agosto 17, 2026

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#4 Tiempos

Susana y Angélica, ante el drama del despojo | Columna de Óscar Esquivel

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Susana y Angélica

Desafinando

 

Alguna de las veces es lícito, por evitar algún escándalo, suspender algunos preceptos del derecho natural, a pesar de que en forma general nos mandan cumplirlos, asumiendo que el derecho es lo justo: actuar con cordura ante la diversidad de las ideas es el camino para encontrar la igualdad entre los individuos y las sociedades en su conjunto. Ahora bien, cuando se desatan las formas primitivas de ejercer la justicia, algunos antepondrán la justicia que les asiste y lucharán por su derechos naturales de existir.

Angélica, una señorita de “buena familia“ de algún pueblo alejado de las grandes ciudades potosinas, donde la vida pasa sin prisa y a su ritmo, más lento que pausado, a sus escasos quince años le comunicó a su padre el deseo de convertirse a la vida religiosa. Como todo padre devoto, lo tomó por sorpresa, expresando asimismo su alegría, tendría en la familia a una religiosa de entre ocho hermanos.

Transcurrido el tiempo entre del convento, Angélica comenzó a estudiar para convertirse en maestra de física. Su deseo era enseñar la ciencia a jóvenes de escasos recursos. Parecía difícil entender esto por la formación conservadora dentro del convento.

Ella casi siempre se paraba más temprano para atender las labores propias del convento y después poder asistir a la Universidad. Ya casi a sus 23 años se graduó con la licenciatura de física, ya para entonces Angélica daba clase a alumnos de preparatoria. Con el título universitario continuó estudiando hasta lograr un ofrecimiento de maestra en la misma facultad de física de donde se recibió.

Concentrándose en estudios astronómicos, no sin la desaprobación de sus superioras del convento: la razón, su tiempo lo dedicaba más a la universidad que a sus deberes como religiosa. se fue formando en torno de ella un deseo de libertad. A los treinta años dejaría el convento para dedicarse a lo que tanto le gustaba: la astronomía.

Fue invitada por la UNAM a formar parte del equipo de astrofísica, ahí su vida tuvo un vuelco: conoció a Susana, seis años más grande que ella, de profesión química, con aspecto un poco desaliñada, poco arreglada en su persona. Angélica nunca tuvo novio, ni pretendientes, tal vez por su timidez y su pronta decisión de formar parte de la iglesia católica.

La amistad con Susana la fue llevando a tener grandes afectos, detalles, viajes de investigación, de placer. En fin, su convivencia fue tal que comenzó una amistad casi hermanable. En una ocasión Susana llegó al centro de trabajo y dentro de su bolso se escuchaba el ruido fino que ocasiona un llavero repleto de llaves. Metió la mano al bolso y sacó un llavero con una llave especial: una llave pintada roja, la que abriría la puerta de una casa que Susana habría comprado, Angélica se sorprendió y la felicitó por su adquisición. Susana la abrazó, la tomó por el hombro y la llevó fuera del laboratorio. Sonriendo, la invitó a que vivieran juntas. Sin pensarlo, Angélica dijo que ¡si! A partir de ese momento comenzaría una vida de convivencia.

El padre de Angélica, que ya había reprobado la salida de su hija del convento, ahora la acusaba de tener una relación lésbica con Susana. Su postura, como todo religioso y formado en una moral equívoca, y a pesar del amor a su hija, prohibió a la familia verla. Él mismo se retiró para nunca verla después. La intolerancia había triunfado.

El tiempo transcurrió… treinta años formando un patrimonio. Nunca tuvieron la posibilidad de volver a ver a sus familias, ellas lograron hacer una

.

Un 30 de abril, día del niño, casualmente, Susana recibió una llamada que la sorprendió mucho. Era su media hermana, la menor que nunca mencionaba. Leticia, mujer joven, le decía que quería verla, Susana, sin rencores tras haber corrido la misma suerte que Angélica con su familia paterna, asistió con solo sí. Por la tarde Leticia apareció entre las calles donde estaba el hogar de Susana y Angélica. Las dos al verse, con un abrazo poco cálido se saludaron. Sin decir palabra se asomó una niña entre las piernas de su mamá y con sonrisa le dijo: “hola tía”. Era la hija de Leticia, de seis años de edad. Pareciera que cupido las hubiera flechado.

Durante la conversación, larga, después de tantos años de silencio, Leticia de la una noticia a su hermana: estaba invadida por el cáncer de mama. Ya había metástasis por todo el cuerpo y nada que hacer, pronto moriría. Así ocurrió a solo dos meses de la visita, Leticia moriría, no sin antes dejarle a su hija a cargo, prácticamente su única pariente. Susana y Angélica, por un destino que nunca se comprende, serían mamás.

Pasaron años después: Angélica y Susana, ya de 61 años y 70, respectivamente, se jubilaron de sus trabajos. La niña que estuvo por todo este tiempo se casó, la vida transcurrió como cualquier otra familia.

