febrero 6, 2026

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#4 Tiempos

Donald Trump no es Ronald Reagan | Columna de Carlos López Medrano

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Luces de variedad

 

Donald Trump no es Ronald Reagan. En este punto ha quedado claro para casi cualquiera, pero no está de más recalcarlo para poner en su justa dimensión a cada personaje.

Desde que Trump se erigió a sí mismo como aspirante paras las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016, tanto él como algunos de sus seguidores quisieron trazar paralelismos entre su candidatura y la que en su momento representó Reagan, ambos outsiders y con notable pragmatismo en sus políticas y sencillo uso del lenguaje, muy propio de sus líneas no ortodoxas y escaso vínculo con la prudencia académica.

La supuesta influencia quedó sellada cuando Trump eligió como eslogan de campaña el célebre (y poderoso, hay que decir)  Make America Great Again, un versión del Let’s Make America Great Again que Reagan utilizó en 1979 para llegar a la presidencia en 1980, en tiempos también complicados para la economía estadounidense.

La frase, y esto es una cuestión que se comenta poco, de hecho viene de más atrás, y fue utilizada por primera vez en 1950 por el partido conservador en el Reino Unido, incluso por una de sus más jóvenes representantes: una tal Margaret Thatcher (en aquel entonces Margaret H. Roberts) que con 24 años llegó a utilizar el Make Great Britain great again, con el que no tuvo mucho éxito en las elecciones generales en las que fue derrotada por Norman Dodds en su lucha por el escaño de Dartford.

Aunque algunos siguen encontrando en Trump ese aire fresco que en su momento Reagan representó para revitalizar la imagen de Estados Unidos ante el mundo, es evidente que existe una distancia abismal entre uno y otro. Principalmente porque Ronald Reagan era un caballero.

Con sus virtudes y defectos, el espíritu religioso y de cowboy llevó a Reagan a ser alguien osado en su forma de hablar, pero al mismo tiempo respetuoso. Lo era hasta con sus adversarios contra los que utilizaba de forma recurrente el sentido del humor. De algún modo sus ataques tenían algo de afable que aunado a su carisma natural lo llevaron lejos en la carrera.

 

En contraste, Trump es soez, inclemente y resulta antipático en casi cualquier aspecto posible. Ronald Reagan estaba conformado por una serie de valores y una sensibilidad notable para atender la realidad. Era un hombre de familia, alguien sonriente y de alta estima por la figura de las mujeres, las minorías y aquellos en situación vulnerable.

Y hay mucho más. Dejando de lado los rasgos personales, hay puntos que separan por completo a ambas figuras, por más se les pretenda ver como equivalentes en lo que respecta al modo republicano de incentivar el capital como concepto básico de acción.

Donald Trump es proteccionista en lo económico y atiza a los peores sentimientos del pueblo norteamericano, mientras que Ronald Reagan apeló en todo momento a los valores universales de su país como una guía que pudiera alumbrar al resto de las naciones en la vertiente mesiánica que durante años caracterizó a la política exterior estadounidense.

En 1988 Ronald Reagan pronunció un mensaje en la radio que parecía premonitorio de lo que vendría con Trump años después, quien en aras de un malentendido supremacismo político-electorero ha fracturado la relación con amigos históricos, en especial en lo que respecta a Europa, Asia y México, con quienes más de una vez ha entablado verdaderas guerras comerciales.

«Todavía en la actualidad, el proteccionismo es usado por algunos políticos estadounidenses como una forma de nacionalismo barato, una cortina de humo para aquellos que no desean mantener la fortaleza militar de Estados Unidos y que carecen de la voluntad de enfrentar a nuestros verdaderos enemigos: los países que están dispuestos a usar la violencia contra nuestros aliados».

«Nuestros pacíficos socios comerciales no son nuestros enemigos; son nuestros aliados. Debemos cuidarnos de los demagogos que están preparados para declarar una guerra comercial a nuestros amigos —debilitando así nuestra propia economía, nuestra seguridad nacional y al mundo libre por completo— mientras de forma cínica ondean la bandera de los Estados Unidos».

