octubre 24, 2026

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#Entrevista | La historia de una víctima de Eduardo Córdova, el sacerdote pederasta

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“Esos eventos eran horribles, me causaban ira y asco, pero no encontraba cómo ponerles un alto, encima intenté convencerme de que eran una prueba de dios”

Por: Luis Moreno 

La Orquesta empredió desde hace cuatro años una investigación sobre el caso de Eduardo Córdova Bautista, el sacerdote acusado de cometer abusos sexuales contra decenas de niños en San Luis Potosí, durante al menos tres décadas distintas. De ese trabajo resultó el libro Eduardo Córdova: Los pecados de una ciudad, el cual será presentado antes de que termine el 2022. En días anteriores, Córdova cumplió ocho años de ser un prófugo de la justicia, por lo que consideramos oportuno publicar varios adelantos del material final. Aquí, en exclusiva, el primero de ellos.

 

(Entrevista realizada el 3 de septiembre de 2018 en San Luis Potosí. Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las víctimas).

La red de complicidad y poder que los sacerdotes pederastas tejen sobre su entorno, les provee del único elemento que garantiza la impunidad: el silencio. En casa de la familia de Mateo, una de las dos únicas personas que en el 2014 se atrevió a denunciar de manera penal a Eduardo Córdova, el silencio reinó durante mucho tiempo. El silencio fue dueño de Mateo durante los tres años que Córdova abusó de él (del 2000 al 2003). Durante más de una década, su familia enmudeció para decirle a las autoridades sobre el comportamiento del ex sacerdote.

La familia está dispuesta a que el silencio nunca más gobierne sus vidas. Su voz es la que generó que hoy Eduardo tenga una orden de aprehensión, sin embargo, el remordimiento, el coraje y la culpa, mantiene un hielo parcial en sus relaciones familiares.

«Aunque pasan muchos coches, hay horas en donde la casa es silenciosa», comentó Lucia, madre de Mateo, mientras yo aguardaba en su sala.

Mateo apareció, convalecía de una lesión en la pierna. Tiene cerca de 35 años, su amabilidad contrasta con lo rápido que uno percibe su deseo de pasar desapercibido, como una sombra que no rompe el orden.

Tras el protocolo para presentarnos, su madre percibió que la entrevista estaba por comenzar y se excusó: «los dejo, voy comprar algunas cosas». La casa quedó en silencio como lo pronosticó Lucía. Solo estábamos Mateo y yo. Él soltó una frase que sirvió como preludio para medir la dimensión de la historia que vendría: «A mí mamá todavía le cuesta mucho trabajo. Nunca hemos hablado abiertamente de esto. Somos una familia cerrada. Temas de sexualidad o íntimos no se hablan. Sobre el abuso, sé que a mi mamá le pesa, a mí también. Solo he sido completamente abierto en terapia y en ocasiones como esta entrevista».

Media hora antes, entrevisté por teléfono a Lucía, al concluir nuestra conversación ella me invitó a visitar su hogar para platicar con Mateo. Nunca antes nos habíamos visto, pero me trataron con familiaridad y confianza (como lo rescata la frase anterior de Mateo), como si pensaran que contarme su historia los acerca a estar mejor.

Pregunté a Mateo sobre su relación con la iglesia, y se describió como una persona que creció en valores católicos, pero los abusos a los que los sometió Eduardo Córdova lo hicieron dudar de su fe, pues nunca llegó la respuesta que le pedía a dios: «Fueron momentos muy fuertes en los que yo, con mi educación religiosa, oraba y pedía que eso acabara. Ocurría todo lo contrario, porque los abusos se incrementaron».

Mateo tenía 16 años en el 2000. Por entonces fue invitado a trabajar como ayudante de Eduardo Córdova. Aceptó. Sus labores eran variadas ya que iban desde ejercer como monaguillo, hasta atender cuestiones de intendencia.

Tres semanas después de su llegada, Córdova comenzó el despliegue del método para “preparar” a sus futuras víctimas:

«En la iglesia había varias secciones, una de ellas era la casa parroquial, ahí estaba el despacho del padre. Era un sitio apartado, tenía ventanas que daban a la calle pero siempre estaban cerradas, los vidrios eran rugosos y las cortinas gruesas.

