septiembre 1, 2026

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Opinión

Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Testeando

 

¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!

Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.

Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.

Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.

El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.

Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!

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El Cronopio

Juana María Alvarado, La Vida es Química | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Andrés Manuel del Río, el científico español naturalizado mexicano que desarrolló su carrera científica en México en el Seminario de Minería de México en los albores del siglo XIX y finales del XVIII se convirtió en una figura representativa de la química en México; se encargó de la cátedra de Mineralogía del también llamado Colegio de Minería y escribió el libro Elementos de Orictognosia que llevaría el potosino Mariano Jiménez, que sería su alumno.

De sus logros sobresalientes fue el descubrimiento del eritronio, un nuevo elemento químico que descubriera en 1801 en una muestra recolectada en Zimapán Hidalgo. La historia de este descubrimiento es una de las tristes historias de la ciencia mexicana, pues el descubrimiento de este elemento fue adjudicado años después a E. Wöhler que lo bautizó como vanadio. El elemento vanadio debe ser considerado como descubrimiento de Andrés Manuel del Río, quien también descubrió otros compuestos, como la plata azul o la aleación del rodio y el oro.

El nombre de Andrés Manuel del Río lo tiene asignado la Sociedad Química de México para denominar sus premios de química en México a destacados investigadores y docentes de la química en el país. Este año 2026 la profesora investigadora de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Juana María Alvarado Rodríguez se hizo merecedora al Premio Nacional de Química “Andrés Manuel del Río” 2026, por su actividad docente.

El Premio Nacional de Química se otorga desde 1964 y es otorgado en tres categorías: Docencia, Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico, tiene como finalidad hacer un reconocimiento público nacional a la labor realizada por profesionales de la Química que hayan contribuido de manera extraordinaria a elevar la calidad y el prestigio de la profesión Química en México.

Juana María Alvarado estudió en la licenciatura en la Facultad de Ciencias Químicas y realizó una maestría en hidrosistemas con opción en irrigación, en el 2006. Fue coordinadora de la licenciatura en química de la Facultad de Ciencias Químicas de la UASLP y ha desempeñado una destacada labor docente en dicha Facultad.

Juana María Alvarado ha incursionado en el área de divulgación de la ciencia en varias de sus facetas de comunicación, entre ellas y de manera importante en la radio. En 2008 inició la producción del programa La Vida es Química en Radio Universidad el cual ella misma conduce y en los que invita a participar a alumnos de química, lo que les ha permitido ser un factor más en su formación.

El amor y la pasión por la química que tiene la maestra Juanita, como se le conoce en el medio, la ha llevado a especializarse en comunicación social de la ciencia para lo que decide ir a España a Almería en particular a realizar el máster en Comunicación Social de la Ciencia en la Universidad de Almería realizando un trabajo comparativo de fin de máster entre dos jóvenes radios universitarias españolas, RadioUAL y RadioOlavide, y dos radios veteranas mexicanas, Radio UNAM y Radio UASLP.

La influencia que ha tenido, inyectando a su vez su pasión y amor por la química en sus estudiantes les ha permitido seguir con éxito sus carreras profesionales, algunos de los cuales se han convertido en sus colegas en el seno de la Facultad de Ciencias Químicas. Su interés por la historia de la química en San Luis se ha manifestado al difundir la labor de mujeres químicas pioneras en química y mantener la memoria del desarrollo de la química en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y compartirlo con el pueblo potosino, sin descartar a los niños y jóvenes con talleres de ciencia donde la química es la protagonista, entusiasmándolos para orientar su vocación a la química y mostrarles, como reza el título del que fuera su programa en Radio Universidad, que La Vida es Química. ¡Felicidades a la maestra Juanita!

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Letras minúsculas

Llamadas telefónicas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

¿Qué me decía usted? –pregunté al anciano mientras éste luchaba, sudando y todo, por coger con firmeza el hilo de nuestra conversación.

–Ah, sí, le estaba diciendo que uno de mis hijos, el menor de todos, ha tomado para conmigo o respecto a mí, como prefiera usted decir, una actitud bastante extraña. Ya no me saluda cuando llega a casa, ni me dice adiós cuando se va. De la noche a la mañana, según parece, le ha dado por pensar…

Y otra vez el teléfono. El anciano se me quedó mirando como a la expectativa, se encogió de hombros, esbozó una sonrisa que quería ser de comprensión –aunque no llegó a tanto: sólo quiso serlo– y se ovilló en la silla como un derrotado.

–Sí –dije a quien me llamaba esta vez–. ¡Hombre, qué pena! Lo comprendo, pero no traigo conmigo mi agenda. Lo que pasa es que la dejé ayer en mi otra chamarra y aún no he podido ir por ella. ¿Podría hablarme más tarde? ¿Qué tan tarde? Déjeme ver. ¿Podría marcarme nuevamente a eso de las diez? ¡No, qué va a ser tarde! A esa hora apenas estoy llegando a casa. Bien, espero su llamada. Hasta entonces.

