enero 19, 2022

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#Si Sostenido

La divina gracia de abrir puertas | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Los cerrajeros pertenecen, con los mecánicos, los vulcanizadores, los médicos y los abogados, al conjunto de oficios que se ganan la vida sacando de apuros a las personas. A todos nos ha pasado que, por una razón o por otra, no podemos abrir una puerta, porque se nos pierden o se nos olvidan las mugres llaves. Con inocencia intentamos forzar inútilmente la cerradura hasta que, con resignación se solicita la intervención del especialista que, empleando unos fierritos con artes misteriosas, convence al cerraje de abrirse. Tan útil es que se nos abra una puerta, que decidí, querido y culto público de La Orquesta, dedicar esta columna a los cerrajeros, a las puertas y al dilema de abrirlas o cerrarlas.

Primero, para valorar aun más a quienes abren puertas, le sugiero empezar por las antípodas de la cerrajería, es decir por aquellos especialistas en impedir el paso. Los más comunes: policías, secretarias o ventanillas que le preguntan a uno la razón por la que se visita un lugar. Cuando se desea ingresar a un lugar se requiere del visto bueno del portero, luego se pasa a escribir en un diario el nombre, la fecha, la hora y el “asunto”. Hoy día ya no se puede visitar un lugar (aunque sea público) nada más porque a uno le dio la gana y sin una buena excusa. La burocracia moderna organiza la obstaculización del espacio en círculos concéntricos, como un infierno dantesco: después del portero siguen ventanillas, escritorios, señoritas, asistentes, auxiliares, encargados de despacho, cuya principal función es la de obstaculizar lo más posible el acceso a los funcionarios que pueden solucionar los problemas.

La sistematización de la atención al público es llevar el infierno burocrático a otro nivel. Consiste en que, en vez de cerrar la puerta, el “sistema” ingresa a un ciudadano, derechohabiente o usuario a un laberinto angustiante para convencerlo de que su problema no tiene solución. Se marca un número telefónico, responde una máquina parlante que ofrece opciones y más opciones dentro de las opciones que no llevan a ningún lugar, hasta que el usuario cansado de ingresar los 16 dígitos de su cuenta y sin cabellos qué arrancarse, cobra consciencia de que la única solución posible es aceptar a Dios como el salvador de su alma miserable.

Culto público de La Orquesta, hay otra clase de obstáculos modernos que se han inventado para impedir el ingreso a los nuevos espacios residenciales, cuyo sistema se basa en la discriminación, el clasismo y el racismo con tan poco apego a la Constitución, que lo dejaré para otra columna. También cabrían aquí, los hoteles que impiden el disfrute de las playas nacionales y esos grupos amafiados de artistas, deportistas o académicos que cierran las puertas desde dentro de las instituciones para impedir el acceso de los demás: efectivamente, los cotos en la vida pública son miserables.

Consideremos ahora que, los próceres fueron esa clase de personas que lograron abrir puertas no solo para ellos, sino para todos los demás. Así me da por pensar en don Ponciano Arriaga, quien abrió las puertas de la justicia proponiendo el derecho de amparo, en don José María Morelos quién nos abrió la puerta de este lugar que hoy seguimos llamando “Nuestra Nación”. En Francisco I. Madero y en todos aquellos que abrieron las puertas de la democracia.

Cristóbal Colón, ese navegante genovés, abrió las puertas más grandes del mundo, las del Océano Atlántico y con ese suceso histórico que inició un 3 de agosto en el puerto de Palos y terminó el 12 de octubre de 1492 en las actuales Bahamas, recordamos y celebramos que nos conocimos y reconocimos las naciones de aquí y las de allá, con heridas profundas y dolores (como el esclavismo y la colonia) pero también con gozos y bienes muchos. Tenga usted un feliz día del encuentro de dos mundos como lo llamó el Dr. Miguel León Portilla o de la invención de América como lo cuestionó Edmundo O’Gorman.

