Opinión
Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Testeando
¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!
Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.
Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.
Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.
El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.
Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!

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Opinión
La IA le cerró la puerta al programador que apenas empieza | Columna de Gonzalo Hernández Araujo
Sistema Operativo
Cualquier programador con experiencia repite la misma frase cuando le preguntas si la inteligencia artificial (IA) le va a quitar el trabajo: “mi trabajo nunca fue escribir código, siempre fue resolver problemas.” Suena a consuelo bien armado. También suena a excusa conveniente.
Lo raro es lo que pasa mientras tanto: casi ningún programador protesta. Compáralo con lo que vivieron traductores, ilustradores o choferes cuando la automatización tocó su puerta: organización, quejas, demandas. Con los programadores, la reacción dominante es la calma. Y esa calma esconde una regla que vale la pena entender más allá del gremio: qué trabajo se automatiza primero, quién conserva el control cuando eso pasa, y a quién le está costando de verdad.
1. El código se verifica solo, y eso lo hace fácil de automatizar
Programar no es más mecánico que negociar un contrato o diagnosticar a un paciente. Pero es casi el único oficio de conocimiento donde una máquina puede comprobar objetivamente si el resultado es correcto: un test pasa o no pasa. Esa propiedad es, literalmente, el combustible con el que se entrenan los modelos de lenguaje. Donde hay forma clara de verificar el éxito, el modelo mejora rápido. Donde no la hay (un párrafo elegante, un consejo legal matizado), el progreso es lento y disparejo.
Un informe de Anthropic de marzo de 2026 lo confirma con datos: entre todas las ocupaciones medidas en Estados Unidos, “programador de computadora” es la que tiene mayor cobertura en su métrica de uso de Claude, 75%, por encima de representante de servicio al cliente y capturista de datos.
2. El programador es dueño de la máquina que lo reemplaza
La automatización históricamente le resta poder de negociación al trabajador automatizado, porque alguien más diseñó, compró y opera la máquina. Un chofer no fabrica camiones autónomos. Un cajero no programó la caja de autocobro. Pero un programador que hoy dirige agentes de IA para escribir código sigue siendo, en buena medida, quien diseña, vende y decide cómo se usa esa misma herramienta. Eso invierte el signo habitual de la ecuación: la automatización no le resta valor, se lo multiplica, mientras conserve el criterio para dirigirla.
Y a nadie que contrata desarrollo de software le importó jamás quién escribió cada línea. Le importa que el sitio cargue rápido, que el sistema no se caiga, que el proyecto salga a tiempo. El código nunca fue el producto. Siempre fue el medio invisible hacia otra cosa. Por eso un programador puede decir “no es lo que vendo” con más honestidad que casi cualquier otro oficio creativo automatizado antes que el suyo.
3. La grieta: escribir código también era aprender a pensar
Aquí el argumento empieza a cojear. Resolver problemas y escribir código no son dos habilidades separadas mientras alguien está aprendiendo el oficio. La segunda es, durante años, el mecanismo por el que se construye la primera.
Un preprint del MIT Media Lab siguió durante cuatro meses a 54 adultos que escribían ensayos sin herramientas, con buscador o con un asistente de IA. Quienes usaron el asistente mostraron la conectividad cerebral más débil durante la tarea y más dificultades para explicar lo que acababan de entregar. Otro experimento, publicado como documento de trabajo del NBER, encontró algo parecido desde otro ángulo: la IA reduce la brecha de desempeño entre niveles educativos mientras se usa, pero esa brecha vuelve a aparecer casi completa en cuanto se retira la herramienta. El investigador educativo Carl Hendrick
lo resume mejor que cualquier estadística: puedes ver a alguien tener éxito en la tarea y, al mismo tiempo, estar viéndolo no aprender absolutamente nada.4. No están despidiendo: están dejando de contratar
Anthropic no encuentra, hasta ahora, un aumento sistemático del desempleo entre las ocupaciones más expuestas a la IA. Pero sí encuentra una señal tentativa: entre personas de 22 a 25 años, la tasa de entrada a esos empleos cayó cerca de 14% frente a 2022. La revisión de agosto de 2026 del Stanford Digital Economy Lab, con datos de nómina, va más lejos: en las ocupaciones más expuestas, el empleo de ese mismo grupo de edad está 19% por debajo de la trayectoria que habría seguido si creciera al ritmo de sus pares menos expuestos. Los trabajadores con más experiencia no muestran una brecha comparable.
