octubre 30, 2026

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Opinión

Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!

Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.

Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.

Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.

El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.

Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!

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Columna de Nefrox

San Luis contra Atlas: la bisagra de una temporada | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Existen partidos que valen tres puntos y otros que terminan valiendo mucho más. No porque la Liga MX entregue unidades adicionales cuando la presión aumenta, sino porque existen noches en las que un equipo se juega la posibilidad de seguir creyendo en su temporada. Atlético de San Luis está frente a una de ellas. El encuentro contra Atlas no es simplemente otra fecha del calendario: es el partido bisagra del Apertura 2026, ese momento en el que los dirigidos por Diego Mejía tienen que decidir si quieren ser protagonistas de la recta final o quedarse mirando cómo otros ocupan los lugares que todavía están a su alcance.

La clasificación está ahí, suficientemente cerca para ilusionarse y lo bastante lejos para exigir una respuesta inmediata. San Luis llega con 19 puntos, ubicado en el undécimo puesto, mientras Atlas aparece en la cuarta posición con 24 unidades. Cinco puntos separan a los dos equipos, pero la diferencia más importante está en las consecuencias que puede tener el resultado. Para los rojinegros, ganar significaría consolidar su lugar entre los primeros puestos; para los potosinos, hacerlo representaría acercarse de manera decisiva a la zona de clasificación y mantener viva una temporada que ha tenido demasiados altibajos.

Por eso no conviene disfrazar la importancia de este encuentro. San Luis necesita ganar. No es una exageración periodística ni una manera de elevar artificialmente la expectativa. Es una consecuencia directa de su posición en la tabla y del calendario que tiene por delante. Con apenas tres jornadas restantes después de este compromiso, cada oportunidad comienza a tener un peso diferente. Un empate podría mantener las posibilidades matemáticas, pero dejaría al equipo dependiendo de demasiadas combinaciones. Una derrota sería todavía más complicada: permitiría que Atlas se alejara y obligaría a los de casa a esperar tropiezos ajenos para seguir soñando.

El problema para Mejía es que enfrente tendrá a uno de los equipos más consistentes del campeonato. Atlas ha construido una temporada que lo mantiene entre los cuatro primeros lugares y llega después de una remontada espectacular ante Puebla, al que derrotó 4-3. No es un rival que pueda darse por vencido cuando el partido se complica. Los rojinegros han demostrado capacidad ofensiva y carácter para resolver encuentros, dos características que obligarán al Atlético a jugar con una concentración muy superior a la que ha mostrado en algunos momentos del torneo.

Pero el contexto también ofrece una oportunidad. Los dirigidos por el histórico Hernán Crespo no llegan a San Luis con la tranquilidad de quien ya tiene todo resuelto. La pelea por los primeros puestos sigue abierta y una derrota podría comprometer su posición. Los visitantes también tienen algo que defender y eso puede convertir el encuentro en un partido de mucha tensión, con dos equipos que necesitan encontrar el equilibrio entre atacar y no regalar espacios.

Para el Atlético, la primera obligación será entender que no puede jugar este partido como si tuviera todo el tiempo del mundo. La urgencia no debe convertirse en desesperación, pero tampoco puede servir como excusa para administrar el resultado desde el primer minuto. Si San Luis quiere meterse a la Liguilla, tendrá que asumir la responsabilidad de buscar el encuentro, aprovechar la localía y demostrar que puede imponerse ante un adversario que llega mejor colocado en la clasificación.

La temporada de Diego Mejía ha tenido momentos que invitan a pensar que el equipo puede competir. Ha habido partidos en los que San Luis ha mostrado capacidad para generar ocasiones, recuperar terreno y encontrar soluciones ofensivas. También ha habido tropiezos que han dejado una sensación de oportunidad desperdiciada. Esa irregularidad es precisamente lo que ha colocado al Atlético en una posición incómoda: tiene argumentos para aspirar a más, pero no ha conseguido sostenerlos durante el tiempo suficiente.

