mayo 15, 2026

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#4 Tiempos

Saberse protegido por la ley | Columna de Víctor Meade C.

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SIGAMOS DERECHO

 

Bien dicen que para conocer a una sociedad, un buen acercamiento es leer sus leyes. A través de ellas es posible conocer historias, dinámicas, principios y prioridades. Se conoce ahí lo prohibido y lo protegido; aquello que duele y su respectivo remedio.

Hace algunas semanas, la Comisión de Puntos Constitucionales de la Cámara de Diputados aprobó un dictamen para reformar el artículo 17 de la Constitución. El dictamen propone añadir un nuevo párrafo que reconozca el derecho de las personas desaparecidas a ser buscadas. La iniciativa de reforma dice: «Todas las personas tienen el derecho a ser buscadas; el Estado protegerá a las personas contra las desapariciones, las buscará bajo la presunción de vida, sin estar vinculado a la investigación ministerial. Preservará su personalidad conforme a la Ley y de encontrarla sin vida, las identificará y entregará sus restos de forma digna a quien tenga derecho».

Parece positivo, al menos a primera vista, que se reconozca en nuestra Constitución que todas las personas desaparecidas tienen el derecho a ser buscadas. Sin embargo, incluso aunque esta reforma constitucional no sea aprobada, las autoridades mexicanas ya se encuentran obligadas a buscar a toda persona desaparecida. Es decir, el derecho a la búsqueda y los mecanismos legales para poner en operación a este derecho ya existen; no es necesario que esté reconocido textualmente en la Constitución.

Pensemos en la siguiente analogía: la Teoría del color nos enseña que hay tres colores primarios que, combinados entre sí, pueden producir toda una amplísima gama de colores distintos, por ejemplo, mezclar amarrillo y azul para obtener verde. Sucede algo muy similar con el reconocimiento de los derechos: nuestra Constitución contiene redactados una serie de derechos fundamentales y principios básicos que, combinados entre sí, pueden abrir la posibilidad al pueblo de que exijan a la autoridad que actúe de determinada manera. Un ejemplo muy claro es el derecho a la protesta. Aunque es tan importante en nuestra tradición mexicana, no hay un artículo expreso en la Constitución que nos habilite directamente a protestar. Sin embargo, uniendo el ejercicio de dos derechos básicos, el derecho a la libertad de expresión y el derecho a la libre reunión, las personas estamos protegidas constitucionalmente para protestar en el espacio público.

Ese es también el caso del derecho que tienen las personas desaparecidas a ser buscadas, que puede construirse a partir de una interpretación del derecho de acceder de manera efectiva a la justicia. Este derecho a la búsqueda y las obligaciones del Estado mexicano de buscar a las personas desaparecidas ya tienen un robusto —aunque todavía inacabado— desarrollo en  nuestro marco jurídico. Los tratados internacionales, las leyes, protocolos, reglamentos e incluso los precedentes de la Suprema Corte ya se han encargado de definir el contenido del derecho de las personas a ser buscadas. Es un derecho que, aun sin estar reconocido textualmente en la Constitución, sí puede ser exigible a las autoridades con suficiente fuerza legal. Entonces, ¿de qué le servirá esta reforma a la sociedad, severamente azotada por el monstruoso fenómeno de desapariciones?

Es verdad que el hecho de que las autoridades mexicanas ya se encuentren obligadas a buscar a las personas desaparecidas no ha resultado en que los cientos de miles de familias afectadas se reencuentren con sus seres no localizados. El principal efecto de la eventual reforma, me parece, está en su función comunicativa y empoderante.

La Constitución es el relato fundamental que trata de unirnos a todos y todas como nación; es una fuente de identidad y de cohesión social. En el texto constitucional está escrita, de una u otra manera, una buena parte de nuestra historia, tradición y manera de entender la forma en que la autoridad y el pueblo nos relacionamos. La mirada al pasado que nos ofrece la Constitución es también el cimiento sobre el que se construye el futuro; ofrece una guía para avanzar. Incluir en nuestro relato nacional que hay personas que desaparecen, y que la autoridad tiene el deber de buscarlas, tiene implicaciones de la mayor trascendencia: significa dejar un registro indeleble de que la crisis de personas desaparecidas es una de las grandes enfermedades que padecemos en los tiempos que corren.

