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#4 Tiempos

¿Por qué ganó Gallardo? | Columna de Luis Moreno

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HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS

Las victorias se componen de dos elementos: los errores del rival y los aciertos propios, ambos están enmarcados en la lectura del contexto en el que se juega.

Ganar 16 alcaldías (una menos que Sí por San Luis), 9 diputaciones locales, 6 de 7 diputaciones federales y, lo más importante, la gubernatura del estado, convierten al Gallardismo en la corriente política de mayor relevancia en décadas, pues ha demostrado que tiene un capital electoral propio, que no depende de partidos, pues lograron transicionar sin problema del PRD al Verde, algo que el Navismo no consiguió, ya que el paso del PAN a Morena (y una pésima administración) le valió a Xavier Nava para perder el 80% de sus votos de una elección a otra.

Sobre los motivos de la victoria de Ricardo, comencemos con los errores de Octavio Pedroza, ahí la deficiencia principal no fue algo que pudiera controlar el panista, pues el problema resultó estructural: la coalición Va X México o Sí por San Luis, es aberrante. El enfrentamiento histórico entre PRI, PAN y PRD ha costado sangre de miles que defendieron ideales o intereses (intereses mayormente) como para que de un momento a otro los partidos, sin ningún respeto por sus electores, se unan y vomiten sobre sus supuestos valores fundacionales. El experimento resultó en un rotundo fracaso a nivel nacional ya que solo lograron quedarse con dos de las 15 gubernaturas que estaban en juego (las cuales ya tenía el PAN), no le quitaron la mayoría en la Cámara a López Obrador y dejan la incógnita de qué partido llevará mano en la construcción de su agenda legislativa. El coletazo de la pésima idea golpeó a la candidatura potosina, que nunca vio más allá del ejercicio aritmético en el que presuntamente los votos de los frentes políticos se iban a sumar.

Por otro lado, el discurso de Octavio Pedroza convocó a una clase media aspiracionista que hoy está en peligro de extinción, pues el verdadero potencial económico clasemediero de San Luis se ubica en una zona industrial donde sus trabajadores crecieron mirando al mundo y no al anacrónico mito conservador de Lomas-Tequis. Pedroza además ofreció una narrativa que pone en duda la inteligencia de la ciudadanía e invoca la mediocridad: “¡Dele combo!”, “¡Vamos a la segura!”.

No podría hablar de cómo es Octavio Pedroza la persona, pero en su versión candidato se mostró como un hombre tradicional, rancio y, por momentos, hasta intolerante, que en el contexto de los grandes cambios sociales que están en marcha dentro de México, no tenía manera de salir bien librado.

Si bien, Gallardo tampoco es un hombre moderno, ha sabido alinear su visión asistencialista, la banderas más importante que tiene, a la Cuarta Transformación, con lo que arrebató a Mónica Rangel la constancia de ser el hijo legítimo de López Obrador en San Luis Potosí.

Mientras Octavio se desgastó primero en una guerra panista contra Xavier Nava y luego en una partidista con los operadores del resto de los integrantes de la coalición, Gallardo caminó y sumó, con las facilidades que da ser el jefe único de su partido, a las y los agraviados que la inscripción masiva de candidatos dejó en Morena y a los “daños colaterales” del PRIAN.

El enfoque de su campaña evolucionó y se atemperó, pero nunca perdió de vista la estrategia de confrontación entre clases, que resulta lógica en un país y en un estado en el que los pobres son mayoría. Más si se considera que el presidente López Obrador es querido (su 59% de aprobación en San Luis, según Latinus, así lo deja claro).

En ¿qué lo sustento?, en que la plataforma de campaña de Pedroza fue la continuidad, seguir por la misma línea que trazaron Toranzo y Carreras; si los potosinos y potosinas se hubieran sentido convencidos de querer conservar lo que ya tenían, lo hubieran defendido ferozmente en las urnas.

