Opinión
Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Testeando
¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!
Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.
Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.
Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.
El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.
Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!

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Columna de Nefrox
El color y la esperanza | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
En el fútbol hay victorias que sirven para sumar tres puntos y otras que sirven para recuperar algo que un equipo había perdido. A veces es la confianza, otras la tranquilidad y, en ocasiones, esa sensación de que las cosas pueden comenzar a salir bien después de semanas en las que todo parecía cuesta arriba. Atlético de San Luis llega al partido del próximo domingo contra Santos Laguna con la posibilidad de conseguir precisamente eso: una tercera victoria consecutiva que le permita comenzar a mirar su torneo desde otra perspectiva.
No es un asunto menor. Para encontrar la última ocasión en que los potosinos consiguieron tres triunfos seguidos en la Liga MX hay que regresar al Apertura 2023 (ese mismo torneo obtuvo 5 victorias al hilo, algo no visto por un cuadro local desde 2008). Aquella racha incluyó victorias ante Querétaro, Puebla y León, esta última el 23 de agosto de aquel año. Desde entonces, San Luis no ha logrado repetir esa secuencia de tres partidos ganados al hilo. Han pasado torneos, entrenadores, jugadores y proyectos, pero esa pequeña barrera sigue ahí, esperando a que alguien la derribe.
Por eso el encuentro del domingo tiene un significado especial.
El San Luis viene de conseguir dos victorias consecutivas y, después de un comienzo que volvió a despertar las dudas de su gente, parece haber encontrado una oportunidad para enderezar el camino. Primero fue necesario recuperar los puntos; ahora hace falta algo más difícil: darle continuidad a lo que empieza a funcionar.
Porque en el fútbol mexicano estamos acostumbrados a que una victoria se convierta rápidamente en motivo de celebración y una derrota en el principio de una nueva crisis. Nos movemos de un extremo al otro con una facilidad extraordinaria. Un equipo gana y parece que encontró la fórmula; pierde y de pronto todo vuelve a estar mal. Sin embargo, los torneos no se construyen con una tarde buena ni se pierden necesariamente con una mala. Se construyen con la capacidad de repetir las cosas que funcionan.
Eso es lo que San Luis necesita demostrar.
El triunfo ante Pumas en Ciudad Universitaria, con un marcador de 3-2, tuvo un valor importante porque se consiguió fuera de casa y ante un rival que siempre representa una prueba exigente. No fue solamente una victoria para la tabla; fue una oportunidad para que el equipo recuperara confianza y llegara al siguiente compromiso con algo que durante buena parte del torneo le había faltado: la posibilidad de mirar hacia adelante sin cargar inmediatamente con el peso del resultado anterior.
Ahora viene Santos Laguna, y sería un error pensar que la visita de los Guerreros representa una oportunidad sencilla.
Porque mientras San Luis busca su tercera victoria consecutiva, Santos también parece haber encontrado una manera de despertar. El equipo lagunero llega después de vencer a FC Juárez, Toluca y Pachuca, tres resultados que le permitieron sumar nueve puntos de nueve posibles. El triunfo más reciente, un 1-0 ante los Tuzos, confirmó que los de Torreón no llegan al Alfonso Lastras únicamente a cumplir con el calendario.
Y eso cambia el escenario.
Santos ha sido uno de esos equipos que durante los últimos torneos han vivido lejos de las expectativas que alguna vez construyeron. Una institución acostumbrada a competir, a formar jugadores, a ganar campeonatos y a representar una plaza futbolera importante ha tenido que convivir con temporadas complicadas y con la sensación de que recuperar su lugar en la Liga MX requiere mucho más que recordar lo que fue.
Pero el fútbol tiene una memoria muy particular. Puede pasar meses recordándote tus problemas y después regalarte una semana que te permite imaginar un futuro diferente.
Tres victorias no convierten automáticamente a Santos en candidato a nada, pero sí le permiten llegar a San Luis con argumentos. Ganarle a Juárez, Toluca y Pachuca no es lo mismo que encadenar resultados contra equipos que atraviesan una mala racha. Son partidos que pueden ayudar a recuperar la confianza de un vestidor y a convencer a los jugadores de que existe una manera de competir.
El verdadero reto para los laguneros será demostrar que lo ocurrido no fue solamente un buen momento, sino el principio de una recuperación. Porque despertar en el fútbol es relativamente fácil; mantenerse despierto es lo complicado.
Y San Luis tendrá que enfrentarse precisamente a esa versión de Santos.
Lo interesante es que los dos equipos llegan con algo que defender. Los potosinos quieren convertir sus últimas victorias en una racha que les permita cambiar la conversación sobre su torneo. Los laguneros quieren demostrar que su reacción es real y que todavía pueden construir una segunda parte del campeonato mucho más digna que la primera.
Ninguno puede darse el lujo de pensar que ya hizo suficiente.
