mayo 11, 2026

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Opinión

Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Testeando

 

¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!

Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.

Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.

Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.

El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.

Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!

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#4 Tiempos

Al salir de la tienda | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Al salir de la tienda la mujer se ve contenta: casi se diría que un relámpago de felicidad ha iluminado su rostro. Pero, sin duda, se trata sólo de un relámpago, pues de aquí a unas horas, cuando esté ya en casa, mirará con espanto las cifras que todo eso que va en las bolsas le ha costado y que deberá pagar tarde o temprano (ojalá que temprano, por su bien). ¡Dios mío, cuántas bolsas! Apenas puede con ellas. Yo le ayudaría a cargarlas, pero no creo que se fíe de un simple transeúnte cual soy yo, encontrado como al acaso.

Una conocida mía, cuando se siente sola y deprimida, va a las tiendas.

  -¡Son para mí -me dijo un día- una excelente terapia! Veo, compro, y al comprar me distraigo.

Sí, yo todo esto lo entendía, pero una vez que estuvo especialmente deprimida compró en una sola tarde la nada risible cantidad de 30.000 pesos en faldas, blusas, vestidos y pantalones. Es claro que, a la hora de enseñar las notas, el que quiso darse un tiro en la cabeza fue su marido, aunque no lo hizo por puro respeto al qué dirán.

¿También esta mujer a la que veo salir se sintió deprimida y ha querido curarse comprando? La sigo de lejos; ahora, de hecho, sólo la veo de espaldas. Camina con dificultad y las bolsas de plástico, que no son pocas –hay verdes, amarillas, rojas, pero todas son grandes, como para caber uno dentro-, se le vienen de las manos a cada diez o quince pasos y entonces se detiene para tomar aire y acomodarlas. Yo también me detengo. La mujer, viéndolo bien, no es fea, aunque viéndolo mejor tampoco es bonita: diría que, en cuestión de belleza, es uno de esos seres que, como se dice, ni fu ni fa.

Ahora bien, con toda esa ropa que lleva en las bolsas, ¿qué es lo que pretende? ¿Gustar? En días pasados había escrito en mi diario –sí, señores, debo confesarlo, yo también llevo un diario en el que, por desgracia, casi nunca escribo a diario- lo siguiente:

«No hay manera de provocar el amor, no hay ninguna manera. Aquí la cosmética no sirve de nada. Se ama o no se ama, se gusta o no. Si comprendiéramos esto, el mundo aún tendría esperanzas de durar. Pero se producen zapatos, camisas, corbatas, pulseras, abrigos y autos a ritmos vertiginosos con el único fin de hacernos creer que se puede, con eso, seducir a los demás. La sabiduría consiste, sin embargo, en no engañarnos: ¿qué puede un auto, un perfume o un lápiz labial para suscitar el amor? El amor es gracia, es pura gracia, y el que crea poder provocarlo quedará siempre, al final, decepcionado. Saber esto, aceptar esto tendría que hacernos más naturales, más sencillos. Y también más resignados».

Miro a la mujer con ternura. Ella cree que con todas esas chácharas podrá ser más amada. Pero no, no será así como conseguirá lo que busca. No sé cuánto le durará la felicidad que he creído verle en el rostro. Deseo de todo corazón que le dure mucho. Adiós, amiga mía, adiós. Quisiera para ti la alegría.

Algunos días después de aquello, ya por la noche y antes de dormirme, me puse a leer un libro de Viktor E. Frankl (1905-1997), y en él pude encontrarme con esto que ahora me tomo el trabajo de transcribir porque confirma mis más negras sospechas:

«La impresión externa de la apariencia física de una persona es indiferente en cuanto a las posibilidades de que se la ame

. Esto debe llevarnos a una actitud de retraimiento en lo que respecta a afeites y cosméticos. En efecto, hasta los lunares y los defectos de la belleza forman parte integrante e inseparable de la persona a quien se ama. Sabemos, por ejemplo, de una paciente que abrigaba la intención de embellecer su busto mediante una operación plástica de reducción del pecho, creyendo que con ello aseguraría mejor el amor de su esposo. El médico a quien pidió consejo la disuadió de hacerlo; entendió que si su marido la quería de verdad, como al parecer era el caso, la quería, indudablemente, tal y como era. Tampoco los vestidos de noche impresionan al hombre de por sí, sino solamente puestos en la mujer amada que los viste. Por último, la mujer de nuestro caso, inquieta, pidió su parecer al propio marido. Y éste le dio a entender, en efecto, con toda claridad, que el resultado de aquella operación sólo traería consecuencias perturbadoras, pues le llevaría, tal vez, a pensar: Ésta ya no es mi mujer; me la han cambiado». Y concluye el doctor Frankl: «En efecto, los hombres tienden generalmente a olvidar cuán relativamente pequeña es la importancia de los atavíos externos y cómo lo que importa en la vida amorosa es, fundamentalmente, la personalidad. Todos conocemos claros –y consoladores- ejemplos de cómo personas exteriormente poco atractivas e incluso insignificantes, triunfan en la vida amorosa gracias a su personalidad y a su encanto» (Psicoanálisis y existencialismo).

