Opinión
Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Testeando
¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!
Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.
Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.
Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.
El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.
Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!
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Columna de Nefrox
Regreso a casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay temporadas que empiezan con ilusión. Otras empiezan con dudas. Y algunas, simplemente, empiezan con la sensación de que el camino será más largo de lo esperado.
El Atlético de San Luis regresó de la Leagues Cup con esa última sensación. No como un equipo que haya sido superado únicamente en el marcador, sino como uno que nunca terminó de encontrarse en la competencia. Un torneo que, para muchos clubes de la Liga MX, se ha convertido en una especie de espejo incómodo ahí donde se mide no solo el nivel, sino también la profundidad real de los planteles.
Y San Luis, en ese reflejo, no siempre se vio completo.
La Leagues Cup terminó. Pero el fútbol no espera. Y la Liga MX ya volvió a encenderse con la misma exigencia de siempre, quizá incluso con más prisa que antes.
El problema para el Atlético de San Luis es que el reinicio no trajo calma. Trajo calendario, trajo rivales, trajo presión y trajo la sensación de que el torneo apenas comienza, pero el margen de error ya se está reduciendo.
El inicio de la Liga MX no ha sido sencillo. No lo es para nadie, pero en el caso de San Luis se siente distinto. Porque no es un equipo diseñado para dominar.
No es un plantel construido para pelear títulos de manera constante.
Es un proyecto que ha aprendido a competir desde la inteligencia, desde el orden y desde la convicción de que cada punto se gana con más esfuerzo que talento puro.
Y eso, en una liga tan exigente, tiene un precio.
La Leagues Cup dejó heridas deportivas y también preguntas. No tanto por los resultados, sino por las sensaciones. El equipo nunca terminó de asentarse, nunca encontró continuidad y, en muchos momentos, pareció más reactivo que protagonista.
Y cuando un torneo internacional te expone de esa manera, el regreso a la liga local no es un alivio. Es una prueba inmediata. Porque la Liga MX no espera procesos. Exige respuestas. Y San Luis ahora enfrenta un calendario que no da tregua. Partidos que pueden marcar el rumbo del torneo desde muy temprano. Rivales que no perdonan desconcentraciones. Y una tabla que, como siempre, no tiene paciencia para los proyectos en construcción.
Sin embargo, incluso en medio de este inicio complicado, hay señales que no deben perderse. Porque este equipo no es solo su momento.
También son sus nombres. Y en ese sentido, hay futbolistas que han comenzado a levantar la mano cuando el contexto se vuelve más pesado.
David Rodríguez, por ejemplo, ha sido uno de esos jugadores que entienden cuándo acelerar y cuándo sostener el ritmo del partido. No siempre aparece en los reflectores, pero su presencia se siente en la estructura del equipo.
Rafael Llorente, con su capacidad de insistir incluso cuando el partido se vuelve incómodo, ha sido otro de los que intenta sostener al equipo desde la constancia más que desde el brillo. Y el francés, ese jugador que se mantiene con la etiqueta de aportar algo distinto, ha mostrado destellos que recuerdan que el talento no siempre necesita adaptación larga cuando hay calidad real.
Son piezas. No soluciones definitivas. Pero sí señales de vida.
Porque ese es el punto más importante de este Atlético de San Luis. No es un equipo diseñado para ser campeón. Y no debería ser evaluado como tal.
Es un proyecto que compite dentro de sus posibilidades, que intenta sostenerse en una liga donde la diferencia entre presupuestos, planteles y aspiraciones es cada vez más evidente.
Y aun así, sigue compitiendo.
El problema del fútbol moderno es que la paciencia se ha vuelto un lujo. Se exige inmediatez. Se exige espectáculo. Se exige resultado.
Pero no todos los equipos están construidos para responder a todo al mismo tiempo.
Y San Luis, hoy, es uno de esos casos donde el proceso importa tanto como el marcador.
Lo que viene no será sencillo. Las próximas jornadas pondrán a prueba no solo al equipo, sino también a la idea que lo sostiene. Habrá partidos donde el margen será mínimo. Otros donde la exigencia será máxima. Y algunos donde la única forma de competir será resistir.
Pero incluso en ese escenario, hay algo que no debe perderse de vista. Este equipo no está vacío. Tiene futbolistas que compiten. Tiene jugadores que responden. Y tiene una base que, aunque todavía no alcanza para pensar en grandes objetivos, sí alcanza para sostener una identidad.
Quizá el error sería exigirle a este Atlético de San Luis lo que no está diseñado para dar. Quizá la virtud esté en entenderlo antes de juzgarlo.
Porque en el fútbol, como en la vida, no todos los proyectos nacen para ser campeones.
Algunos nacen para resistir.
Para crecer.
Para construir.
Y para, con el tiempo, sorprender cuando nadie lo espera.
Por ahora, el equipo vuelve a la Liga MX con más preguntas que respuestas.
Pero también con algo que no siempre se valora lo suficiente: jugadores que siguen levantando la mano incluso cuando el contexto no ayuda.
Y en un torneo tan largo, tan exigente y tan cambiante como este, a veces eso es suficiente para mantenerse vivo.
Aunque el camino todavía sea largo.
Y aunque el destino, por ahora, no esté escrito para la gloria.
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El Cronopio
El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
J.R. Martínez/Dr. Flash
En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.
Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.
Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.
En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.
Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela , la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.
En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).
Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.
En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.
Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.