De aprobarse la reforma, la Constitución entonces le comunicará a todos los mexicanos y mexicanas —al mundo— que el gobierno no puede cumplir con la esencial tarea de decirle a una familia en dónde está su ser querido no localizado.

Este rol comunicativo de la Constitución funcionará como un elemento empoderante para la interacción con la autoridad. El lenguaje legal es un obstáculo infranqueable para que muchas personas puedan acceder a la justicia. En la mayoría de las ocasiones se necesita de un intérprete —un abogado o abogada— para poder hacerle una petición al sistema. Pero cuando nuestros derechos pueden ser fácilmente nombrados y ubicados en la Constitución, el texto legal de más fácil acceso, la experiencia de reclamar su cumplimiento tiene el gran potencial de ser  un poco menos desgastante.

Me parece que con esta reforma una madre podrá contar con el empoderamiento para plantarse frente a la autoridad a exigir la búsqueda de su hijo desaparecido, por la sencilla razón de que es su derecho y porque así lo dice —dirá— el artículo 17 de la Constitución. Todo esto sin la necesidad de hacer interpretaciones de la ley —mezclas de colores primarios— o de requerir de un intérprete que conozca a profundidad todas las leyes aplicables y los más recientes precedentes de la Suprema Corte sobre el tema. Será, espero, una experiencia menos aflictiva para las víctimas que tener que explicarle a la autoridad, generalmente indiferente, que con fundamento en un artículo perdido de una ley con un nombre imposible de memorizar, las instancias correspondientes deben iniciar las tareas de búsqueda y la investigación del posible delito.

Se requiere de un consenso a nivel nacional para escribir algo en nuestro relato fundamental. La iniciativa de reforma aún tiene que ser aprobada en el pleno de la Cámara de Diputados, luego en el Senado. Después, más de la mitad de los congresos locales también deberán aprobarla. Pero de nada servirán el consenso, el empoderamiento y el reconocimiento de la realidad si con ello no se acompañan planes, dineros suficientes y personas que trabajen en darle vida a la tinta escrita en el papel. La Constitución no será más que un inerte papel si el empoderamiento de saberse protegido por la ley se esfuma cuando las autoridades no inician la búsqueda de manera inmediata y con todos los recursos al alcance. Ojalá que durante el proceso legislativo se escuche con atención a los colectivos de víctimas y a las organizaciones. Ojalá que las agencias de investigación y las comisiones de búsqueda, la nacional y las de los estados, sean reconocidas con los medios suficientes para lograr tan relevante empresa: volver a unir a las familias desmembradas; volver a unir a la nación partida.

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El Cronopio

Filosofa Paula Gómez Alonzo y el papel de las mujeres en la cultura | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Con el propósito de preparar a las mujeres universitarias para que sirvan con mayor eficacia a los intereses de la colectividad, cooperando en esta forma al engrandecimiento de la Patria, se formó en la década de los cuarenta del siglo pasado la filial en San Luis Potosí de la organización Universitarias Mexicanas, situación ya tratada en esta columna.

Universitarias mexicanas en San Luis Potosí, reunía a las mujeres que estudiaban e impartían cátedra en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. La filial potosina tenía dos labores de fondo, una de aspecto cultural y, la otra de orden social; en el aspecto cultural se incluían charlas y conferencias sobre diferentes problemas de orden intelectual; la otra, de orden social que abordaba problemas como el de la miseria, la desnutrición infantil, entre otros. La desocupación, la prostitución y otros muchos, de los cuales hacen un minucioso estudio para luego presentarlos a las autoridades competentes y cooperar con ellos a su resolución.

Este movimiento nacional englobaba a un buen número de mujeres que se desempeñaban en el ámbito universitario y que contribuían al desarrollo del país en diversas áreas de estudio. Una de estas mujeres que colaboró con el grupo potosino y que visitó San Luis Potosí a dictar conferencias públicas fue la Doctora en Filosofía Paula Gómez Alonzo.

