octubre 6, 2026

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#4 Tiempos

Apología del silencio | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Los antiguos, estimado señor –y créame usted que he tardado lo mío en reconocerlo- no eran precisamente unos idiotas. Ellos sabían cosas que nosotros hemos olvidado o que acaso ni siquiera nos interesa ya saber. Pienso, por ejemplo, en lo que enseñaban acerca del silencio.

Recuerdo haber leído en alguna parte que los miembros de cierta tribu africana decían esto a sus hijos para inculcarles desde su más tierna infancia el precioso arte de saber callarse: “Dios os ha dado dos orejas y una boca para que escuchéis lo doble y habléis la mitad”. ¿No es una enseñanza realmente admirable, estimado señor, lo que se dice una enseñanza de vanguardia? Hoy todos se sienten con derecho a hablar o, como dirían los italianos, a dire la sua. ¿Con qué resultado? Con el de que no se cree más en el poder de la palabra. ¿Ha visto usted cómo se desgañitan los panelistas de los talk shows en la televisión? Todos hablan, pero ninguno escucha; todos alegan, pero nadie hace caso al otro. ¡Una vergonzosa orgía de voces de la que no es posible sacar nunca nada en claro!

En cambio, como le digo a usted, los antiguos sabían que existe eso que podría llamarse una retórica del silencio. De los monjes medievales, que eran maestros en el difícil arte de hablar sin palabras, dijo Fray Antonio Pastor en una obra suya de 1661 que “son almas limpias que tienen la lengua hacia dentro, pues saben lo que calla el decir y lo que dice el callar”. ¡Qué frase más elocuente! ¿O no le parece a usted que lo es, estimado señor?

Permítame decirle que durante mucho tiempo mantuve la costumbre de decir siempre lo que pensaba. ¡Y cuánta pena me vino de este malhadado hábito, de este vicio nefando para la paz de los espíritus! Ora se enojaba este conmigo, ora se disgustaba aquel, ora dejaba de dirigirme la palabra el de más allá. ¡Cuántos enemigos me gané acausa de mi imprudente sinceridad! ¡Y cuántos amigos perdí por atreverme a decir lo que debía mantener en secreto! Para decirlo de una vez, tiraba mis verdades al primero que pasaba como arrojan monedas los padrinos al final de un bautizo. Hoy he comprendido que con el silencio podemos decir exactamente las mismas cosas que el hablador -y más cosas todavía-, pero sin la desventaja de parecer demasiado crueles. ¿Qué necesidad tenemos de correr la suerte de los peces? Estas criaturas acuáticas, estimado señor, como usted lo sabe bien, mueren siempre por su propia boca…

¡Qué majestuoso y qué solemne me parece ahora el hombre que sabe callar! Uno lo respeta como a la esfinge, conocedora de todos los secretos. ¡Ah, señor, este que así procede dice más con la boca cerrada que los vocingleros con todos sus discursos!

Seamos sinceros: nos quejamos demasiado, hablamos demasiado. ¿Y a quién conmovemos con nuestros gemidos? A nadie, señor, y acaso entre más nos quejemos menos nos compadecerán. Sí, tal vez nos escuchen, pero reprimiendo el bostezo y acaso preguntándose para sus adentros: “Y éste, ¿a qué hora va a cerrar el pico?”.

Mucho calla el decir; mucho dice el callar. ¿Aprenderemos alguna vez, estimado señor, el arte de guardar silencio? Cada día me resultan más claras estas palabras que Jesucristo dijo una vez a sus contemporáneos: “Nada hay oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse”. Así hable uno con la pared, los demás siempre se enterarán de lo que dijimos. ¿Cómo le hacen?, ¿qué viento misterioso les lleva nuestros susurros? Mire usted lo que decía ese sabio desengañado que escribió el libro del Eclesiastés (que, no hay que olvidarlo, es incluso Palabra de Dios): “Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso, pues un pajarillo del cielo le lleva la voz y un volátil le da a conocer tu palabra” (10, 20).

Sí, así hable uno con la pared, los demás siempre se enterarán de lo que murmuramos. ¿No es esto misterioso? Sí que lo es, señor, pero de que se enterará no hay la menor duda. ¡Y cuántas aflicciones nos vienen de estos diálogos que nosotros creíamos confidenciales, cuántos disgustos! Un refrán judío dice así: “Tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto”.

