Opinión
Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Testeando
¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!
Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.
Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.
Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.
El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.
Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!

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El Cronopio
Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.
Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.
Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.
A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.
Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.
Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.
Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.
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Letras minúsculas
Bondades epidérmicas | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Hay una clase de simpatía que a mí me ha parecido siempre odiosa a la vez que sospechosa. Es la simpatía etérea del que sonríe siempre, pero más como una pose y un artificio que como una manera de obsequiar a las personas. Aunque todo el tiempo hay una sonrisa estampada en su rostro, esa sonrisa nunca es para nadie: es una sonrisa sin dedicatoria, por decirlo así.
Cuando llegas a su oficina, el bondadoso ficticio se levanta como impulsado por un potentísimo resorte, te estrecha la mano con efusión y te ofrece un caramelo abriendo cortésmente su bombonera de cristal cortado. Quien lo viera, diría que está recibiendo a un viejo amigo, a un compañero de cien batallas, aunque en realidad no te conoce y, siendo sinceros, ni quiere conocerte. Dando diez mil rodeos te pregunta tu nombre y, cuando se lo dices, pareciera que lo guarda en lo más hondo de su corazón.
-¿Me ha dicho usted que se llama Abel? –dice poniendo los ojos en blanco-. Bonito nombre, en verdad. El primer mártir de la historia se llamaba como usted.
Y con estas palabras u otras parecidas se pone a divagar sobre la historia sagrada con el único y mezquino fin de salir del paso.
No obstante, cuando te lo vuelves a encontrar en algún pasillo de la vida ni siquiera te saluda porque tu rostro ya no le dice nada: simple y sencillamente te ha olvidado. “¿Por qué no me saludaría?”, te preguntas, poseído por una angustia casi suicida. Y como te faltarán otras cosas, pero no ingenuidad, lo abordas, creyendo que todo se ha debido a una lamentable inadvertencia, a una estúpida distracción de parte suya.
-Señor Estrada –dices estrujándolo con emoción-, ¡qué gusto me da volverlo a ver! ¡Qué dicha y qué honor!
Le estrechas la mano con la misma efusión con que él te estrechó la tuya en su oficina tras abrir la bombonera, francamente convencido de que, en aquel encuentro fugaz, algo profundo había nacido. Y el señor Estrada, claro está, sonríe, pero a la vez tartamudea, vacila, duda. Se pregunta para sus adentros: “¿Quién será este imbécil? ¿Es que no ve que tengo prisa?”, pero recobra la calma, se arregla la corbata y dice triunfal:
-¡Ah, es usted! No dejaba de preguntarme qué había pasado con mi querido amigo…
Tan pronto como dice: con mi querido amigo, se detiene, porque es necesario que diga tu nombre, y éste le es más inaccesible que el nombre del cuarto emperador de la dinastía Ching. Tú, sintiéndote profundamente desilusionado, dices: “Sánchez. Abel Sánchez”.
-Sí –dice el otro-, Abel Sánchez, como el inocente de la novela de Unamuno. ¿Sabe usted a qué novela me refiero y, sobre todo, quién es Unamuno?
En realidad, pasa a hablar de la novela para salir del atolladero en el que se ha metido. Y sale bastante bien librado, pues –para su suerte- ha leído la novela de Unamuno y puede contar la trama con pelos y señales, es decir, desviar impunemente la conversación. Por último, recomienda:
-Léala usted, amigo mío. Se llama Niebla, y podrá conseguirla en cualquiera de las librerías de nuestra ciudad. Léala usted. ¡No se arrepentirá!
Y se despide sonriente, amigable, para luego, como los perros, echarse a correr. Esta forma de amabilidad es muy común entre las grandes personalidades, aunque las hay menores que también la practican. Su objetivo es causar en sus visitantes e interlocutores una buena impresión, una especie de sentimiento de gratitud hacia su gentilísima persona. Aunque no lo confiesen abiertamente, todas sus atenciones y todas sus sonrisas están encaminadas a suscitar en los otros sentimientos de alabanza, si no es que hasta de adoración o incluso de idolatría: “¡Qué importante es este hombre y al mismo tiempo qué sencillo!”. Entre dos personas de igual jerarquía social, uno tiende a juzgar más importante al que nos trató mejor: he aquí una verdad del comportamiento social que estos amables hipócritas explotan de la manera más vil, pues, como afirma André Maurois
(1885-1967) en Un arte de vivir, “es fácil ser admirable cuando se permanece inaccesible”.Si no nos volviéramos a encontrar con estos tales, su batalla estaría ganada: los llevaríamos siempre en nuestro recuerdo como sólo pueden ser llevados los seres excepcionales, los próceres de la nación. Pero como con frecuencia no es así, pues para eso tendrían que irse a vivir a la luna, lo único que consiguen más tarde o más temprano es causar una honda pena.
