julio 6, 2026

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Opinión

Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Testeando

 

¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!

Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.

Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.

Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.

El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.

Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!

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El bosque y los pirómanos | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Escribo esta nota mientras millones de hombres y mujeres lloran en Australia sus bosques perdidos, sus árboles quemados. Miles, miles de hectáreas convertidas en ceniza; cientos de especies animales corriendo para ponerse a salvo del incendio; decenas de personas calcinadas…

¿A quién se le ocurrió prender fuego a este mar de color verde?

«A unos pirómanos aún no identificados», dijeron los noticieros.

Porque aquello no fue un accidente, no: fue algo querido, deliberado, voluntario.

Yo también me siento de luto por este odio demencial no sólo contra la naturaleza, sino contra la vida misma. ¿Pirómanos? ¡Locos, eso es lo que son! Pero de nada sirve lamentarnos. ¿Qué se puede decir a unos hombres que por odiarse a sí mismos quieren de una buena vez acabar con todo? ¿Con qué argumentos habría que convencer a un asesino para que no dispare contra los demás y luego se mate él? Reconozcámoslo: no hay argumentos. Porque si no hay nada en qué creer, tampoco hay nada que temer y nada, tampoco, que esperar. Al asesino se le puede quitar la pistola de la mano, y aun arrebatársela, ¿pero cómo hacerle sentir que vivir es bello, que la vida es buena? 

Me viene ahora a la memoria lo que escribió Gilbert K. Chesterton  (1874-1936) en uno de sus libros, a saber: que la modernidad no tuvo la creatividad suficiente para inventar nuevos valores y se puso a desacralizar los viejos valores cristianos, con un resultado: que al arrancarlos de la tierra que los nutría se le secaron muy pronto entre las manos.

«Hay que ser sencillos, es preciso ser frugales», decía hace poco alguien en un famoso programa de televisión. Y a mí me queda muy claro que hay que serlo porque soy cristiano, pero uno que no lo sea se preguntará: «¿Pero por qué hay que ser frugales y, sobre todo, sencillos? ¿Dónde está escrito que deba uno honrar a su prójimo y no más bien darle un puntapié en la canilla o un garrotazo en la cabeza?».

Y la verdad es que sí: que los que no creen tienen todo el derecho del mundo a hacerse estas preguntas, pues las cosas, sin Dios de por medio, no le quedan a nadie muy claras que digamos.

Jean Paul Sartre (1905-1980), aunque ateo, fue en esto sumamente lúcido; dijo en El existencialismo es un humanismo que si Dios no existe, entonces no está escrito en ninguna parte que yo tenga que ser generoso en vez de avaro, diligente en vez de perezoso u honesto en lugar de ladrón; si Dios no existe, entonces «no hay signos en el mundo», como él mismo dice, y estamos a merced de los vientos: cada quien deberá orientarse en el mundo según los dictados de su propia brújula interior y creando sus propios valores. Y así es, en efecto: si no hay una Voz que nos diga qué es lo que debemos hacer y qué lo que debemos evitar, entonces cada quien es libre de obrar como bien le venga.

Esto debe quedarnos muy claro: sin una motivación trascendente, los argumentos se nos acaban pronto y sólo nos queda, al final, la propaganda. «Hay que ser sencillos, es preciso ser frugales». Sí, pero ¿por qué o para qué?

«¿Las virtudes? –se pregunta Chesterton-. Mientras vivieron fueron cristianas. Pero no creo, por ello, que el humanismo y la religión sean rivales en el mismo plano. Creo que es una rivalidad entre el estanque y la fuente, o entre la antorcha y el fuego. Los intelectuales modernos sacaron cada uno un leño encendido de la hoguera inmortal; pero la verdad es que aunque blandieron la antorcha furiosamente, como si quisieran quemar con ella a medio mundo, ésta se les apagó muy pronto».

En otras palabras: arranca las virtudes de su suelo natural –que es Dios, o, si prefieres, la vida cristiana-,  y entonces harás lo mismo que quien saca un leño de la hoguera: por el momento el tizón estará rojo y echará un poco de humo, pero la verdad es que no arderá por mucho tiempo.

Los espectadores de aquel desastre australiano nos tapamos los ojos y abrigamos vehementes deseos de tener enfrente a aquellos pirómanos para hacer con ellos dos o tres cosas que ya se imaginará el lector. Pero también esto es inútil. Quizá los verdaderos culpables seamos nosotros; quiero decir, la sociedad entera: esta torre de Babel que hemos levantado para demostrarle a Dios que nos es posible vivir sin Él. ¡Publicamos tantos libros, decimos con tanta frecuencia que Dios es execrable, la Iglesia una pocilga y la fe una tontería, que muchos han acabado creyéndoselo! Y ahora que han rechazado a Dios, que se han alejado de la Iglesia y han dejado de creer, ¿de qué van a agarrarse para seguir viviendo? ¡Se les ha quitado lo único que podría dar verdadero sentido a sus vidas y ahora nos indignamos porque encuentran de mal gusto seguir en este mundo y se ponen a quemar los bosques! Quizá lo único que querían era pan y nosotros les hemos dado piedras; querían pescado y les hemos dado una serpiente.

