noviembre 2, 2026

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#4 Tiempos

La mirada como problema | Columna de Juan Jesús Priego

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Dijo una vez Juan Goytisolo (1931-2017) que el mejor lugar para hacer filosofía era la estación de trenes. Yo también lo creo así, a condición de que el tren nos lleve lo suficientemente lejos como para producir en nosotros esa tristeza un tanto metafísica que conocemos con el nombre de nostalgia, ya que es comúnmente en los confines donde solemos los hombres hacernos las preguntas verdaderas: «¿Se acordarán siempre de mí los que dicen quererme, o me olvidarán pronto?, ¿qué es la memoria, qué es el olvido, qué es la muerte?».

Según François Mauriac (1885-1970), el famoso novelista francés, «un viaje en ferrocarril es un retiro forzado que nos obliga a meditar sobre nuestro destino» (Fuego oculto).

Antes de nuestra partida no nos hacíamos estas preguntas porque creíamos -¡oh insensatos!- conocer las respuestas. ¡Todo era antes tan natural, tan obvio! Pero ahora es diferente: ahora es el momento de la ausencia.

En efecto, hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para abrazar, y un tiempo para soltar; un tiempo para estar juntos, y un tiempo para separarse; un tiempo para danzar, y un tiempo para sentarse…

Y bien, sí, hay que sellar el pasaporte, pues se hace tarde. Una señorita vestida de azul, amable porque se queda donde está, nos conmina a entregarle nuestras valijas. «¿Nos volveremos a ver?». Nadie lo sabe, pero ésta es una pregunta que debe hacerse uno de todos modos. En todo viajero hay un filósofo escondido, es decir, un hombre que se ha convertido en un serio problema para sí mismo.

A mí, por ejemplo, cuando tuve que vivir tres años lejos y solo en un país europeo, la pregunta que más inquietó mi espíritu fue el de la mirada. Por decir así, la mirada de los otros fue para mí durante todo ese tiempo un problema filosófico verdaderamente serio.

Lo diré de otra manera: lo que me preocupó no fue tanto la mirada, cuanto la casi total ausencia de ella.

Por un momento llegué a pensar que en Roma, ciudad en la que viví, no se veía a los extranjeros, y que Italia, en general, estaba habitada por personas más o menos xenófobas, como hoy se las llama. Pero ahora me doy cuenta que al pensar eso fui demasiado injusto con Italia y los italianos. En realidad, no es que en Roma no se vea a los extranjeros; es que en cualquier ciudad del mundo, ya sea italiana, inglesa, portuguesa o mexicana, las personas casi no se ven las unas a las otras. Todos caminan de prisa, mirando hacia otra parte e ignorando a los demás.

Recientemente se han escrito centenares de libros para denunciar la extrema vigilancia que es ejercida por el poder económico sobre los ciudadanos del mundo entero; todo lo que éstos realizan deja un rastro que tanto el poder político como el poder económico hacen todo por seguir.

Los sitios web que visitamos, los productos que compramos con nuestras tarjetas de crédito, los movimientos que ejecutamos en los bancos y en los grandes establecimientos: todo es registrado, almacenado y utilizado por espías cibernéticos con una precisión casi diabólica. Todo un mundo de comerciantes nos vigila para vendernos algo y hacerse luego con nuestro dinero.

¿Por qué recibió usted ayer, por ejemplo, esa llamada telefónica de la empresa X, si usted nunca ha tenido nada que ver con ella? Ah, porque otra empresa –con la que usted sí tuvo algo que ver hace dos años- le compró la información a aquélla… Sí, estamos más vigilados de lo que creemos; somos menos anónimos de lo que parecemos…

Sin embargo, pocos, muy pocos gritos se escuchan para denunciar la situación de que cada vez nos miremos menos los unos a los otros y que el mundo se esté convirtiendo en un desierto en el que la mirada está a punto de desaparecer.

Paul Virilio, el filósofo francés, habla de «la muerte de la mirada» para referirse a este desinterés por el otro que consiste llanamente en no reparar en él.

En uno de sus libros más profundos (Mundo y persona, 1939) Romano Guardini dejó escrita esta frase digna de reposada meditación: «Cuando Dios me ve no es como cuando un hombre mira a otro hombre, es decir, como un ser concluso ve a otro ser concluso, sino que el ver de Dios me crea a mí».

La mirada de Dios, dice Guardini, es profundamente creadora: existimos sólo porque Dios nos mira: vivimos de su mirada; si Dios dejara de vernos aunque sólo fuera un segundo, caeríamos irremediablemente a la nada de la que salimos.

«¿Qué hay en el mirar humano que disipa la angustia? –se preguntaba asombrado Eugenio d’Ors (1881-1954)-. Cualquier cambio de mirada entre los hombres es ya un principio de pacto. El lento paseo de unos ojos sobre un objeto, define ya el objeto y, en cierto sentido, lo enraíza».

En un cierto sentido también, el otro –el prójimo-, al igual que Dios, cuando me ve, me crea, me ancla en el ser. Existir es ocupar un lugar en el espacio de una pupila. Y, así, cuando alguien pasa a nuestro lado sin vernos es como si no existiéramos para él. Desde este punto de vista, ignorar es matar; es realizar lo contrario de Dios: una labor de satanismo.

«Tú, además –hace decir François Mauriac a uno de los personajes de Nudo de víboras, esa novela imprescindible-, tenías la insolencia de no mirar a los otros, que es una forma elegante de suprimirlos».

¡Qué diferencia, en cambio, cuando el otro –cuyo destino se unió al mío aunque sólo fuera por unos momentos- nos mira con atención y simpatía!

Entonces nos sentimos vivos y experimentamos la solidez existencial, pues es como si hubiéramos sido rescatados de una lejanía infinita, de un olvido.

Mirar al otro, detener en él nuestra mirada es hacer como Dios; es, en cierto modo, parecerse a Él y realizar una acción de dimensiones casi divinas.

Lee también: ¡No te quejes! | Columna de Juan Jesús Priego

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

También lee: Gallardo renueva transporte público urbano

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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