agosto 20, 2026

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#4 Tiempos

¿Quién quiere ser millonario? Hágase burócrata del estado | Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

Amigos constituyentes, hijos del puente arcoírico y granizoso: me han cuestionado, sin reclamo, el porqué en semanas escribo lo que parece a diario, y en otras de plano no escribo nada, en pocas palabras me han dicho que parece que escribo cuando “se me da la gana”… y tienen razón. En mi defensa diré que no encuentro otra forma de escribir, es decir, no encuentro razón para hacerlo “sin ganas”… pues ni que fuera burócrata del estado.

Al respecto, me encontré una historia, muy breve, y repetitiva he de decirlo, en las redes sociales sobre el mito de Almiro, un personaje del que no se encuentra demasiado, pero que al final resulta un silogismo mitológico y luego bíblico de un “angel caído” un desterrado, un hijo de lucifer (no podía ser de otra forma) en la batalla de los dioses griegos.

Se trata de la “copulación de Almiro” en la que –abro cita pública y sin autor a quién endilgar-:

“Según el mito, Almiro fue expulsado de los cielos y la tierra, y no queriendo refugiarse en el ultramundo, se ocultó durante mil años en cuevas de lo que ahora llamamos El Caribe…

Almiro no conseguía pareja, y nunca lograba conseguir criatura para satisfacer su intensa lujuria…

Fue entonces que Almiro, el desterrado y calenturiento (eso lo agruegué yo) decidió buscar el animal más lento de la especie más lenta, y consiguió una tortuga, a la que forzó a cien noches de coito repetido sin descanso ni pausa (inocente animal).

La tortuga entonces trajo al mundo a un humano, que nació de un huevo, pero conservaba su espíritu animal y la lentitud de la tortuga”. Cierro la cita.

Fue así que desde entonces, de ahí surgieron los trabajadores sindicalizados del gobierno del estado. Hijos, la mayoría, del zoofilico y libidinoso Almiro, hijos de un desterrado al que no quisieron ni en cielo ni en tierra, hijos del demonio pues, hijos de un angel caído.

No digo que todos y siempre he sostenido que las generalizaciones son injustas. Debo reconocer que personalmente he conocido burócratas entregados a su trabajo, comedidos y entusiastas, lamentablemente cada vez son los menos.

El resto, los malencarados y jetones, las “¿Venía o viene?” y los “Ahorita es mi hora de mi almuerzo, venga al rato” ni quien los defienda… bueno, excepto su sindicato.

Bendito sindicato para ellos, que son hijos del mal. Maldito para todos los demás, que sufrimos de sus malos tratos.

Pero, ¿cómo culparlos si llevan decenas y decenas de años recibiendo, lujuriosamente como Almiro, satisfacción tras satisfacción mundana en forma de “bonos”. ¿Cómo detenerlos si llevan copulando un cuarto de siglo al aparato gubernamental al que ya agarraron de tortuga coital?

Diran ustedes, hijos de mis pecados carnales, que estoy siendo sarcástico y burlesco, pero le aseguro que no, y que mi personalísima teoría es que en todos estos años a los gobiernos les ha faltado imaginación y creatividad para resolver de fondo por lo menos el mal trato burocrático a la ciudadanía.

Los miles y miles de sindicalizados de la maquinaria burocrática han “logrado” nada más 7 prestaciones mensuales, 13 prestaciones anuales, 5 prestaciones “especiales” y 17 becas.

Las desglozo si me lo permite, las prestaciones “mensuales” son: mil 100 pesos por “vida cara” (digo por aquello de que si suben los limones o los aguacates porque –hay que decirlo- la vida si es cara, gane uno lo que gane).

“Ayuda para transporte”, como de que no: mil 100 pesos al mes que alcanzan para 108 camiones (no vaya ser que tengan que tomar 3 camiones diarios los inocentes de nuestros burócratas).

“Apoyo a la economía familiar”, otros mil 200 pesos (¿no será lo mismo que vida cara, o debemos suponer que esto es para el ahorro de la familia o para repartirlo entre sus miembros, sabrá Dios).

Para la despensa tambien hay ayuda, otros mil 200 pesotes. 

¿Previsión social?, imagino que se destina para comprar latas, lamparas de mano y radios de baterías por si se genera algún ataque zoombie o, en su caso, para estrenar algo en algún evento “social” del que siempre hay que estar “prevenido” con mil 100 pesos más.