El detalle que importa es cómo ocurre. No están despidiendo a los junior que ya tienen el puesto. Están dejando de contratar a los siguientes. La escalera de siempre (el junior aprende con tareas de bajo riesgo, se vuelve intermedio, luego senior) pierde el primer peldaño en silencio, sin que aparezca como despido en ninguna cifra de desempleo. Ninguno de estos datos corresponde solo a programadores, y Stanford advierte que son señales tempranas, no una conclusión cerrada. Pero separan dos poblaciones que la frase “los programadores no están enojados” mete en el mismo costal: quien ya construyó su criterio a mano, antes de los agentes, tiene motivos reales para estar tranquilo. Quien empieza hoy, con un agente escribiendo por él desde el primer día, quizás nunca llegue a construirlo.
A mí me pasa algo parecido con el marketing, aunque del otro lado de la ecuación. Construí criterio a punta de campañas que fallaron, clientes que pidieron cosas que no debían funcionar y terminaron funcionando, y presupuestos mal calculados que aprendí a no volver a calcular así, todo antes de que existiera un LLM al que preguntarle. Hoy uso Claude todos los días para moverme más rápido, y funciona precisamente porque ya sé qué preguntarle, cuándo desconfiar de su respuesta y cuándo el criterio soy yo, no el modelo.
Quien está entrando hoy a marketing, a programación o a casi cualquier oficio de conocimiento, y delega desde el primer día la parte del trabajo que antes obligaba a equivocarse, no tiene ese colchón. La pregunta no es si los programadores deberían estar enojados. Es en qué momento construiste, o vas a construir, el criterio que hoy le estás prestando a la IA, y si a quien está empezando le vas a dejar el espacio para equivocarse lo suficiente y construir el suyo.
Versión completa y fuentes adicionales del artículo original: “Los programadores no están enojados con la IA. Y esa calma no es lo que parece.”
Opinión
Si rento una casa, ¿me puedo quedar con ella después de cierto tiempo? | Columna de Víctor Ezequiel
SERENDIPIA
Por: Víctor Ezequiel / X: @MrVictorHdz
Hay una leyenda urbana que aparece con sorprendente frecuencia: “Si llevas muchos años rentando una casa, llega un momento en que puedes quedártela”. La frase suele venir acompañada de un misterioso “lo dice la ley”.
Pues no exactamente.
El simple paso del tiempo no convierte a un inquilino en propietario. Pero detrás de esa creencia existe una figura jurídica real: la prescripción positiva o adquisitiva, mediante la cual una persona puede adquirir la propiedad de un inmueble por haberlo poseído durante determinado tiempo y bajo ciertas condiciones.
Y ahí está la diferencia que suele perderse en la conversación de sobremesa.
No es lo mismo ocupar que poseer como dueño
Por ejemplo, el Código Civil para el Estado de San Luis Potosí establece que la posesión necesaria para prescribir debe ser en concepto de propietario, pacífica, continua y pública. Para inmuebles, contempla cinco años cuando existe buena fe y diez cuando existe mala fe, siempre que se cumplan las demás condiciones legales.
¿Qué significa esto en palabras normales?
Imaginemos que Juan renta durante quince años una casa de María. Juan vive ahí, paga servicios, pinta las paredes, arregla una fuga y quizá hasta cambia el piso.
Todo eso demuestra que ocupa y utiliza el inmueble.
Pero también demuestra algo muy importante: Juan sabe que la casa es de María y que él está ahí porque María se la entregó en arrendamiento.
Su posesión es derivada. No posee como propietario.
La Suprema Corte ha explicado que quien recibe temporalmente el uso o disfrute de un inmueble por voluntad del propietario —como ocurre con un arrendatario— no puede simplemente transformar esa posesión en propiedad por el transcurso del tiempo. Tampoco basta comenzar a comportarse como dueño en algún momento: debe demostrarse jurídicamente el origen y la naturaleza de la posesión.
Por eso, quince años de renta no equivalen a quince años de propiedad.
¿Entonces qué significan buena y mala fe?
Aquí también hay bastante confusión.