Llevo aquí –déjeme mostrárselo-, oculto en mi cartera, un billete en el que he escrito algunas máximas del abate Dinouart acerca del arte de callar que pienso leerle ahora; escuche usted: «”ólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”. “El hombre nunca es más dueño de sí que en el silencio: cuando habla parece, por así decir, derramarse y disiparse por el discurso, de forma que pertenece menos a sí mismo que a los demás”.

También quisiera leerle –si me lo permite usted- esto que transcribí hace poco en otro billete que aquí traigo: es sólo un pensamiento tomado de un libro famoso escrito por un cierto teólogo jesuita llamado Ladislaus Boros:

“Los hombres más fecundos y arrebatadores son siempre los más callados, aquellos que han aprendido a escuchar a Dios. A lo más íntimo de la existencia cristiana no se llega cuando se habla, sino cuando se calla”. ¿Se asombra usted, amigo? Pero permítame continuar: “Sin embargo, este estar callado hay que aprenderlo. Debemos alzarlo contra el interminable parloteo del mundo. Pero el ruido exterior es sólo una cara del problema, y quizá ni siquiera el peor. La otra cara es la agitación interior, el revuelo de los pensamientos, los temores y los deseos. Una vida bien ordenada ha de incluir el ejercicio de aprender a callar. Hay que empezar por cerrar la boca siempre que lo requiera el deber profesional. Pero esto es sólo el comienzo: deberíamos superar las ganas de abrir la boca. ¡Cuántas cosas superficiales decimos a lo largo del día, y cuántas tonterías!”.

¡Sí, sobre todo cuántas tonterías! ¡Y cuántas injusticias! Señor, recuérdelo: así hable usted con la pared, los demás siempre se enterarán. Medite en ello y saque todas las consecuencias pertinentes al caso. Es una verdad probada. Y si no me cree, mírese usted, por favor, en este espejo.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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El Cronopio

Los espejos Olmecas, El Señor del Espejo Humeante | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

La cultura Olmeca se considera la madre de las culturas mesoamericanas, con presencia desde el Preclásico o periodo formativo, alrededor de 1200 años antes de nuestra Era. Su influencia se percibe desde Jalisco hasta Costa Rica; se destacan como una sociedad compleja, con diversos estamentos, donde los gobernantes eran identificados con los dioses. Su estilo artístico, arquitectónico y simbólico influyó en otras sociedades de la región, destacando, entre otros aspectos, en el descubrimiento del hule o látex natural y su control como artefacto de uso en su vida simbólica.

Un buen número de estudios se han realizado en torno de esta cultura, con el fin de entender nuestro pasado y el desarrollo cultural de nuestros pueblos mesoamericanos que sucedieron en el tiempo a esta cultura madre y la influencia que sobre ellos tuvo en todos los ámbitos culturales. Sin embargo, quedan muchas preguntas por resolver que puedan aumentar el grado de conocimiento sobre estas culturas prehispánicas. El acceder a un conocimiento más completo requiere el auxilio del grueso de las disciplinas científicas que complementen los estudios antropológicos, arqueológicos etnohistóricos, entre otros.

Un ejemplo es el análisis y estudios de artefactos encontrados en las zonas de influencia de esta cultura, artefactos que fueron construidos con diversos fines a lo largo de los periodos culturales, desde el esplendor Olmeca hasta las culturas surgidas en nuestra Era, desde el occidente hasta el sureste del país, y más allá de las actuales fronteras, como la cultura maya, la cultura tolteca, cultura mixteca, cultura teotihuacana, entre otras.

Por lo regular, varios de estos artefactos son asociados a cuestiones ornamentales, principalmente por la belleza de su construcción y materiales utilizados como el jade y la obsidiana, tanto para uso personal, como religioso en torno a sus gobernantes.

Uno de los artefactos que habían llamado la atención eran un conjunto de espejos fabricados de materiales como la turquesa, la pirita y óxidos ferrosos. Una de las colecciones más conocidas es la de los investigadores Carlson and Gullberg, que incluye espejos olmecas y mayas, como la preciosa pieza de la placa de mosaico turquesa del Templo de los Guerreros en Chichén Itzá.

Uno de los aspectos extraordinarios que presentan los espejos encontrados, es que no son simples espejos planos, sino que son espejos cóncavos, los cuales concentran la luz solar reflejada en un punto, y cuya elaboración requiere el conocimiento adecuado del material y las técnicas de pulido necesarias para darle la forma parabólica, difícil de lograr, y que se realiza con pulimentos adecuados y el uso de materiales para el pulido que al parecer se usaba guano de murciélago.

