agosto 9, 2022

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#4 Tiempos

La historia de Juan | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Conozco a Juan desde hace mucho, desde el tiempo en que éramos vecinos de banco en la preparatoria y estudiábamos juntos por las tardes en el mismo equipo.

Juan. Lo recuerdo con la mirada siempre fija en la lejanía o inclinado ante la página de un libro abierto por la mitad. Hace treinta y cinco años –¡treinta y cinco años ya!- usaba unas gafas gruesas y verdes que lo hacían parecer más viejo de lo que era, y aunque hoy usa unos lentes más delgados y finos y luce más juvenil que hace dos décadas , sigue siendo el mismo Juan.

En aquel entonces caminaba por los pasillos del colegio siempre pegado a la pared, como si no quisiera robar espacio a los demás o necesitase apoyarse en algo para no caer.

Nunca aceptaba nada. Cuando, por ejemplo, lo invitábamos a comer o a cenar, él siempre se sentía en la obligación de pagar la cuenta, y si uno de nosotros le rogaba que no lo hiciera, él se removía en su silla, visiblemente angustiado. Más de una vez, fingiendo tener que ir al baño, se dirigió a la caja para tomarnos la delantera y pagar la cuenta. Los que no lo estimaban se aprovechaban de él, diciéndose entre ellos: «¿Invitamos a Juan para que pague él?»; los que lo estimábamos habíamos dejado de invitarlo a nuestras reuniones por dos motivos: primero, porque sabíamos que no era rico y nuestras invitaciones le eran gravosas, y, segundo, porque no queríamos apenarlo innecesariamente: nos daban lástima sus gestos de tímido, su cara de huérfano.

Una vez, por su cumpleaños, le regalé un libro cuyo título no recuerdo ahora. Quizá era El Principito, aunque no estoy muy seguro. Pues bien, al día siguiente fue a dejar a mi casa un libro todavía más caro y más gordo que el que yo le había obsequiado el día anterior diciendo que desde hacía tiempo había pensado llevármelo a la escuela, pero que no lo había hecho por puro descuido de su parte. «Siempre se me olvidaba meterlo en la mochila», me dijo bajando la voz y cerrando los ojos, cual si estuviera pidiéndome perdón. En otras palabras, con él no había remedio.

Un personaje del mundo novelístico de Flannery O’Connor (1925-1964), la escritora norteamericana, era exactamente como Juan: «Después de cada comida buscaba en el bolsillo un pedazo de lápiz y escribía una cifra: aquella que, según él, costaba la comida. A su tiempo restituiría la suma entera». Juan la restituiría pagando a su vez en la próxima reunión.

Por aquellos días, según nos enteramos, Juan tuvo una novia. ¿Le parece a usted extraño? A nosotros, crueles con la crueldad de la juventud, el hecho no sólo nos pareció insólito, sino incluso ridículo. ¿Juan una novia? Sí, y tanto la quería que diariamente le compraba un pequeño ramo de rosas. Y no sólo eso, sino que además la llevaba al cine, o a alguna plaza comercial para invitarle un helado. ¿Todos los días, todos los días? Sí. «Esto acabará mal», sentenciamos en coro sus amigos. Y así sucedió, en efecto, porque cuando, sacando cuentas, vio Juan que aquella relación lo tenía a un paso de la depresión económica, de la ruina financiera, decidió sencillamente terminarla.

La novia, claro está, ni siquiera lo buscó para decirle lo que suele decirse en tales circunstancias, a saber, que volvieran otra vez, que no le importaba recibir cosas, que con regalos o sin ellos ella lo quería lo mismo, o cosas así, sino que simplemente desapareció de su vida como desaparece una cucaracha por el resquicio de una puerta.

Y entonces, claro está, la depresión económica de Juan adquirió también un sesgo marcadamente psicológico que lo dejó al borde del suicidio. «¿Por qué nadie me quiere, por qué nadie quiere quererme?», nos preguntaba a sus amigos, que lo único que hacíamos era darle inofensivas palmaditas en la espalda.

Hoy, sin embargo, sí sabría explicar por qué la cosa tenía que acabar mal: porque el amor es un intercambio en el que se da y se recibe al mismo tiempo, y Juan nunca recibió nada a cambio de lo que daba. Él era el que tenía siempre que hablar, que invitar, que insistir. ¿Y qué recibía en compensación? Ya lo sabe el lector: nada. Como me dijo una vez un hombre de campo, hay quienes gustan de usar sólo el azadón, y cuando tienen que usar la pala se escabullen. La novia de Juan pertenecía, evidentemente, a esta raza malévola.