Miré al anciano como diciéndole: “Puede continuar usted, señor”. Pero no dije nada, sino que únicamente lo miré. Éste se incorporó en la silla, trazó con la mano sobre el borde de mi escritorio una figura incomprensible (era evidente que no recordaba en qué punto de la conversación nos habíamos quedado) y dijo por fin:

Entonces mi mujer tomó la decisión de dormir en camas separadas. ¿Por qué razón? Hasta ahora no ha querido decírmelo. Además, jura por Dios que ni siquiera me lo dirá. ¿Qué debo pensar de todo esto? No lo sé. La única palabra que me viene a la mente es ésta: conspiración.

–No, no –dije yo–. Todavía no llegábamos allí, si esto es lo que seguía. Se había quedado usted en que su hijo el menor estaba tomando con respecto a usted actitudes un tanto extrañas

–Ah, sí –dijo el anciano–. Extrañas, claro. Como por ejemplo no avisar a dónde va ni de dónde viene. De la noche a la mañana se ha puesto a decir, figúrese usted, que yo no cuidé bien de él cuando era niño. ¿Que no me preocupé por él? ¿Quién, entonces, le pagó las colegiaturas, la ropa que se ponía, la comida y los estudios? ¿Quién?

No me va usted a creer, lector, seguro que no me va a creer, pero justo en ese momento empezó a sonar otra vez el teléfono, mi pequeño, caro, odioso y portátil teléfono celular. Miré a mi interlocutor, pero no ya como diciéndole: “Puede usted continuar, señor”, sino como preguntándole: “¿Contesto o no contesto?”. Durante unos segundos dudé. ¡Dios mío, qué dilema! Tomé el teléfono en mi mano derecha sin saber todavía qué hacer con él.

–Sí, soy yo (Dios mío, qué respuestas más tontas da uno por teléfono: si yo no soy yo, ¿quién más podría ser?). A sus órdenes. Comprendo, claro, pero aún no sé cómo voy a andar ese día y no tengo a la mano mi agenda para saberlo, pero si me habla usted a eso de las diez y media, yo le digo si puedo o no. No, no, lo que pasa es que ahora estoy ocupado con una persona

. No importa: si no puede hablarme a las diez y media, puede perfectamente hacerlo a las once. ¡No, qué va! Está usted hablando con el noctámbulo más incorregible del planeta. No se preocupe; si puedo, lo haré con mucho gusto. ¡Hasta luego!

Cuando colgué, ya no me atreví a mirar al anciano. ¡Era demasiado penoso verlo a la cara! ¿Y qué cree usted? Que antes de que lo viera a la cara el teléfono volvió a sonar una vez más. Y como esto ya era demasiado, lentamente, con parsimonia, con sadismo, lo apagué. ¿Por qué no me había atrevido antes a realizar este saludable ritual? ¡No más llamadas telefónicas, al menos por ahora!

¿Qué tienen los pitidos del teléfono que nos hacen ponernos enseguida al aparato? ¿Qué es lo que nos impulsa a contestar con tanta rapidez? ¿De qué magia se valen para ponernos tan nerviosos cuando suenan? He aquí un tema de obligada meditación.

¿Por qué cuando estamos ocupados con una persona sentimos que una llamada telefónica es más urgente e interesante que todo lo que esta persona pudiera decirnos? ¿De qué noche de los tiempos nos viene esa sensación? “Algo grave está pasando”, nos decimos a nosotros mismos, y somos capaces de hacer a un lado a quien esté enfrente con tal de que esa llamada no se pierda.

Pero no: hoy ya no lo haré. Esta persona que está aquí, conmigo, este hombre cargado de años ha tenido que tomar un taxi para venir a encontrarme, y resulta que ni caso le hago para dedicarme a responder al primero que llama. El anciano se había tomado el trabajo de ponerse en camino, en tanto que aquella otra gente sólo se había limitado a marcar un número para obligarme a escucharla. ¡Qué sencillo y qué injusto al mismo tiempo! Cuando éste me vio apagar el teléfono, suspiró aliviado y sonrió dulcemente. Ahora se sentía importante, único; ahora podía hablar con libertad y sin el temor de verse interrumpido.

Desde entonces he tomado una seria resolución: dar prioridad a los que vienen en lugar de a los que simplemente llaman. Ya no me cohibirá ni me pondrá a temblar el pitido tramposo del teléfono; desde ahora lo tendré por lo que es: por una alarma que hacen sonar los que no se tomaron el trabajo de buscarme como se debe buscar realmente a las personas. Y, sobre todo, esto: que la presencia valga más y la sola voz menos, mucho menos. Siempre y cuando, claro está, no me estén hablando desde Hawaii…

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Columna de Nefrox

San Luis quiere jugar de otra manera | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Hay entrenadores que llegan a un equipo para cambiar resultados. Y hay otros que llegan para cambiar la manera en que el equipo entiende el fútbol.

Diego Mejía parece pertenecer al segundo grupo.