No sé si Gallardo será un buen gobernador, pero el verdadero peligro era la inmovilidad, total, para eso vivimos en una democracia y si tan mal lo hace en tres año quedará debilitado por la oposición que prosperará en sus errores y en seis estará aniquilado. 

Tampoco creo en la campaña negra difundida en su contra y que está basada en el elitismo: “claro que es narco, mira cómo se ve”, es el comentario más sólido que le he escuchado al grueso de sus detractores. El temor real es el que intentan contagiar vetustas élites que se han vestido de panistas o priistas a conveniencia y que ven en esta derrota el final de una era.

Gallardo estuvo en la cárcel y salió por un error técnico en el proceso que se tenía contra él, pero no se le puede juzgar dos veces por el mismo tema. Nunca quedó claro si era responsable o no. Mientras tanto, nadie ha logrado, en lo legal, comprobarle algo más, Xavier Nava incluso desperdició sus tres años en la alcaldía, sin éxito, intentando hacerlo y Tomás Zerón, ex titular de la Agencia de Investigación Criminal durante la administración de Peña Nieto y responsable de la captura del Pollo, hoy está prófugo de la justicia.

No hay mucho misterio en el triunfo de Gallardo, San Luis Potosí quería un cambio, el que fuera. Cambió de alcalde, cambió sus representaciones en el Congreso y cambió su gubernatura. Dio un salto de fe al elegir a Ricardo a pesar de todo lo que sobre él se dice, ahora le toca demostrar que llegó por una visión legítima de mejorar al estado y no por un ansia criminal de dinero y poder.

Para fortuna de los más nerviosos, Gallardo será el gobernador más observado de la historia potosina. Nuestra responsabilidad será juzgarlo y cuestionarlo basados en sus acciones y no en complejos estúpidos. ¿Podremos?

#4 Tiempos

Del desprecio de sí | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

De creer a los maestros espirituales, el primer estadio que hay que recorrer para subir a la empinada montaña de la fe es la aceptación de uno mismo. ¡Cómo! ¿No es esto exagerado? De ningún modo, y los maestros explican por que: difícilmente una persona que se resista a ver con gratitud su propia vida, verá con gratitud al mundo, a los demás e incluso a Dios. El que se rechaza a sí mismo está a un paso de rechazarlo todo: es un nihilista práctico que tarde o temprano acabará cayendo en un pecado terrible –acaso en el peor de todos- llamado desesperación. «¿Por qué me creó Dios de tal manera?», se pregunta éste lleno de rabia. Y continúa, indignado: «A decir verdad, pudo haberme hecho diferente: más atractivo, con otra nariz, con otro color de piel: en fin, un poco menos despreciable. Pero como me odia»… ¡Llega a hablar en sus monólogos interiores hasta de odio de Dios, lo cual, por supuesto, ya es demasiado!

Un amigo que no se resignaba a su ya nada discreta calvicie me dijo un día: «Mire usted a aquel muchacho de pelo ondulado que va allá. ¡Hasta trenzas se hace el muy cretino! ¡Con lo que le quiten a ése en su próxima ida a la peluquería, yo sería más que feliz! ¿Y me dice usted que Dios no quiere que haya ricos y pobres en este mundo, cuando Él mismo da a unos mucho y a otros poco?». Y agregó: «Si en nuestras cabezas hay tantas diferencias, ¿cómo no va a haberlas en la sociedad?».

Su argumento –debo confesarlo- era ingenioso y difícil de rebatir. Pero por ahora no se trata de eso, sino del odio que este hombre se tenía a sí mismo a causa de su poco pelo.

Para evitar semejantes caídas, los maestros espirituales aconsejan ante todo el aprecio de sí como una de las virtudes más necesarias e importantes: «La raíz de la desesperación –dice, por ejemplo, Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés- está en el no querer aceptarse de las manos de Dios; cuando los hombres prefieren ser como los otros en vez de ser ellos mismos, cometen un pecado de lesa majestad contra el Señor».

