#4 Tiempos
Monologos de Barrabas | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Conozco casi todos los retratos que tanto los escritores como los cineastas han hecho de mí. ¿Debo decir abiertamente que no me reconozco en ninguno de ellos?
Franco Zeffirelli, el director italiano, por citar a uno entre mil, me representó como un gigante furioso de cuya boca escurrían sin cesar, en un mismo flujo hediondo, espumarajos y blasfemias. Mel Gibson, en La pasión de Cristo, no pudo, por su parte, pintarme más repulsivo: cabellos hirsutos, dientes podridos… ¡En fin, algo muy parecido a un animal! Sin embargo, yo no era ni más feo ni más bello que el común de mis compatriotas, aunque era un delincuente…
Casi diría que me agrada la parquedad con la que los evangelios se refieren a mi persona. Mateo, por ejemplo, se limita a decir de mí que «era un preso famoso» (27,16). Pero Juan es más parco todavía; dice: «Barrabás era un salteador» (18,40). En síntesis, nada de descripciones físicas o psicológicas que pudieran hacer demasiado equívoca la comprensión de mi modesta humanidad. «Un salteador más o menos famoso, más o menos popular»: he aquí, en pocas palabras, una descripción sumaria y bastante exacta de mi situación en aquel remoto entonces. Por lo demás, ninguno de los evangelistas se atrevió a decir de mí que fuese un monstruo.
A pesar de ello, la historia me ha visto siempre con horror y rencor. ¡Se me odia gratuitamente! Sin embargo, es hora de decir que no fui yo quien planteó la famosa alternativa que aún hoy consterna a los cristianos. La pregunta, si lo recordáis, fue hecha por Poncio Pilato como último recurso para salvar al Salvador (¿os disgusta este juego de palabras?):
«-¿A quién queréis que os suelte: a Jesús o a Barrabás?» (Mateo 17, 27).
El procurador romano quería que el pueblo eligiera, pero no en base a la belleza de uno y a la fealdad de otro, sino a la de nuestras respectivas conductas; por decir así, era una pregunta de carácter mucho más ético que estético. Espero que me creáis si os digo que cuando aquella alternativa fue anunciada en alta voz a la multitud enloquecida, yo temblaba de miedo en un calabozo subterráneo en espera del verdugo. De hecho, cuando el guardián abrió la puerta de la celda, mi primer impulso fue retroceder, lleno de espanto.
-¿Es ya la hora? -pregunté enloquecido.
El otro salteador que debía morir conmigo en la misma ejecución también retrocedió espantado y se golpeaban la cabeza con piedras y guijarros: tanta era su locura y su desesperación.
Mientras seguíamos los dos al guardia que nos conducía por una galería intrincada y oscura, yo todavía estaba en la idea de dirigirme al matadero. No fue sino hasta más tarde que supe la buena noticia.
-¡Eres libre! -me dijo el procurador esbozando una sonrisa dolorosa, de una infinita tristeza-. El pueblo te ha preferido a ti…
-¡Libre! Pero, ¿es que no voy a morirme? -pregunté.
-¡Claro que vas a morirte, Barrabás! -me dijo Poncio Pilato con un dejo de ironía en la voz-, pero aún no.
A veces la felicidad no puede expresarse más que con aullidos, y yo, en aquel momento, aullé hasta perder la voz, hasta asemejarme en todo a una fiera que ha escapado de la trampa del cazador. ¡Libre! P ensándolo bien, quizá haya sido a causa de este aullido que la posteridad me ha juzgado con tanto rigor. Pero, ¿qué queréis que os diga? Vosotros, en mi lugar, habríais hecho lo mismo que yo: gritar, gruñir, reír, echar espumarajos por la boca, volveros locos de felicidad.
-Éste morirá en tu lugar –me dijo el guardia apuntando con su dedo una figura que no me era totalmente desconocida pero a la que todavía no miraba con aprecio.
-Sí, sí, que muera por mí, que muera por mí, que muera por mí, yo no quiero morirme. -Creo que esto fue lo único que pude susurrar, o gritar, o qué sé yo-. ¡Sí, que se muera él!
El único escritor que ha sido capaz de adivinar lo que pasó conmigo después de aquel viernes fatídico, fue Pär Lagerkvist (1891-1974), un escritor sueco a quien, pese a haber recibido en 1951 el premio Nobel de literatura, hoy ya casi nadie lee. Él fue el único en intuir que mi vida, después de aquel mediodía, no podía ser ya la misma. En una página brillante me describe así: «Había adelgazado, tenía un aspecto miserable, no era ya como en otro tiempo, no era más como al principio. Se podría pensar que no fuese el mismo». Y, en efecto, no era ya el mismo. Alguien había dado su vida por mí, alguien había muerto en mi lugar, y eso cambiaba las cosas.
Mi nombre aún hoy produce a muchos una especie de sudor frío. ¿Quién impone a sus hijos, por ejemplo, el nombre de Barrabás? Pero acaso sea yo el único que puede decir en qué consiste lo que los creyentes designan con el nombre de redención. Nadie como yo ha experimentado, al menos en vida y de una manera tan palpablemente real, lo que significa decir: «El murió por mí», porque así ha sido, en efecto. Él murió por mí de la manera más literal que pueda tener esta expresión.
En realidad -y digo esto sin complacencia-, yo soy el primero de los redimidos, el redimido arquetípico, por decirlo así, y los creyentes que deseen comprender de qué manera han sido salvados, harían bien deteniéndose aunque sea un poco en la contemplación de mi persona. Entonces estarían en grado de entrever algo y caerían en la cuenta de que la redención es algo mucho menos abstracto de lo que a veces tienden a suponer. Si así fuera, tal vez podrían, como yo aquella vez, gritar, gruñir, reír, echar espumarajos por la boca y volverse locos de alegría.
¿No les falta a los cristianos un aire más de redimidos (como decía un filósofo moderno)? Pues bien, que piensen en mí, que me observen con detenimiento, que se pongan en mi lugar, diciendo: «En realidad, Barrabás soy yo», y quizás así entenderán. No sé, tal vez…

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El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
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Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
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El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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