En 1953 dejaba la presidencia de la filial potosina de Universitarias Mexicanas, Rosario Oyarzun, ya tratada en esta columna, y se organizaron una serie de conferencias públicas, como era costumbre y como dictaban los objetivos de la agrupación femenina. Esa serie de conferencias estuvo marcada por los temas de filosofía, dándose cita en San Luis Potosí las escasas mujeres que realizaban filosofía en México y que se habían formado en la década de los veinte y treinta, como filósofas.

Paula Gómez Alonzo se considera la primera mujer en participar en la filosofía académica en México. Como es el caso de otras mujeres, realizó al menos un par de carreras para su formación, la del magisterio, como era común para ellas, y la carrera de filosofía, que cursó en la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta condición de caminar entre brechas en la formación y en el interés de estudio de las mujeres, hasta llegar a su objetivo de formación, lo subraya la propia Paula Gómez: “a las mujeres se les excluye de la educación, pero se les reprocha que no sean cultas”.

Paula Gómez nació en Etzatlán, Jalisco el 1 de noviembre de 1896. En 1932 recibió el grado de maestra en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

defendiendo la tesis: la cultura femenina; en 1951 recibe el grado de Doctora en Filosofía en la propia Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con la tesis: filosofía de la historia y ética.

Paula Gómez es una de las fundadoras del estudio de la filosofía en México, aunque poco o nada se le menciona en este sentido. En 1943, creó el curso de Historia de la Filosofía en México que se imparte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de la que fue profesora de tiempo completo desde 1933 y en la que laboró por treinta y tres años; pero desde 1925 dictaba cátedra en la Escuela Nacional Preparatoria.

Impartió clase en todos los niveles educativos, además de su participación en actividades públicas de educación informal, como fue su participación en 1953 en San Luis Potosí y en actividades de dirección, al encargarse de 1930 a 1940 de la subdirección de la Escuela Secundaria número 8 y directora de la Escuela Normal Superior de 1947 a 1948.

Paula Gómez se convertiría en la primera mujer en recibir un Doctorado Honoris Causa, por su valiosa contribución al desarrollo de la educación y la filosofía en México. En 1962 la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se lo otorgó. Cuestión que es digna de mencionar, pues Paula Gómez, como otras de sus compañeras que hicieron filosofía en esa época, no suele mencionarse en la historia de la filosofía mexicana. Ya lo establecía Paula Gómez: “la diferencia entre los sexos es injusta, pues mientras la psicología del hombre parece separarse del especto físico, en la mujer se reduce a este”.

Paula Gómez Alonzo, que sentó las bases para la reflexión del papel de las mujeres en la cultura, murió en Coyoacán, en la Ciudad de México el 3 de noviembre de 1972.

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#4 Tiempos

Al salir de la tienda | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Al salir de la tienda la mujer se ve contenta: casi se diría que un relámpago de felicidad ha iluminado su rostro. Pero, sin duda, se trata sólo de un relámpago, pues de aquí a unas horas, cuando esté ya en casa, mirará con espanto las cifras que todo eso que va en las bolsas le ha costado y que deberá pagar tarde o temprano (ojalá que temprano, por su bien). ¡Dios mío, cuántas bolsas! Apenas puede con ellas. Yo le ayudaría a cargarlas, pero no creo que se fíe de un simple transeúnte cual soy yo, encontrado como al acaso.

Una conocida mía, cuando se siente sola y deprimida, va a las tiendas.

  -¡Son para mí -me dijo un día- una excelente terapia! Veo, compro, y al comprar me distraigo.

Sí, yo todo esto lo entendía, pero una vez que estuvo especialmente deprimida compró en una sola tarde la nada risible cantidad de 30.000 pesos en faldas, blusas, vestidos y pantalones. Es claro que, a la hora de enseñar las notas, el que quiso darse un tiro en la cabeza fue su marido, aunque no lo hizo por puro respeto al qué dirán.

¿También esta mujer a la que veo salir se sintió deprimida y ha querido curarse comprando? La sigo de lejos; ahora, de hecho, sólo la veo de espaldas. Camina con dificultad y las bolsas de plástico, que no son pocas –hay verdes, amarillas, rojas, pero todas son grandes, como para caber uno dentro-, se le vienen de las manos a cada diez o quince pasos y entonces se detiene para tomar aire y acomodarlas. Yo también me detengo. La mujer, viéndolo bien, no es fea, aunque viéndolo mejor tampoco es bonita: diría que, en cuestión de belleza, es uno de esos seres que, como se dice, ni fu ni fa.