Ronald Reagan sabía que el libre mercado y la expansión del comercio no significaba un riesgo para Estados Unidos. Más bien representaba el triunfo de los ideales americanos que llevaban prosperidad a quienes respetaban los derechos individuales y daban cauce al potencial de su gente.

Pero si hubiera que encontrar un rasgo distintivo, aquel en el que mejor queda patente la distancia entre ambos personajes, no cabe duda que tendría que apuntar a sus visiones contrapuestas en lo que respecta a la inmigración.

Trump ha enarbolado una retórica xenofóbica y antiinmigrante en su trayectoria dentro de la política. Aparte de una convicción individual, se ha tratado de una forma de llamar la atención y de lucrar estratégicamente con la parte más primitiva y prejuiciosa de su base electoral. Lo ha hecho sin contemplaciones, hablando de muros y generalizando como criminales a quienes buscan una oportunidad lejos de casa.

Ronald Reagan por el contrario fue un gran defensor de los inmigrantes y el papel imprescindible que juegan en cualquier parte del globo. Supo leer la importancia que los foráneos han tenido para fortalecer a Estados Unidos hasta convertirlo en la potencia más grande en la historia de la humanidad.

Así lo manifestó cuando luchó por la candidatura republicana frente George H. W. Bush, en tiempos donde ya había discusiones encendidas y reclamos que un sector de la población tenía contra los inmigrantes, a quienes algunos acusaban de estar quitándole sus espacios.

En uno de los debates de la campaña en 1980, ante una pregunta expresa de un ciudadano texano que le cuestionaba si había que aceptar a niños sin papeles en las escuelas de Estados Unidos, Reagan fue firme al mencionar la relación que debían tener con México.

Implantó una idea fundamental: por el bien de ambas partes, los países vecinos estaban condenados a entenderse.

«Creo que ha llegado el momento de que Estados Unidos y nuestros vecinos, en especial nuestro vecino del sur, tengan un mejor entendimiento y la mejor relación que jamás hemos tenido. […] En vez de hablar de poner una valla entre nosotros, por qué mejor no trabajamos en reconocer nuestros mutuos problemas, haciendo posible para ellos [los inmigrantes mexicanos] venir aquí legalmente con un permiso de trabajo. Y de este modo, mientras trabajan y ganan dinero aquí, también pagan impuestos aquí. Y cuando quieran regresar a sus lugares de origen puedan hacerlo y cruzar. Y abrir así la frontera en ambas vías, entendiendo sus problemas. Esta es la única válvula de seguridad que tienen en este momento, con esos niveles de desempleo que padecen… la válvula probablemente evita que colapsen».

En 1986, ya como presidente, Reagan promulgó la famosa Ley de Reforma y Control de Inmigración, que aunque puso candados a la contratación de trabajadores en situación irregular, dio amnistía y abrió las puertas a cerca de 3 millones de indocumentados que estuvieran dispuestos a llevar un modo honesto de vida.

El presidente dijo que el objetivo era establecer un sistema razonable, justo, ordenado y seguro (palabras que resuenan en el reciente Pacto Mundial sobre Migración) “sin discriminar en forma alguna alguna forma a ningún país en particular ni a su gente”.

Con el paso de los años, el también actor se volvió aún más incisivo al respecto. El 19 de enero de 1989, horas antes de dejar de ser presidente, Ronald Reagan dio su último discurso bajo la investidura del cargo. Una exposición conmovedora que dio acompañado de su esposa Nancy. En él, casi como profecía, se refirió a lo importante que sería defender a los inmigrantes como factor decisivo en la primacía de Estados Unidos como potencia.

«Como este es el último discurso que daré como presidente, creo que es adecuado dejar un pensamiento final, una observación acerca de un país que amo. La idea se entiende mejor en una carta que recibí no hace mucho. Un hombre me escribió y me dijo: “Puedes irte a vivir a Francia, pero no puedes convertirte en francés. Puedes ir a vivir a Alemania, Turquía o Japón, pero no puedes convertirte en alemán, turco o japonés. Pero cualquier persona, desde cualquier rincón de la Tierra, puede venir a vivir a América y convertirse en americano».

