempre absurda. ¿Es que no nos vamos a morir? Ya esto es suficiente, ya esto es incluso demasiado. ¿Es que no nos vamos a morir? ¡Y, por si esto fuera poco, antes de morirnos hemos de padecer muchos males! Hay quienes, como mi madre, no hicieron en la vida más que ir de una enfermedad a otra. ¡Pobres de nosotros! Si por lo menos pudiéramos vivir apaciblemente los años que preceden a la muerte. Pero aun esto nos ha sido negado».

Así pensaba la señorita cuando oyó que una voz enérgica y malhumorada le decía: 

Pues no, no he encontrado todo lo que buscaba. Busqué amabilidad y no la he encontrado; busqué con un poco de atención por parte del personal y ya ve usted con lo que me encuentro: con un trozo de hielo. ¿Qué clase de tienda es ésta? ¿Así se cuidan aquí las relaciones públicas? 

La señorita se encogió de hombros, cortó de un tirón el ticket que debía entregar y lo tendió, sin verlo, a la dama vociferante. 

-¡Qué educación! –gritó la mujer-. Aquí ni siquiera le sonríen a una, ni la saludan. Ahora mismo iré a quejarme a la gerencia. 

La señorita no se atrevió a seguir con la mirada los movimientos de la dama: ella seguía pensando en su madre, a la que ya no encontraría en casa cuando volviera a ella. «Sí –se decía-, ¿es que no nos vamos a morir? ¿Por qué, pues, este mar de sufrimiento?».

El gerente de la tienda llegó a la caja, pidió a la señorita que la acompañara a algún lugar y le dijo enérgicamente, para que todos lo oyeran, que así no se podía tratar a la clientela. 

-Mírese usted en un espejo –le dijo el gerente-. Tiene cara de drogada. ¿Es que no duerme usted por las noches?

Anoche no pude dormir. 

-Lo siento por usted. ¿Por qué no va con un médico para que la revise y le dé un sedante  o lo que sea? ¡Usted, así, no puede seguir viniendo! Causa lástima, ¿no lo entiende? Y nuestro personal no tiene que causar lástima.

La señorita no decía nada; se limitaba a escuchar. 

-Usted bien sabe que a los clientes hay que saludarlos y sonreírles. ¡Usted debe mostrarse feliz de pertenecer a esta gran empresa! ¡La felicidad de pertenecer a esta gran empresa debe vérs ele desde todos los ángulos!

También, por supuesto, desde el otro lado de la caja…

Esta semana ha muerto mi madre –cortó la señorita. No quería conmover, sino sólo informar. ¿Conmover a quién, o por qué? ¿A quién podría interesarle la muerte de su madre más que a ella?

-Lo lamento –dijo el gerente-. Todos lo lamentamos. Pero mientras esté usted en la caja, olvídese de su madre. Durante las ocho horas que esté aquí, tiene usted prohibido pensar en ella.

Prohibido pensar en ella. Mientras la señorita se secaba las lágrimas al contarme este incidente, yo pensaba en lo que el sociólogo norteamericano C. Wright Mills (1916-1962) había dicho en uno de sus libros, a saber: que hoy a los trabajadores se les pide que sean externamente robots joviales (cheerful robots), aunque por dentro estén sintiendo que se los lleva el diablo. Sí, dicen los modernos manuales de relaciones públicas, hay que sonreír, hay que dar palmadas en el hombro de los clientes, hay que hacerles sentir que están en el mejor de los mundos posibles y en el que, por lo tanto, no hay ni puede haber razones para llorar… 

Esa misma noche, al escribir este artículo, me puse a buscar el libro en el que había leído la afirmación de Mills y copié la cita entera, que ahora transcribo aquí: 

«De este modo la sonrisa, la mirada amable, el modo de andar, la voz y todas las cualidades externas que puedan hacer atractiva la personalidad del vendedor se convierten en objetos de manipulación encaminados a un fin. Se abusa de ellos en aras del lucro y dejan de ser una efusión originaria de la personalidad del hombre. Con esto los rasgos personales adquiridos, la sonrisa y la sencillez adquiridas deben convertirse realmente en una parte integrante del hombre, porque sólo así convencen, porque sólo así venden. De este modo el hombre se aparta de su propio ser y se apropia una personalidad extraña. El hombre se aparta de sí mismo, pero se aparta también del prójimo, porque se convierte en un objeto de manipulación, un objeto al que hay que saber calibrar acertadamente”.

La señorita perdió el trabajo. Había defendido de tal manera su derecho a no sonreír al menos en esos momentos, que su defensa le costó cara. Y mientras yo casi lloro con ella, pienso en qué va a ser –y hacia dónde se encamina- una sociedad en la que por afán de dinero se le puede decir a alguien: “Sí, es triste lo que ha pasado. Todos lo lamentamos, pero mientras esté en la caja olvídese de su madre. Durante las ocho horas laborables tiene usted prohibido pensar en ella»…

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