Ahora bien, con toda esa ropa que lleva en las bolsas, ¿qué es lo que pretende? ¿Gustar? En días pasados había escrito en mi diario –sí, señores, debo confesarlo, yo también llevo un diario en el que, por desgracia, casi nunca escribo a diario- lo siguiente:

«No hay manera de provocar el amor, no hay ninguna manera. Aquí la cosmética no sirve de nada. Se ama o no se ama, se gusta o no. Si comprendiéramos esto, el mundo aún tendría esperanzas de durar. Pero se producen zapatos, camisas, corbatas, pulseras, abrigos y autos a ritmos vertiginosos con el único fin de hacernos creer que se puede, con eso, seducir a los demás. La sabiduría consiste, sin embargo, en no engañarnos: ¿qué puede un auto, un perfume o un lápiz labial para suscitar el amor? El amor es gracia, es pura gracia, y el que crea poder provocarlo quedará siempre, al final, decepcionado. Saber esto, aceptar esto tendría que hacernos más naturales, más sencillos. Y también más resignados».

Miro a la mujer con ternura. Ella cree que con todas esas chácharas podrá ser más amada. Pero no, no será así como conseguirá lo que busca. No sé cuánto le durará la felicidad que he creído verle en el rostro. Deseo de todo corazón que le dure mucho. Adiós, amiga mía, adiós. Quisiera para ti la alegría.

Algunos días después de aquello, ya por la noche y antes de dormirme, me puse a leer un libro de Viktor E. Frankl (1905-1997), y en él pude encontrarme con esto que ahora me tomo el trabajo de transcribir porque confirma mis más negras sospechas:

«La impresión externa de la apariencia física de una persona es indiferente en cuanto a las posibilidades de que se la ame

. Esto debe llevarnos a una actitud de retraimiento en lo que respecta a afeites y cosméticos. En efecto, hasta los lunares y los defectos de la belleza forman parte integrante e inseparable de la persona a quien se ama. Sabemos, por ejemplo, de una paciente que abrigaba la intención de embellecer su busto mediante una operación plástica de reducción del pecho, creyendo que con ello aseguraría mejor el amor de su esposo. El médico a quien pidió consejo la disuadió de hacerlo; entendió que si su marido la quería de verdad, como al parecer era el caso, la quería, indudablemente, tal y como era. Tampoco los vestidos de noche impresionan al hombre de por sí, sino solamente puestos en la mujer amada que los viste. Por último, la mujer de nuestro caso, inquieta, pidió su parecer al propio marido. Y éste le dio a entender, en efecto, con toda claridad, que el resultado de aquella operación sólo traería consecuencias perturbadoras, pues le llevaría, tal vez, a pensar: Ésta ya no es mi mujer; me la han cambiado». Y concluye el doctor Frankl: «En efecto, los hombres tienden generalmente a olvidar cuán relativamente pequeña es la importancia de los atavíos externos y cómo lo que importa en la vida amorosa es, fundamentalmente, la personalidad. Todos conocemos claros –y consoladores- ejemplos de cómo personas exteriormente poco atractivas e incluso insignificantes, triunfan en la vida amorosa gracias a su personalidad y a su encanto» (Psicoanálisis y existencialismo).

Cerré el libro y pensé de pronto en aquella mujer que había visto salir de los almacenes en días pasados. La ternura volvió a apoderarse de mí. Sí, me dije, a los comerciantes les interesa hacernos creer que el amor se consigue impresionando; sin embargo, los orígenes de toda relación son más humildes. Pregúntale a este hombre mata el tiempo tomándose un café o a aquel otro que cruza apresurado la avenida –sí, el del periódico bajo el brazo- qué vestido llevaba su mujer cuando la conoció y verás que no te lo dice. ¡Ni siquiera vio el vestido! Lo impresionó ella, no lo que ella llevaba puesto.