Para Atlético de San Luis, la tercera victoria consecutiva tendría un valor que va más allá de los números. Significaría romper una racha que se ha prolongado desde el Apertura 2023 y comenzar a construir una pequeña identidad alrededor de los resultados. También permitiría que el equipo dejara de vivir únicamente de las explicaciones sobre su mal comienzo y empezara a generar razones para creer en lo que viene.
Porque una cosa es decir que el calendario fue complicado, que el equipo necesitaba tiempo o que los jugadores debían adaptarse a una idea. Y otra muy diferente es comenzar a responder en la cancha.
El domingo es una oportunidad para hacer precisamente eso.
También será una prueba para la afición. La gente de San Luis ha vivido suficientes altibajos como para saber que dos victorias no resuelven todos los problemas. Pero también sabe reconocer cuándo un equipo comienza a ofrecer señales de vida. No hace falta prometer una liguilla ni hablar de grandes objetivos para recuperar un poco de ilusión. A veces basta con ver que el equipo compite, que tiene una idea y que puede sostenerla durante varios partidos.
El fútbol necesita resultados, por supuesto, pero también necesita continuidad. De poco sirve ganar un domingo si el siguiente partido vuelve a convertirse en una colección de dudas. Las rachas no garantizan campeonatos, aunque sí pueden cambiar el ánimo de una temporada. Y para un equipo que ha tenido que explicar demasiado durante los últimos meses, empezar a ganar con regularidad sería una noticia importante.
Además, existe un antecedente que puede jugar a favor de los potosinos: San Luis ha ganado sus últimos cinco enfrentamientos de Liga MX ante Santos Laguna. El historial reciente le ofrece confianza, aunque no garantiza absolutamente nada cuando el árbitro hace sonar el silbato. Los antecedentes sirven para alimentar la conversación, no para ganar los partidos.
El domingo habrá que volver a empezar.
Santos llegará con la ilusión de confirmar su despertar. San Luis tendrá enfrente la posibilidad de demostrar que sus dos últimas victorias no fueron un paréntesis agradable dentro de una temporada irregular, sino el inicio de algo que puede sostenerse.
Y ahí está la importancia de este encuentro.
No estamos hablando de una final, ni de un partido que defina por sí solo el destino de ambos equipos. Todavía hay camino por recorrer. Pero existen tardes que, sin tener un trofeo en juego, sirven para establecer una dirección. Tardes en las que un equipo decide si se conforma con haber mejorado un poco o si está dispuesto a convertir esa mejoría en una costumbre.
San Luis necesita ganar el domingo porque la tercera victoria consecutiva puede representar mucho más que tres puntos. Puede ser la oportunidad de romper una barrera histórica reciente, de recuperar la confianza de su gente y de comenzar a construir una segunda parte del torneo que tenga sentido.
Santos, por su parte, llega con la intención de demostrar que también tiene derecho a cambiar su historia.
Y quizá eso sea lo más interesante de este partido: los dos equipos necesitan confirmar que el pasado reciente no tiene por qué determinar lo que viene.
Uno quiere demostrar que finalmente encontró la continuidad que tanto le ha faltado. El otro quiere comprobar que su despertar no fue una ilusión pasajera.
El domingo, en el Alfonso Lastras, no habrá garantías para nadie. Habrá una pelota, dos equipos y noventa minutos para comprobar quién está preparado para dar el siguiente paso.
Porque en el fútbol ganar una vez puede ser una sorpresa.
Ganar dos veces puede ser una buena noticia.
Pero ganar tres veces seguidas empieza a parecerse a una declaración de intenciones.
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Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
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Opinión
La IA le cerró la puerta al programador que apenas empieza | Columna de Gonzalo Hernández Araujo
Sistema Operativo
Cualquier programador con experiencia repite la misma frase cuando le preguntas si la inteligencia artificial (IA) le va a quitar el trabajo: “mi trabajo nunca fue escribir código, siempre fue resolver problemas.” Suena a consuelo bien armado. También suena a excusa conveniente.
Lo raro es lo que pasa mientras tanto: casi ningún programador protesta. Compáralo con lo que vivieron traductores, ilustradores o choferes cuando la automatización tocó su puerta: organización, quejas, demandas. Con los programadores, la reacción dominante es la calma. Y esa calma esconde una regla que vale la pena entender más allá del gremio: qué trabajo se automatiza primero, quién conserva el control cuando eso pasa, y a quién le está costando de verdad.
1. El código se verifica solo, y eso lo hace fácil de automatizar
Programar no es más mecánico que negociar un contrato o diagnosticar a un paciente. Pero es casi el único oficio de conocimiento donde una máquina puede comprobar objetivamente si el resultado es correcto: un test pasa o no pasa. Esa propiedad es, literalmente, el combustible con el que se entrenan los modelos de lenguaje. Donde hay forma clara de verificar el éxito, el modelo mejora rápido. Donde no la hay (un párrafo elegante, un consejo legal matizado), el progreso es lento y disparejo.