“Ya conocía su bondad, pero una bondad epidérmica puede dañar mucho a la gente”, confiesa sinceramente indignado el personaje de una novela de Graham Greene (El que pierde, gana) al que su jefe, un hombre en estado de sonrisa permanente, invitó a Montecarlo y que luego lo dejó plantado por no recordar después la invitación. “¡Ya sé! –había dicho este hombre a su empleado apenas unos días antes-. Encontré la solución, señor Bertram. Usted y su linda mujer vendrán a mi yate. Todos mis huéspedes me abandonarán en Niza y Montecarlo. Allí los recogeré el día treinta. Navegaremos por la costa de Italia, la bahía de Nápoles, Capri, Ischia…”. Sí, todo muy bonito, pero cuando éste llegó a Montecarlo, varios días después del día treinta, ni siquiera se acordaba de la promesa que había hecho a estos dos pobres tontos que ya casi tenían que dormir en la calle por no tener con qué pagar la habitación del hotel. ¡Qué patán! ¡Y ellos que pensaban que su jefe los recordaría! Nada de eso: esta gente no se acuerda de nada, sino que sólo se limita a sonreír y a prometer.
La amabilidad no debe nunca ser etérea y sí, en cambio, llena de memoria; de lo contrario, más que amabilidad es una burla. Tenía razón François Mauriac (1885-1970), el novelista francés, cuando afirmó en Nudo de víboras: “Existe una cierta calidad de gentileza que es casi siempre señal de traición”.
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Columna de Nefrox
Semana de clásico | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay partidos que uno marca en el calendario por lo que pueden representar para el torneo y otros que señala porque no quiere perderse la oportunidad de ganarlos. El Atlético de San Luis contra Querétaro pertenece a esa segunda categoría. No importa demasiado cómo llegue cada equipo, cuántos puntos tenga o qué lugar ocupe en la clasificación: cuando aparece Gallos enfrente, el partido adquiere una dimensión que no siempre se puede explicar con estadísticas.
El martes, el Alfonso Lastras volverá a recibir una edición del Clásico de la 57. Y para entender por qué importa tanto, hay que mirar más allá de los noventa minutos que están por disputarse. Esta rivalidad ha atravesado distintas épocas del fútbol mexicano, ha visto cambiar escudos, plantillas y categorías, y ha conseguido mantenerse vigente mientras otras historias se quedaron en el recuerdo.
San Luis y Querétaro tienen una cercanía que va más allá de la geografía. Son dos ciudades que comparten una región, una vía de comunicación y una rivalidad deportiva que se ha alimentado con el paso de las generaciones. La carretera que une a ambas también ha servido para transportar las discusiones futboleras de una ciudad a otra. En una dirección viajan las bromas; en la contraria regresan las respuestas. Y cuando llega el día del partido, cada quien quiere tener la última palabra.
Pero sería demasiado sencillo reducir este encuentro a una cuestión de proximidad. Hay rivalidades que nacen cerca y nunca llegan a convertirse en algo importante. Esta sí lo hizo porque tuvo partidos que dejaron huella, enfrentamientos que definieron destinos y una final de ascenso que todavía forma parte de la memoria del fútbol potosino.
Para San Luis, la historia contra Querétaro no está hecha únicamente de resultados. También está construida con los recuerdos de quienes acompañaron al equipo cuando pelear en las categorías inferiores era parte de la vida cotidiana. Aquella final de 2005, cuando los potosinos consiguieron el ascenso a Primera División frente a Gallos, representa uno de esos capítulos que ayudan a entender por qué esta rivalidad conserva una carga emocional particular.
Quien estuvo ahí sabe que un partido puede durar noventa minutos, pero su recuerdo puede acompañarte durante años.
Y quienes no vivieron aquella época han encontrado sus propias razones para querer ganar este enfrentamiento. Cada generación recibe una rivalidad que ya existía y tiene la oportunidad de agregarle sus propias historias. Así funciona el fútbol: heredamos los colores, escuchamos las anécdotas de nuestros padres y abuelos y, tarde o temprano, terminamos teniendo nuestros propios partidos inolvidables.
Por eso el martes no será suficiente con mirar la tabla para entender lo que está en juego.
El Atlético de San Luis necesita hacer valer su condición de local, pero también debe comprender que jugar un clásico requiere algo más que salir motivado. El entusiasmo es importante, aunque no resuelve por sí solo los problemas que aparecen cuando el rival encuentra espacios, presiona la salida o consigue que el partido se juegue bajo sus condiciones.
Querétaro llegará con la intención de incomodar. Es lo que suele buscar cualquier visitante cuando sabe que enfrente tiene a un adversario que necesita responder ante su gente. Gallos no tendrá ninguna obligación de facilitarle las cosas al Atlético y seguramente encontrará en la rivalidad un motivo adicional para competir.