»Yo trabajaba en unas impresiones que me habían pedido. Cuando casi terminaba, Eduardo se acercó desde atrás de mí, recargó mi cabeza en su hombro y empezó a decirme que me veía muy inquieto y disperso, decía que tenía que tranquilizarme. Tocaba mi frente, hombros y cabello. Me sentí muy incómodo, pero las palabras que utilizó me hicieron pensar que de algún modo intentaba ayudarme. Busqué un pretexto para cortar el momento, dije algo como “ah, ya salieron las hojas”. Córdova se fue y yo seguí en la oficina.

»Después de ese día algo se rompió. Comenzó a acercarse más: repetía lo de la cabeza en su hombro, me tocaba una y otra vez con el mismo discurso, “estás intranquilo, estás disperso… “. Luego noté que hacía lo mismo con otros compañeros. También tronaba el cuello y la espalda como quiropráctico. Algunos incluso lo buscaban para ello. Yo nunca tuve ganas acercarme así a él, no me gustaba».

Córdova atacaba el autoestima con insultos verbales, en los que resaltaba la indefensión, ignorancia e inutilidad del chico al que agredía, esto en contraparte a los acercamientos físicos que enmascaraba de ayuda terapéutica.

La experiencia que cambiaría la vida de Mateo llegó casi un año después de empezar a laborar en la parroquia de Nuestra Señora de la Anunciación: Eduardo Córdova tenía un viaje a la Ciudad de México para atender sus responsabilidades como apoderado legal de la iglesia potosina ante la Secretaría de Gobernación y la Arquidiócesis Primada de México. Lo invitó bajo el pretexto de que no le gustaba viajar solo.

«Acepté porque antes había ido a la ciudad con un amigo que me llevó a las plazas, a dar la vuelta, yo tenía esa idea sobre el DF. Los viajes con Córdova no eran nada parecidos a eso, se trataban de llegar al hotel e ir a la oficina del Arzobispado donde él tenía que ver sus asuntos, eran horas interminables.

»El trayecto del autobús de esa primera vez fue algo muy fuerte. Empezó con la línea de siempre “relaja tu mente, vas muy estresado, descansa”. Me tocaba la cabeza, hombros, estómago. Después comenzó a bajar. Para ese entonces los acercamientos eran muy usuales y yo los permitía porque trataba de buscarles un sentido espiritual.

»Córdova hablaba y hablaba, en cierto punto sentí su mano en mis genitales. Él seguía con lo de la mente en blanco, de relajarse, de no pensar en nada. Esta parte verbal servía para distraer. Estaba muy nervioso y asustado. No supe qué hacer, me quedé callado, pasmado, las piernas me temblaban y sudaban. El padre repetía una y otra vez que no enfocara energía en esa parte del cuerpo, decía que desaprovechamos fuerza por concentrarnos en los genitales. De golpe, él cortó el acercamiento, dijo que yo me quedara en el asiento y él se pasó al de atrás “para descansar mejor”.

»Llegamos a la ciudad, tomamos un taxi al hotel, nos cambiamos y fuimos a la oficina de la Arquidiócesis. Fue un día muy cansado, traté de entender por qué me había hecho eso. Yo pensaba que Eduardo Córdova no era una mala persona, que me quería ayudar. Busqué darle un sentido positivo a las cosas. Traté de no verlo como algo malo».

Mateo me narró que esa noche en hotel, Córdova rompió otra barrera en sus agresiones. Se quedó en ropa interior, sirvió un par de tragos de whisky derecho para “celebrar” lo que había pasado en el autobús. Brindó porque Mateo había dado “un gran paso”, ya que encontró el punto para dominar su mente y emociones.

El chico se negó a beber y Córdova insistió. Después de acabar con las bebidas:

«Se metió semi desnudo en mi cama. No intentó nada, solo estuvo ahí».

Eduardo y Mateo pasaron una noche más en la ciudad, durante la cual no volvió a haber insinuaciones ni tocamientos, incluso en el autobús de regreso a San Luis Potosí viajaron en asientos separados. Ese fue el primero de cinco viajes a los que el joven asistió.

Tras las primeras visita a la Ciudad de México, Córdova cambió su estrategia: disminuyó los tocamientos fuera de San Luis, a cambio comenzó a invitar a varios niños y jóvenes a dormir en la parroquia, sobre todo en las temporadas de mayor movimiento religioso (pascua, fiestas decembrinas, retiros juveniles…),  con la justificación de comenzar temprano las actividades.