Alguno dirá que exagero. ¡Yo sé que no! Y vuelvo al lugar de donde partí: uno que ya no quiere vivir, ¿qué pierde quemando un bosque, disparando contra todos los de su clase y luego disparándose a sí mismo? ¿Qué pierde, si para él la vida ya no vale nada? Quítale a un joven la fe, déjalo sin esperanza, entrégale una pistola y ya verás lo que se pone a hacer.

Termino con unas palabras de Henri de Lubac (1896-1991) que leí cuando era joven y que no dejo de leer y repasar ahora que ya no lo soy:

«No es verdad que los hombres no puedan organizar la tierra sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no pueden, a fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre».

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Comisión para tres. El gremio de nadie. Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

Culto Público, hijos de la comisión sin gremio:

Bien dice el refrán, “Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar”.

¿Por qué lo digo? Porque resulta que hoy en SLP cualquiera se puede poner un gaffete, agarrar un micrófono, patear puertas, y circular comunicados sin nombre, para hablar en nombre de “todos los periodistas” (…achis)

Con la pena, pero yo zafo, a mí no me preguntaron, y más allá: Ni ellos ni nadie me representa. Y si alguien tiene que hablar, protestar, negociar o pelear por mí, pues muchas gracias, pero yo solito puedo. Ni Omar, ni Anahí, ni Ana Dora son mis líderes ni mis representantes.

Seamos claros: Una cosa es defender la libertad de expresión y otra muy distinta es usar el oficio como pasamontañas político (Y ustedes saben perfectamente que hablo de Sánchez Zumaya, autor intelectual de una “manifestación” que si bien es legal y válida, también es muy chapucera, porque no defienden lo que dicen, su objetivo no es proteger al gremio, su objetivo ulterior es tener una razón para desgastar al poder. ¿Les salió bien?

Sí. Y de una vez se los adelanto para quien quiera escucharlo: De no ser más inteligentes, les van a repetir estas manifestaciones, van a reunir a “mil y un causas” (pagadas) para instalar una narrativa de polarización con fines políticos usando a ingenuos…y hasta en nombre de los periodistas

En mi opinión, el Congreso lo hizo mal: después de la tormenta creó una comisión para atender “periodistas” sin saber primero quiénes son…a ver: ¿tienen un padrón?, ¿hay examen? ¿cómo se entra a esa lista que no existe?

Entonces, si la comisión es para dialogar con el gremio, pues primero que resuelvan quién y cómo se pertenece o no al mismo, de otra forma habrá -siempre- quien se sienta no incluido.

Ahora bien, que si la comisión es para atender a Omar, Anahí y Ana Dora… pues que le pongan así a la comisión y ya, sin tanta ceremonia republicana.

Respecto a la “indignación” sobre la inclusión de Héctor Serrano y Sara Rocha en la dicha comisión atendedora, hace falta ser muy estúpido para no ver que esa indignación es justo lo que quería el diputado Serrano: le regalaron el mejor argumento (y hasta los hizo pensar que era idea de ustedes) para lavarse las manos y salirse del ojo del huracán.

Si con ellos es la inconformidad, ¿para qué hablar con alguien más?

Yo prefiero arreglarme con el que me chocó el carro, que con su pariente que ni en el carro iba…digo.

¿Soy “pro-Serrano? No. ¿Estoy a favor de la ley Serrano? No.

Soy anti ignorancia, soy anti ingenuidad, soy anti manipulación del Huasteco y su vocero, soy anti el uso de la IA para arruinar vidas y que los autores de ello sean defendidos por Artículo 19 usando como bandera para el colapso público y familiar de cualquiera, la “Libertad de Expresión”.

Soy anti supuestos medios “anónimos” *como Emisor, Central San Luis, No nos van a callar (las dos) el blog de la policía y muchos otros que son propiedad del que se llama “el más bueno, el más íntegro y más puro de los periodistas”, mientras escribe insultos en las sombras, hace periodismo militante en lo público y saca sus complejos en lo oscurito. (Mañana me insulta, se los apuesto 2 a 1)

Eso se llama hipocresía, se llama cobardía. (y mándenle captura si quieren, no es grilla y yo si lo digo de frente y lo firmo)

¿La ley en cuestión tiene que ser reformada para ser precisa y útil para todos y no solamente para el poder?Definitivamente.

Pero de eso, a que quieran utilizar la conversación pública para intentar manipular los hilos de la narrativa en favor del “amparado del PT” que les mata el hambre…pues caray, que mal están jugando.

Lo peor es que además, se están tomando decisiones que, contrario a poner las cosas en su lugar, están fomentando absurdos como el que estamos viendo y haciendo tierra fértil para que lo verdaderamente importante se desvirtúe

Somos más, los que no somos imbéciles

Para ser bueno o ser malo solo hace falta no pensar más allá de las narices. Preguntarse ¿respecto de qué se es lo uno o lo otro? es otra cosa.