Por su parte, Romano Guardini (1885-1968) escribe así en La aceptación de sí mismo, un opúsculo que sería necesario leer por lo menos una vez en la vida: «No puedo evadirme de lo malo que hay en mí: malas disposiciones, costumbres consolidadas, culpa acumulada. Debo aceptarlo y hacer frente a ello -así soy, esto he hecho-, y no con rebeldía: eso no es aceptación, sino endurecimiento… La suprema forma de evasión es el suicidio. No es ocioso hablar de él, pues cada vez se convierte más en uno de los grandes peligros de nuestra época. Mengua la fidelidad: también y precisamente como fidelidad al propio ser. La sensación de que ser yo sea un deber se debilita cada vez más, porque desaparece la conciencia de estar dado a sí mismo. Y como los modos de quistarse la vida se hacen más sencillos, el suicidio se vuelve cada vez más fácil y banal».

Cuando el gran poeta español José María Pemán (1897-1981) adaptó para el teatro El abogado del diablo, la novela de Morris West (1916-1999), introdujo en la pieza este pequeño diálogo entre el padre Anselmo y monseñor Meredith, el investigador de la causa de Giacomo Nerone:

«Padre Anselmo: Me odio a mí mismo.
»Monseñor Meredith: Eso es mayor pecado que todo».

Dos textos de Georges Bernanos (1888-1948), el escritor francés, reafirman esta misma idea. Dice uno de los personajes de Diálogos de carmelitas, la última obra salida de su pluma: «Los santos no se endurecían ante la tentación, no se rebelaban contra sí mismos: la rebelión es siempre obra del demonio. Y, sobre todo, no os despreciéis nunca. Es extremadamente difícil despreciarse sin ofender a Dios en nosotros. Aun en este punto debemos guardarnos bien de tomar a la letra ciertas palabras de los santos; el desprecio de usted misma la llevaría pronto a la desesperación».

¿No se ha dicho que hay que ser pacientes con los demás? Bien, pues también con nosotros mismos es necesario serlo.

Una vez conocí a un muchacho noble y bueno que, en los momentos de desesperación, se abofeteaba a sí mismo y se jalaba de los cabellos con una violencia que causaba espanto. Le pregunté en cierta ocasión:

-¿Le pegarías así a tu mejor amigo?
-No –me dijo- A él no.
-¿Y a un enemigo?
-Tampoco. No soy tan malo.
-Y lo que no harías con un amigo, y ni siquiera con un enemigo, ¿te atreves a hacerlo contigo? Con todos eres bueno, pero contigo mismo eres malo, y eso no es virtud.

En La alegría –otra de sus obras-, Bernanos vuelve al mismo asunto: «Oh –dice uno de los personajes-, yo no desprecio a nadie, haga lo que haga, y ni siquiera podría despreciarme a mí misma. El desprecio es el veneno de la tristeza.

Por más infeliz que pueda llegar a ser, nunca encontrará lugar en mí. No me da usted miedo, señor La Perouse, ni usted ni los otros. Durante mucho tiempo temí el mal, pero no como se debe: le tenía horror. Ahora sé que uno no se debe horrorizar por nada».

Un famoso autor de obras espirituales de principios de siglo, el padre Faber, resumía con estas sencillas palabras el secreto la vida espiritual: «La alegría es lo que más honra al Creador, porque demuestra que estamos contentos con El».

Pero, ¿cómo podremos estar contentos con Dios si estamos eternamente descontentos con nosotros mismos? ¿Me lo podría usted decir?

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San Luis tuvo el primer edificio con electricidad en México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Caía la tarde y comenzaban a congregarse en el patio del Instituto, estudiantes y sus familias que, en compañía de la población, se prestaban a participar en una reunión que para efectos de recaudación de fondos se había organizado en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí. La jamaica, como se le denominaba a ese tipo de reuniones cívicas, estaba dispuesta y entre música, comida y fiesta, el sonido estertóreo de una máquina llamó la atención de los asistentes.