El empate ante Toluca y las victorias frente a Querétaro y Atlante han permitido recuperar terreno. El equipo ha conseguido sumar en sus últimos compromisos y parece haber encontrado una pequeña ventana de estabilidad. Sin embargo, ahora viene una prueba de otra dimensión. Ganar el clásico siempre tiene un valor emocional especial, y vencer a Atlante como visitante también suma confianza, pero Atlas representa un desafío directo en la carrera por alcanzar la fase final. Es el tipo de partido que permite medir cuánto ha avanzado realmente un equipo.

Mejía necesita que sus jugadores entiendan esa diferencia. No alcanza con repetir la intensidad de las últimas jornadas; hay que acompañarla con decisiones correctas. El Atlético tendrá que saber cuándo presionar, cuándo mantener la pelota y cuándo acelerar. No puede regalarle a Atlas transiciones que le permitan aprovechar su capacidad ofensiva, ni puede refugiarse demasiado cerca de su propia área esperando que el rival cometa un error. La mejor manera de defender la clasificación es jugar para ganar, pero hacerlo con inteligencia.

La responsabilidad también pasa por los futbolistas que tienen mayor peso dentro del vestidor. En partidos como este, los jugadores experimentados deben asumir el control de los momentos complicados. No se trata únicamente de marcar un gol o de resolver una jugada individual. Se trata de evitar que el equipo pierda la cabeza cuando el marcador no sea favorable, de exigir concentración y de transmitir la confianza necesaria para que el plan de juego no se desmorone ante la primera dificultad.

El Alfonso Lastras tendrá que convertirse en un factor. La afición potosina ha acompañado al equipo durante una campaña que no siempre ha ofrecido motivos para celebrar, pero ahora tiene delante un encuentro que puede darle sentido a buena parte del esfuerzo realizado. La localía no garantiza nada, aunque sí representa una responsabilidad adicional. San Luis no puede permitir que Atlas se sienta cómodo, que encuentre espacios con facilidad o que termine imponiendo el ritmo de un partido que debería jugarse bajo las condiciones del equipo de casa.

También hay que reconocer que el margen de error se ha reducido por decisiones y resultados acumulados a lo largo del torneo. La clasificación no se está escapando únicamente por lo que ocurra este viernes. Se ha complicado por los puntos que el Atlético dejó en el camino, por los partidos en los que no consiguió sostener una ventaja y por las ocasiones en las que no tuvo la contundencia necesaria. Ahora, sin embargo, ya no sirve demasiado mirar hacia atrás. La única manera de corregir esa historia es conseguir que los encuentros restantes tengan una respuesta distinta.

Y aquí aparece una cuestión que va más allá de la tabla: ¿qué quiere ser este Atlético de San Luis? ¿Un equipo que cada temporada se conforma con competir durante algunos tramos y termina dependiendo de los resultados de otros, o una institución que pretende consolidarse como un participante habitual en las fases finales? La respuesta no se encontrará en una conferencia de prensa ni en una promesa para el próximo campeonato. Se construye en noches como esta, cuando el equipo tiene que responder ante un rival de jerarquía y una afición que espera algo más que buenas intenciones.

No sería justo decir que una victoria resolverá todos los problemas del proyecto de Mejía. Tampoco sería correcto afirmar que una derrota terminaría automáticamente con cualquier posibilidad de clasificación. Pero sí sería un error tratar este partido como uno más. La distancia entre San Luis y Atlas, el momento del calendario y la cantidad de jornadas restantes convierten el enfrentamiento en una auténtica bisagra. El resultado puede modificar la manera en que el equipo enfrente el cierre del torneo y, sobre todo, la confianza con la que llegue a esas últimas oportunidades.

Atlas tiene motivos para sentirse favorito por su posición y por la regularidad que ha mostrado. San Luis tiene motivos para creer en su capacidad de competir, especialmente después de recuperar puntos en las últimas semanas. Pero la clasificación no se gana con argumentos, antecedentes ni pronósticos. Se gana con goles, concentración y resultados. Y en este momento el Atlético necesita demostrar que tiene lo necesario para conseguirlos.