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Playa | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Merecíamos viajar de otra forma, estar juntos y no lejos. Mientras dure esta locura quiero estar contigo.

Hay personas que piensan que volar es un asunto muy sencillo, yo pienso que es un asunto extraordinario. En mi casa, volar era un asunto serio.

Caminábamos por la carretera en el desierto de Sonora, a un costado del Mar de Cortez. Para mí el calor nunca ha sido problema, por el contrario, suelo celebrarlo.

Mientras se hacía de tarde y los niños jugaban futbol en la playa paramos en un puesto que vendía pescado frito. Nos comimos nuestros buenos ejemplares y de a poco la celebración del sol mostraba sus efectos. Puse la mirada en las burbujas que deja la cerveza sobre los bordes del vaso, estas reventaban según me perdía en una suerte de hipnosis provocada por el golpe de calor.

La señora del puesto de pescados llamó a los niños a cenar. Dejaron la pelota para jugar con nosotros. Tiraban de mi ropa y se correteaban alrededor de nuestra mesa. Gritaban y se divertían con la presencia de unos extraños, acorralando el momento de que llegara la cena servida.

Luego se hizo de noche y yo ya me había bebido unos ocho o diez vasos de cerveza. Me levanté al baño, es decir, a la playa. T una vez me dijo en Mazatlán que uno tiene permitido mearse dentro del mar. La diferencia con Guaymas, Sonora, es que para mearse dentro del mar hay que espabilarse y soportar las frías aguas del angosto y silencioso Golfo de California, a diferencia de Mazatlán donde la fuerza del Pacífico Norte genera un buen oleaje y una temperatura deliciosamente templada, factores que, por otro lado, ayudan a disimular frente a la demás gente el calor de los meados esparcidos en el agua.

No quería que los niños me vieran orinar, ni mucho menos faltar al honor de la familia que tan bien nos había recibido en su puesto de pescados, pero tampoco estaba dispuesto a mojarme. Así que caminé sobre la playa hasta alejarme lo suficiente y perderme de la vista del puesto.

Al volver, todos los puestos de comida se habían cubierto de un velo oscuro. Cada que se me hace de noche en la playa me siento en la obligación de recordar a T aunque yo ya no lo quiera, y a sentir algo que ya no siento. El rumor de su voz crece en el silencio, como gotas de agua que escurren de una llave rota en medio de la noche, pequeños golpes casi inaudibles que en conjunto se vuelven un prolongado fastidio.

Es como si gracias a ella hubiera conocido el mar, y no a esa ocasión cuando a los 8 años fui a pescar con mis tíos a Nayarit. Todas mis memorias acerca del mar se remiten a mi único encuentro con T.

Si todo esto se tratara de un libro único, no dejaría de escribir interrogantes existenciales en torno al mar y a la persona que aparece frente a ti para mostrártelo de forma diferente a como lo veías antes.

A menudo chapoteamos tranquilos desde una tierna infancia, dentro de la pequeña piscina de nuestras más afianzadas comodidades. Luego, sin avisar, llega alguien a sacarte del chapoteadero para llevarte a nadar a las heladas aguas del cálculo adulto. Entonces todo se estropea, y no importa una mierda que hayas aprendido a asearte como los osos en medio del verano, o que conozcas el bosque como la palma de tu mano. Ahora todo se trata de saber nadar.

Si volar es extraordinario para unos, nadar es imposible para otros.

Puede que todo este asunto del mar o de ella tenga que ver con el propósito sexual de la gratificación narcisista. El dominio que uno tiene sobre el terreno del otro. Acaso pensarlo responde a un entendimiento más práctico, aunque no por ello menos frío.

Por lo demás, puedo decir que la calle o el monte ha sido lo que me ha salvado antes, y lo que pueda salvarme ahora; y volar me siga pareciendo increíble. Aunque, a qué negar, que nada pueda compararse con la inmensidad del mar. Algunas veces hay que meterse a nadar dentro del oleaje, o a jugar en el gran chapoteadero del mundo, como según se le vea.