Aquella tarde otoñal del mes de noviembre de 1877, Francisco Javier Estrada hacía los preparativos para ilustrar, a los asistentes a la jamaica, los frutos de sus largas experimentaciones con máquinas eléctricas, de las que él mismo diseñara un modelo nueve años antes y se convirtiera en el primer motor eléctrico del mundo, desdeñado y arrebatado por el destino; la gloria correspondía a sus colegas europeos y ostentaban sus nombres, máquina de Gramme, que ahora modestamente y en silencio operaba Estrada.

Logró reformar el modelo de su máquina eléctrica y aquel añejo motor, con la ayuda de los dos grandes dinamos recién traídos de Europa, le permitieron asombrar a los asistentes y compartir con ellos, la gloria de ver encenderse las bombillas de arco que adornaban el magno patio del Instituto. La euforia debió de verse reflejada en los potosinos que se reunían a colaborar con su Instituto, eran testigos de las maravillas de la ciencia y del genio y aptitud de su paisano Estrada que con ellos compartía la gloria y el privilegio de apreciar la primera luz de arco que se encendía en todo el continente americano, no sólo eso, sus rostros iluminados aquella oscura tarde reflejaban la admiración de ser testigos de la culminación de lo que fueron los primeros experimentos de alumbrado eléctrico en el país.

El patio del actual edificio central de la universidad se convertía, de esta manera, en el primer edificio iluminado eléctricamente en el país y la ciudad de San Luis Potosí ingresaba en la lista de ciudades progresistas.

El ambiente que respiraba el Instituto a fines de los setenta decimonónicos era de progreso, las novedades tecnológicas desarrolladas en la propia comunidad se utilizaban en el instituto, como fue la iluminación eléctrica, donde después de una serie de experimentaciones por parte de Francisco Estrada, lo llevaría a encender, no solo la primer luz de arco en todo el continente americano, sino encender eléctricamente el primer edificio, justo el edificio del Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí. Aquellos primeros experimentos hicieron común que durante 1878 se realizaran alumbrados eléctricos en eventos de importancia en la ciudad, como fue la repartición de premios en los exámenes públicos de los alumnos del Instituto Científico, donde con el fin de iluminar con luz eléctrica el mencionado Instituto, se hizo venir de México el alambre suficiente para prolongar las líneas eléctricas y colocar en aquel edificio los aparatos de luz que darían, un magnífico efecto.

Las crónicas de la época apuntaban: “El 15 del corriente tuvo lugar el reparto de premios entre los alumnos del Instituto Científico y Literario de esta Capital. El extenso patio de aquel edificio se había transformado en un elegante salón; mas de cuatro mil luces irradiaban en su ámbito y lo mas escogido de nuestra sociedad se hallaba allí presente dando realce á aquella fiesta del talento. El acto comenzó a las siete y media y terminó después de las doce de la noche conforme al siguiente programa:…..”

Poco se habla de las aportaciones del potosino Francisco Javier Estrada para dotar de luz eléctrica a la ciudad hace 144 años en el mes de noviembre, sus experimentos e innovaciones para mantener encendidos focos eléctricos durante un tiempo prolongado, fueron los primeros en realizarse en el país; su contribución cerró una brillante primera época en el camino a la electrificación.

Bien lo apuntaba el propio Francisco Estrada, años después: “Desde ahora te anuncio que no ha de faltar algún sabio que pretenda echar por tierra el fruto de los afanes que me han dejado sin poder ver la luz; pero esta es la recompensa que se nos espera, aquí donde nos humillamos admirando lo extranjero y despreciando las obras de nuestros hermanos.”

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Yo defiendo al CIDE | Columna de Víctor Meade C.

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SIGAMOS DERECHO.