«La primera vez, me pidió quedarme en su cuarto. Mientras yo me bañaba, él entraba y salía. Después dijo que debíamos dormir sin ropa, ahí se empezó a acercar, me obligó a tocar sus genitales, él me tocaba a mí.

»Estos comportamientos se volvieron cada vez más frecuentes. Córdova buscaba motivos para que yo me quedara a dormir.

»Al principio solo era yo, después organizó eventos juveniles en donde algunos compañeros dábamos retiros y Eduardo nos invitaba a pasar la noche en la iglesia, unos en su cuarto y otros en la habitación que estaba al lado.

»Decía que lo que él hacía era enseñarme a controlar mi cuerpo: controlar mis erecciones, controlar las eyaculaciones, controlar la mente. Preguntaba si yo me masturbaba y comentaba que eso era desperdiciar mi vida, desperdiciar la semilla que dios me había dado. Insistía en que eso debería dejarlo para cuando tuviera una pareja».

La idea religiosa de que el padre Eduardo Córdova trataba de ayudarlo, hizo que Mateo soportara en silencio. «No sé cómo explicarlo, esos eventos eran horribles, me causaban nervios, estrés, ira y asco, no encontraba la forma de ponerle un alto, encima intenté convencerme de que me iban a servir para algo, que eran una prueba de dios».

Los depredadores sexuales suelen sofisticar sus métodos para conseguir nuevas víctimas y procuran ampliar los círculos de influencia sobre ellas. Una de las formas más censurables para esto consiste en utilizar a chicos que ya han violentado. Ese fue el caso de Mateo, quien invitó a José, uno de sus mejores amigos, a trabajar a la parroquia de El Paseo.

«José llegó a la iglesia cuando le pedí que me cubriera durante unos días en los que necesitaba faltar. Como él no tenía trabajo, aceptó. Córdova lo ofreció quedarse de planta en la iglesia. A él también lo invitó una vez a la Ciudad de México, cuando volvieron me contó que le había ocurrido algo muy parecido a lo mío. Él me abrió los ojos, hizo que viera que no estaba bien. Aun así, ambos seguimos».

Es difícil comprender por qué una víctima se queda al lado de su victimario, con Mateo la explicación reside en su religiosidad y el deseo de no afectar a su familia:

«Eran muy cercanos a la iglesia, tenían mucho respeto por Eduardo Córdova, incluso cariño, hacían cosas por él que tenían valor sentimental: le daban obsequios, hablaban bien de su persona, de verdad sentían aprecio. Yo no quería romper esa tela.

»Tardé mucho tiempo en entender que Córdova abusaba de mí. Las últimas veces que pasó me sentí impotente, en mi cabeza decía que tenía que dejar de pasar, no encontraba el valor de hacer algo.

»José fue el primero que decidió dejar la iglesia. Un día llegó muy contento a decirme “hoy es el día, ya no más”. Entró a la oficina del padre y renunció. Creo que había platicado algo con su familia. Él me decía que me saliera, no me presionaba, entendía que no era tan fácil».

Mateo optó por reducir al mínimo su contacto con el sacerdote sin abandonar su trabajo en la iglesia, fue hasta la última ocasión en que lo invitó a la Ciudad de México cuando por fin logró quebrantar el ciclo:

«El padre Córdova quería que lo acompañara a un viaje, yo me negué, así que él buscó a mi familia para que me convencieran. Acepté, fui a mi casa, tomé una mochila vacía. Corrí con José, él no estaba, su mamá me invitó a pasar. Sentados en su sala preguntó si quería esperarlo, ahí empecé a llorar y le conté todo. Fue la primera vez que hablé del tema con un adulto.

»José ya le había platicado lo que ocurría en la iglesia. Después llegó su hermana y entre las dos intentaron consolarme. Entró mi amigo y pasamos a su cuarto. Me dejaron quedarme. Yo no había avisado en mi casa, así que al día siguiente me fui. Cuando volví, mi mamá estaba llorando. Solo le dije que no quería regresar a la iglesia».

Mateo tuvo que volver una última vez a la iglesia. –Mi familia me ordenó ir a entregar las llaves que todavía tenía. No quería enfrentarme con Córdova. La familia de José me sugirió que lo interceptara cuando hubiera más personas. Me acerqué en una ocasión mientras el padre hablaba con un grupo de albañiles que construían un salón. Le entregué y me fui.

