Opinión
Marcelito | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Testeando
¡Qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!
Yo no sé de futbol, yo no he hecho cursos ni mucho menos soy entrenador, ni siquiera sé jugar correctamente al futbol. Nunca pisé una cancha como jugador de primera, y nunca he levantado ni el campeonato de mi colonia. Yo solo sé jugar futbol en videojuegos y hasta en eso pierdo bastante seguido.
Sin embargo, levanto la voz y digo, ¡qué pequeño se vio San Luis frente a Pachuca!. Increíble que un equipo que juega de local, no se atreva a proponer, increíble que un equipo local y que va perdiendo, se tarde tanto en recomponer el rumbo del partido.
Ok, lo entiendo, no hay una banca con argumentos para levantar el barco y, peor aún, cuando no puedes contar todavía con todo el arsenal. Pero Pachuca no es ni cerca un rival de los complicados en la liga, y San Luis es un equipo muy triste de local.
El tenor parece será igual que el torneo anterior, un equipo con nula proposición de local y bastante ratonero de visita. Eso puede ayudar jugando en campo ajeno, pero seguirá causando pena en la cancha del Lastras.
Cuidado Marcelo, cuidado directivos, que el negocio se va a acabar (si es que ha esto aún se le puede llamar negocio) las tribunas se van vaciando cada vez más y esos “fieles” aficionados, no se van a conformar con las miserias que aún muestran de local. O se cambian las maneras, las formas y las ganas, o simplemente seguiremos pensando que Marcelito sigue siendo un técnico muy chiquito para el futbol mexicano, ya que anoche ¡qué pequeño hiciste ver al San Luis, Marcelititito!
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Letras minúsculas
La orla del manto | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
¡Dios me libre, amigo mío, de condenar a los pecadores! ¿No vino Cristo a salvarlos? Si él no condenó a la mujer adúltera, ¿por qué de hacerlo yo?
Pero detengámonos, aunque sólo sea un momento, en esta mujer. ¿Tan infeliz era en su matrimonio que hubo de andar por calles y plazas buscando afecto? Y, sobre todo, ¿tan necesitados de cariño estamos los humanos como para comportarnos así? Pobre mujer, pobre mujer.
Mas no nos engañemos, amigo mío: también los animales, cuando se les ofrece una caricia, quedan desarmados. Piense usted en esos perrotes que se acercan a uno en actitud agresiva: una caricia basta para tenerlos de nuestra parte toda la vida.
“Sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico”, escribió poco antes de morir don José María Cabodevilla (1928-2003), el sacerdote español. ¿Y por qué aclaro que poco antes de morir? Porque estas cosas, amigo, sólo se descubren hasta el final, es decir, al cabo de un largo recorrido.
Hablábamos de la mujer adúltera. Pero, ¿y qué decir de las otras mujeres del evangelio? De la samaritana mejor ni hablemos: había tenido cinco maridos y, cuando Jesús se la encontró un día cabe el brocal de un pozo, andaba ya rompiendo con el sexto. Sí, señor: necesitamos cariño, una caricia, un gesto afectuoso para no desesperar.
Conocí una vez a un anciano que tenía fama de lujurioso. Su mujer lo despreciaba, lo despreció siempre, sin darse cuenta de que, en el fondo, ella era la culpable de los deslices de su marido. ¡Oh, no es lo que usted piensa! Déjeme terminar y comprenderá. Digo que, en el fondo, ella era la culpable porque no tuvo para con su esposo ni el más leve gesto de ternura. Se había casado con él quién sabe por qué, he ahí todo. Le gritaba, lo amenazaba, lo reprendía; y el hombre, que no estaba hecho precisamente de piedra, se puso a buscar caricias aquí y allá, con mujeres desconocidas. Lo que este hombre necesitaba era sentirse querido, y lo que no encontró en su casa fue a buscarlo fuera de ella. Me dijo un día:
-¡Pero yo no soy un lujurioso! Yo lo único que quiero comprobar es que mi cuerpo no causa asco…
Sí, amigo: sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico.
Durante un tiempo me he dedicado a pensar en una mujer que, por lo menos en el evangelio, carece de nombre. Se le conoce como “la hemorroísa”, es decir, como “la mujer de las hemorragias”. Ahora le contaré su historia: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: ‘Con sólo tocar su manto quedaré curada’.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:
“-¿Quién tocó mi manto?