San Luis ha llegado hasta aquí con la posibilidad de corregir el camino. Todavía tiene tiempo, pero ya no tiene demasiado margen. Atlas será una prueba exigente, un rival que no regalará nada y que también tiene objetivos importantes. El Atlético deberá jugar con personalidad, asumir el riesgo de buscar el triunfo y entender que la oportunidad está frente a su gente.

Diego Mejía y sus jugadores tienen noventa minutos para demostrar que la clasificación es una aspiración real y no solamente una cuenta matemática. La temporada todavía puede tener un desenlace distinto, pero para conseguirlo hace falta dar un golpe sobre la mesa.

Hoy no se juega únicamente contra Atlas. Se juega contra la irregularidad, contra los puntos que quedaron en el camino y contra la posibilidad de que otra temporada termine dejando más preguntas que respuestas.

Es el partido bisagra. El que puede abrir la puerta de la Liguilla o comenzar a cerrarla.

Y a estas alturas, San Luis ya no puede permitirse quedarse del lado equivocado.

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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Opinión

La palabra no es la marca | Columna de Gonzalo Hernández Araujo

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Ilustración de una etiqueta que se despega de un recipiente y se deshace en letras, frente a una mano gigante que pega una etiqueta azul sobre una nube con forma de palabra.

Sistema Operativo

En México metemos la comida en un tóper sin pensar que estamos diciendo Tupperware. Le pedimos a alguien que googlee algo sin acordarnos de que Google es una empresa. Y cada vez se oye más «me lo dijo ChatGPT», como quien cita una fuente. Son tres marcas metidas tan adentro del habla diaria que ya no las oímos.

En septiembre pasó lo contrario. Meta presentó Muse, su agente personal de inteligencia artificial, y para entonces la cuenta @muse de Instagram ya no era de Muse, la banda británica de rock. Los músicos ahora aparecen como @museband, y en los primeros anuncios hasta el propio Zuckerberg etiquetó por error a la banda en lugar de a su producto.

En la primera historia, una marca se vuelve palabra. En la segunda, una empresa intenta convertir una palabra en su marca. Las dos se suelen contar igual de mal: como si tener el nombre fuera tener todo lo demás.

1. Volverse palabra no es un solo fenómeno

Una marca puede convertirse en verbo («googlear», «tuitear»), en nombre de una categoría («tóper»), en apodo («Liru Sisa») o en fórmula de autoridad («me lo dijo ChatGPT»). Son caminos distintos y no terminan en el mismo lugar.

La palabra que solemos usar para todo, genericidio, describe solo uno de ellos: cuando la marca pierde su capacidad de distinguir un producto de los de la competencia. Los otros pueden convivir con una marca sana y rentable.

El caso más citado lo resolvió un tribunal de Estados Unidos. Dos personas registraron dominios con la palabra «google» y alegaron que ya era un término genérico para «buscar en internet». El Noveno Circuito falló en su contra: que la gente diga «googléalo» no prueba que haya dejado de pensar en Google. Lo que importa es si quien usa el verbo todavía tiene en mente una fuente concreta.

El tóper es otra historia. La RAE registra «tóper» como uso de México para el recipiente hermético, venga de la marca que venga. Tupperware sigue existiendo como empresa y como marca registrada, pero para hablar de un recipiente de plástico ya no necesitamos su nombre. Ese sí es un nombre que pasó a ser de todos.

Y luego está el caso raro: la marca que soltó su nombre y la gente no. Twitter se llama X desde 2023, pero el cambio no ha alcanzado al habla. Un par de meses después del cambio, 69% de sus usuarios en Estados Unidos seguía diciéndole Twitter y a sus publicaciones, tweets, según una encuesta de The Harris Poll para Ad Age. En español pasa lo mismo, con el apoyo de las instituciones del idioma: la RAE sigue registrando «tuitear» y la Fundéu recomienda tuitero, tuitear, tuiteo y retuiteo como términos en español. Decir «lo publicó en X» todavía suena a traducción; «lo tuiteó» se entiende a la primera. Una empresa puede cambiar su nombre de un día para otro. Las palabras que su nombre dejó en el idioma tardan mucho más en irse.

