agosto 31, 2026

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Perdí 21 gramos. Apuntes de Jorge Saldaña

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Se me fue el alma. La desgaste en insultos , no para ti (qué los hubo) sino para mi.

Hay 21 cosas que, como gramos, según Arriaga, pesa el alma que no, ya no tengo.

Esa jornada la gasté en herir y me siento herido por hacerlo.

Usé, hice, dije y me revolqué en lo más bajo de mi ser.

No, no tengo ni disculpa ni posible motivo de desagravio. Lo dije y lo dije en serio. Lo dije muy enojado.

No me retracto de mis palabras. No doy marcha atrás ni me rajo. Sí lo dije y con acento.

Pero que conste que con la misma seguridad sostengo que me equivoqué y en el pecado se llevo la penitencia…

Qué irónico que para maldecir tanto se deba amar así…tanto.

Repito que odio, pero no a ti. Odio quererte tanto. Odio sentirte tan lejos. Odio no haber sido todo cuánto tú querías ni lo que tu esperabas. Odio más (si es que hubiera superlativo al odio) amarte tan descarnadamente para que en mis palabras pusiera el veneno para que me odiaras a mi.

Con conciencia o sin ella, pero amo tanto verte, que odié tanto el que ya no me quisieras ver.

Ya no hay “corazón al patibulo” ya no hay despedidas encriptadas. Era nada más yo rogando odiarte o rogar comunicarme en frases de columnas efímeras.

Pedir perdón es patético, pero eso sí, es útil, sabio, práctico, correcto pero…patético al fin y al cabo.

No hay amor completo como para que no venga el ego.

El que esto escribe, Culto Publico, es nada más un ser humano de dos manos , dos ojos, un alma y un corazón. Equivocado por construcción humana.

Disculpe usted la disculpa (valga pues…) aquí expresada. Que de todo lo que se dice por ahí, todo es cierto.

Perdí el honor y 21 gramos por unos días. Perdí el alma y es todo lo que puede uno perder.

Que de algo valga ser dueño del medio para publicar esto que viene nada más de un alma que disfruta, al parecer, estar atormentada.

Reconozco que si quise lastimar, si quise herir, jamas en lo físico. Respondí justo ahí, donde tú lo hiciste. Ojalá me hubieras dolido en carne y hueso y no aquí en el centro de las emociones.

No se culpe a nadie, ni con esto te hago, ni a ti ni a nadie,  responsable.

Me queda claro solo una cosa y es que fuiste quien más me ha podido encontrarme.

Nadie dice que todo lo escondido es tesoro o mucho menos valioso.

Te quiero D. Te adoro. No me perdono por coherencia en lo escrito aquí, y sentido más mucho más aquí adentro

Estoy herido de herir. Defraudado de defraudarme. Agotado de la maldad que surgió de una tempestad intoxicada.

Me entrego pues a lo que venga y si lo que quieres es justicia, o es venganza o es hundirme pues aquí me tienes para cualquiera de las tres, o las tres juntas.

No merezco menos ni merezco más. Me atreví a lo peor, herí como el más cobarde y como el más audaz en serlo

No pregunten los demás, que a nadie se le va a contestar. Que conste.

Sí fui yo. El dolido de ahora y el de antes. El que ya no sabe ni en qué momento está. Las emociones no son lo mío.

Y si se acaba esto por este texto pues que se acabe, que al fin y al cabo con un texto fue que comenzó. Ambos escritos por mi.

Todo es cierto. Palabra por palabra la escribió quien esto escribe y todo lo que circula para el lujo de su morbo, todo eso que circula por ahí lo asumo como único autor avergonzado.

Yo me arrepiento y lo acepto.

Lo acepto y me ciño a las consecuencias.

Detéstame, que ya no hay quien me redima.

Nadie tenga nunca miedo de mi porque no hay motivo. Si me perdí a mi mismo, perdiéndote a ti, pues ahora si ya no tengo nada que perder.

No espero la expiración de los causados resentimientos, serán los recordatorios de mi más oscuro yo.

En contra parte y para ti, si espero y deseo el más absoluto, profundo y sano olvido de lo que causé e hice sentir.

Atentamente,

Jorge Saldaña, el patético arrepentido. El que perdió el alma, esa que a la hora de pesarla le faltaron gramos aunque de esos 21, que dicen pesa, debes saber que 20 ya te los había entregado a ti.

Sea ésta una despedida y disculpa pública por todo lo que valga.