“Sus discípulos le dijeron:
“-¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?
“Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:
“-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Marcos 5, 21-43).
Y así esta mujer desaparece de la Historia sin volver a aparecer en ella nunca más. Y me pregunta usted, amigo, qué tiene que ver la hemorroísa con la mujer adúltera, y yo le digo que mucho: que son almas gemelas, por hablar así.
Esta última padecía constantes flujos de sangre; por lo tanto, para la cultura judía era no sólo una mujer impura, sino una fuente perenne de impureza para quien se acercase a ella; la ley de Moisés era bastante clara a este respecto: “Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura mientras le duren las hemorragias. La cama en que se acueste quedará impura; el asiento en que se siente quedará impuro. El que la toque quedará impuro” (Levítico 15, 25)…
¿Qué es lo que hay que concluir de todo esto? Que la mujer se sentía sucia, impura –legalmente lo era-, repulsiva. ¿A quién podía acercarse que no la rechazara? Y, ¿sabe usted? Ella tenía necesidad de tocar, de utilizar el sentido del tacto y, tímidamente lo usó, alcanzando con sus dedos la orla del manto de Jesús.
Sí, señor: tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados, pues de otra forma nos sentimos muertos. ¡A los muertos no se los toca! Necesitamos que alguien nos diga, tocándonos, que nuestro cuerpo no es repulsivo, ni asqueroso. “El amor verdadero –escribió el novelista italiano Vasco Pratolini (1913-1991) en su Crónica de mi familia– es el de los pobres. Un hombre y una mujer pobres que se casan tienen que poder unir sus dos almas para resistir y darse coraje. Amarse es darse coraje… Un hombre pobre, sumido siempre en la miseria, es más fuerte con una compañera a su lado. Sólo entonces valora plenamente el vigor de sus propios brazos, el significado de su presencia en la tierra, ve con claridad y perspectiva; sus angustias desaparecen con una caricia”.
Espléndido, ¿no le parece? ¡Realmente espléndido, diría yo!
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Destacadas
Lááástima, Zu-ma-yi-ta. Apuntes de Jorge Saldaña.
Morena no le abrió la puerta; El PT le reevendió la entrada.
Culto Público, hijos de “En esta casa creemos en Morena y no entra el huachicol”:
Hay una escena creo que universal de esas que dan risa, lástima y vergüenza al mismo tiempo: esa en la que llega a una fiesta un colado sin invitación.
Pero no el colado con oficio. El otro. El que llega tarde, a la brava, sudado, con invitación comprada al vecino del primo de un amigo.
Lo dejan pasar, sí, pero por la puerta de atrás, la que huele a cocina y fritanga.
Adentro, los anfitriones ya se enteraron. Y sin escándalo, se van.
Eso pasó esta viernes en el WTC de la Ciudad de México con Gerardo Sánchez Zumaya, empresario huasteco que sueña —porque gratis todavía es— con ser gobernador de San Luis Potosí en 2027.
Llegó acá muy bravo, con acarreados, matracas, danzantes (de los de verdad -no sus asesores-) y anunciándose como abanderado de Morena para ser defensor de la Transformación.
Llegó a registrarse “porque si vamos a cumplir” -dijeron todo el día-, pero Morena hizo lo que hacen los anfitriones cuando llega el huelemoles que no estaba en la lista: se levantó de la mesa.
Ariadna Montiel y Citlalli Hernández estaban ahí. Cuando apareció Zumaya, se retiraron. El mensaje no necesitó una foto: ¿me concede este baile? No, señor. Con usted no. Ni por error.
Lo recibió el PT. Solo el PT. Y entonces el que entró bravo, salió como el emoji que aparece cuando uno escribe la palabra payaso.
Conviene recordar quién es Zumaya, porque él prefiere que la memoria pública ande distraída. Es originario de Tanquián de Escobedo, tiene unos 34 años y hace no tanto era un modesto comerciante local de la Huasteca.
Lo que vino después no lo explica en sus reels: en pocos años, su empresa Petrogesa y razones sociales vinculadas a su nombre acumularon contratos con Pemex que, según fuentes documentales, van de cientos a más de mil millones de pesos.
Las cifras bailan, pero la pregunta no: ¿cómo pasa un comerciante regional a contratista petrolero de esa escala en lo que tarda un sexenio en irse?