«Amar –dice Erich Fromm repetidamente en uno de sus libros- es esencialmente dar, no recibir». Sí, y, sin embargo, el que nunca recibe termina cansándose de no ser sino el que siempre da. ¡También a él, alguna vez, le gustaría que le dieran algo! Como dijo Benedicto XVI en Dios es amor, su primera encíclica, «el hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).

Es más, según Anselm Grün, famoso monje benedictino y autor de innumerables libros de espiritualidad, uno de los enemigos de la amistad y del amor es la tentación de estarle siempre dando cosas al otro. «El exceso de favores –escribió una vez- debilita la amistad en lugar de fortalecerla. Hay, efectivamente, personas que regalan muchas cosas a sus amigos. Esto lleva a que el amigo sienta que el otro quiere comprar su amistad. Es verdad que puede reprimir este sentimiento, pero, en seguida, el sentimiento reprimido se transforma en agresividad y, finalmente, conduce al endurecimiento». En otras palabras: los roles acaban consolidándose y el que recibe ya nunca quiere dar; y, así, si el otro esperaba algo a cambio de lo que daba –una palabra de afecto, una declaración de cariño- se queda lindamente con un palmo de narices.

¿Es esto es lo que había pasado con Juan? Tal vez. Pero ojalá haya aprendido la lección, y en su próximo noviazgo –en el caso de que lo haya, aunque ya sea preocupantemente tardío- confíe más en sí mismo y menos en el valor de sus regalos.

(Posdata: ayer vi a Juan en la calle; llevaba sus gafas modernas y, en las manos, una caja de chocolates. Iba, además, muy sonriente. Ojalá no se trate de lo que estoy pensando…).

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#4 Tiempos

Las cuatro películas más crudas de Felipe Cazals | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO

 

Canoa (1976). Película cruda y aséptica que nos relata los hechos de manera documental, un narrador aparece hablándole a la cámara varias veces durante el metraje para advertir y poner al espectador en situación de como un pueblo campesino y analfabeto fue manipulado y azuzado por el cura Enrique Meza Pérez, quien en plena efervescencia anticomunista de la década de los 60, inventó un complot contra seis excursionistas, empleados de la Universidad Autónoma de Puebla, que termina con el linchamiento de cuatro de ellos y del campesino que los hospedó. El cura acusó a los universitarios de ser comunistas y de que quemarían las cosechas y violarían a las mujeres del pueblo. La excelente película de Cazals, sigue aún vigente, y es un claro ejemplo de cómo las religiones se aprovechan de la ignorancia de las personas para crear seres manipulables, fanáticos a los que controlar a su antojo.

Las Poquianchis (1976)  Cazals retrata el martirio que las hermanas María y Adelina deben vivir luego de que su padre, un campesino que vive en la pobreza, prácticamente las venda a Las Poquianchis. Así, tras ser engañadas con una oferta de trabajo, ambas serán obligadas a prostituirse, pero no sólo esto, sino que prácticamente serán rehenes, junto con varias decenas de mujeres más, que día a día deben luchar por su vida, ya que todas ellas viven en un prostíbulo con las mínimas condiciones sanitarias, lo cual les causará variadas enfermedades y trastornos. Conforme la trama avanza se nos presentará no sólo el cómo las dos jovencitas acceden poco a poco a prostituirse, sino que también pasarán a convertirse de víctimas a criminales. Basándose en la historia real, Cazals entrega un producto duro y revelador en su contenido; grotesco, sórdido y perturbador.

El Apando (1976) Desde su comienzo hasta su final, la película es agría, dura desesperanzadora, oscura.

Basado en un relato corto de José Revueltas después de sus experiencias en la cárcel por aquellos años de represión mexicana durante la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz. El apando conforma uno de estos títulos de esa filmografía silenciada por años, que expone circunstancias reprobatorias acerca del sistema penitenciario mexicano y el atropello de los derechos humanos, para ese momento. Desde el Palacio Negro de Lecumberri, en el cual los convictos se valían de artimañas para la intromisión y consumo de drogas al penal bajo la corrupción ahí establecida por custodios y los altos mandos. El espectador descubre, el apando, la celda de castigo, un minúsculo espacio que padecen en condiciones extremas, como medida aleccionadora y de correctivo, los reclusos que incurrían en graves faltas.