«Sí, la antorcha de la Estatua de la Libertad […] representa nuestra herencia, el pacto con nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros antepasados», añadió Reagan. «Esa dama es la que nos da nuestro gran y especial lugar en el mundo. Porque es la gran fuerza vital de cada generación de nuevos estadounidenses que garantiza que el triunfo de Estados Unidos continuará sin igual en el próximo siglo y más allá. Otros países pueden tratar de competir con nosotros; pero en un área vital, como un faro de libertad y oportunidad que atrae a la gente del mundo, ningún país en la Tierra se acerca».

Si Estados Unidos es grande no ha sido por la cerrazón ni por hacer caso a charlatanes. Si Estados Unidos llegó a ser la gran superpotencia del siglo XX fue debido, entre otras cosas, a la apertura, al respeto de la legalidad y la justicia y a la idea de que podías hacerte de un lugar si estabas dispuesto a trabajar duro por él. Fue así como Estados Unidos logró vencer al monstruo de la Unión Soviética: respondiendo con libertad y pluralidad a la tiranía y al aislamiento.

Estados Unidos es el ejemplo de que la inmigración no debilita, al contrario, fortalece. Fue así que se convirtió algo así como en la selección de “Resto del mundo” que acogió a individuos de orígenes diversos que lograron enriquecer su tierra y sus instituciones. Trabajadores de origen europeo, latinoamericano, asiático, africano y de todos lados aportaron su respectivo grano de esfuerzo.

No, Donald Trump no es Ronald Reagan. Patti Davis, la hija de Reagan, lo manifestó hace tiempo. Su padre jamás respaldaría el comportamiento grosero, mezquino y demencial de quien ahora ocupa y deshonra a la Casa Blanca. Estaría horrorizado con él.

@Bigmaud

Contacto: [email protected]

 

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#4 Tiempos

Pensamientos en la Catedral | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Los dos jóvenes se toman de la mano por unos instantes y él le dice a ella: «Yo, Juan, te acepto a ti, Lucía, como mi esposa, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida».

De reojo observo a la mamá de la novia: está llorando, y con discreción se pasa un pañuelito blanco por el área de los ojos. El padre del novio, en cambio, se muestra pensativo y perplejo. Quizá se pregunte: «¿A qué hora creció este niño? ¡Apenas ayer se me sentaba en las piernas, y mírenlo ahora! ¿Tan rápido se va entonces la vida? ¿Tan rápido nos hacemos viejos? Dentro de un año, tal vez, ya seré abuelo». Todas estas preguntas y exclamaciones, y aún otras más de la misma índole, puedo leer en su rostro, en su cabeza que se mueve a intervalos rítmicos y en sus pies que casi tiemblan. Sí, ¿en qué momento se hicieron grandes estos niños que hoy, dejándolo todo, se van de casa, a qué hora crecieron y se enamoraron?

La ceremonia continúa. Ahora ya no miro a los papás, sino a los novios, que se entregan el uno al otro un anillo dorado. Y yo pienso en la grandeza de este sacramento. Porque esto es lo que es: un sacramento, es decir, un rito sagrado que no sólo simboliza, sino que también realiza y aun trasciende, la materialidad de los signos. «Este es un gran misterio –decía San Pablo hablando del matrimonio-, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Efesios 5,32). De pronto empecé a pensar cosas en las que nunca antes había pensado.

Esto que los dos jóvenes están haciendo hoy en la Catedral –me decía a mí mismo- es una imagen terrena de lo que sucede místicamente en el alma de los hombres. ¡Dios se ha desposado con cada una de sus criaturas! ¿Es esto posible? Dios se desposa con ellos, y lo que este muchacho acaba de decir a su amada lo dice Dios también a cada uno y de manera individual: «Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad…, todos los días de mi vida». ¿Pero Dios puede decir: todos los días de mi vida? Sí, sólo que, para Él, ese todos los días se designa con una sola palabra: eternidad. Por la eternidad estaré contigo. No te abandonaré ni siquiera por un momento, ni siquiera en la muerte. Porque es fuerte el amor como la muerte, dice la lectura que hace un momento acabamos de escuchar (Cantar de los cantares 8,6).

