abril 25, 2026

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Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Testeando

 

¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!

Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.

Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.

Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.

El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.

Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!

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Otra vez | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Hay jugadores que llegan para cumplir y hay otros que llegan para quedarse en la conversación.

João Pedro entró en la segunda categoría.

Sin hacer ruido al principio, sin etiquetas de estrella, sin ese cartel que obliga a voltear a verlo desde el día uno. Pero el futbol cuando es constante termina acomodando todo. Y hoy, en el Atlético de San Luis, hablar de goles es hablar de él.

Otra vez.

Porque lo que está construyendo no es una racha. Es una costumbre.

El posible bicampeonato de goleo no aparece por accidente. No es un torneo bueno ni un momento aislado. Es la confirmación de algo más incómodo para los rivales: João Pedro entendió cómo jugar en esta liga y cómo lastimarla. Y cuando un delantero descifra eso, deja de depender de los partidos y empieza a depender de sí mismo.

No es el más espectacular. No es el más rápido.
No es el que más toca la pelota.

Pero tiene algo que pesa más que todo eso: timing.

Sabe cuándo moverse, cuándo esperar, cuándo atacar el espacio que todavía no existe pero que está por abrirse. Juega un segundo antes que los defensas, y en el área ese segundo es todo.

Define sin adornos. Sin necesidad de gustar.
Con la frialdad de quien entiende que el gol no se explica, se ejecuta. Y aún más, João Pedro es un jugador que se sacrifica, recupera balones, toca en media cancha, asiste y remata, es sin duda, un todo terreno en el equipo, el jugador disciplinado que es ejemplo no solo dentro del terreno sino fuera y que se ha sobrepuesto a grandes problemas personales y profesionales.

Y en un equipo como San Luis, eso vale doble.
Porque no siempre tiene diez oportunidades por partido.
Porque muchas veces juega lejos del arco.
Porque hay noches donde el equipo sufre más de lo que propone.

Ahí es donde aparece su otra virtud: no necesita volumen para ser determinante.

Le basta una.

Por eso el tema ya no es solo cuántos goles va a hacer. Es cuánto tiempo más va a hacerlos aquí.

Porque el futbol también tiene esa lógica incómoda: cuando un jugador destaca en un contexto limitado, deja de ser invisible. Y João Pedro ya dejó de serlo.

El bicampeonato de goleo no solo lo ha puesto en una lista lo pondría en el radar.
De equipos que pueden ofrecerle más balón.
Más contexto. Más aspiraciones inmediatas.

Y ahí aparece la duda.

San Luis ha encontrado en él algo difícil de reemplazar: un goleador que no necesita que todo funcione perfecto para responder. Pero el futbol no siempre respeta los procesos cuando el talento empieza a sobresalir.

Y entonces la pregunta deja de ser deportiva.

Pasa a ser inevitable.

¿Se queda para seguir construyendo algo,
o se va porque ya demostró que está para otro escenario? Una pregunta que ya ha pasado varias veces en el cuadro potosino.

Mientras tanto, él sigue haciendo lo único que controla.

Meter goles.

Sin discursos, sin gestos de más, sin necesidad de explicar su importancia. Porque hay futbolistas que hablan y hay otros que resuelven.

João Pedro, hoy, resuelve.

Y quizá ahí está lo más interesante de toda esta historia.
Que en medio de rumores, de posibles salidas, de escenarios que todavía no existen, hay algo que sí es seguro:
Cada vez que la pelota cae en el área, San Luis sigue creyendo que algo puede pasar.

Y eso, más allá de cualquier tabla o cualquier título individual, es el verdadero valor de un goleador.

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Disculpe: ¿El 2027 para dónde queda? | Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

Por: Jorge Saldaña

Culto Público, hijos de mi GPS descompuesto:

Dicen que en las carreteras mexicanas hay tres peligros seguros: los baches, los tráileres y los que manejan con la confianza idiota del que jura que conoce el camino aunque vaya con los ojos medio cerrados. La sucesión de 2027 en San Luis Potosí, por ahora, es las tres cosas juntas.

Así que hoy les propongo un recorrido. No de esos que terminan en el mar con playlist y termo de café, sino de los otros: los que arrancan con tanque lleno, sonrisa de campaña y mapa nuevo, y a la primera caseta ya traen al copiloto discutiendo, al chofer acelerado y al motor oliendo a lumbre.

Abróchense. Aquí nadie viene manejando despacio.

Diciembre de 2025: el primer aviso

Hace meses, un hombre curtido en eso de leer la política como otros leen el pronóstico del tiempo, me soltó una pregunta que no parecía pregunta:
“¿Conoces a alguna mujer gobernadora en San Luis?
La dejé apuntada. Y como pasa con las frases que vienen cargadas, no tardó en encontrar su momento.