2. Lo que regala la comunidad

«Liru Sisa» nació como una deformación fonética de Little Caesars, un chiste de internet. La empresa no lo ignoró: registró la frase ante el IMPI y, por sus 20 años en México, cambió temporalmente el nombre de una sucursal en Nuevo León.

No es genericidio. Es una marca tomando algo que le regaló su propia gente y devolviéndoselo sin arruinar el chiste. Hay apodos que desgastan una marca y apodos que se pueden aprovechar.

La inteligencia artificial agrega un camino que antes casi no se veía: el nombre se vuelve fórmula de autoridad antes que verbo. La UNAM documentó que «me lo dijo ChatGPT» ya era frase común en conversaciones universitarias, y la presentó como un problema de límites y de uso ético, no como prueba de que la herramienta sea confiable. Repetir un nombre no equivale a confiar en él.

3. El camino inverso: tomar una palabra no te la da

Muse era una palabra mucho antes de ser una marca. Viene de las musas griegas, y desde los noventa es también el nombre de una banda con millones de seguidores. Meta no inventó un nombre: eligió uno que ya estaba ocupado.

Lo que se sabe del acuerdo viene de un solo lado. Matt Bellamy, el vocalista, contó en una entrevista que Zuckerberg lo invitó a platicar y que los términos se resumían en dos condiciones: que Meta no use el nombre para música ni para mercancía. «Es una cosa de marcas», dijo. No se ha hecho público si hubo pago ni el texto del acuerdo.

Esto deja ver una regla que casi nadie tiene presente. Nadie es dueño de una palabra. Lo que una marca protege es un carril: un nombre usado para cierto tipo de productos o servicios. La banda conserva el suyo en la música. Meta puede llamar Muse a un agente de IA porque nadie espera que una banda le reserve una mesa o le llene un formulario.

Hay una segunda regla, más propia de esta columna. Una cuenta de Instagram no es propiedad en sentido legal: la plataforma la administra con sus propios términos y puede reasignarla. Aquí, la empresa que quería el nombre es la misma dueña de la plataforma donde estaba la cuenta. No hace falta suponer abuso para notar la asimetría. Con quién negocias el nombre cambia mucho cuando esa persona también es la dueña del lugar donde lo usas.

Y Meta no se quedó en un producto. A su primera familia de modelos la llamó Muse Spark y a la siguiente, Muse Wonder. Tupperware tiene el problema de que todo mundo usa su nombre para todo. Meta tiene el contrario: va a contracorriente de una palabra que, para mucha gente, todavía significa otra cosa. En México el agente ni siquiera está disponible, porque salió solo en Estados Unidos. Para la mayoría de los lectores de este lado, Muse todavía es una banda.

4. Lo que conviene medir

Ni «nos volvimos verbo» ni «nos quedamos con el nombre» dicen gran cosa por sí solos. Las preguntas útiles son más concretas: qué tan seguido se usa el término, si ya se extendió a la competencia, si la gente todavía lo asocia con su origen, con qué tono se dice (confianza, burla, comodidad) y qué pasa cuando la marca intenta apropiárselo, como hizo Little Caesars con su apodo o Meta con una palabra que ya tenía dueño en otro carril.

Llegar a que la gente te nombre sin pensarlo es una señal enorme de penetración cultural. Conseguir la cuenta con el nombre exacto, también. Ninguna de las dos garantiza que la gente piense en ti cuando lo escucha.

La próxima vez que alguien te pida el tóper o te diga que le preguntes a Muse, fíjate en qué dirección va el nombre: si una marca se está volviendo palabra de todos, o si una empresa está intentando que una palabra de todos sea solo suya.

La versión completa está en mi archivo personal: Volverse palabra no es lo mismo que perder la marca

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