Mientras pienso en estas cosas que me llenan de emoción, los padrinos de arras me llaman al orden pidiéndome que las bendiga. Hay que bendecirlas, claro. Y lo hago. Derramo sobre las monedas unas gotas de agua bendita y se las entrego al esposo para qué él, a su vez, las haga llegar a su mujer como un río que fluye, sin quedarse con ninguna, y yo sigo diciendo para mis adentros: «¡Por toda la eternidad! Porque nos hiciste, Señor, para ti, nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti. ¡Hermosas palabras éstas de San Agustín! ¿Nos hiciste, entonces, para ti? Sí, sólo para ti. Tú eres el esposo verdadero de nuestras almas y a los demás sólo nos los prestas por un tiempo, para el tiempo. ¡La eternidad te la reservas Tú, pues eres el Señor de ella!».

Estoy distraído o, mejor aún, embebido. Los padrinos de lazo me hacen señas desde la distancia y me preguntan como jugando a caras y gestos si ya es tiempo de ponérselo a los nuevos esposos. Yo les hago un gesto afirmativo con la cabeza. ¡Claro, el lazo! Sí, ya es tiempo de ponérselo. Y mientras los padrinos ejecutan esta sencilla maniobra, yo sigo pensando: «Haber nacido es haber sido elegido. Estamos aquí, Señor, porque nos quisiste, porque nos amaste. ¡Nos elegiste para la vida, es decir, para ser tuyos! Nadie está en este mundo por causalidad, o por azar. ¡Tú elegiste a los que viven para desposarte con ellos en el amor y la fidelidad! Así pues, nunca los dejas solos, ni los has dejado, ni los dejarás jamás. Esto es lo que dices a cada hombre que nace, y aún antes de que nazca, desde que está en el seno de su madre: «Prometo serte fiel».

Creo estar más emocionado que los mismos novios. Pero sus padres –los cuatro- me miran con extrañeza y casi diría que hasta con rencor. Seguramente piensan que he estado muy distraído durante la ceremonia. Ha sido mi actitud exterior la que quizá les haya hecho pensar que no he estado realmente con ellos, sino en otra parte: en la luna, por decir un lugar. Y, sin embargo, nunca había estado más cerca de alguien que con estos jóvenes que ahora se tal vez se preguntaban por qué me habían elegido a mí, precisamente a mí, para…

¿Cómo no había pensado con más detenimiento en este misterio? Jesús elevó a rango de sacramento la unión definitiva entre el hombre y la mujer para que éstos, celebrándolo, vayan todavía más allá y piensen en Dios, que nos ama así: con un amor que ni se arrepiente ni vacila. Todo lo podemos temer, menos que Dios deje de querernos. «Podrán desaparecer las colinas y los montes, pero mi amor por ti no desaparecerá». ¿Y no es esto justamente lo que hemos recordado, lo que hemos celebrado hoy? ¡No se enojen, amigos! Enseguida estoy con ustedes.

Mientras coloco los dones sobre el altar, sigo pensando: «No hay historia de amor más bella que la del alma con su Dios. ¿Acaso el verdadero matrimonio sea sólo éste? Sí, quizá sea así, de manera que el matrimonio que acabamos de celebrar no sea, en el fondo, más que una imagen pálida –aunque visible y real- de aquél.

Y cuando termino la Misa y los padres de la novia se me acercan para darme las gracias por haber venido de lejos únicamente para celebrarla, me dicen sonrientes:

-Estuvo muy bonita la ceremonia, ¿verdad? ¡No lo niegue! Se le veía a usted emocionado.

Emocionado, sí, esa es la palabra: pero no era por las flores que ellos mismos habían mandado colocar a todo largo y ancho de la iglesia, sino únicamente por esos pensamientos míos que ya conoce el lector.

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#4 Tiempos

La escritora mexicana que acarició el Nobel de Literatura | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Cristina Rivera Garza, escritora mexicana nacida en Matamoros, Tamaulipas, estuvo considerada como la favorita para obtener el Premio Nobel de Literatura 2025 con su libro ‘El invencible verano de Liliana’, texto que narra el feminicidio de su hermana en los años noventa y obra con la que ganó el Premio Pulitzer de 2024. Si bien el Premio Nobel finalmente fue otorgado al autor húngaro László Krasznahorkai, la mención de Cristina Rivera que fue considerada como la escritora a vencer, da brillo a las letras mexicanas.