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Estado

Gabinete estatal se prepara para salidas antes del proceso electoral

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J. Guadalupe Torres señaló que buscarán no afectar a la continuidad de los programas estatales durante el proceso electoral

Por: Redacción

El secretario general de Gobierno, J. Guadalupe Torres Sánchez, adelantó que integrantes del gabinete estatal podrían separarse de su cargo en las próximas semanas para participar en el proceso electoral 2027, aunque dijo no tener notificación formal de alguna salida específica.

El proceso electoral federal arranca el 10 de septiembre y el local, el 15 de noviembre. Torres Sánchez explicó que la eventual separación de funcionarios busca evitar una afectación a la continuidad de los programas de la administración estatal, apenas semanas antes de que el gobernador Ricardo Gallardo Cardona rinda su Quinto Informe de Gobierno, programado para el 21 de septiembre

.

Sobre alcaldes que buscarían la reelección, el funcionario indicó que esa figura solo está vigente hasta la próxima elección intermedia, en 2030, y que varios ediles ya han expresado interés en volver a competir. Estimó que entre 10 y 15 alcaldes del estado buscarían nuevamente el voto.

El movimiento se da en un momento en que la sucesión de 2027 ya opera como eje de la agenda política estatal, con distintos actores —dentro y fuera del gabinete— posicionándose con antelación al arranque formal de las campañas.

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Estado

Hoy vence plazo para que municipios homologuen salarios de policías

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A partir de mañana, inicia el procedimiento administrativo para sancionar a quienes incumplan

Por: Redacción

Hoy es la fecha límite establecida por orden constitucional para que los 59 municipios de San Luis Potosí hayan igualado los salarios de sus policías a un nivel digno. Rodrigo Joaquín Lecourtois López, Auditor Superior del Instituto de Fiscalización Superior del Estado (IFSLP), anunció que a partir de mañana iniciará procedimiento administrativo de responsabilidad contra quienes no cumplan, con sanciones que van desde amonestación hasta inhabilitación.

La Ley Federal del Trabajo fija un mínimo mensual de alrededor de diez mil pesos. Sin embargo, en varios municipios los elementos de seguridad perciben seis mil pesos, muy por debajo del piso legal.

La Constitución Política del Estado establece la obligación de homologación; la Secretaría de Finanzas ha señalado a alcaldes que disponen de participaciones federales específicas para seguridad pública y que no existen argumentos válidos de insolvencia.

Una comisión integrada por el IFSLP, el Secretario Ejecutivo de Seguridad Pública

y Finanzas supervisa el cumplimiento. Hasta la semana pasada, aproximadamente la mitad de los municipios aún no informaba si habían elevado salarios; es probable que algunos ya lo hayan hecho estos días.

El procedimiento administrativo individualizará el grado de responsabilidad: si hubo simple omisión o dolo deliberado (sabiendo del mandato, decidieron no pagar). Las sanciones abarcan desde amonestación privada o pública hasta inhabilitación del funcionario responsable.

Lecourtois recordó que todos los municipios recibieron comunicado explícito y citatorio de los tres entes hace semanas, de modo que no hay excusa de ignorancia.

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Letras minúsculas

Llamadas telefónicas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

¿Qué me decía usted? –pregunté al anciano mientras éste luchaba, sudando y todo, por coger con firmeza el hilo de nuestra conversación.

–Ah, sí, le estaba diciendo que uno de mis hijos, el menor de todos, ha tomado para conmigo o respecto a mí, como prefiera usted decir, una actitud bastante extraña. Ya no me saluda cuando llega a casa, ni me dice adiós cuando se va. De la noche a la mañana, según parece, le ha dado por pensar…

Y otra vez el teléfono. El anciano se me quedó mirando como a la expectativa, se encogió de hombros, esbozó una sonrisa que quería ser de comprensión –aunque no llegó a tanto: sólo quiso serlo– y se ovilló en la silla como un derrotado.

–Sí –dije a quien me llamaba esta vez–. ¡Hombre, qué pena! Lo comprendo, pero no traigo conmigo mi agenda. Lo que pasa es que la dejé ayer en mi otra chamarra y aún no he podido ir por ella. ¿Podría hablarme más tarde? ¿Qué tan tarde? Déjeme ver. ¿Podría marcarme nuevamente a eso de las diez? ¡No, qué va a ser tarde! A esa hora apenas estoy llegando a casa. Bien, espero su llamada. Hasta entonces.