Al llegar al puesto escuché poco ruido. Cuchicheando, la familia de los pescados fritos guardaba los utensilios en bolsas de mimbre. Los niños dormían, rendidos en los hombros de un hombre fornido que cuidaba de su sueño, supongo que se trataba del padre.

Agradecí, pagamos y nos fuimos. En el camino, ella me explicaba lo agradable que es volver a casa de noche caminando sobre la playa, después de haber pasado el día celebrado el calor de Sonora.

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Filosofía para qué | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Ahora que nos encontramos justo en la antesala de los universos virtuales, se podría calcular que las actuales redes sociales son tres cuartas partes hate u odio. La UNICEF ha informado que, en los tiempos de covid-19, la participación en redes sociales se incrementó un 61%, con el consecuente aumento en las agresiones digitales: prácticamente no existe persona que, ante la exposición de imágenes o comentarios no haya sufrido comentarios hirientes por parte de su propio círculo de amistades virtuales y créame que no hay explicaciones para las causas de este fenómeno, personas expertas piensan que simplemente es porque así somos los seres humanos. Yo quiero proponer aquí una hipótesis: El hate se debe a la convergencia de dos tendencias, por un lado, algo que es muy fácil de observar: se ha generado una gran facilidad de opinión (la democratización de las redes) y por otro, algo que es muy difícil de reconocer, la falta de argumentos que casi todos padecemos.

Métase como espectador a una discusión en redes sociales y verá las ganas que dan de decirle a alguno de los participantes lo muy ignorante, estúpido, animal, baboso y bestia infinita que es y de paso a su progenitora que debió ser incapaz de tomar ácido fólico durante el embarazo. Ese es el nivel de cualquier discusión, no importa el tema. Esas discusiones se ganan insultando a desconocidos, profiriendo maldiciones como si se estuviera corriendo chamucos de la casa y yo pienso que se debe a una enorme falta de argumentos.

Ahora bien ¿a qué se debe esa falta de argumentos? ¿de dónde debimos obtenerlos? Yo pienso, estimado y culto público de La Orquesta, que esos argumentos provienen de la filosofía. Desde hace décadas, la tendencia educativa ha sido marginar las materias filosóficas de los planes de estudio como lógica, ética o estética, esos temas fueron erradicados de la currícula de varias carreras y de los estudios de bachillerato, bajo el argumento creciente en popularidad de que estas materias no ofrecen ninguna utilidad práctica.

Así como las matemáticas sirven para que a uno no lo hagan menso con el cambio en la tiendita de la esquina, la filosofía sirve para tener argumentos, o bien para reconocer que no se tienen.

Las discusiones son muy necesarias para la democracia, porque generan opinión, construyen puentes de diálogo, señalan convergencias, pero también nos indican flaquezas y errores. Para sacarle jugo a una democracia, se requiere de hartas discusiones sobre todos los temas, pero también se necesita de reglas: no se vale faulear al contrincante, ni tirar el tablero cuando se va perdiendo, ni llevarse el balón como niño emberrinchado, hay reglas para argumentar: es decir entender cuándo se puede generalizar, cuándo se debe particularizar, en qué condiciones se puede comparar, etcétera. Es decir, discutir sin falacias y mucho menos sin meterse con las engendradoras, ni con los defectos personales de las contrapartes. Eso se aprende en las clases de filosofía y por ello, hoy vemos cómo la filosofía es más necesaria que nunca.

Esto se lo comento, estimado y Culto Público de La Orquesta, porque nos rodean escenarios muy extraños, por ejemplo, mientras que en las cámaras de diputados y senadores la política nacional se revuelca en un lodazal de insultos, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí planea suspender la oferta educativa 2022 de algunas carreras (se sospecha que Filosofía está entre ellas) por falta de interés de los estudiantes.

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El primer ser que pudo volar

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Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

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