Radicada en Estados Unidos desde 1989, la escritora y ensayista trabaja actualmente como profesora en la Universidad de Houston, institución donde obtuvo su doctorado en Historia Latinoamericana; estudió sociología en la UNAM y es directora del programa de posgrado en escritura creativa en español en la Universidad de Houston.

Una de sus novelas por la que es reconocida fue editada en 1999, nadie me verá llorar, una novela que el escritor mexicano Carlos Fuentes describió como “una de las obras de ficción más notables de la literatura no sólo mexicana, sino en castellano, de la vuelta de siglo“.

En esa novela histórica resalta el papel de la mujer que es sojuzgada a fin de maniatar su furia crítica. Novela histórica que se asoma a la vida de una interna contra su voluntad en el manicomio de La Castañeda que responde al nombre de Modesta Burgos quien estuvo internada por al menos treinta y cinco años desde la década de los veinte.

Modesta Burgos originaria de Papantla Veracruz, llegaría a la Ciudad de México a casa de su tío y deambularía por la ciudad entre fábricas y burdeles. Indagando en archivos de salud, Cristina Rivera reconstruye su vida y su peregrinar en la sociedad mexicana de principios del siglo XX. 

Si bien, el libro en mención es una edición reciente, de octubre de 2024 de Random House, la novela fue publicada en 1999; la novedad de esta edición es que ahora se usa el nombre real del personaje en cuestión ya que en la anterior edición se utilizó el nombre de Matilda Burgos, por cuestión de protección de identidad de los internos del Manicomio General, hoy con la Ley de Transparencia de y Acceso a la Información y Protección de Datos personales del 2012, así como la nueva Ley General de Archivos del 2016, permiten poder revelar su nombre.

Nadie me vera llorar nos relata la experiencia de Modesta Burgos, una mujer que, a pesar de haber sido internada a la fuerza en el manicomio La Castañeda a inicios del siglo XX, en la Ciudad de México, siempre conservó su furia crítica

, una inconfundible voz propia y su libertad. Modesta parece tener dificultad para fijar su atención en los objetos del mundo, pero por donde quiera que camina lleva toda la luz del manicomio sobre la cabeza.

Entre los archivos y obras consultadas por Cristina Rivera para recrear la historia de Modesta Burgos, se encuentra la obra del padre Rafael Montejano sobre Real de Catorce, que ahora ha sido reeditada por la UASLP dentro de su magro trabajo editorial. La consulta responde a la construcción de parte de la historia de Modesta Burgos por su paso por diez años en Real de Catorce en compañía de Paul Kamáck, historia que se sitúa a principios del siglo XX cuando la bonanza de Catorce comenzaba a decrecer y como consecuencia se suicidaría Paul y Modesta quemaría su casa, despertando en un hospital de San Luis Potosí, antes de ingresar a La Castañeda.

En la novela podemos leer: “En el vagón del tren, Pablo habla del Valle de Matehuala como si le perteneciera. Su querencia. A través de la ventanilla le señala la fila zigzagueante de la gobernadora, las flores de las biznagas, amarillas, rojas; las espinas del garambullo. Hay cactos largos como sacerdotes y árboles de nopal justo como los que pintó José María Velazco, Pitayas y Guayule.

…. Su nombre le produce la primera ternura real de su vida. Lo único que él le pide justo antes de entrar a las callecitas entrecortadas de Real es que nunca le de un hijo. Modesta acepta.

El amor es una tonadilla, apenas una canción.

El mineral de Catorce

es digno de compasión

pues que ahora se encuentra

en tan fatal situación.

Al pasar por Potrero

me preguntan dónde vas,

me voy a buscar trabajo

al mineral de la Paz.

Cristina Rivera Garza inició su serie de premios en San Luis Potosí al ganar con su libro de cuentos La guerra no importa el Premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila en 1987.

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#4 Tiempos

Los “Chones-Pachones” de la UASLP | Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

 

Culto Público, hijos de mis impulsos contenidos:

Los dedos me queman y mi sistema límbico pre frontal (causante de lo que llamamos risa) está que me brota como cascada, sin embargo, me gobernaré una vez más.