 

En 1974, Trinidad Martínez Tarragó —española, llegada a México por el exilio causado por la Guerra Civil— fundó el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) con el objetivo de que en México se produjera investigación científica y se ofertaran programas de posgrado, ambos de la más alta calidad en materia económica y áreas afines. Formado en aquel entonces principalmente por académicos provenientes del exilio sudamericano, el CIDE arrancó con un programa de maestría en Economía y pronto extendió su oferta académica al área de la Administración Pública. Hoy, el CIDE ofrece cuatro licenciaturas, ocho maestrías y tres doctorados repartidos entre sus dos sedes; todos sus programas, con amplio reconocimiento tanto a nivel nacional como internacional. Con el CIDE siendo una institución pública de excelencia, financiada en su gran mayoría por recursos públicos y con una irrenunciable vocación social, vale la pena recordar las palabras de Trinidad: «Yo cumplí con lo que me enseñaron mis padres: ‘México nos ha dado todo, denle a México lo que puedan’. Y creo que cumplí con México.»

La consigna de los padres de Trinidad la he llevado muy presente a lo largo de los casi dos años y medio que llevo en la institución. Precisamente en la ceremonia de bienvenida a la licenciatura, el Dr. Ugo Pipitone, de voz gentil, pero de palabra contundente, insistió en la irremediable necesidad que tiene México de contar con personas decentes y que, ciertamente, tengan con las herramientas, capacidad y compromiso permanente, no solo de entender, sino de transformar nuestra apremiante realidad. Pipitone cinceló en nosotros la responsabilidad de darle a México todo lo que podamos, pues, desde ese momento, el centenar de alumnas y alumnos reunidos en el auditorio nos convertíamos en beneficiarios de una educación pública de la más alta calidad, financiada con recursos públicos que se estaban apostando en nosotros y no, por ejemplo, en servicios de salud. Por supuesto, esta responsabilidad la refrendamos con cada clase que se imparte con pasión, con cada curso que cuestiona nuestros paradigmas, con cada semestre que confirma nuestra vocación.

Desde su fundación, la producción académica del CIDE y su naturaleza crítica han impulsado muchos de los temas más relevantes de la agenda pública. De sus aulas se han graduado generaciones completas de personas fuertemente comprometidas con el beneficio colectivo y que hoy se desempeñan, en su mayoría, en la administración pública, otro tanto en las organizaciones de la sociedad civil, en la docencia y en la iniciativa privada. En los jardines, pasillos y cubículos del CIDE, además, se han gestado proyectos de gran impacto para el país y que van desde estudios en corrupción, desigualdad y violencia, hasta el litigio pro bono de asuntos de trascendencia nacional y el diseño de reformas constitucionales en materia de acceso a la justicia.

En general, la ciencia y la tecnología se han visto severamente mermadas en términos presupuestarios desde hace algunas administraciones; el CIDE, al ser un centro público de investigación perteneciente al CONACYT, también. Sin embargo, desde el comienzo de esta administración, los embates se han agudizado y la comunidad científica del país en su conjunto lo ha resentido. A punta de mentiras, el gobierno federal logró extinguir de tajo los fideicomisos de los centros públicos de investigación, a través de los cuales muchas de estas instituciones lograban gestionar de manera transparente y eficiente los recursos fiscales y los autogenerados. Hoy, el destino de los fondos contenidos en los fideicomisos es desconocido y las pruebas de corrupción que prometió el gobierno federal se quedaron simplemente en eso, en promesa matutina. Sumado a ello, la penosa gestión de María Elena Álvarez-Buylla al frente del CONACYT se ha caracterizado por minar severamente la autonomía y condiciones laborales de la comunidad científica, como fue la reciente introducción de una norma que prohíbe a catedráticos hablar mal del CONACYT, y otra nutrida sarta de ocurrencias profundamente desafortunadas.