Miré al anciano como diciéndole: “Puede continuar usted, señor”. Pero no dije nada, sino que únicamente lo miré. Éste se incorporó en la silla, trazó con la mano sobre el borde de mi escritorio una figura incomprensible (era evidente que no recordaba en qué punto de la conversación nos habíamos quedado) y dijo por fin:

Entonces mi mujer tomó la decisión de dormir en camas separadas. ¿Por qué razón? Hasta ahora no ha querido decírmelo. Además, jura por Dios que ni siquiera me lo dirá. ¿Qué debo pensar de todo esto? No lo sé. La única palabra que me viene a la mente es ésta: conspiración.

–No, no –dije yo–. Todavía no llegábamos allí, si esto es lo que seguía. Se había quedado usted en que su hijo el menor estaba tomando con respecto a usted actitudes un tanto extrañas

–Ah, sí –dijo el anciano–. Extrañas, claro. Como por ejemplo no avisar a dónde va ni de dónde viene. De la noche a la mañana se ha puesto a decir, figúrese usted, que yo no cuidé bien de él cuando era niño. ¿Que no me preocupé por él? ¿Quién, entonces, le pagó las colegiaturas, la ropa que se ponía, la comida y los estudios? ¿Quién?

No me va usted a creer, lector, seguro que no me va a creer, pero justo en ese momento empezó a sonar otra vez el teléfono, mi pequeño, caro, odioso y portátil teléfono celular. Miré a mi interlocutor, pero no ya como diciéndole: “Puede usted continuar, señor”, sino como preguntándole: “¿Contesto o no contesto?”. Durante unos segundos dudé. ¡Dios mío, qué dilema! Tomé el teléfono en mi mano derecha sin saber todavía qué hacer con él.

–Sí, soy yo (Dios mío, qué respuestas más tontas da uno por teléfono: si yo no soy yo, ¿quién más podría ser?). A sus órdenes. Comprendo, claro, pero aún no sé cómo voy a andar ese día y no tengo a la mano mi agenda para saberlo, pero si me habla usted a eso de las diez y media, yo le digo si puedo o no. No, no, lo que pasa es que ahora estoy ocupado con una persona

. No importa: si no puede hablarme a las diez y media, puede perfectamente hacerlo a las once. ¡No, qué va! Está usted hablando con el noctámbulo más incorregible del planeta. No se preocupe; si puedo, lo haré con mucho gusto. ¡Hasta luego!

Cuando colgué, ya no me atreví a mirar al anciano. ¡Era demasiado penoso verlo a la cara! ¿Y qué cree usted? Que antes de que lo viera a la cara el teléfono volvió a sonar una vez más. Y como esto ya era demasiado, lentamente, con parsimonia, con sadismo, lo apagué. ¿Por qué no me había atrevido antes a realizar este saludable ritual? ¡No más llamadas telefónicas, al menos por ahora!

¿Qué tienen los pitidos del teléfono que nos hacen ponernos enseguida al aparato? ¿Qué es lo que nos impulsa a contestar con tanta rapidez? ¿De qué magia se valen para ponernos tan nerviosos cuando suenan? He aquí un tema de obligada meditación.

¿Por qué cuando estamos ocupados con una persona sentimos que una llamada telefónica es más urgente e interesante que todo lo que esta persona pudiera decirnos? ¿De qué noche de los tiempos nos viene esa sensación? “Algo grave está pasando”, nos decimos a nosotros mismos, y somos capaces de hacer a un lado a quien esté enfrente con tal de que esa llamada no se pierda.

Pero no: hoy ya no lo haré. Esta persona que está aquí, conmigo, este hombre cargado de años ha tenido que tomar un taxi para venir a encontrarme, y resulta que ni caso le hago para dedicarme a responder al primero que llama. El anciano se había tomado el trabajo de ponerse en camino, en tanto que aquella otra gente sólo se había limitado a marcar un número para obligarme a escucharla. ¡Qué sencillo y qué injusto al mismo tiempo! Cuando éste me vio apagar el teléfono, suspiró aliviado y sonrió dulcemente. Ahora se sentía importante, único; ahora podía hablar con libertad y sin el temor de verse interrumpido.

Desde entonces he tomado una seria resolución: dar prioridad a los que vienen en lugar de a los que simplemente llaman. Ya no me cohibirá ni me pondrá a temblar el pitido tramposo del teléfono; desde ahora lo tendré por lo que es: por una alarma que hacen sonar los que no se tomaron el trabajo de buscarme como se debe buscar realmente a las personas. Y, sobre todo, esto: que la presencia valga más y la sola voz menos, mucho menos. Siempre y cuando, claro está, no me estén hablando desde Hawaii…

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