No haré mofa del asunto de los 2.4 millones de pesos de ropa interior comprados por la “UniTienda” de la UASLP.

Evitaré juegos de palabras como “espero que sean transparentes… (las autoridades, no las prendas)”.

Me abstendré de llamar el asunto “los chones pachones”.

No usaré frases como “enseñaron los chones”, ni mucho menos diré que esa “mancha” en la ropa interior, pues no es cualquier cosa.

El asunto está muy lejos de ser un misterio del estilo Ágatha Christie respecto por qué el señor Pachón compró (y a quién) semejante cantidad de prendas… eso es un misterio resuelto.

Lo del “caso cerrado” al respecto del rector Zermeño, fue la peor salida que encontraron, pero lo entiendo.

El rector, todos sabemos, es un hombre íntegro, pulcro, elegante… el andar hablando de calzones atenta contra el pudor propio.

Lamentablemente ya con “los chones enseñados” (otra frase que evitaré) pues lo mínimo era “vamos a investigar” -que en parte lo hizo- diciendo que ahora las prendas y el asunto está en la Contraloría de la Uni. (Podemos ahora decir, sin temor a equivocarnos, que la contralora universitaria pues está muy “calzonuda”)

El IFSE no desaprovechó la oportunidad y en pocas palabras dijo, otra vez: déjate auditar (que se podría decir coloquialmente: bájate los chones).

Todo eso y más diría solo para divertirme, pero como lo dije en un principio, mejor me autogobierno (que es mi especialidad) y no sigo por ese camino que tantas cosquillas da en los dedos de quien esto escribe.

Hablemos de lo serio del tema: comprar millones de pesos por un producto que no se vende no está de risa cuando esta rectoría ha sido marcada por su pensamiento de pobreza y penurias financieras permanentes.

Estoy seguro que el doctor Zermeño preferiría (por su pudor, que se respeta, y admira así como su forma de conducirse) hablar del encuentro incómodo que tuvo el sábado 17 de enero en La Parroquia con Fabián Espinosa Díaz de León, su ex arrendatario, el representante de VEM con quien la institución sostiene una demanda que, de acuerdo a los que saben, es muy probable que pierda la Universidad.

Palabras más, o palabras menos (en La Parroquia no graban los audios de sus clientes, bendito sea Dios) primero se saludaron así como con la cabeza, pero luego un tercero saludó a la señora esposa del rector y al galeno. Fabián Espinosa se acercó y el diálogo fue -según testigos que nunca faltan- entre un “mira él es responsable si me pasa algo físicamente o a mi salud-

Fabián Espinosa, dicen, respondió igual: “señora mire que mi esposa dice lo mismo de su marido”.

Qué incomodidad.

El rector dio guillotina a la charla con un “las cosas de la oficina las trato en la oficina”

¿Chisme de restaurante? Sí. Pero fondo también hay (en la tienda de la Uni, de los que no se han vendido).

En fin que preferiría el doctor Zermeño hablar de cualquier cosa menos de los “chones pachones” de eso si estoy seguro.

El asunto ya pasó y “ya lo pasado pasado” pero si nos interesa:

  1. ¿Qué medidas se toman para que una compra tan grande y absurda no se vuelva a repetir en la UniTienda?
  2. ¿Qué estudios de mercado se hacen a partir de que alguien más la administra?
  3. ¿Quién administra la UniTienda?

Con el convenio Federación-Estado para 2026 hasta este domingo detenido en firmas (y redacción según dicen) ¿hasta cuándo aguantará el préstamo que les hizo favor gobierno de pedir para la Uni?

En fin, ya me extendí. Yo quiero escribir de la tensión cubana, Ucrania, Venezuela, y Groenlandia (son piezas moviéndose para un “jaque mate” global)

También quería escribir sobre la valiente posición de la nueva titular de la Facultad de Derecho ante las “sugerencias” rectoriles, de la construcción de narrativas de Morena, de la renuncia de Adán Augusto, y la hamaca del Verde nacional, pero pues será para la próxima (si es que no escribo otro cuento, que ya le voy agarrando gusto).

Los abrazo y saludo a todos y todas.

Jorge Saldaña.

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