En San Luis Potosí, es poseedor de buena fe quien entra en posesión mediante un título suficiente para darle derecho a poseer o quien desconoce los defectos de ese título. Es poseedor de mala fe quien entra sin título para poseer o conoce los defectos que le impiden hacerlo con derecho. La ley, además, presume la buena fe mientras no se demuestre lo contrario.
Un ejemplo sencillo:
Pedro compra un terreno mediante un contrato que, aparentemente, le permite adquirirlo, pero posteriormente descubre que quien se lo vendió no tenía facultades suficientes para transmitirlo. Si Pedro desconocía ese problema, puede encontrarse en un supuesto de buena fe.
En cambio, si Pedro sabe desde el principio que quien le entregó el inmueble no era propietario y aun así pretende comportarse como dueño, la situación es distinta.
Pero cuidado: mala fe no significa automáticamente delito ni elimina la posibilidad de prescribir. En San Luis Potosí, precisamente, la ley contempla la prescripción de inmuebles aun cuando exista mala fe, pero exige diez años de posesión en concepto de propietario, pacífica, continua y pública.
El Código Civil potosino contempla que puede existir un cambio en la causa de la posesión. Es decir, alguien que originalmente no poseía como dueño puede comenzar a hacerlo con ese carácter; sin embargo, el plazo de prescripción comienza a contarse desde que jurídicamente cambia esa causa.
Pero esto no ocurre porque el inquilino simplemente diga:
“Ya llevo diez años aquí, ahora soy dueño.”
Tampoco basta con dejar de pagar la renta, cambiar las cerraduras, pagar el predial o hacer remodelaciones.
Tendría que acreditarse qué hecho o acto produjo el cambio de la posesión derivada a una posesión en concepto de propietario, y desde cuándo ocurrió.
La jurisprudencia ha sido especialmente cuidadosa con este punto: quien pretende adquirir por prescripción tiene que demostrar la causa generadora de su posesión y no puede convertir, por su sola voluntad, una posesión precaria o derivada en posesión de dueño.
Entonces, ¿hay que promover un juicio?
Existe la acción de prescripción positiva, que se promueve contra quien aparece como propietario en el Registro Público de la Propiedad. Si se acredita que se cumplieron los requisitos legales, la sentencia puede declarar consumada la prescripción y, una vez inscrita, servir como título de propiedad. Así lo dispone expresamente el Código Civil potosino.
En otras palabras, nadie se convierte en propietario por decreto de sobremesa. Hay que demostrarlo ante un juez.
¿Y qué puede hacer el propietario para protegerse?
También hay una cara de esta historia que suele olvidarse.
El propietario que renta un inmueble no debería confiar únicamente en que “la escritura está a mi nombre”. Debe conservar su título de propiedad, celebrar contratos de arrendamiento por escrito, identificar plenamente al arrendatario, establecer claramente el plazo, renta y obligaciones, conservar comprobantes de pago y documentar renovaciones, modificaciones o convenios.
También es recomendable realizar inspecciones conforme a lo permitido por el contrato y la ley, conservar evidencia de que el propietario continúa ejerciendo sus derechos y, sobre todo, no ignorar indefinidamente un incumplimiento.
Si el arrendatario deja de pagar, se niega a entregar el inmueble al terminar el contrato o pretende desconocer los derechos del propietario, existen acciones legales para exigir el cumplimiento, reclamar rentas, recuperar la posesión o terminar la relación contractual, según el caso.
Y algo fundamental: nunca hay que intentar resolverlo mediante violencia, amenazas o cambiando unilateralmente las cerraduras para sacar al inquilino. El patrimonio se protege utilizando las vías legales, no creando un problema nuevo.
En concreto, sí existe una figura mediante la cual alguien puede adquirir un inmueble por el transcurso del tiempo, pero rentar no es comprar a plazos.
La prescripción exige una posesión con determinadas características, durante el plazo establecido por la ley, y debe acreditarse judicialmente. El inquilino que reconoce que otra persona es propietaria no adquiere mágicamente el inmueble porque hayan pasado diez, veinte o treinta años. Como en casi todo en la vida, el tiempo puede ser importante; pero por sí solo no hace milagros.
Lee también: Compré una casa nueva que se cae a pedazos, ¿ahora quién responde?
El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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