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Letras minúsculas
Siempre hay gente así | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Hay gente que sólo llama cuando nos necesita. Mientras comen y beben, todo está bien, pero tan pronto como se les atora un hueso allí los tienes acordándose de nosotros. Yo conozco a muchos miembros de esta raza canina, y cuando veo su número telefónico parpadeando en la pantalla de mi celular, me digo: “¿Qué se les ofrecerá ahora? ¿De qué apuro hay que sacarlos?”.
–Juan Jesús, ¡qué milagro! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡Hombre, déjate ver más a menudo! Pero, mira, en realidad te hablaba para esto…
¡Vaya, por lo menos son sinceros! ¡Por lo menos no tratan de engañarnos diciéndonos que nos han hablado para otra cosa!
-¿En qué puedo servirte? –digo, sabiendo perfectamente que no estoy usando una frase retórica.
Pero las cosas se complican todavía más cuando suceden cosas como las que voy a contar.
Desde hace muchos años conozco una pareja que siempre anda, como decimos en mi tierra, a la cuarta pregunta. Yo no sé cómo han hecho para que sus hijos estudien en los mejores colegios, tomen por las tardes clases de alemán, y además sean socios de varios clubes recreativos de nuestra ciudad. Esto es un misterio para mí, pero no pienso desentrañarlo. ¿Para qué? ¿Qué me importa a mí saber cómo le hacen para sostener semejante tren de vida? Pero sucedió una vez que el patriarca de aquella extraña familia vino en mi busca para suplicarme que por favor le ayudara a conseguir una beca para su hijo mayor.
-No te imaginas –me dijo- cómo andan de mal nuestras economías. ¡A veces siento la tentación de colgarme de la viga más alta del techo!
“¡Pero si el techo de tu casa no tiene vigas!”, dije para mi coleto. Además, a este hombre yo lo había oído muchas veces hablar así, de modo que aquella confesión apenas me impresionó.
-Sí –dije yo-. Los tiempos son malos. Y en España están peor.
-¿Malos? Te quedas corto. Yo no sé cómo le vamos a hacer. Yo no sé. Pero, mira, todo es cuestión de que hables con los directivos del colegio y…
-Pero si se trata sólo de hablar, ¿por qué no lo haces tú?
-Ah, es que a ti te harán más caso. No es lo mismo que hable yo a que hables tú. ¿Comprendes?
Total que le prometí hacer lo que pudiera. Y, vanidad aparte, debo confesar que conseguí mucho más de lo que yo mismo hubiera deseado.
Para celebrar el triunfo, la familia me invitó a cenar a su casa. Y aunque dudé en hacerlo para no exponerme a nuevos sablazos, acabé yendo gracias a esa perniciosa incapacidad de decir que no que vengo padeciendo desde las más tempranas etapas de mi existencia. Bien, estábamos en la mesa cuando de pronto me preguntó la mujer; quiero decir, la matriarca:
-¿Y con quién habló usted para solucionar el asunto, si puede saberse?
Como la cosa podía saberse, dije:
-Con el señor Martínez.
-¿Con el señor Martínez? ¿Con Rogelio Martínez?
-Así es –respondí.
-¡Hombre! –exclamó la mujer-. ¡Pero si Rogelio Martínez es amiguísimo de mi marido! ¿Verdad que es amiguísimo tuyo, cariño?
-Sí –respondió éste-. Fuimos compañeros en la preparatoria, y además éramos inseparables.
-¡Ay! –volvió a gemir la mujer-. ¿Para qué molestaste al padre? ¡Tan fácil que hubiéramos podido arreglar este asunto nosotros!
“Pues lo hubieran hecho”, dije en voz tan baja que nadie pudo oírme. Y en este tono transcurrió aquella cena maldita. Por demás está decir que regresé a mi casa pateando latas. Y pasó un mes. Y luego otro mes. Y luego otro mes más. Y he aquí que mi teléfono, una tarde, volvió a sonar. Y, sí, era el número temido. “¿Qué se les ofrecerá ahora? ¿De qué apuro hay que sacarlos esta vez?”, me pregunté visiblemente angustiado.
-Juan Jesús, ¡qué milagro! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡Hombre, déjate ver más a menudo! Pero, mira, en realidad te hablaba para esto…
¿De qué se trataba ahora? De que por falta de pago la familia había perdido la membresía de cierto club recreativo… ¿Podía yo, en pocas palabras, conseguirles un pase de cortesía, de manera que los muchachos pudieran ir todas las tardes a nadar? ¡Ay, sufrían tanto por no poder hacerlo! Bien, se lo conseguí.
Y una vez que me encontré a esta pareja en un gran centro comercial, el capitán de aquellas panzas aventureras se aproximó a mí, me llamó su bienhechor y ya casi me estrangulaba con su abrazo cuando me preguntó su mujer:
– ¿Y con quién habló para solucionar este asunto, si puede saberse?
Como la cosa podía saberse, dije:
-Con la señorita Torres.
-¿Con Paty Torres?
-Así es –respondí.
-¡Ay, pero si Paty es casi mi comadre! ¿Verdad que es casi mi comadre, cariño?
Y para evitar lo que seguía miré el reloj, dije que tenía mucha prisa y me despedí de ellos corriendo. A los guardianes les pareció muy sospechoso que saliera del centro comercial arrollando a quien se me pusiese enfrente. Pero era mejor caer en la cárcel que volver a ver a estos mequetrefes.
Dios mío, ¿por qué tiene que haber gente así?
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