#4 Tiempos
El virus de la desmesura | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
–¿Sabe usted cuánto gana un futbolista de la edad de mi hijo? –me preguntaba consternado hace poco un modesto padre de familia.
Pero no, la verdad es que no lo sabía, y, para decirlo ya, ni siquiera me interesaba averiguarlo.
–¿Cuánto? -pregunté a mi interlocutor para no desanimarlo, pues estaba claro que se moría por decírmelo. Y al punto escuché una cantidad que me pareció inconcebible. ¡Dios mío, cuántos ceros a la derecha puede tener un simple dígito! Y el aliento se me quedó como cortado.
-Pero tenga usted en cuenta que se trata de un joven de menos de veinte años de edad –prosiguió el hombre con voz pastosa-. Y siendo así las cosas, ¿cómo voy a pedirle a mi hijo que estudie, que se esfuerce, que lo haga todo con responsabilidad y disciplina, si por más que quiera jamás ganará lo que aquel otro muchacho que ya sería mucho si por lo menos supiera leer y escribir? Escuche usted hablar a los futbolistas. ¡Se ve a leguas que no se saben ni la o por lo redondo! Ah, pero ganan lo que quieren. ¡Ni aún doctorándose ganará mi hijo en toda su vida lo que uno solo de estos mequetrefes gana en una sola temporada!
Lo de llamar mequetrefes a los futbolistas fue cosa suya, no mía. Sin embargo, podía comprender la angustia de este padre; en efecto, la cosa es preocupante. ¿Cómo pedir a nuestros jóvenes que estudien si la televisión les presenta todos los días cientos de casos de hombres y mujeres que, sin haber sufrido el rigor escolar, son ahora ricos y famosos? Un mensaje, siempre el mismo, les llega de todas partes: «¡Basta la suerte!». Y ellos, claro está, terminan por creérselo.
«No es necesario el estudio; no es necesaria la dedicación. Nada es necesario, salvo dar con la persona adecuada en el momento adecuado: aquella que nos sacará de pobres. Lo único que se necesita en este mundo es tener suerte, mucha suerte». «Uno de los puntos que me interesan cuando leo algo sobre una estrella de cine es cómo le llegó su gran oportunidad –confiesa el protagonista de Modelo de conducta, la novela del norteamericano Jay McInerney-. Yo estoy aún esperando la mía; parece que todo depende de las personas que uno conoce y de los contactos que tiene, no del talento natural». Sí, así piensan los jóvenes de hoy. Y en tales condiciones, ¿con qué animo van a abrir sus libros si otros jóvenes iguales que ellos nunca han abierto uno y, a pesar de todo, viven como reyes, como sátrapas, como estrellas?
A menudo se culpa a los medios de comunicación –cine, radio, televisión- de inocular la violencia, de aletargar la inteligencia y de matar la convivencia. Pero, según Paul Virilio, gran intelectual francés y autor de una docena de libros sumamente interesantes, si de algo hay que culpar a los mass media es, más que de otra cosa, de haber inoculado a la sociedad el virus de la desmesura, el culto a la anormalidad. Y creo que tiene razón.
«A partir del siglo XVIII –escribe en Ce que arrive, una de sus últimas obras-, gracias a la prensa industrializada, la adoración de las masas empezó a dirigirse a la anormalidad revolucionaria de un nuevo tipo de hombres y mujeres: aquellos que se encontraban en la cima de lo que fuera: deportistas, exploradores, militares, aventureros, ingenieros, navegantes; en una palabra, a todos aquellos que ocupaban los titulares mostrándose capaces de hazañas extremas».
Esto que dice Virilio no es ninguna mentira: consta por la historia de la prensa escrita que ésta, cuando se hizo independiente del poder político y se industrializó (cosa que tuvo lugar en el primer tercio del siglo XIX: en 1833, para ser exactos), empezó también a hacerse sensacionalista, tocando temas escandalosos y fuera de lo común con el único fin de de atraerse la atención del público y vender así más caros los espacios destinados a la publicidad. La lógica era ésta: entre más gente comprara su periódico, más podía él pedir a los fabricantes por anunciar sus productos. ¿Y cómo podía lograr que más gente comprara su periódico sino explotando las sensaciones, es decir, recurriendo al amarillismo? Hablando de The Sun, el primer periódico de a centavo, y de su fundador, Benjamin Day, Malvin L. De Fleur, famoso historiador de los mass media, escribió lo siguiente en un libro ya convertido en clásico: «Hasta entonces (es decir, hasta entes de la aparición del periódico de a centavo), noticia era sinónimo de información sobre acontecimientos sociales o políticos de verdadera importancia, o sobre sucesos de real significación. Benjamin Day, en cambio, recogió en su diario noticias de otra clase -relatos sobre crímenes, historias sobre fechorías, desastres y catástrofes- que el hombre de la calle encontraba excitantes, entretenidas o divertidas».
De este modo, la gente fue aficionándose a lo anormal, lo excéntrico y lo desmesurado. Le empezó a gustar pasarse las tardes oyendo hablar de asesinos en serie, de ladrones de bancos, de destripadores como el célebre Jack. Y hoy, casi dos siglos después, apenas soporta que se le hable de otra cosa que no sean pedófilos y violadores, de terremotos y balaceras. «Los mass media han inoculado progresivamente el virus de la desmesura», concluye Paul Virilio.
En la televisión todo tiene que ser desmesurado: tanto la belleza de la gente que aparece en ella como sus hábitos íntimos y los sueldos que ganan. Allí no hay término medio: para salir en ella tienes que ser desmesuradamente rico (y entonces te mencionarán en los programas de chismes) o desmesuradamente pobre (y entonces lo harás en algún documental, a la hora de los noticieros).
Por lo pronto, el hijo de mi interlocutor ya no quiere estudiar… Y ni cómo convencerlo de que debe hacerlo. Ahora quiere tocar la guitarra, formar una banda de rock y hacerse rico. Bien, le deseo suerte, que es lo único en lo que creen los muchachos de hoy.
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Acento Ajeno
La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés
ACENTO AJENO
Por: Haniel Valdés Velázquez
Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.
Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.
En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.
Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?
Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.
Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.
Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.
La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades
ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.
El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.
Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.
Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.
La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.
Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.
También lee: Gallardo renueva transporte público urbano
El Cronopio
Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.
Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.
Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.
Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.
Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.
A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.
También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.
Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.
Lee también: Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina
El Cronopio
Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.
Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.
Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.
A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.
Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.
Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.
Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.
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