#4 TiemposDesde mi clóset

Roles en HSH | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset

 

Luego de la autodefinición de la identidad homosexual, o incluso sin ella, pero inmersos en la dinámica social del entorno, los sujetos comparten una serie de significados culturales que les proporcionan sentido de pertenencia. De manera recurrente “el habitus grupal ‘homosexual’ y un haz de situaciones generadas por la posición ocupada en el campo sexual, van desde agresiones físicas, verbales, hasta situaciones de aislamiento, ostracismo, censura” (Nuñez, 2015). Dicho clima simbólico se encuentra inmerso en las dinámicas del sistema sexo-género, es por ello que al interior de los grupos homosexuales existe una división sexual de los roles. Dicha división obedece al pie de la letra las disposiciones del mandato heterosexual, el cual coloca a lo femenino como la subalternidad y privilegia el orden masculinizado.

Así pues, las prácticas sexuales entre hombres responden a las disposiciones normativas del erotismo fálico, lo que divide a los hombres en penetrados y penetradores, pasivos y activos, como se les conoce en la jerga popular. En este sentido, la pasividad hace referencia intrínseca a la feminidad. Por tanto, se han generado estereotipos que pretenden constituir características entre los miembros del colectivo. Los hombres que prefieren la penetración anal de forma exclusiva regularmente son percibidos como frágiles, sumisos y su apariencia física tiende a adoptar elementos típicos de lo femenino. Por el contrario, los insertivos, asumen un rol activo, agresivo y viril.

Dicho lo anterior, la expresión del género dentro del sector de hombres que se relacionan eróticamente con otros hombres es fundamentalmente dicotómica. Sin embargo, en la praxis erótica hay una tendencia por la versatilidad. Si se parte de la premisa de que el placer anal es un tabú en la cultura judeo-cristiana, se entenderá las razones por las que no existe una manifestación orgullosa del disfrute de la penetración en la actualidad, más aún cuando se relaciona a esta actividad con la segregada feminidad en el sistema sexo-género.

“Me gusta ser pasivo, me costó mucho trabajo en al principio, me dolía mucho. […] Aunque a la hora de ligar prefiero no decirlo. Ser cien por ciento pasivo no está tan cool. Aparte ya casi no hay activos” (Aldo, 22).

La tendencia a la versatilidad, forma parte del rompimiento de las barreras del género que los homosexuales adquieren conforme son conscientes del ejercicio erótico, libre de prejuicios. Este hecho se documentó, ya que la población muestra manifestó en mayor medida que prefiere ambos roles sexuales sin distinción. Del universo total el 35.3% igual prefiere que lo penetren y ser penetrado, seguido por con un 24.3% de quienes aseguran preferir penetrar que ser penetrados.

Dichos datos además muestras, una variabilidad en los extremos, ya que entre más joven se prefiere más ser penetrado siempre. Mientras en la medida que se incrementa la edad, la tendencia se dirige hacia la preferencia a la penetración en todas las prácticas sexuales. En la media de edad entre los veinte y treinta y cuatro años, hay una recurrencia a la versatilidad, la cual se carga ligeramente luego de los veinticinco, hacia la preferencia por penetrar que ser penetrado.

Los datos anteriores, hacen sentido al hacer una comparación con el informe epidemiológico de Censida (2017) que informa del repunte de las transmisiones de VIH en edades tempranas de la juventud. Ya que, la reciente evidencia científica demuestra que existe un mayor riesgo exponencial a la transmisión del virus para el sujeto receptor de la penetración en relación con el que penetra. Esto debido a los factores biológico-anatómicos involucrados que colocan en mayor vulnerabilidad a quien recibe la penetración (Gutiérrez, 2012) por la entrada de fluidos sexuales y sangre en múltiples puertas de entrada que se potencian en la medida que se reduzca la lubricación basificada en agua preferentemente.

En resumen, los roles eróticos entre los hombres que se relacionan sexualmente, al tener una intensa carga de género, reproducen en buena medida las disposiciones del régimen heterosexual. Esto a través de la asunción de prácticas de dominación erótica-afectiva mediante las cuales se privilegian la monogamia, la exclusividad sexual, la celotipia, entre otros mecanismos que fomenta la romantización excesiva de los vínculos afectivos.

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