Sobre él pesan señalamientos por presunto lavado de dinero, facturero, huachicol y operaciones financieras que la UIF tiene documentadas con suficiencia.
La última es una acusación por un delito federal que generó una orden de aprehensión en su contra, y si está libre es porque se amparó. Y aquí conviene decirlo sin confundir a Usted mi Culto Público: un amparo no es absolución, es un paréntesis judicial, una puerta que dice “espere tantito”, no diploma de inocencia.
Eso revisó Morena antes de cerrarle la puerta al Batman de pacotilla. No fue la mano de Gallardo. No fue una conspiración contra el “incómodo” huasteco. Fue el filtro de no cargar perfiles con expedientes abiertos, operaciones sospechosas o vínculos que huelan a gasolina robada antes de empezar campaña.
Los demás aspirantes salieron con constancias de tres logos: Morena, PT y Verde. Zumaya salió con uno. Uno solito. El del partido que, al menos en San Luis Potosí, parece haber confundido la puerta de entrada con una taquilla.
Él dice que es lo mismo, pero no es lo mismo.
En política hay gestos que valen más que mil golpes de boletín:
Sheinbaum vino a San Luis Potosí. Vino a la Universidad Politécnica (que no a la UASLP para que ni se sigan adornando) Abrazó a Ricardo Gallardo, gobernador del Verde, ese mismo Verde al que Zumaya acusa de perseguirlo.
La presidenta abrazó Ricardo. No abrazó al huasteco. Y al día siguiente, en televisión nacional, circuló un reportaje sobre irregularidades atribuidas a Zumaya. Casualidad de agenda, dicen algunos. Sí, cómo no, y yo soy Mickey Mouse.
El mensaje no está cifrado: este perfil no es de nosotros. No lo avalamos. No nos lo carguen. (Rúmbele para Tabasco si quiere)
También está su voz. El audio que circuló de la conversación entre él, el otro huachicolero de Tekmol y el líder informativo de la huasteca, Samuel Roa.
Ese audio no revela a un empresario incomprendido ni a un político perseguido. Revela un tono de mafioso, ese de quienes creen que el dinero y las majaderías arregla todo lo que de la ley estorba y que el poder es herramienta personal antes que responsabilidad pública.
La voz no se ampara. Su postura de verdulera contra verdulera (con perdón de las mismas) los dibujó a los dos de la estatura que tienen.
Zumaya no lo dice, pero se le sale por todos sus orificios: quiere gobernar para cobrar. Para ajustar cuentas. Para convertir el Palacio de Gobierno en ventanilla de revancha. No para resolver el agua, la seguridad, el empleo o la pobreza. Quiere el poder como tribunal personal.
Esa es la razón más peligrosa para querer gobernar. Y es la única que tiene.
Lo malo es que Zumaya no se gobierna ni a sí mismo, y un hombre que no puede gobernar su avaricia, su enojo y su necesidad de revancha, no tiene autoridad moral para pedirle a San Luis Potosí las llaves de la casa.
Y entonces está el PT: el partido que en San Luis Potosí no actuó como partido, sino como revendedor.
Don Beto Anaya puede destituir al delegado potosino mañana. Puede desconocer el registro. Puede lavar la cara nacional del PT con un comunicado de tres párrafos. Lo que no puede deshacer es que su estructura en San Luis Potosí demostró, en un solo acto, que tiene precio y que el precio lo paga cualquiera que llegue con suficiente efectivo y misma desesperación.
El dato duele: el PT solo ronda el cuatro por ciento de votación en el estado. Cuatro. Zumaya presumió entrar a la fiesta de la Transformación por la puerta de un partido que, sin Morena, no llega ni al valet parking.
Al desnudo, Zumaya no es el transformador perseguido. No es el outsider incómodo. No es heredero de ninguna causa noble. Es un hombre con órdenes de aprehensión en suspenso por un amparo, con empresas que deben responder una pregunta básica —¿de dónde salió tanto dinero en tan poco tiempo?— y con un audio de su propia voz que ya lo describió mejor que cualquier columna.