Para los queretanos, ganar en San Luis significa regresar a casa con una satisfacción que no se mide únicamente en puntos. Para los potosinos, perder frente al vecino puede convertir una noche complicada en varios días de conversaciones incómodas. Esa es una de las particularidades de los clásicos: el resultado no desaparece cuando termina el partido, sino que sigue presente en las reuniones, las oficinas y las conversaciones entre amigos.
Por eso el Atlético debe evitar que el deseo de ganar se convierta en una presión que termine jugando en su contra.
El Alfonso Lastras puede ser una ventaja importante si el equipo consigue contagiar a la tribuna con su fútbol. Pero la localía también exige responsabilidad. No basta con reconocer la importancia del partido; hay que jugarlo con inteligencia. San Luis tendrá que encontrar la manera de imponer su ritmo, evitar errores que le den vida al rival y mantener la concentración incluso cuando el encuentro se vuelva áspero.
Porque nadie puede asegurar que será un partido cómodo.
En los clásicos, las diferencias entre los equipos pueden reducirse cuando el balón comienza a rodar. Un conjunto que llega con mejores resultados puede encontrarse con un rival dispuesto a disputar cada pelota como si fuera la última. Una jugada a balón parado, una expulsión o un error en la salida pueden modificar todo lo que se había preparado durante la semana.
Y si algo debe tener claro San Luis es que Querétaro no necesita dominar el encuentro para complicarle la noche.
Por eso el martes será importante saber jugar con la cabeza fría. La intensidad tendrá que estar presente, pero también la paciencia para no convertir cada ataque en una obligación de terminar la jugada. Un clásico se puede ganar con una gran actuación, pero también con la capacidad de reconocer cuándo hay que insistir y cuándo conviene cuidar el partido.
La afición, por supuesto, tendrá su papel. El Alfonso Lastras debe sentirse como la casa del Atlético, un lugar donde el equipo encuentre respaldo y donde el visitante entienda la importancia que tiene este encuentro para quienes están en las tribunas. No hace falta convertir el partido en una guerra para demostrar que existe rivalidad. Basta con vivirlo con la pasión que merece y recordar que el fútbol tiene sentido precisamente porque nos permite defender nuestros colores sin dejar de reconocer al adversario.
Además, el calendario ofrece una nueva oportunidad para escribir una historia propia. Los resultados de otras temporadas no decidirán lo que ocurra el martes. Tampoco lo harán las goleadas, los tropiezos ni las celebraciones que cada afición conserva en la memoria. Todo eso forma parte del contexto, pero el partido que viene todavía está por jugarse.
Y ahí está la responsabilidad del Atlético.
No puede salir al campo pensando que la tradición resolverá los problemas. Tiene que ganarse el resultado con fútbol, con disciplina y con la convicción de que su gente merece una noche para celebrar. En una temporada llena de altibajos, un triunfo ante Querétaro puede tener un efecto emocional importante, aunque tampoco conviene confundir una victoria en el clásico con la solución definitiva a todos los pendientes del equipo.
Son dos asuntos distintos: competir bien durante el torneo y responder en un partido que tiene un significado especial.
San Luis necesita ambas cosas.
El martes, el Atlético tendrá delante a un rival que conoce la importancia de este enfrentamiento y que llegará con la intención de llevarse algo más que tres puntos. El margen para las distracciones será pequeño y cualquier error puede terminar pesando más de lo habitual.
Por eso vale la pena recordar que la rivalidad no necesita exageraciones para ser importante. No requiere que se prometa una final ni que se inventen cuentas pendientes. Su historia está ahí, construida por los equipos y las personas que han mantenido vivo el enfrentamiento durante décadas.
Ahora les toca a los jugadores actuales agregar su parte.
Cuando el árbitro marque el final, alguien podrá presumir la victoria y alguien tendrá que soportar las bromas de la semana. Así ha sido durante años y probablemente seguirá siendo así durante muchos más. Esa es la parte cotidiana y, al mismo tiempo, entrañable del fútbol regional: los partidos terminan, pero la rivalidad encuentra la manera de permanecer.
El martes, San Luis tiene la oportunidad de defender su casa y regalarle a su gente una alegría que tendrá un sabor distinto al de cualquier otra victoria. Querétaro intentará impedirlo. Y entre ambos volverán a darle sentido a una historia que no pertenece solamente a los clubes, sino también a las ciudades que representan.
Porque el Clásico de la 57 no se juega únicamente en la cancha.
También se juega en la memoria de quienes lo han seguido durante años, en las historias que pasan de una generación a otra y en esa necesidad tan sencilla de querer que gane el equipo de casa.
El martes, el Alfonso Lastras tendrá la palabra.
Y San Luis tendrá que responder donde más importa: dentro del campo.
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