noviembre 1, 2026

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#4 Tiempos

Una historia de derechos humanos | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Se acerca diciembre, mes en el que evaluamos cuánto de lo propuesto se cumplió. Yo me propuse desde hace meses narrar una historia de lo más sorprendente que me pasó en este 2022.

Comienzo esta narración reconociéndome una capacidad perfeccionada de estar cerca de las situaciones más insospechadas, en vez de verlo como un defecto (una persona bien poco agradable un día me lo reprochó: “León, ¿por qué siempre, siempre te metes en líos?) lo veo con optimismo y poca humildad, como una de mis virtudes más presumibles. Faltaba más: por eso soy antropólogo, documento y registro situaciones sociales y entre más extrañas y peligrosas, mejor.

Sucedió pues de que estaba yo en la Central Camionera de Morelia, el mero Domingo de Pascua, último día de vacaciones de Semana Santa. Sí, el peor día para tomar un autobús de vuelta a casa, al San Luis de las Tunas. Filas y filas de gente desesperada en todas las líneas. Era la época en que el COVID todavía asustaba y las multitudes intentaban guardar infructuosamente su distancia, con su cubrebocas y poniéndose gel en las manos.

En el mostrador de ETN estaban 2 señoritas atendiendo a los pasajeros. Frente al mostrador, en el piso, estaban pegados unos círculos rojos que indicaban el lugar en que cada cliente debía ubicarse. Sin embargo, solo había una fila con 12 personas formadas y el resto de círculos rojos ahí solitos. Pensé en formarme en una fila vacía y ahorrarme unos 20 minutos, pero me pareció extraña la situación y mejor le pregunté a la última persona formada:

  • Disculpe ¿esta es la fila para comprar boletos…?

La señora me miró pensando en lo tonto de la pregunta (“no, es la fila para comprar filetes de pescado”), me respondió un lacónico “sí” y me formé, como el ciudadano obediente y decente que soy. Luego de mí, llegaron otras y otros que hacían la misma pregunta tonta al último formado. Entonces sucedió: un hombre en short y con playera de quien acaba de llegar de la playa observa una fila enorme de 15 personas y toma la decisión de pararse en el primer círculo rojo abandonado.

Tiene razón, pensé. Ahí están las marcas, que claramente tienen el letrero pintado “párese aquí” y espere su turno, pero mi experiencia me hace saber que, aunque una institución ponga reglas, la mejor manera de meterse en problemas es seguir esas reglas, siempre hay que esperar a ver qué pasa. Efectivamente sucedió: cuando el hombre quiso pasar, la señorita le dijo: fórmese en la fila y él respondió, “yo me formé en donde la empresa puso las marcas de las filas”. La señorita se molestó y le ordenó al señor que se formara en la fila de ya 20 personas que veíamos la situación. Como el hombre no se quiso mover de ahí hasta ser atendido, la señorita 2 llamó a la otra señorita 1 para explicar entre las dos que, aunque la empresa puso esas marcas en el piso, no había que hacerles caso: es una trampa para ver quién cae. Luego, llamaron al gerente de ETN, quién creyó que si ponía su semblante más amargado y gritaba iba a poner en su lugar al cliente que estaba cada vez más ofendido.

Aquí es donde intervengo yo: me salgo de la fila y voy y le digo al gerente: “El señor tiene razón, ustedes pusieron esas marcas, yo mismo me hubiera formado, pero se trata de una cuestión cultural, claramente él es extranjero y no tiene por qué saber que en México hay que preguntar en la cola de las filas, por favor atiéndalo ya y ayude a que la fila avance”. Lo más sorprendente del caso fue que el hombre me contradijo hablando un español perfecto: “No, no se trata de una cuestión cultural, sino de educación y de orden, que la empresa respete sus propias reglas”.  Wuao.

¿Cómo supe que era extranjero? Por un detalle que he omitido intencionalmente: el hombre era negro y aquí entró un prejuicio mío, supuse que era extranjero por su piel y que era turista por su atuendo.

Mientras el gerente de ETN gritaba y manoteaba, el señor se recargaba en el mostrador desafiante y tranquilo a la vez. Una señora mayor y de tez blanca se formó en una de las filas vacías e inmediatamente fue llamada al mostrador. Entonces sí, el señor reclamó y argumentó que se trataba de un caso de evidente discriminación racial, a él lo formaban y a la señora la dejaban pasar. El gerente no pudo más y llamó a la policía. Entonces saqué el celular y me puse a grabar, porque pensé que se iban a llevar al señor detenido por formarse en una fila de trampa.

Arribaron corriendo las fuerzas de la policía privada que cuida la Central Camionera (en estos casos, la policía llega bien rápido). El jefe y tres de ellos se fueron contra el señor y otro contra mí por estar grabando. Aquí entran discusiones del tipo “¿qué estás grabando?” “Lo que me da la gana, señor”, “no puedes grabar aquí” “¿por qué no?”, “lo dice el reglamento”, “tráigame el reglamento”. Etc. Hubo un momento de máxima tensión cuando los policías intentaron llevar el conflicto a un terreno físico.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Los policías poco a poco se empezaron a retirar y solo quedó el jefe que le ordenó al último guardián del orden que me dejara en paz. Yo estaba a un turno para llegar al mostrador a comprar mis boletos, pero seguí grabando.

El hombre ofendido le reprochaba al jefe policía, dónde estaba su placa y le recordaba todos los artículos del reglamento que estaba incumpliendo. Le pidió ciertos papeles que el policía también incumplió y le advirtió: “tú vas a escribir tu informe y ahí vas a poner que incumpliste este procedimiento, y este y esto más y si no lo pones, yo me voy a encargar de que además seas sancionado por ocultar información, esto que hiciste es muy grave”. El policía se iba haciendo chiquito, chiquito, chiquito. El gerente de ETN desapareció de la escena y la señorita 1 atendió al hombre y le despachó sus boletos.

La señora mayor seguía ahí esperando. ¡Iba en compañía del hombre!

Pero la historia aun no acaba, viene lo mejor.

El señor me pidió mi teléfono para compartir los videos, pues estaba decidido a denunciar formalmente a la empresa ETN y a los policías. Me dijo: “Esto no puede seguir pasando en este país” y nos despedimos. Minutos más tarde, mientras comía una torta deliciosa en un lugar privilegiado (y casi secreto) de la central camionera me llegó un whatsapp de mi nuevo amigo. En su foto aparecía él, de traje, sentado en un escritorio, junto a las banderas de México, de la Comisión Internacional de Derechos Humanos y de la ONU. Lo busqué y resultó que se trataba de un alto comisionado que asesora al Gobierno de Michoacán en este tema de los derechos humanos. ¡ja!

Hace unas semanas recibí un mensaje de él. Me relataba que su denuncia fructificó: la empresa ETN debe solicitar disculpas públicas y desarrollar talleres y cursos para preparar a su personal en Derechos Humanos y evitar a toda costa actos de discriminación. Yo añado: No estaría mal también una asesoría en manejo de las filas de clientes.

Estimadas y cultas lectoras de La Orquesta: este es el mensaje para las empresas y gerentes discriminadores: Nunca saben cuándo están en la mira.  

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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