Los Motivos de Luz (1985) Tomando como punto de partida el interrogatorio al que es sometida Elvira Luz Cruz, para aclarar las circunstancias y los motivos que presuntamente la llevaron a estrangular a sus cuatro hijos, el director mexicano Felipe Cazals desarrolla un filme desgarrador basado en el caso real de esta mujer doblemente enjuiciada; por un lado por las autoridades y por el otro por un sector de la sociedad en franca descomposición. Felipe Cazals captura una realidad lacerante, una situación que prevalece hasta nuestros días, la mezcla entre la pobreza extrema y el espiral de violencia y corrupción que ensombrece a nuestro país.

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#4 Tiempos

Epidemia de empatitis | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Increíble y grave la cantidad de empates en la Liga Mx.

Tomando en cuenta que llevamos 6 jornadas (prácticamente) completas hasta el momento, el número de empates es de preocupar.

Chivas y Pumas son los más graves, 5 empates en 6 partidos. El caso de Chivas es aún peor, ya que solo ha celebrado 3 anotaciones, que los hacen estar entre las peores ofensivas de la historia del club. Por su parte, los universitarios la llevan mal pero su condición de invictos hace que el problema se diluya un poco, sumado a su decente cantidad de goles anotados (7 tantos).

Pero el problema no es solo de eso dos: Puebla, Juárez y San Luis, tienen 4 empates en las 6 jornadas disputadas. Curiosa estadística que nos arroja tan solo a 4 equipos con un handicap favorable de victorias: Tigres, Monterrey, Toluca y Tijuana, los únicos equipos con por lo menos 3 partidos ganados. Del otro lado, Querétaro, Mazatlán y Chivas, no saben qué es lograr 3 puntos en una jornada, y a como van las cosas, ni Gallos ni Chivas parecen muy animados a hacerlo.

El panorama es complejo, la empatitis va a cobrar algunas víctimas pronto, y mientras hay equipos que parece h a sido más mala suerte que mal funcionamiento, otros es seguro que no saben cuál va a ser su cura.

San Luis, que nos importa a nosotros, es uno de esos equipos que simplemente no ha encontrado el gol, un equipo que se defiende bien, que ataca bien, pero que no concreta frente al marco: postes, atajadas y errores han sido la constante en el ataque potosino, sin embargo hay luz al final del túnel, de alguna manera parece que el equipo puede sumar de a tres en los próximos partidos, repito, no se juega mal, el equipo funciona, solo hace falta ser más certeros.

Como apunte final, sigo sin entender a la gente que pide a Vitinho (jugador que aún no ha marcado diferencia en el marcador) o a Sambueza de titulares. Ni el argentino ni el brasileño son goleadores, y meterlos al campo es sacrificar a buenos elementos como Waller, Sanabria, Dourado o Iniestra. Soy de la idea de que los equipos deben armarse de atrás para adelante, lo importante es que no te anoten gol, después llevar el balón por la cancha, para terminar las jugadas, hasta aquí, bien, ahora solo falta terminarlas con gol, y ni Vitinho ni Sambueza son especialistas en eso. Solo así el equipo saldrá del limbo de la epidemia de empatitis de la Liga Mx.

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#4 Tiempos

Monólogo del archivista | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

¿Podría decirme la hora, estimado señor? Créame que lamento mucho tener que molestarlo. ¿Las cuatro y quince? Lo sospechaba. Quiero decir que sospechaba ya que eran más de las cuatro. Lo supuse por el color del cielo. En invierno, pasadas las cuatro, el cielo suele adquirir este tono grisáceo que, para decirlo de una vez, siempre me ha resultado deprimente.

¿Espera desde hace mucho el autobús? ¿Quince minutos, dice usted? Esto quiere decir que, si tenemos suerte, el siguiente pasará pronto. ¡Eso espero! ¿Y no se ha puesto a pensar nunca en cómo se nos va la vida: tan callando, como dice el poeta? «¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Dime: ¿has visto las pisadas de los días?». Así escribió don Francisco de Quevedo y Villegas en el libro de sus Sueños. ¡Ah, señor, esto es poesía en estado puro! Pero no; seamos sinceros: no examinamos casi nunca el valor del tiempo, y si juntáramos nuestros minutos perdidos, es decir, todos los instantes que se nos han robado en espera como éstas a lo largo de la vida, es casi seguro, estimado señor, que nos llevaríamos un susto.

No, de ninguna manera es usted indiscreto al preguntarme acerca de mi profesión. Soy archivista. Esto quiere decir que un día hago una cosa y otro día otra. Por ejemplo, una mañana recorto artículos de periódico, los agrupo según cierta unidad temática y por último los guardo en unas cajas amarillas que más tarde –cada medio año, según mis cálculos- un conserje recoge para llevarlas a quemar. La mañana siguiente, en cambio…

¿Que por qué recorto entonces todos esos artículos? En realidad, no lo sé. Supongo que para eso me pagan, después de todo. ¡Sin embargo, imagine usted lo que pasaría si conserváramos para siempre todos esos papeles que tan pronto como uno los recorta empiezan a ponerse amarillos! Esto llevo haciéndolo desde hace veinticinco años, estimado señor. ¿Le parecen demasiados? A mí también.