Luego de una muy digna defensa de la institución, el Dr. Sergio López Ayllón decidió dejar la Dirección General del CIDE y, en sus palabras, abrir paso a “una dirección renovada que pueda seguir dando cauce a las nuevas necesidades institucionales”. Álvarez-Buylla colocó a José Antonio Romero Tellaeche —economista, académico del Colegio de México— al frente de la institución mientras se lleva a cabo el proceso de renovación de la Dirección General. En un primer acercamiento a la comunidad, Romero afirmó que su papel sería el de asegurar una transición tranquila hacia la nueva dirección general; incluso señaló que no daría golpes de timón ni tomaría decisiones que comprometan el futuro de la institución en ningún sentido. Además, prometió convocar al estudiantado a una serie de diálogos para discutir sobre el panorama del país. Como verá, estas fueron solo palabras que rápidamente significaron nada.

Al cabo de algunas semanas, luego de que el Dr. Alejandro Madrazo Lajous —entonces director del CIDE Región Centro— se pronunciara en favor de mejorar las condiciones laborales de las Cátedras Conacyt, Romero Tellaeche lo destituyó argumentando la “pérdida de la confianza”. Sobra resaltar la muy destacada gestión de Madrazo al frente de la sede regional del CIDE, quien además cuenta con el reconocimiento de la comunidad cideíta. Dada la arbitrariedad, varios alumnos y alumnas realizamos solicitudes de acceso a la información requiriendo a la Dirección General Interina que nos explicara cuáles eran los criterios para la pérdida de la confianza de un funcionario. Como podrán imaginarse, no existe criterio alguno; se trató de un acto de autoridad puro y duro. Es cierto que el Estatuto del CIDE le confiere esa facultad a la Dirección General, sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿con qué solvencia moral puede alguien destituir a un directivo que defiende los derechos laborales de su plantilla docente? ¿En qué quedó la promesa del interino de no realizar modificaciones sustanciales al CIDE?

El ambiente se respiraba muy tenso en la institución desde entonces. Pasaron las semanas e inició el procedimiento de designación de la nueva Dirección General, a la cual se postularon solo dos personas: Romero Tellaeche y Vidal Llerenas —morenista, exalcalde de Azcapotzalco y sin experiencia académica alguna—. Ambos presentaron sus respectivos planes de trabajo y, para sorpresa de nadie, el de Romero Tellaeche está centrado en el neoliberalismo y en cómo el CIDE ha servido únicamente a esos intereses y no a los del pueblo de México. En unas cuantas páginas, Romero construyó un plan basado en prejuicios, mentiras e interpretaciones a modo de algunas cifras del CIDE. Por ejemplo, Romero hace notar que las solicitudes de admisión al CIDE han bajado desde 2018, según él, debido a que la institución se ha vuelto irrelevante. Quizás sería bueno que, no lo sé, considerara que no a muchas personas les parece atractivo estudiar en una institución con cada vez menos presupuesto y más incertidumbre, con crecientes retos estructurales y que continuamente se le estigmatiza y denosta desde el púlpito presidencial. Incluso en una condición de ventaja sobre su contrincante, Romero tuvo la oportunidad de conocer al CIDE desde adentro y acercarse a su comunidad para presentar un plan de trabajo propositivo y constructivo, lo cual decidió no hacer. En lo que respecta al plan de trabajo de Llerenas, basta con decir que su mayor virtud es la brevedad y una calculada inocuidad que le compromete a muy poco.

Así las cosas, el martes pasado Romero Tellaeche destituyó a la Dra. Catherine Andrews —Secretaria General del CIDE, segunda al mando de la institución— luego de que el Director Interino trató de posponer de manera unilateral, contrario al Estatuto, las Comisiones Académicas Dictaminadoras. Andrews actuó en estricto apego a lo mandatado por la propia normatividad interna del CIDE y ello le valió para ser removida de su cargo en la Secretaría General. Romero también intentó destituir a la directora de Evaluación Académica, la Mtra. Céline González Schont, sin embargo, por hacerlo —de nuevo— transgrediendo la normativa, esta destitución no surtió efectos. Imagine usted: Romero acusó a Catherine Andrews y a Céline González de cometer actos de “rebeldía” e incluso sugirió la posibilidad de imputarles responsabilidades penales. Por respetar la normativa interna de la institución.