A la hermana de Mateo le pareció que detrás de la salida de su hermano yacía otra cosa. Después de algunas semanas de hacer su propia indagatoria entre los niños y jóvenes que trabajaban en la iglesia, estaba lista para confrontar las versiones:

«Ella me pidió hablar, sentí las piernas frías, sabía que algo venía. –Te voy a hacer dos preguntas y quiero que me las contestes con la verdad. Se rumora que el padre Córdova toca a los niños. ¿A ti te pasó eso? ¿Por eso dejaste la iglesia?. –Respondí que sí a las dos. Fue un shock, quería saber qué sabía, cómo se enteró». 

Después de la revelación, la familia Mateo comenzó un proceso de casi una década para que Eduardo Córdova fuera sancionado, primero de forma directa con la iglesia y finalmente, en el 2014, con las autoridades judiciales.

 

La Orquesta: ¿Por qué interpusiste una denuncia penal 10 años después de lo ocurrido?

Mateo: En lo personal, no quería hacer nada, no sabía qué opciones tenía. Para mi familia fue difícil porque entendíamos el poder de Córdova, un poder religioso, jurídico y social, nos imponía mucho. Al decirle a mis papás, lo primero que buscaron fue ayudarme. Luego los vecinos comenzaron a reunirse y se acercaron al Arzobispado para exigirle que lo quitaran de su cargo y que se le atendiera clínicamente. Al no ver resultados creció el ruido. Después de todo ese tiempo José y yo presentamos la denuncia.

 

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Aunque dos personas han denunciado los abusos de Eduardo Córdova en la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, es probable que haya decenas de víctimas. Mateo al menos conoce de dos amigos más. –Estoy seguro porque lo hemos platicado. También apuntó que, gracias a la terapia y al tiempo, él y su familia han sanado parcialmente. Hoy es padre de familia y tiene una pareja que conoce la peor temporada de su vida. No obstante, Eduardo dejó en él una marca imposible de borrar, aunque no lo odia, ­–él no puede reintegrarse a la sociedad, pero sé que requiere de atención profesional. Antes de ir a terapia muchas veces pensé que me hubiera gustado que alguien hiciera el favor de matarlo. Ahora solo siento coraje, sé que aunque me vendió un discurso de que trataba de ayudarme, era muy consciente del abuso que cometía. Nunca hizo nada que me hiciera pensar que sentía un poco de culpa.

 

Ciudad

San Luis Capital registra su segunda mejor percepción de seguridad en diez años

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La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del Inegi reportó una mejora de 13.9 puntos porcentuales respecto al tercer trimestre de 2025 y de 2.4 puntos frente al trimestre anterior

Por: Redacción

San Luis Capital alcanzó su segunda mejor evaluación en percepción de seguridad en una década, de acuerdo con los resultados del tercer trimestre de 2026 de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del Inegi.

Los resultados muestran una mejora de 2.4 puntos porcentuales respecto al trimestre anterior y de 13.9 puntos frente al mismo periodo de 2025. Además, la evaluación actual representa una mejora de 31 puntos porcentuales en comparación con el registro más desfavorable de 2018.

En cuanto a las expectativas de la población, el 49.4 por ciento considera que la seguridad mejorará o se mantendrá igual de bien durante los próximos doce meses.

De acuerdo con el documento, la estrategia de seguridad municipal impulsada por el alcalde de San Luis Potosí, Enrique Galindo Ceballos, incluye el fortalecimiento operativo de la Policía Municipal, la contención territorial, la Justicia Cívica y la participación ciudadana.

El modelo también incorpora herramientas tecnológicas como Escudo Digital y el botón de ayuda, además de acciones de proximidad social para mejorar la respuesta policial y atender las necesidades de las colonias.

La estrategia contempla la participación de los Comités de Seguridad Ciudadana e Inteligencia Social, que promueven la colaboración entre vecinos y autoridades para identificar riesgos y fortalecer la prevención.

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“De Forbes al Porfas”: La coartada de aspirante | Apuntes de Jorge Saldaña

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Culto Público, hijos de la coartada perfecta:

Si usted planea lavar dinero, cobrarle fortunas a Pemex con bendición de Tabvástagos, empresas facturalotodo y beneficiarse del huachicol, por favor no busque abogados: declare que quiere ser candidato.