Si no le parece inoportuno o fuera de lugar, permítame leerle un párrafo del libro que durante esta semana a andado conmigo adondequiera que voy. Se trata de una fina observación psicológica que, por decir así, ha acabado por quitarme la venda de los ojos. Pero antes debo ponerlo en contexto, como suele decirse. Bien, el contexto es éste: un hombre acaba de llegar a una cárcel siberiana y, al recoger sus primeras impresiones acerca de los trabajos que son forzados a realizar los prisioneros de aquel lugar, hace la siguiente digresión; escúchela usted. «En cuanto a los trabajos, me parecen menos penosos por su dureza que por el hecho de ser impuestos… Nuestros campesinos trabajan mucho más; algunos, sobre todo en verano, trabajan durante la noche; pero se fatigaban por su propia cuenta, en su interés, y por eso se cansaban infinitamente menos que el forzado, el cual realiza un trabajo impuesto y absolutamente inútil para él.

»Un día se me ocurrió la idea de que si quisiera aniquilar a un hombre, destrozarlo moralmente y castigarlo de manera implacable, bastaría dar a su trabajo un carácter de absoluta inutilidad, haciendo que resultara absurdo. Si, por ejemplo, se le obligara a trasladar agua de un tonel a otro, y de este otra vez al primero, o a triturar arena, o llevar montones de tierra de un sitio a otro para volver a transportarlo después al lugar en el que estaba al principio, estoy persuadido de que al cabo de unos días se ahorcaría o cometería infinidad de atrocidades con el fin de merecer la muerte y escapar a tal bajeza, a semejante vergüenza y tormento».

Estaba seguro, estimado señor, que le interesaría. Es una página esplendida, ¿no le parece? Mire usted cómo y de qué manera he subrayado párrafos y más párrafos a lo largo del libro. A que no adivina usted quién lo escribió. Nada menos que Fedor Dostoievsky. Se trata de un pasaje de La casa de los muertos. ¡Qué gran escritor fue este hombre! Todos los problemas filosóficos verdaderamente serios fueron ya planteados en sus novelas. Si quiere usted aprender filosofía, estimado señor, no lea usted a Bertrand Russell; lea a Dostoievsky.

¿Y no le parece que estas observaciones suyas acerca de los trabajos forzados no son sólo atinadas sino incluso aterradoras? En efecto, si quiere usted matar a un hombre, póngalo todo el día a hacer cosas intrascendentes. Si quiere usted hacerle estallar los nervios, póngalo a ejecutar tareas que no le interesan en modo alguno y a las que nos les encuentra ninguna utilidad. Es el caso de muchos oficinistas de nuestra ciudad. En resumen, es mi caso. Porque sé a dónde irán a parar mis recortes de periódico, así como los innumerables papeles que un día sí y otro no me veo en el deber de catalogar.

Créame, estimado señor: si hoy vivimos en la era de la depresión, como se la llama, no es más que por eso. Quiero decir, no porque vivamos de prisa –aunque también esto tenga que ver no poco con este malestar que de pronto se ha apoderado de nuestra civilización-, sino porque no encontramos sentido a nuestro diario ajetreo: porque nos vemos en el deber de ocuparnos durante demasiado tiempo de cosas a las que no les vemos la utilidad desde ninguna perspectiva. Véanos usted, estimado señor, véanos usted. Estamos destrozados de los nervios, estamos rotos. ¡Ah, si tuviéramos tiempo para realizar aquello que nos conmueve, y sólo para eso! Por lo demás, observe usted las plantas: ¿crecen por ventura flores en el desierto o tunas en las selvas profundas? Cada fruto requiere el ambiente que le es más propicio, y lo que decimos de los frutos es preciso decirlo igualmente de las almas. ¡Pero qué me dice usted! ¡No sabía que usted también perteneciera al gremio de los míos, a la raza de los infelices! En ese caso, olvide lo que he dicho. Haga usted como si no hubiera escuchado nada, entierre mis palabras en ese cementerio que debe ser su cansado corazón.

¡Vaya! Veo que finalmente aparece nuestro autobús. Ya era tiempo, ¿no le parece? Deme el brazo, estimado señor. La grada es alta. No se vaya a caer. Pues sin nosotros, ¿qué sería de la organización, después de todo?

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