Porque desde ese edificio con forma de urna —donde a veces confunden la paridad con la carpintería electoral— salió la idea de que en 2027 solo las mujeres pudieran competir por la gubernatura. Así, con moño institucional y discurso solemne. Muy democrático todo, salvo por el pequeño detalle de excluir a medio padrón.

Le pusieron varios nombres: “Ley Esposa”, “Ley Ruth”, “Ley de Paridad”. El único que nunca le quedó fue el de consenso.

Y entonces habló Claudia Sheinbaum. No gritó. No manoteó. No hacía falta. Desde la mañanera dejó una frase que cayó en San Luis como cuchillo bien afilado:
paridad sí, imposición no.

Traducido al potosino: no me anden vistiendo de justicia lo que huele a sucesión con dedicatoria.

Gallardo vetó la iniciativa. Dijo que era inconstitucional. Y sí: dejar fuera al cincuenta por ciento de la población no es una política de igualdad; es organizar una carrera con la mitad de los corredores amarrados a la silla. Mal haría en no vetarla. Peor habría sido defenderla.

Febrero de 2026: cuando el copiloto quiso manejar

Luego vino Manuel Velasco, con esa manera tan suya de parecer espontáneo cuando todo trae cálculo, y le levantó la mano a Ruth González Silva. Señal de triunfo, de destape, de “ya está planchado”. Faltó nada más un detalle: que la aludida anduviera en ese mood.

La maniobra no gustó. No gustó en el gallardismo, no gustó en la propia Ruth y, según se alcanzó a ver entre líneas, tampoco gustó en Palacio Nacional. Porque una cosa es tener tiempos y otra muy distinta es que te los quieran soplar desde otro yate.

El Verde tiene músculo, tiene territorio y tiene una disciplina que ya quisieran varios partidos que presumen estructura y a la mera hora no juntan ni para el templete. Pero también tiene una verdad incómoda: en política no solo importa llegar, importa saber cuándo y con quién te ven llegar.

Marzo: promesas, portazos y cálculo

Marzo entró caliente. Como entra siempre San Luis cuando el aire ya trae polvo, rumor y tantita pólvora.

Alito Moreno colgó a Enrique Galindo el título de “Defensor de la Nación”, que políticamente sirve para dos cosas: para entusiasmar a los propios y para poner nerviosos a los aliados. El PAN, por ejemplo, no se veía precisamente feliz. Allá siguen con la idea de ir solos, como si la épica alcanzara para suplir los votos. Estrategia respetable. También suicida, pero respetable.

Mientras tanto, Rita Ozalia empezó a moverse con mayor claridad en Morena. Más disciplina con el centro, más mensaje de autonomía respecto al Verde, al menos en el discurso. Porque en política el “por ahora” dura lo mismo que duran los buenos propósitos en enero.

¿Y Morena? Morena en San Luis parece saber a dónde quiere llegar, pero todavía no decide con quién se sube al carro. Tiene brújula, pero le falta chofer

. Y en una elección así, eso no es detalle menor.

Por si fuera poco, la reforma electoral que venía en versión grande terminó encogida. Del Plan A quedó poco. Del B, menos. Y entre los daños colaterales se fue una pieza clave: no habrá revocación de mandato en 2027. Es decir, Claudia no estará en la boleta. Y eso cambia cálculos, nervios, alianzas y fantasías.

Abril: la carretera se pone seria

Abril ya nos dejó claro que esta ruta no viene pavimentada.

Primero, el episodio de Zumaya en la Huasteca: evento disfrazado de reunión social, acarreo de fondo y, cuando vino el señalamiento, la vieja táctica nacional de victimizarse. Clásico del repertorio: te cachan operando y tú acusas persecución. Nada nuevo bajo este sol.

Después vino el mensaje fuerte del Verde: hay estructura, hay perfiles y la alianza no es automática. O dicho sin crema: si quieren acuerdo, no va a ser por default.

En paralelo, Ruth dijo que no ha decidido. Y hace bien. En política, a veces el que más gana es el que menos se mueve… o el que mejor administra la incertidumbre.

Pero donde sí hubo nitidez fue en Morena. Citlalli Hernández dejó claro que en San Luis no ven con buenos ojos la postulación de la esposa del gobernador. Sin rodeos. Sin moñito. Sin la cortesía hipócrita del “todo se puede platicar”. No en eso.

Si uno junta las piezas, el recado lleva rato llegando con distintos remitentes y la misma redacción: así no. Lo dijo Sheinbaum. Lo repitieron liderazgos nacionales. Lo sostiene la dirigencia local. Y ahora quedó otra vez sobre la mesa.