Así, cuando la UIF le congele las cuentas, no tendrá que explicar los 400 millones inyectados de la noche a la mañana por su medio hermano ni decir nada sobre los socios compartidos y “casualidades” hasta de vecindad y notario con las empresas de Andy López Beltrán (-perdón, quise decir de su impecable y honorable amigo Amilcar Olán)

Que nada de eso le quite el sueño febril de octubre. Deje eso para los “malos” y que somos menos.

Para “los buenos que son los más” (los más…luego le digo que) basta con huir a Estados Unidos y ponerse en el papel de víctima y gimotear como damisela en apuros que se le persigue solo por ser aspirante a mejorar la vida de “sus hermanos potosinos a los que quiere mucho”.

A otra orca con esa foca. El periódico Reforma confirmó hoy lo que nosotros habíamos humildemente aportado en LaOrquesta con el anexo documental y reportaje publicado hace poco menos de dos semanas.

Reforma hoy es irrefutable y su investigación no deja dudas: a Gerardo Sánchez Zumaya no lo investiga la autoridad por sus votos en potencia, lo hicieron correr sus cuentas de banco hinchadas de dinero público ilícitamente obtenido y que hoy están bajo cero.

Y un asunto fundamental: El Huasteco NO es investigado por sus “enemigos”, y no está huyendo de miedo por un gobernador.

Pasó de Forbes a “Porfas” en las oficinas de sus “amigos” con los que tanto presumió cercanía.

Aquí no se vale engatusar a nadie: Es el gobierno de la 4T, el de Claudia Sheinbaum

, el que está limpiándose de Tabasco.

Es el que está separándose justamente de personajes que están manchados de huachicol con billetes pegajosos de crudo y perfume de Villahermosa.

El Huasteco está huyendo sin ser aún perseguido (otra casualidad con Amilcar Olán)

Está siendo investigado por autoridades con las que presumió cercanía a los dos pares de vientos.

El Huasteco la hizo de Gulliver: pasó de la isla en la que se sentía un gigante, a la otra isla, en la que es un “inútil, pequeño y perdido”, como lo canta Miguel Bosé.

Entonces que nadie llore como Niño, todos ya están grandes, sabían lo que hacían y las reglas del juego.

30 millones no compran impunidad transexenal y ya le quedó claro a Gerardo, que anda a salto de mata en Texas, en una de esas, se convierte en colaborador voluntario de los Estados Unidos… o en involuntario eslabón más débil.

Aquí le dejo el documento que publica hoy Reforma y que -bien raro- me encontré bajo unos correos de la UIF en mi escritorio.

El joven que aparece en el documento, Eduardo Isaac Sánchez Zúñiga, es medio hermano del Huasteco, comparten padre, empresa, chequera, colonia en Tabasco y congelador de liquidez.

Yo soy Jorge Saldaña.

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Ayuntamiento de SLP

Galindo: nadie se quejaba de socavones y “de repente” hay muchos

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Enrique Galindo dijo que antes nadie se quejaba de los socavones y que este año suman más de 80

Por: Redacción

El alcalde Enrique Galindo Ceballos dijo que en cinco años los socavones “no habían sido tendencia ni nota” y que nadie se quejaba, y que “de repente” hay muchos: más de 80 este año, de los cuales el Ayuntamiento de San Luis Potosí atiende más de 50 al mismo tiempo.

Galindo recordó a los reporteros que en cinco años nunca le habían preguntado por socavones y calificó de extraordinario lo ocurrido este año. Dijo que “hay muchos socavones todavía pendientes” y que están en toda la ciudad, no en una zona específica.

Cada reparación cuesta entre 300 mil y 700 mil pesos, explicó, porque no basta con llegar y taparlo: hay que abrir, cambiar el drenaje, volver a tapar y repavimentar. El miércoles empezaron a reparar ocho o nueve.

Los socavones con fuga de aguas negras llevan prioridad, dijo, porque lo más preocupante es el tema de salud pública

. Cuestionado por posibles caídas a causa de los hundimientos, respondió que, de haberlas, ya se habría enterado.

En julio, Galindo atribuyó los socavones a la antigüedad de la red hidrosanitaria, de más de 80 años, y a la lluvia. El 10 de septiembre dijo que en los últimos tres meses aparecían entre dos y cuatro al día y que no quería especular sobre la causa.

Este jueves, Interapas revisó un hundimiento en la calle La Lonja, a un costado del bulevar Jacobo Payán, en la colonia Julián Carrillo, que quedó acordonado como medida preventiva.

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Opinión

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