Yo soy Jorge Saldaña

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Mejor dormir

Cerrar los bares | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Añoro los tiempos en que cada ciudad tenía establecimientos forjados al son del orden espontáneo, acomodados por su propia estrella, con la naturalidad que confieren los años y también con su cuota de disturbio, de equívoco, algún resquicio de milagro instalado en sus rincones.

De ahí que los lugares más entrañables sean los de toda la vida: restaurantes y cantinas de hace décadas que funcionan aún con la misma silla agrietada, las mesas con sus distintivos —el logo despintado, cada uno a su manera— y un ventilador de aspa rota que el dueño se niega a reemplazar. Ese ventilador es una extensión de sí mismo, la resistencia encarnada frente a quien pretende sustituirlo: el joven empresario sin familia, con sus sneakers, la gorra americana y una pañoleta roja con la que aspira a emular a un chango de revista.

Detrás de las ínfulas está la vulgaridad larvada, la herejía contra lo que fuimos, el anhelo de impostar ambientes que no nos corresponden. Toda esa melcocha que llevamos instaurada como una derrota cultural. Tugurios en los que pocos han llorado y mucho menos se han enamorado, pero en los que abunda, eso sí, la selfie y el encuadre para las redes sociales. Tras el ansia desaforada del trend sobreviene el abandono, el cambio de página —o más bien el swipe hacia lo que sigue—, un centímetro más hacia delante, allí donde el precipicio nos espera.

Ya es raro encontrar un viejo utensilio, un cuchillo afilado una y otra vez hasta convertirse en el viejo marinero que reclama su sitio en la barra. Queda una vajilla que de tan nueva bordea lo desechable. Los lugares de novedad son réplicas, memes desbordados aquí y allá hasta uniformar a todos los pueblos. Con ello no me identificaré jamás, yo que soy un libro arrugado con las esquinas abolladas por múltiples caídas.

Los lugares tradicionales, en cambio, te agarran siempre con la guardia baja, con algún detalle imprevisto: un periódico polvoriento que sigue debajo de una caja desde el año 2006 y que te devuelve la semifinal que te enganchó al futbol para siempre (Luca Toni en la memoria). Establecimientos que nos acompañaron en la derrota, que estuvieron ahí con su discreción y su ánimo de servir —no de succionarte el alma a través de los bolsillos—. Sitios que te aceptan aun cuando vas desparpajado, con esa ropa que solo la familia sabe tolerar.

Triste el panorama de las ciudades emuladoras, subproductos de la tendencia de otros lares. Las salas de despecho, los bares de luces rojas, la cristalería que simula una botica. Bebidas con nombres irónicos. Una dona animada con uniforme de béisbol y colorimetría en dos tonos: azul y blanco, blanco y verde… gris, gris.

Las ciudades medianas copiando a la capital, la capital copiando lo que vio en Los Ángeles, Los Ángeles copiando algún video de noches en Berlín. Una cadena de imitaciones que con cada eslabón se aleja de lo auténtico.

Visitar las ciudades provinciales, en otro tiempo un consuelo, una caricia por sus rincones enmotados y parajes zurcidos por las viejas épocas, se ha convertido en un triste espectáculo: el testimonio de que todo se ajusta según convenga al algoritmo, a lo que luzca bien para fotos de tantos otros artificios, a los hot spots que conforman la viruela del infierno que la modernidad supone.

Recurrir a la moda para erigir un espacio condena a lo que caduca pronto. Habrá siempre un entusiasta que se canse de la enésima vuelta del Dub techno y que, tras deambular por las resurrecciones del gin tonic, el vermú y el Aperol Spritz, saque ahora la botella de anís de la abuela o el rompope servido entre esferas de hielo para montar un nuevo tugurio que ya será encumbrado la próxima semana por los influencers, esos propagadores de la miseria, siempre que haya alguien dispuesto a seguir viviendo de sus trompas.

Por fortuna, quedará ese bar en medio de carretera al que la mugre de lo nuevo nunca entra, y en el que sillas de plástico auspiciadas por una cerveza que ya no existe permiten percibir el carácter de un lugar que es distinto cada vez que alguien abre su puerta. Del mismo modo, volveremos a ese restaurante de familia con su menú de siempre, la carta plastificada con calcomanías que ajustan el precio a la inflación, en el que pedimos el platillo de la infancia, ese al que nuestros padres nos introdujeron antes de que existiera el botón de guardar en favoritos.

El sendero nos condujo a los templos que se ajustaban a nuestra cadencia, no a la de un especialista en branding gastronómico. El veredicto de la memoria prefiere esos sitios sin pretensiones, en donde aflora nuestro estilo, pese a las luces neón. Guaridas tan propias, tan nuestras. Un espacio percudido, labrado a nuestra seña, que nunca podrá ser franquiciado ni exportado. Una isla propia de que la nunca gozarán en Manhattan.

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Opinión

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