#4 Tiempos

¿Por qué no «detona» San Luis con la industria automotriz? | Columna de Joel Hernández

Por: Joel Hernández Vázquez

Hace unos días Goodyear bloqueó la visita de un grupo de legisladores de Estados Unidos a la planta de San Luis Potosí. Los funcionarios americanos querían revisar las condiciones de trabajo, ya que se les hizo (digamos) raro que el salario de Goodyear en USA es de $23 dólares la hora y en México (redoble de tambores) va de $2 a $6 dólares la hora y esto genera una pérdida de empleos en Estados Unidos. De ahí que Donald Trump evitó que en 2017 se instalara Ford en San Luis, forzándolos a ampliar la fábrica de Michigan.

En México los salarios se han desfasado tanto que nos estamos quedando con los empleos de mano de obra «americanos» pero no allá, como se piensa; aquí: en México. Al punto donde (por raro que suene) Estados Unidos dice espérame tantito porque no me están saliendo las cuentas. Pero… a nosotros tampoco nos salen, manito.

México se empieza a conocer como la «China Occidental». Somos un sueño industrial trasnacional: salida al mar en ambos océanos, frontera con Estados Unidos, sindicatos charros (90% de los contratos colectivos son «blancos»), clima cálido, vendes en dólares, pero pagas en pesos, sueldos rabones, exención de impuestos, las empresas acuerdan en bloque topes salariales para evitar rotación, una legislación laboral de chocolate y tribunales con funcionarios que parecen salidos de un sketch cómico comiéndose una torta de cueritos mientras atienden.

Las empresas y La Santanera lo saben.

KIA Motors en Nuevo León, Toyota en Tijuana, Ford en Sonora, GM y Chrysler en Coahuila, BMW y GM en San Luis Potosí, Honda, Mazda y otra de GM en Guanajuato, Ford, GM y Chrysler en el Estado de México, VW y Audi en Puebla, Nissan en Morelos y otra de Honda en Jalisco; ya todos lo saben: lo saben.

En San Luis Potosí el Instituto Nacional de Migración reporta un aproximado de 4 mil «expats» que están cubriendo las posiciones directivas de estas empresas: «americanos», alemanes y japoneses. Esto lejos de ser una fortuna para la «derrama económica» generó una «burbuja inmobiliaria» que encareció 40% la vivienda. Sus salarios son 10 veces mayores que los empleados de «confianza» mexicanos; se les cubre una mitad en México y otra en su país de origen para evadir impuestos. También les pagan casa, escuelas, autos, restaurantes y telefonía; todo deducible en un diagrama de elusión fiscal. Las rentas, colegiaturas y restoranes escalan fuera del alcance del salario promedio. La ciudad se empieza a dividir por razón de costos; como si se tratara de una versión industrial de Cancún.

El argumento es que los profesionistas potosinos no están calificados. Esto deja en ridículo a la Universidad Autónoma de San Luis, quien para estas alturas debería estar gestionando donaciones fuertes de estas empresas que se benefician de sus egresados, pero, los topan salarial y escalafonariamente. Así contarían con un presupuesto mucho mayor (que podrían monitorear los donantes para evitar la tradicional corrupción universitaria) y en unos años compensar el nivel educativo.

Con la intención de sostener una relación comercial equilibrada debemos replantear artículos claves en la ley laboral para evitar estas disparidades y revisar nuestros esquemas de impuestos; por ejemplo: el costo de los permisos de trabajo. El de cuatro años tiene un costo de apenas 9 mil pesos, obtenerlo toma un par de semanas y es increíblemente barato en comparación con la retribución económica del empleado. Esto es abismalmente opuesto a los costos y trámites que implican las visas de trabajo en Estados Unidos, Alemania o Japón. Sugerimos trabajar una agenda recíproca (cuando menos) en estas facilidades migratorias.

Bienvenida sea la inversión y los extranjeros.

El tema es crear un piso justo en términos comerciales.

Punto.

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