Morena lo dijo sin decirlo. La presidenta lo dijo abrazando a otro. El reportaje nacional lo dijo con cifras y fechas. La constancia con un solo logo lo dijo en silencio. Los aspirantes que sí cargaron los tres emblemas lo dijeron con su sola presencia: Zumaya no es la 4T, es un “come cuando hay” de los que Sheinbaum se está sacudiendo. Igual que a los Rochas Moyas, los Andys, los Adanes y, sí…los Zumayitas.
Yo soy Jorge Saldaña.
Bonus: El registro morenista se cerró a las 12 de la noche de ayer. Los lugares eran seis y se anunciaron cuatro. Faltan dos. Un hombre y una mujer, que se pudieron registrar ya tarde y sin hacer ruido…(Se la dejo de tarea)
Deportes
El otro partido | Crónica de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay partidos que se compran con meses de anticipación. Otros se planean durante años. Y existen algunos que aparecen de pronto, casi por accidente, pero terminan convirtiéndose en recuerdos imborrables. El encuentro entre Corea del Sur y Sudáfrica durante la tercera jornada del Mundial de 2026 fue exactamente eso: el otro partido, el partido espejo, el que ocurre mientras el anfitrión se juega la vida en otro estadio.
Desde hace muchos mundiales existía una pregunta recurrente en mi cabeza: ¿cómo sería asistir precisamente a ese encuentro? Al partido que comparte horario con la selección local, al estadio que no tiene los reflectores principales, al escenario donde miles de aficionados llevan un ojo en la cancha y el otro en los teléfonos, las pantallas o los altavoces. ¿Cómo se vive un Mundial desde el lugar donde las noticias llegan desde otro estadio? Y peor aún, no solo al partido donde no está jugando el anfitrión, sino donde mi país es el anfitrión y yo estaría sentado en el estadio de la otra ciudad, en el otro partido.
La respuesta llegó en una tarde que terminó siendo mucho más especial de lo imaginado.
Mientras México disputaba su compromiso frente a República Checa en el Estadio Ciudad de México, en Monterrey el duelo entre Corea del Sur y Sudáfrica se convirtió en una especie de reflejo emocional de lo que ocurría a cientos de kilómetros de distancia. Los dos partidos estaban unidos por el reglamento, por la simultaneidad y por la incertidumbre.
Lo que sucedía en uno podía modificar el ambiente del otro.
Por momentos, el balón dejaba de ser protagonista. Las miradas se dirigían a las pantallas, a las aplicaciones de resultados o a cualquier señal que indicara qué estaba ocurriendo en el encuentro de México. Cada anotación en el Estadio Ciudad de México recorría las tribunas como una ola invisible. Primero llegaba el rumor, después la confirmación y finalmente la reacción colectiva.
El gol de México no se gritó en ese estadio como se hace en el inmueble del anfitrión. Se celebró de otra manera: con sorpresa, con abrazos entre desconocidos, con teléfonos levantados y con la sensación de estar viviendo dos partidos al mismo tiempo.
Y quizá ahí radique la grandeza de un Mundial.
Porque el Corea del Sur contra Sudáfrica dejó de ser únicamente un partido entre dos selecciones. Se convirtió en el espejo del México contra República Checa. Cada jugada propia convivía con las noticias del otro estadio. Cada pausa era una oportunidad para buscar una actualización. Cada gol del anfitrión modificaba el estado de ánimo de miles de personas que, técnicamente, estaban viendo otro encuentro.
Durante años existió la curiosidad de saber cómo se sentía asistir precisamente a ese partido: el de la tercera jornada, el del mismo horario, el que acompaña el destino del anfitrión. Y la respuesta terminó siendo mucho más emotiva de lo esperado.
No existe la indiferencia en un Mundial. Incluso el encuentro aparentemente secundario termina formando parte de una historia mayor. Corea del Sur y Sudáfrica disputaron sus propios puntos, sus propias aspiraciones y sus propios noventa minutos. Pero alrededor de ellos se desarrolló también otra experiencia: la de miles de aficionados viviendo simultáneamente el drama de México.
Quizá el verdadero protagonista de aquella tarde no fue el marcador ni el resultado final. Fue esa sensación única de compartir dos estadios a la vez. De escuchar un gol que ocurrió lejos y sentirlo tan cerca como si hubiera sucedido frente a los propios ojos.
Porque en las Copas del Mundo existen partidos importantes. Y luego están esos otros encuentros que, sin proponérselo, terminan contando una historia mucho más grande que el propio fútbol.
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