Porque si algo ha quedado claro durante estas primeras semanas del Atlético de San Luis es que el técnico no quiere un equipo que simplemente sobreviva los partidos. Quiere que los juegue. Y eso, aunque parezca una diferencia pequeña, cambia absolutamente todo.

San Luis quiere tener la pelota. Pero no por presumir posesión. La quiere porque Mejía entiende que con el balón también se puede defender. Construir desde atrás. Mover al rival. Encontrar espacios. Y cuando se pierde, recuperarla lo más rápido posible.

La famosa presión tras pérdida, esa que parece sencilla cuando se explica pero que requiere muchísimo trabajo cuando se intenta ejecutar.

Ahí comienza a entenderse la idea.

Porque este Atlético de San Luis no quiere esperar. Quiere provocar. Quiere que el rival tenga que tomar decisiones. Quiere avanzar con la pelota desde el fondo y asumir riesgos.

Y eso implica algo que quizá no siempre será agradable para la afición: habrá errores y muchos con el nivel de jugadores que se tienen.

Porque jugar con valentía significa aceptar que alguna vez el riesgo puede salir mal. Mejía lo ha dicho de manera bastante clara: busca un equipo que tome riesgos y que sea capaz de atacar mucho. No parece una promesa. Parece una declaración de principios.

Y quizá ahí está lo más interesante. Diego Mejía no llegó a San Luis solamente con la intención de cambiar nombres.

Llegó con una idea.

Una idea que comenzó a construir desde su experiencia anterior, particularmente durante su paso por Atlético Ottawa, donde consiguió el campeonato de la Canadian Premier League en 2025. Antes de eso también acumuló experiencia como auxiliar y entrenador en México, además de una etapa de formación y scouting en el Manchester City.

Eso ayuda a entender de dónde viene su obsesión por los detalles.

El fútbol no comienza cuando el árbitro pita. Comienza desde la salida. Desde la posición de los centrales. Desde dónde recibe el mediocampista. Desde cómo se mueve el extremo cuando la pelota está en el otro costado. Desde qué hace el equipo cinco segundos después de perderla.

Y ahí aparece una palabra que quizá define mejor su propuesta: intensidad.

Pero no solamente correr. Correr con sentido. Presionar con sentido. Atacar con sentido.

Porque correr detrás de la pelota durante noventa minutos no es intensidad. Es cansancio.

La intensidad que busca Mejía parece estar más relacionada con controlar el partido mediante las decisiones que toma el equipo. El técnico potosino ha dejado claro que no entiende el fútbol desde una postura excesivamente defensiva, busca ofender, propone, pero su equipo no le responde, su diseño no corresponde al nivel de plantel.

Eso también explica algunos partidos que hemos visto. San Luis puede tener más la pelota y, aun así, no ganar. Puede llegar más veces y no encontrar el gol. Puede dominar territorialmente y terminar empatando. Y ahí está la parte que todavía necesita madurar. Porque una cosa es construir una identidad.

Otra es convertir esa identidad en resultados. El Atlético todavía está aprendiendo.

La propuesta tiene riesgos. Y muchos. Si los laterales avanzan, habrá espacios. Si el mediocampo pierde la pelota mal parado, habrá contragolpes. Si los centrales tienen que defender demasiados metros a su espalda, aparecerán problemas.

Pero también hay una recompensa. Cuando el sistema funciona, San Luis puede convertirse en un equipo incómodo. Uno que no te deja respirar. Uno que te obliga a defender durante largos periodos. Uno que recupera la pelota cerca del área rival y vuelve a atacar antes de que puedas acomodarte.

Eso es lo que Mejía está buscando.

Quizá por eso sería injusto evaluar su trabajo solamente desde la tabla. Los resultados importan. Por supuesto que importan. Pero también hay que observar qué está intentando construir.

Porque después de varios años en los que San Luis encontró identidad con diferentes entrenadores, ahora parece estar intentando algo distinto: que la identidad no dependa solamente del rival.

Que San Luis tenga una manera propia de jugar.

Que no importe si enfrente está Cruz Azul, América, Pachuca o cualquier otro.

Que el equipo pueda decir: así queremos jugar.

Y quizá esa sea la apuesta más grande de Diego Mejía. No promete que San Luis ganará todos los partidos. Promete, con sus decisiones, que San Luis intentará ser protagonista.

Eso puede salir bien.
Puede salir mal.
Puede tardar.

Pero al menos en momentos, parece que hay una idea.

Y en el fútbol mexicano, donde muchas veces los equipos cambian de entrenador antes de terminar de entender lo que quieren ser, tener una idea ya es un comienzo.

Ahora falta lo más difícil. Convertirla en costumbre. Y después, convertir la costumbre en resultados.

Porque jugar bonito puede ilusionar.

Jugar con identidad puede enamorar. Pero al final, como siempre, el fútbol termina haciendo la misma pregunta:

¿Y los puntos?

Ahí comienza el verdadero examen para Diego Mejía.

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Opinión

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