#4 Tiempos
Paul Auster y la lucha por escribir | Columna de Carlos López Medrano
Mejor dormir
Paul Auster llegó a los 30 años lleno de agobios e incertidumbres. Así lo relató en uno de sus libros de memorias, en donde describe cómo es que ese punto determinante en la vida de los hombres lo tomó con la guardia baja. No solo su matrimonio se desmoronaba: su aspiraciones como escritor parecían no conducirlo al puerto adecuado y los problemas monetarios le restaban la tranquilidad que soñaba tener para deambular con orgullo por las calles.
Aun así, seguía con la mente fija en la literatura. Desde muy joven ese había sido su sueño. Escribir y vivir de ello. También ser reconocido por una obra emblemática. El camino, no obstante, se le había empantanado. La segunda mitad de los años setenta lo atrapaba inmerso en las traducciones del francés que hacía para obtener algunos recursos, así como la elaboración de ensayos que de vez en cuando le eran requeridos por revistas del gremio.
En cierto punto los intentos le llevaron a la desesperación. Por más que mandara cartas, hiciera llamadas telefónicas y acudiera a entrevistas de trabajo, no acababa de ver la luz al final del túnel. Probó suerte en la docencia, en el periodismo y en cualquier cosa que le permitiera mantenerse en la lucha. A todo lo veía como una cuestión temporal, en lo que podía asentarse en sus propias pasiones. Aunque más de una vez dudó que eso al fin pudiera llegar.
Cada paso le parecía un retroceso. Era exigente consigo mismo y se exasperaba. Los empleos que conseguía aquí y allá distaban de parecerse a su ideal. Tampoco estaba satisfecho con lo que salía de su pluma. Sus ambiciones, decía, eran mucho mayores que sus capacidades.
Conforme se acercaba a la madurez el futuro le parecía más y más nebuloso. Si bien había logrado publicar un libro de poemas en un tiraje reducido con un pequeño grupo editorial, seguía con las limitaciones económicas que tanto le frustraban. No lograba dar el gran golpe o el campanazo que requería para levantar.
De cualquier modo no quitó el dedo del renglón. No quiso entrar en la dinámica de tantos otros escritores que tenían un trabajo estable que les permitiera crear en sus tiempos libres.
Paul Auster estaba negado, la idea de estar en una oficina, llevar horarios y recibir órdenes simplemente no iba con su naturaleza. Decidió apostar todo al destino y empeñarse en una carrera que lo mismo podía llevarlo a la cima que hundirlo irremediablemente a la simple subsistencia. Prefería sostenerse en buhardillas con goteras si es que ello abría algún resquicio para entrar de lleno en el panal literario.
Un punto de inflexión fue la beca que recibió por el Instituto de Bellas Artes de Nueva York. La salvación llegó en forma de 3 mil 500 dólares que le permitieron andar con holgura y centrarse así en respirar durante una temporada. La confianza que John Bernard Myers había depositado en él también contribuyó a elevar su optimismo.
De cualquier forma, poco a poco fue vaciando la cuenta bancaria. Y la presión regresó. De seguir así pronto llegaría al límite, ese que tanto le angustiaba y que llegaba a tumbarlo con alguna enfermedad. Era alguien sensible que no lograba habituarse a la mediocridad y estar inmerso en ella lo abatía física y espiritualmente.
En una noche de insomnio, propia de la ansiedad que lo mantenía en vilo, le vino una idea a la mente. Como lector voraz de novela negra urdió una trama a la que le daría forma con el paso de los días. Un sano entusiasmo se apoderó de él. Sintió que la vena literaria por fin se había adueñado de su interior. Había dado el paso definitivo. O eso creía.
En las semanas siguientes se las arregló para completar 300 páginas. Una historia que rodeaba a una misterioso asesinato que venía rodeado de un aura existencial. Ya con el volumen bajo el brazo, comenzó a moverse por editoriales. Pero no tuvo mucha suerte. Varias personas le sugirieron cambios, le dieron esperanza… y al final le decían que no, otra vez.
Un día, un hombre le llamó por teléfono. Era alguien que conocía de años atrás y al que en un principio le costó trabajo identificar. El tipo en cuestión le empezó a hablar de un proyecto que tenía en mente y al que le quería invitar. El balbuceo fue extraño pero implicaba la fundación de una casa editorial. El sujeto le preguntó a Paul Auster si tenía alguna novela que quisiera publicar. Habían pasado ya varios meses desde que en aquella noche sin dormir empezó a trazar su primera obra de largo aliento, una de la que ya casi se había olvidado. Quiso aprovecharla y dio el sí.
El libro tardó dos años en materializarse. Cuando se mandó a imprimir la empresa estaba quebrada y no había forma de siquiera distribuirlo. Había que recurrir a otra editorial, a otro agente. Paul Auster había recibido un golpe más. Lo sufrido a lo largo de toda su juventud era una verdadera masacre que tumbaría a cualquiera que no tuviera vocación.
No era su caso. Peleó por lo único que le salía bien y al cabo de un tiempo obtuvo recompensa. Siguió picando piedra y, sobre todo, siguió escribiendo. No se rindió. Eventualmente sus libros fluyeron y fueron publicados hasta convertirlo en uno de los autores más exitosos de su generación. Lanzó la apuesta y pudo fracasar o pudo dar en el blanco, pero tenía que estar ahí. Y lo estuvo. Como un artista del hambre que todavía mira hacia atrás con ingenio.
Contacto: [email protected]
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Acento Ajeno
La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés
ACENTO AJENO
Por: Haniel Valdés Velázquez
Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.
Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.
En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.
Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?
Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.
Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.
Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.
La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades
ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.
El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.
Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.
Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.
La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.
Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.
También lee: Gallardo renueva transporte público urbano
El Cronopio
Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.
Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.
Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.
Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.
Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.
A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.
También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.
Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.
Lee también: Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina
El Cronopio
Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.
Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.
Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.
A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.
Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.
Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.
Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.
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