Un informe de Anthropic de marzo de 2026 lo confirma con datos: entre todas las ocupaciones medidas en Estados Unidos, “programador de computadora” es la que tiene mayor cobertura en su métrica de uso de Claude, 75%, por encima de representante de servicio al cliente y capturista de datos.
2. El programador es dueño de la máquina que lo reemplaza
La automatización históricamente le resta poder de negociación al trabajador automatizado, porque alguien más diseñó, compró y opera la máquina. Un chofer no fabrica camiones autónomos. Un cajero no programó la caja de autocobro. Pero un programador que hoy dirige agentes de IA para escribir código sigue siendo, en buena medida, quien diseña, vende y decide cómo se usa esa misma herramienta. Eso invierte el signo habitual de la ecuación: la automatización no le resta valor, se lo multiplica, mientras conserve el criterio para dirigirla.
Y a nadie que contrata desarrollo de software le importó jamás quién escribió cada línea. Le importa que el sitio cargue rápido, que el sistema no se caiga, que el proyecto salga a tiempo. El código nunca fue el producto. Siempre fue el medio invisible hacia otra cosa. Por eso un programador puede decir “no es lo que vendo” con más honestidad que casi cualquier otro oficio creativo automatizado antes que el suyo.
3. La grieta: escribir código también era aprender a pensar
Aquí el argumento empieza a cojear. Resolver problemas y escribir código no son dos habilidades separadas mientras alguien está aprendiendo el oficio. La segunda es, durante años, el mecanismo por el que se construye la primera.
Un preprint del MIT Media Lab siguió durante cuatro meses a 54 adultos que escribían ensayos sin herramientas, con buscador o con un asistente de IA. Quienes usaron el asistente mostraron la conectividad cerebral más débil durante la tarea y más dificultades para explicar lo que acababan de entregar. Otro experimento, publicado como documento de trabajo del NBER, encontró algo parecido desde otro ángulo: la IA reduce la brecha de desempeño entre niveles educativos mientras se usa, pero esa brecha vuelve a aparecer casi completa en cuanto se retira la herramienta. El investigador educativo Carl Hendrick
lo resume mejor que cualquier estadística: puedes ver a alguien tener éxito en la tarea y, al mismo tiempo, estar viéndolo no aprender absolutamente nada.4. No están despidiendo: están dejando de contratar
Anthropic no encuentra, hasta ahora, un aumento sistemático del desempleo entre las ocupaciones más expuestas a la IA. Pero sí encuentra una señal tentativa: entre personas de 22 a 25 años, la tasa de entrada a esos empleos cayó cerca de 14% frente a 2022. La revisión de agosto de 2026 del Stanford Digital Economy Lab, con datos de nómina, va más lejos: en las ocupaciones más expuestas, el empleo de ese mismo grupo de edad está 19% por debajo de la trayectoria que habría seguido si creciera al ritmo de sus pares menos expuestos. Los trabajadores con más experiencia no muestran una brecha comparable.
El detalle que importa es cómo ocurre. No están despidiendo a los junior que ya tienen el puesto. Están dejando de contratar a los siguientes. La escalera de siempre (el junior aprende con tareas de bajo riesgo, se vuelve intermedio, luego senior) pierde el primer peldaño en silencio, sin que aparezca como despido en ninguna cifra de desempleo. Ninguno de estos datos corresponde solo a programadores, y Stanford advierte que son señales tempranas, no una conclusión cerrada. Pero separan dos poblaciones que la frase “los programadores no están enojados” mete en el mismo costal: quien ya construyó su criterio a mano, antes de los agentes, tiene motivos reales para estar tranquilo. Quien empieza hoy, con un agente escribiendo por él desde el primer día, quizás nunca llegue a construirlo.
A mí me pasa algo parecido con el marketing, aunque del otro lado de la ecuación. Construí criterio a punta de campañas que fallaron, clientes que pidieron cosas que no debían funcionar y terminaron funcionando, y presupuestos mal calculados que aprendí a no volver a calcular así, todo antes de que existiera un LLM al que preguntarle. Hoy uso Claude todos los días para moverme más rápido, y funciona precisamente porque ya sé qué preguntarle, cuándo desconfiar de su respuesta y cuándo el criterio soy yo, no el modelo.
Quien está entrando hoy a marketing, a programación o a casi cualquier oficio de conocimiento, y delega desde el primer día la parte del trabajo que antes obligaba a equivocarse, no tiene ese colchón. La pregunta no es si los programadores deberían estar enojados. Es en qué momento construiste, o vas a construir, el criterio que hoy le estás prestando a la IA, y si a quien está empezando le vas a dejar el espacio para equivocarse lo suficiente y construir el suyo.
Versión completa y fuentes adicionales del artículo original: “Los programadores no están enojados con la IA. Y esa calma no es lo que parece.”
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