2018: Angélica enferma gravemente de pancreatitis. Tras días en el hospital, la enfermedad la consumió. No logró recuperarse y falleció, hecho trágico para Susana.

Como suele suceder, los hermanos de Angélica, los que quedaban vivos, en un falso arrepentimiento asistieron al funeral. Al concluir las exequias hablaron con Susana, solo para decirle que pelearían de manera legal los bienes de Angélica, los que habían formado juntas: una casa, los autos, una pequeña finca en el municipio de Aquismón, San Luis Potosí. Dicho y hecho, en dos días tenían a los abogados para iniciar un juicio testamentario, error de Susana de no haber hecho lo conducente para mantener su patrimonio para ella y para la hija de su hermana.

La familia de Angélica aún sigue con un juicio testamentario reclamando los bienes que a su juicio les corresponde, ¡nada más falso!.

Para fortuna de todos los potosinos, ya se aprobó la ley de matrimonios igualitarios en nuestro estado, a pesar de la resistencia casi fanática de los diputados conservadores y aquellos que votaron en contra de esta ley, desdeñando los principios ideológicos de sus partidos, bien por aquellos que están a la altura de un cambio en la manera de pensar, y que luchan por el bien común.

Un gran paso sin duda: justicia e igualdad para todos, es lo que hace falta en este mundo, respetarnos y vivir en armonía.

Nos saludamos pronto.

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#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

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El Cronopio

El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

J.R. Martínez/Dr. Flash

En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.

Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.

Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.

En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.

Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela

, la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.

En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).

Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.

En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.

Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.

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#4 Tiempos

El pionero de la música electrónica en América Latina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Uno de los trascendentes desarrollos artísticos y científicos potosinos lo son los pianos metamorfoseados desarrollados por Julián Carrillo, únicos en el mundo y que abriera la puerta a un nuevo universo musical. Los pianos, diseñados dando importancia al esquema práctico del propio piano, o sea sin cambiar la disposición de las teclas, fueron diseñados para poder tocar en tercios, cuartos, hasta dieciseisavos de tono, conformando así una serie de quince pianos que fueron presentados en la Feria Internacional de Bruselas en 1958 donde obtuvieron la medalla de oro.

Previamente Carrillo había diseñado y transformado un piano comercial de alta calidad a piano de tercios de tono, cambiando por completo el cuerpo del piano, el arpa que daba paso a tener un piano en tercios de tono, lo cual fue desarrollado a finales de la década de los cuarenta del siglo XX.

En este importante diseño del piano de tercios de tono, participó un joven que se haría camino en el mundo de la música y de la tecnología, Raúl Pavón Sarrelangue que pasa a la historia de la música mexicana como el pionero en la música electrónica en América Latina.

Por el lado musical, Raúl Pavón estudiaría guitarra con el célebre guitarrista Andrés Segovia y en Milán, Italia y en Colonia, Alemania, música electroacústica. Posterior a su participación el piano de tercios de tono, continuó su trabajo en nuevos diseños y construcción de guitarras y sintetizadores.

En el ámbito de la ingeniería y tecnología Raúl Pavón se formaría en el Instituto Politécnico Nacional egresando de la licenciatura en ingeniería en electrónica y comunicaciones en 1954, graduándose como ingeniero en radiocomunicación y electrónica con un diplomado en computación, continuando sus estudios superiores en electrónica en Milán, Colonia y París.

Su formación, así, estuvo ori entada a la música y la ingeniería lo que le permitiría unir esas disciplinas en sus futuras contribuciones en la música electroacústica de la que sería pionero en América Latina destacando además como compositor e investigador.

En 1964 construyó el primer sintetizador hecho en México, el Ominifón, uno de los primeros sistemas de sintetizador didáctico, que anticipó la idea de la tecnología musical como herramienta educativa y creativa.

En el Conservatorio Nacional de México fundaría en 1970 el Laboratorio de Música Electrónica junto a Héctor Quintanar, con quien colaboró en los primeros conciertos de música electrónica y electroacústica realizados en México. En 1976 dedicándose por completo a la música electrónica y al desarrollo del Icofón, instrumento de imagen y sonido electrónicos para el cual compuso las obras Suite icofónica (1983), Fantasía creacionista (1985), Una antifantasía (1986), Fantasía de la muerte (1987), Fantasía abstracta (1989) y Fantasía cósmica (1984), algunas de las cuales pueden escucharse por Youtube.

Publicó el primer libro sobre el tema de la música electrónica en 1981, intitulado La electrónica en la música y en el arte, editado por el Centro de Investigación y Documentación Musical Carlos Chávez (CENIDIM).

Raúl Pavón Sarrelangue, que tuvo relación con una de las aportaciones potosinas al mundo, nació en 1928 y falleció en el 2008.

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