En tan solo tres meses, José Antonio Romero Tellaeche, un extraño que llegó a casa y no hizo el mínimo intento por salir de su calidad de extraño, se echó encima a toda la comunidad estudiantil y plantilla docente. En solo tres actos, Romero desató una crisis al interior del CIDE que terminó por realizar la última llamada a una comunidad estudiantil que tuvo que pasar de las enérgicas condenas y despliegue de comunicados a una eficiente y horizontal organización que rápidamente se movilizó para convocar a una manifestación en las instalaciones del CONACYT y a solicitar la destitución inmediata del déspota interino, con la promesa de la toma de las instalaciones en caso de que ello no ocurra. Ante el bullicio de la comunidad, Romero convocó a una reunión virtual que, más que diálogo, pretendía ser letanía. A pesar de ello, mis compañeros y compañeras estudiantes dieron a Romero, por casi tres horas, una cátedra sobre la calidad y relevancia de lo que se produce en el CIDE; de la diversidad ideológica que priva en las aulas; de la regla de la casa: la imprescriptible libertad de sostener lo que sea, pero con el ineludible deber de defenderlo con argumentos.

No tiene sentido negar que el CIDE debe ser cuestionado y criticado. No tiene sentido, tampoco, negar los tropiezos del pasado, pero es aún más absurdo denostar al CIDE desde los prejuicios y desde las mentiras. Llamar al CIDE neoliberal, irrelevante, personalista y, además, decir que su comunidad estudiantil es manipulable, es tan burdo como miope; pensar en las instituciones en términos de absolutos y etiquetar todos los males bajo el calificativo de “neoliberal”, a estas alturas, resta seriedad a cualquier cuestionamiento y lo reduce a un hombre de paja. Paralelamente, en el ambiente de torpe polarización que priva en el país, sectores de la oposición no desaprovechan oportunidad alguna —esta incluida— para denostar al grupo de estudiantes cideítas que su momento externaron su apoyo a López Obrador. En el mejor de los casos, estas injurias no son más que arrebatos de imbecilidad de quienes consideran que el sufragio es una hoja firmada en blanco, o que el ejercicio democrático es cosa de una vez cada seis años y no más. Toda crítica a la institución, su arreglo administrativo, plantilla docente, alumnado y producción académica será recibida y atendida siempre que aquélla se sustente con argumentos razonables.

Defiendo al CIDE porque, considero, la imposición de las ideas y el desdén a la libertad de cátedra y de expresión no tienen cabida en nuestro sistema democrático. Defiendo al CIDE porque, tanto para mí como para muchas más personas, representa la mejor y única opción de acceder a una educación en ciencias sociales de la más alta calidad, y que de otro modo no hubiese podido costear. Defiendo al CIDE porque es mi alma máter y porque en ella encontré mi vocación y la oportunidad de compartirla con una comunidad maravillosa. Defiendo al CIDE porque en torno a él he construido mi proyecto de vida y porque es mi más importante motor de movilidad social. Defiendo al CIDE porque, en vez de someterse, debe ser más autónomo y replicarse a lo largo y ancho del país. Defiendo la rebeldía del CIDE porque no se puede actuar de otra manera cuando uno se enfrenta al autoritarismo. Defiendo al CIDE porque, a través de él, México me ha dado todo y porque es mi mejor oportunidad para regresárselo.

#YoDefiendoAlCIDE con una comunidad estudiantil a la que da orgullo pertenecer, que resiste con pasión, inteligencia, unidad y compromiso.

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