La pregunta ya no es si el mensaje llegó. La pregunta es si en Palacio de Cantera lo leyeron… o si solo lo doblaron para usarlo de abanico.

Del otro lado, Galindo ya dejó ver que quiere jugar. Sabe que, si va, no será con la carretera despejada sino con topes, zanjas y más de uno queriéndole cerrar el paso. Pero también sabe algo que en política pesa: a veces el agraviado crece.

El PAN lo quiere, sí, pero sin PRI. Como quien te invita a la boda y te aclara desde la puerta que tu compadre no entra. ¿Y el PRI? El PRI anda cerca del Verde, cerca de Alito y lejos de sí mismo. Que ya también es una forma de extravío.

Así está el camino al 27: el Verde acelera, Morena mide, la oposición condiciona y el reloj hace lo único que sabe hacer: no esperar.

Apenas vamos en el primer tramo. Pero en esta carretera, el que parpadea se pierde. Así que, Culto Público, parece que estamos al día, pero no. Estamos en el día antes del mañana y en el mañana todo puede suceder. Estaremos, fecha a fecha, declaración por declaración y movimiento por (bis) marcando la batuta de la ruta electoral 2027.

Hasta la próxima.
Yo soy Jorge Saldaña.

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Claudia y los nueve minutos de México | Apuntes de Jorge Saldaña

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Por Jorge Saldaña

Sin mapas, sin ejércitos, sin carabelas y sin reproches, Claudia Sheinbaum desembarcó en España.

En un solo discurso dejó un estandarte, un ayate, un cuadro de Frida Khalo del 2026, una postura por la paz, una definición de democracia y una propuesta para sembrar vida.

En nueve minutos, la presidenta dibujó para el mundo el ADN mexicano, su milenaria historia, su vasta y universal cultura, su profundo espíritu, su conocida diplomacia magnánima y su columna de valores con olor a copal.

Claudia recorrió miles de años en los nombres de los dioses que dieron y siguen dando significado a una raza de la que somos fruto, dioses vivos en nuestras lenguas, tradiciones y en nuestra forma de mirar el cielo.

Apellidos heroicos que nos dieron no solo independencia sino sentimientos a una nación.
Hombres que se levantaron en armas para darle sentido a un país, que exigía tierra y libertad, sufragio efectivo, no reelección y tierra para quien la trabaje.

Ni por encima ni después, los nombres de mujeres con apellido completo. Muchas aquellas a quienes la historia minimizó en sus renglones pero que llegaron junto a Claudia, y junto a todas en 2024.

Es sábado. Escuché el discurso de los nueve minutos al menos cinco veces, lo repetí a propósito mientras transitaba mi fin de semana.

Las palabras de la mandataria en Barcelona me resonaban con cada escena que estuvo a mi alcance.

El mismo sábado pude y me senté en una banca. No era cansancio, era esa cosa sin nombre que a veces te obliga a quedarte quieto cuando algo importante se está diciendo. Es como detener el auto, para atender una llamada.

Desde la banca me puse a ver: Vi al señor que espera el camión con la semana y la vida entera en los hombros. Vi a unos niños que juegan futbol sin saber que son la cosa más seria del mundo. Vi a una señora vendiendo nopales con la economía de un país en sus manos callosas.

Vi a unos uniformados que trabajan en sábado porque el descanso es un lujo que no les toca.

Vi a mis sobrinas crecer y a mis padres volverse más lentos.

Y me vi a mí, con mi historia cosida a retazos como la de cualquier mexicano que ha tenido que inventarse el camino mientras lo camina.

Porque México no es solo un país; es la fuente donde cada uno lanza la moneda de su historia. Es una herencia que se sangra y se canta.

Saboreé el discurso de la presidenta, que más que hablar, contó esa herencia a nombre de todos en la Cumbre por la Democracia en Barcelona.

Escuchándola me vino a la mente un collage de mi propia memoria. Con su voz me llevó a las imágenes que ahí están: el Calendario Azteca, el humo del copal, el sarape de Saltillo y la vastedad de un país que se desbordaba en palabras ante los líderes del mundo.

Ahí estaba la blancura de Mérida, el azul que solo pertenece al Caribe y los arcos de piedra que custodian el fin del mundo en Los Cabos.

Apareció la tierra de José Alfredo, el vértigo de los clavadistas en la Quebrada y ese puerto de Veracruz que también es canción y donde la historia siempre decide desembarcar.

Ahí estaban los mayas y los olmecas, los volcanes y las lenguas que ninguna conquista pudo borrar.
En ese podio, Claudia dejó de ser una figura política para volverse bandera, himno y escudo. Fue el sincretismo —esa mezcla imposible y perfecta que somos— sin contradicción y sin disculpa.