Disfrutan también los hijos de Almiro, de mil 100 del águila mensual para “apoyo a servicios” y es que no podemos tener burócratas que no paguen el agua, la luz, el Netflix y el Amazón Prime… sobre todo ahora que estuvieron dos años en casa.

Además una milpa, dos de a quientón, un milagro más de pura “compensación”. Todo esto suma un “extra” de 7, 940 pesos, a lo que reciben de salario.

Pero no para ahí la cosa, no. Todos sabemos que al fin de año se gasta y por lo tanto se lleva cada uno un Bono Navideño, Bono Administrativo, uno de Apoyo a la Educación, su Fondo de Ahorro, su Bono de Equilibrio (no se vayan a marear), Bono de “Ajuste al calendario” que son 5 días de su salario pues supongo para cambiar de agenda, comprar un nuevo calendario y no perderse de año, o nada más porque hay meses de 28 y otros de 30 y 31 días, pero de que hay que ajustarlo, pues hay que ajustarlo.

También en épocas decembrinas a cada burócrata, de los buenos y de los mal encarados, les llega su bono por “capacitación”, bono de “Fortalecimiento económico” (¿más?) Bono anual “por desempeño” (por la satisfacción de un trabajo siempre bien realizado), un estímulo a la “superación” (siempre importante) un bono “semestral” (porque pues son dos semestres al año) y un “premio” por asistir y ser puntuales. Nada más.

Dentro de las prestaciones “Especiales” destacan las del “Quinquenio” (premio que aumenta cada 5 años) por “entregarse fielmente al servicio del gobierno del estado”-faltaba más-.

Si usted no me cree, además del de cada 5 años, también hay premio a la “Antigüedad” que de acuerdo a los líderes síndicales, por alguna razón es distinto (y todavía más generoso) a la acumulación de tiempo de cada 5 años.

Nuestros “servidores públicos” se llevan también un “Bono del día de las madres” y, para ser parejo pues “Bono del día del padre” (a ver si no se les ocurre uno del “Bono de los solteros” junto al “Bono de los divorciados”).

En el rubro de “Becas” hay para todos los gustos, colores y olores: Beca a los hijos de trabajadores que cursan la primaria, la secundaria o la prepa. Beca para la superación personal en educación media superior y profesional, apoyo a guardería, apoyo para tesis y titulación de los hijos de los empleados, apoyo para la obtención de cédula profesional, apoyo para útiles escolares, apoyo para compra de libros (distitno a los útiles), se ganan además “días de descanso adicionales” pagados por cada ciertos años trabajados y finalmente se cuenta con una jugosa liquidación por jubilación y un “estímulo” por años de servicio.

Uffff, es todo hasta el momento por que, ¿qué cree?, se están manifestando porque los tienen “muy maltratados” y están exigiendo “mejores condiciones y prestaciones laborales”.

Por eso con mucho respeto, quien esto escribe se atreve a sugerir al gobernador ponga fin de una vez por todas al asunto en beneficio de los ciudadanos con creatividad e imaginación:

Considerando que los sindicatos “dorados” se seguirán manifestando y que las prestaciones aquí enunciadas ya no se las puede quitar ni Dios Padre, el gobernador Gallardo debería aumentar dos bonos más a su burocracia:

Un buen “Bono al hágalo de buen modo” de 2 mil pesos mensuales y el segundo “Bono si disimula poquito lo huevón” de mil 500, también mensuales (este bono se les mandará directo a su casa para que no se molesten en ir a recogerlo).

¡Se acabó el problema! ¿A poco no? Finalmente la pesadísima burocracia seguirá sangrando a las arcas del estado pero por lo menos nos atenderán “de buen modo” y disimularán lo huevones que son todos esos hijos de Almiro. Repito e insisto: no, no todos.

Yo nada más sugiero.

BEMOLES

Felicidades a Juan Carlos Valladares que hoy toma protesta como titular de Sedeco, pero más allá de eso, abandona su zona de confort personal para dar paso a la arena pública y eso ya es digno de reconocerle, estoy seguro le irá muy bien.

Hasta la próxima.

Atentamente,

Jorge Saldaña.

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#4 Tiempos

El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.

Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.

Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.

En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.

Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.

La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.

En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.

Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y

en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.

En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.

Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.

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#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

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El Cronopio

El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

J.R. Martínez/Dr. Flash

En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.

Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.

Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.

En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.

Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela

, la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.

En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).

Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.

En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.

Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.

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