Y, de pronto, me escucho a mí mismo hablando con aquella desconocida apresurada: «No, amiga, no. Eso que traía usted hace unos días con tanta felicidad en las bolsas no sirve para lo que cree usted. Sirve, si usted quiere, para andar por la vida decorosamente y con cierta dignidad, pero sólo para eso sirve. Trate, más bien, de ser gentil, delicada, dulce; en una palabra, encantadora, y entonces se habrá hecho usted lo que se llama una personalidad. Y, cuando ya la tenga, verá que cuanto se ponga le vendrá siempre bien.

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#4 Tiempos

México vs México | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Durante muchos años, la Concacaf quiso convencernos de que el fútbol de la región estaba creciendo parejo.

Que la MLS ya había alcanzado.
Que Centroamérica resistía.
Que los gigantes mexicanos ya no imponían como antes.

Y entonces llega otra final.

Tigres contra Toluca.

México contra México.

Otra vez.

La Concacaf Champions Cup tiene algo curioso: cada torneo parece abrir la puerta a una sorpresa… hasta que aparece un club mexicano recordándole a todos cómo funciona realmente esta competencia.

Porque sí, hay historias emocionantes en el camino. Equipos que compiten, estadios que aprietan, noches donde parece que el dominio se tambalea. Pero al final, casi siempre termina pasando lo mismo: el trofeo se queda aquí.

Y no es casualidad.

Durante años, los equipos mexicanos entendieron algo que el resto de la región todavía persigue, este torneo no se juega solo con intensidad. Se juega con profundidad, con jerarquía y con la costumbre de competir bajo presión.

Por eso las finales recientes ya parecen parte de una misma memoria.

León imponiéndose con autoridad.
Monterrey haciendo del torneo una propiedad privada.
Pachuca apareciendo cuando parecía que el dominio se desgastaba.
América recordando que los ciclos pasan, pero el peso permanece.

Y cuando no gana México… el impacto se siente histórico.

Porque las excepciones son pocas. Muy pocas.

Seattle Sounders rompiendo la hegemonía en 2022 se sintió menos como un cambio de era y más como una anomalía que obligó a reaccionar. Antes de eso, había que ir demasiado lejos para encontrar un campeón que no hablara mexicano futbolísticamente.

Ese es el tamaño del dominio.

Ahora la historia pone enfrente a dos maneras distintas de entender el poder.

Tigres llega como ese equipo que aprendió a habitar estas noches. Ya no juega las finales con ansiedad; las juega con memoria. Sabe sufrirlas, sabe administrarlas y, sobre todo, sabe que los detalles terminan cayendo de su lado cuando el partido se rompe.

Toluca, en cambio, llega con algo diferente: hambre.

Con esa sensación de equipo que volvió a reconocerse. Que encontró ritmo, carácter y una identidad incómoda para cualquiera. Toluca no llega a esta final solo por talento; llega porque volvió a competir como club grande, como bicampeón.

Y eso cambia todo.

Porque esta final no se siente improvisada.

Se siente lógica.

Son dos equipos que entendieron antes que nadie cómo sobrevivir a un torneo que exige viajar, rotar, adaptarse y competir cada tres días sin perder forma. Mientras otros clubes de la región todavía viven la Champions Cup como una oportunidad, algunos de los mexicanos la viven como obligación.

Y esa diferencia mental pesa demasiado.

Por eso, más allá de quién levante el trofeo, hay algo que ya quedó claro desde antes de jugarse la final:

La Concacaf volverá a tener campeón mexicano.

Otra vez.

Como ha pasado la mayor parte del tiempo.
Como pasa cuando la costumbre se vuelve estructura.
Como pasa cuando un país convierte un torneo regional en parte de su identidad futbolística.

Y quizá eso también explique por qué estas finales, aunque repetidas, nunca se sienten vacías.

Porque en el fondo no se trata solo de ganar la Concacaf.
Se trata de sostener un dominio que lleva décadas construyéndose. Uno que ha sobrevivido generaciones, formatos, discursos y proyectos extranjeros que prometían cambiar la jerarquía de la región.

Pero cada año, cuando llega mayo, el futbol termina acomodando las piezas en el mismo lugar.

Con un club mexicano levantando la copa.

Y con el resto de la Concacaf preguntándose cuánto falta para que eso deje de pasar.

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Opinión

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