Cerré el libro y pensé de pronto en aquella mujer que había visto salir de los almacenes en días pasados. La ternura volvió a apoderarse de mí. Sí, me dije, a los comerciantes les interesa hacernos creer que el amor se consigue impresionando; sin embargo, los orígenes de toda relación son más humildes. Pregúntale a este hombre mata el tiempo tomándose un café o a aquel otro que cruza apresurado la avenida –sí, el del periódico bajo el brazo- qué vestido llevaba su mujer cuando la conoció y verás que no te lo dice. ¡Ni siquiera vio el vestido! Lo impresionó ella, no lo que ella llevaba puesto.

Y, de pronto, me escucho a mí mismo hablando con aquella desconocida apresurada: «No, amiga, no. Eso que traía usted hace unos días con tanta felicidad en las bolsas no sirve para lo que cree usted. Sirve, si usted quiere, para andar por la vida decorosamente y con cierta dignidad, pero sólo para eso sirve. Trate, más bien, de ser gentil, delicada, dulce; en una palabra, encantadora, y entonces se habrá hecho usted lo que se llama una personalidad. Y, cuando ya la tenga, verá que cuanto se ponga le vendrá siempre bien.

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Letras minúsculas

¡CÁLLATE! | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Por: Juan Jesús Priego

«En aquel tiempo llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo que se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!”. El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea» (Marcos 1, 21-28).

Leo el texto una y otra vez, pues debo predicar sobre él en la misa del próximo domingo. Respiro profundamente y trato de repetir para mí mismo las palabras que más impresión me han causado, es decir, las que con mayor espontaneidad acuden, después de la lectura, a mis labios y a mi memoria. Quizá no sea éste el método más adecuado para preparar una homilía dominical, pero así suelo hacerlo regularmente y no creo que, al menos por ahora, me decida a cambiarlo.

«Este hombre habla con autoridad». ¿Cómo hablaba Jesús? ¿Cómo era el timbre de su voz? ¿Era un tono dulce, o más bien enérgico y decidido? Me lo imagino predicando a la pequeña comunidad reunida en la sinagoga y a ésta escuchándolo con embeleso. Pero de pronto mi imaginación pega un brinco, por decirlo así, y me escucho repitiendo esta sola exclamación: «¡Cállate!». ¿A quién se la dice Jesús? ¿A quién va dirigida? Históricamente hablando, por decirlo así, al endemoniado que andaba por allí cerca, pero sería demasiado iluso de mi parte creer que sólo se la dice a él. ¿Y si esta orden estuviese dirigida a mí también? «Juan Jesús, cállate. Hablas demasiado. De pronto dices cosas que no debes decir».

Trago saliva. Sí, el Señor me está reprendiendo también a mí, como si yo formase parte de la asamblea de aquella sinagoga, y lo escucho con la cabeza baja, profundamente avergonzado: «¡Cállate, por el amor de Dios! ¿Qué ganas con decir lo que sabes? Sé discreto, sé silencioso. Para refrenar la lengua he ideado la compuerta de los dientes; te he dado dos orejas, pero sólo una lengua para que escuches lo doble y hables la mitad. Analiza con cuidado tu anatomía, aprende de ella y saca de ello las debidas consecuencias. ¡Cuántas enemistades te has granjeado por haber abierto la boca más de lo debido! ¡Y cuántas se han alejado de ti por no querer participar de tu charla inconveniente! Así, pues, cállate. Tú hablas con libertad creyendo que los demás nunca se enterarán de los que dices en lo íntimo y lo privado. Pero se enterarán, de eso no hay duda, porque no hay nada oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse».

Sí, es verdad: así hable uno con la pared, los demás siempre se enteran de lo que dijimos. Por eso dice la Escritura: «Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso

, porque un pajarito del cielo le lleva el cuento y un ser alado les cuenta lo dicho» (Eclesiastés 10, 20). ¡Dios mío, cuánta sabiduría hay en estas palabras, y qué actuales son!

A menudo, tras una amarga decepción, nos preguntamos: «¿Cómo se enteró éste de lo que dije, si supuestamente se lo confié únicamente a mis amigos y sólo a ellos? Además, me prometieron solemnísimamente que no dirían nada de cuanto acababan de escuchar. ¿Quién de todos ha traicionado de este modo mi confianza?».

Uno se rompe la cabeza preguntándose quién podrá haber sido, pero tales indagaciones son vanas además de inútiles, porque pudo haber sido cualquiera de ellos o incluso cada uno por su cuenta. O quizá, ¿por qué no?, incluso ese pajarillo del que habla el libro del Eclesiastés. Por eso dice también, con toda verdad, un refrán judío: «Amigo: tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto».

Mientras pensaba en estas cosas me puse a recordar a un compañero mío de la preparatoria al que todos, como apodo, le decían la piñata. ¿Por qué la piñata?, pregunté a mi vecino de al lado, el cual me respondió así:

-Le decimos la piñata porque a éste basta sacudirlo un poco para que saque todo lo que guarda dentro.   