¿Cómo lo hizo? Con una sola herramienta: una palabra repetida como invocación, como el caracol prehispánico que anuncia y convoca.

Vengo.

En retórica se llama anáfora. Pero llamarla figura retórica es como llamar copal a un perfume: técnicamente correcto, esencialmente equivocado.

Lo que se construyó con cada repetición no fue gramática, fue una vela encendida sobre el altar de la memoria colectiva. Cada “vengo” sumaba una fuente de autoridad moral distinta; era un escalón milenario que no sostenía a una mujer, sino a una nación entera de pie.

“Vengo cubierta”, dijo en un momento. Y esa palabra, de metáfora se convirtió en rebozo. Era el peso físico y espiritual de todo lo que cargamos los mexicanos sin que nadie nos lo pida y sin que queramos soltarlo. Dieciocho veces la palabra. Dieciocho esca lones. Y al final, la Cumbre escuchando en silencio lo que llevamos cinco siglos queriendo decir.

De pronto pensé en Cortés y en su ignorancia involuntaria. Ese hombre que pisó Veracruz pensando que llegaba a civilizar…lo que ya estaba civilizado.

Pensé en lo trágico y triste de que haya muerto sin saber que el territorio que pisó era tan vasto que toda su España cabría en él casi cuatro veces. Sin saber que estaba ante civilizaciones que miraban las estrellas con una precisión que Europa apenas imaginaba.

Y quinientos años después, una mujer mexicana —hija de esa historia larga, dolorosa y magnífica— se paró allá de donde ellos partieron e hizo lo que la fuerza acá nunca pudo: mostrarle al mundo de qué está hecho realmente este territorio.

Claudia habló, en ese recorrido de nueve minutos, usó tres palabras que no solo describen, sino que dibujan y gobiernan: pueblo, dignidad, soberanía.

Pueblo no como estadística, sino como el filo que separa a los de abajo, de los que siempre han mirado desde arriba.

Dignidad como palabra que convierte la carencia en postura recordándonos que los desposeídos no necesitan lástima, sino reconocimiento.

Y soberanía como el escudo figurado de Juárez, rescatado para advertir que la paz sin autonomía es solo otro nombre para la sumisión.

Pero el movimiento más audaz fue una pregunta: ¿Cuál libertad? Tres palabras con interrogación que desarmaron una ideología entera sin disparar un solo dardo.

El discurso no atacó a nadie, no hubo estridencia, y sin embargo, nadie en esa sala pudo escucharla sin saber exactamente a quién se estaba refiriendo.

Más allá de las siglas o de la gestión que el tiempo habrá de juzgar, lo que se presenció fue un ejercicio de altura política. Fue “colmillo” envuelto en terciopelo discursivo. Mis respetos.

Regresé a la banca. A los mismos rostros. Al mismo sábado de una ciudad que no siempre sabe que es protagonista de su historia.

El discurso no solo me explicó y recordó a México; me lo devolvió silbando “La Bikina”.

Porque Claudia allá representó a nuestros abuelos que resistieron sin odiar y a generaciones que heredarán esta historia sin haberla pedido.

Claudia fue cada uno de nosotros, lanzando las monedas a la fuente.

No, no escribo desde la trinchera de un partido, ni defiendo una sola posición. Soy imparcial y objetivo frente a lo mucho que nos aqueja, lo mucho que nos falta, del miedo que sentimos y de los rumbos a veces inciertos que tomamos.

A lo que sí soy parcial es a la construcción de lo bien dicho, lo que produce emociones, y evoca la memoria simbólica, a un discurso de reconocimiento personalísimo de lo que me hicieron sentir que esos nueve minutos, tan bien estructurados, que para mi fueron en realidad, quinientos años.

Soy parcial por esa mujer que llegó a Barcelona a hacer sonar el caracol místico ante quienes quizás nunca habían escuchado ese sonido —y que, sin saberlo- lo llevábamos dentro.

Con el pueblo todo, sin el pueblo nada. Fue el cierre profético y cita fundacional.

Claudia cantó a México en Barcelona, sin el Cielito Lindo, sin el Son de la Negra, sin Jarabe Tapatío.

Allá, Claudia dejó su voz y la de todos para el registro histórico, y para la resignificación de la democracia en una cumbre por la defensa de la misma. No es poca cosa.

Mientras tanto, nosotros acá en la banca, en la calle, en el mercado, en el camión, en la casa, en el campo, en la ciudad o en la montaña, tarareábamos a distancia el futuro. Como siempre lo hemos hecho. Como México.

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