Iba a lanzar una carcajada recordando estas cosas ya muy viejas cuando caí en la cuenta de que estaba preparando mi homilía y que, por lo tanto, no debía dar pie a divagaciones ociosas. En vez de reírme, traté de recordar algo que sobre este asunto del callar había escrito Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés, en una página de su diario: «Pareciera que los hombres han recibido el don de la palabra no para esconder sus pensamientos (como sostenía Talleyrand), sino para esconder el hecho de que no tienen pensamientos».

Es verdad: muchas veces hablamos para no pensar, para no escuchar, para dar la impresión de que estamos llenos cuando en realidad sólo hay en nosotros sequedad y vacío. ¡Qué superficial nos parece la gente que no es capaz de estarse un momento con la boca cerrada! Ésta se siente en la necesidad de hablar de todo, aunque por esto deban caer muchas cabezas a su alrededor. Como los peces, estos individuos mueren siempre por su propia boca.

«¡Cállate!». Si de todo esto hablara el próximo domingo; si convenciera a mis feligreses (y me convenciera yo el primero) de que es necesario ser más discretos y silenciosos, no creo que vaya a ser tiempo perdido. En todo caso, ya veré. Aún me quedan varios días para decidir y tomar las decisiones pertinentes al caso…

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#4 Tiempos

México vs México | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Durante muchos años, la Concacaf quiso convencernos de que el fútbol de la región estaba creciendo parejo.

Que la MLS ya había alcanzado.
Que Centroamérica resistía.
Que los gigantes mexicanos ya no imponían como antes.

Y entonces llega otra final.

Tigres contra Toluca.

México contra México.

Otra vez.

La Concacaf Champions Cup tiene algo curioso: cada torneo parece abrir la puerta a una sorpresa… hasta que aparece un club mexicano recordándole a todos cómo funciona realmente esta competencia.

Porque sí, hay historias emocionantes en el camino. Equipos que compiten, estadios que aprietan, noches donde parece que el dominio se tambalea. Pero al final, casi siempre termina pasando lo mismo: el trofeo se queda aquí.

Y no es casualidad.

Durante años, los equipos mexicanos entendieron algo que el resto de la región todavía persigue, este torneo no se juega solo con intensidad. Se juega con profundidad, con jerarquía y con la costumbre de competir bajo presión.

Por eso las finales recientes ya parecen parte de una misma memoria.

León imponiéndose con autoridad.
Monterrey haciendo del torneo una propiedad privada.
Pachuca apareciendo cuando parecía que el dominio se desgastaba.
América recordando que los ciclos pasan, pero el peso permanece.

Y cuando no gana México… el impacto se siente histórico.

Porque las excepciones son pocas. Muy pocas.

Seattle Sounders rompiendo la hegemonía en 2022 se sintió menos como un cambio de era y más como una anomalía que obligó a reaccionar. Antes de eso, había que ir demasiado lejos para encontrar un campeón que no hablara mexicano futbolísticamente.

Ese es el tamaño del dominio.

Ahora la historia pone enfrente a dos maneras distintas de entender el poder.

Tigres llega como ese equipo que aprendió a habitar estas noches. Ya no juega las finales con ansiedad; las juega con memoria. Sabe sufrirlas, sabe administrarlas y, sobre todo, sabe que los detalles terminan cayendo de su lado cuando el partido se rompe.

Toluca, en cambio, llega con algo diferente: hambre.

Con esa sensación de equipo que volvió a reconocerse. Que encontró ritmo, carácter y una identidad incómoda para cualquiera. Toluca no llega a esta final solo por talento; llega porque volvió a competir como club grande, como bicampeón.

Y eso cambia todo.

Porque esta final no se siente improvisada.

Se siente lógica.

Son dos equipos que entendieron antes que nadie cómo sobrevivir a un torneo que exige viajar, rotar, adaptarse y competir cada tres días sin perder forma. Mientras otros clubes de la región todavía viven la Champions Cup como una oportunidad, algunos de los mexicanos la viven como obligación.

Y esa diferencia mental pesa demasiado.

Por eso, más allá de quién levante el trofeo, hay algo que ya quedó claro desde antes de jugarse la final:

La Concacaf volverá a tener campeón mexicano.

Otra vez.

Como ha pasado la mayor parte del tiempo.
Como pasa cuando la costumbre se vuelve estructura.
Como pasa cuando un país convierte un torneo regional en parte de su identidad futbolística.

Y quizá eso también explique por qué estas finales, aunque repetidas, nunca se sienten vacías.

Porque en el fondo no se trata solo de ganar la Concacaf.
Se trata de sostener un dominio que lleva décadas construyéndose. Uno que ha sobrevivido generaciones, formatos, discursos y proyectos extranjeros que prometían cambiar la jerarquía de la región.

Pero cada año, cuando llega mayo, el futbol termina acomodando las piezas en el mismo lugar.

Con un club mexicano levantando la copa.

Y con el resto de la Concacaf preguntándose cuánto falta para que eso deje de pasar.

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