Yuri Nahamad Molinari, investigador del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y un grupo de trabajo interdisciplinario, realizaron un estudio termodinámico de transferencia de calor, cuyos resultados apuntan a que estos objetos eran utilizados con el fin de producir fuego, y elaborados para los gobernantes que en su calidad de dioses realizaban ceremonias donde la producción del fuego tenía un interés central. Estos resultados aportan al conocimiento del desarrollo técnico de estas culturas y en la necesidad de realizar los estudios con el apoyo de otras disciplinas científicas, como en este caso la física, para ampliar el conocimiento y el entendimiento organizacional de culturas como la Olmeca.

Los resultados del grupo de trabajo donde participa Yuri Nahmad serán publicados en dos artículos que aparecerán próximamente en la revista Ancient Mesoamerica de la editorial Cambridge University Press. En uno de ellos muestran de los resultados del cálculo del poder quemador de algunos espejos cóncavos olmecas, evaluando teóricamente su capacidad para encender fuego en receptores de celulosa ennegrecida con un enfoque de equilibrio termodinámico de transferencia de calor y con base en los diagramas de restauración del espejo de Chichen Itza, muestran que esta pieza corresponde a un espejo cóncavo de pirita

(Clásico tardío) y calculan su poder quemador. Los resultados muestran la continuidad en la tradición lapidaria de manufacturar espejos cóncavos desde el Preclásico hasta el periodo de Contacto en Mesoamérica. A su vez, las dimensiones de este espejo muestran su claro potencial como instrumento para el encendido ritual de fuego como uno de sus principales usos.

En el otro artículo, estudian los espejos cóncavos y su relación con los puros de tabaco en la antigua Mesoamérica, donde los autores resaltan: “Con base en resultados previos (teóricos y experimentales) enfocados a demostrar el poder quemador de los espejos cóncavos Mesoamericanos el presente estudio se enfoca en analizar los posibles objetos que fueron utilizados como blanco receptor de la radiación concentrada del Sol para encender fuego. Nuestro análisis iconográfico, pictórico y etnohistórico, coincide en señalar al cigarro de tabaco como el mejor candidato, mostrando una significativa correlación entre cigarros y espejos. Experimentos realizados con modelos análogos de los espejos arqueológicos confirman físicamente la plausibilidad de nuestra propuesta, reafirmando la consistencia entre la información iconográfica, etnohistórica y termodinámica. De este modo, se propone al par cigarro-espejo como un instrumento inseparable para encender fuego en un contexto ritual de control de los dignatarios sobre el poder del Sol y las sustancias psicoactivas al interior del culto al Señor del Espejo Humeante.”

Detalles sobre estos resultados los pueden apreciar de viva voz por uno de sus autores, el Dr. Yuri Nahmad Molinari, investigador del Instituto de Física de la UASLP, en la charla ¿Un análogo Olmeca del Rayo de la Muerte o estoy muy fumado?, que será impartida en la próxima sesión de La Ciencia en el Bar, que se efectuará el miércoles 7 de octubre a las 8 de la noche en La Cervecería San Luis, en Calzada de Guadalupe 326. Entrada libre.

En la charla, el Dr. Yuri Nahmad abordará el tema cuyo resumen es: una de las deidades más antiguas de Mesoamérica —cuyas advocaciones más conocidas son Tezcatlipoca entre los mexicas y K’awiil entre los mayas— porta como signo distintivo un espejo humeante. En esta charla se explorarán los mitos de creación de los pueblos mesoamericanos y el conocimiento tecnológico que estos mitos contienen. Se abordará, asimismo, el desarrollo de dispositivos ópticos de concentración en sociedades de tecnología neolítica, así como la invención de uno de los receptores fototérmicos más eficaces para la producción de fuego.

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El Cronopio

Matilde Soto Landeta, pionera directora cinematográfica de México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

A la larga lista de personajes potosinos que participaron brillantemente en el cine mexicano, en especial en la época de oro, siendo pioneros en el género, algunos de los cuales los hemos tratado en esta columna, se encuentra Matilde Soto Landeta, que si bien nació en la Ciudad de México, vivió su infancia y cursó sus primeros estudios en la ciudad de San Luis Potosí donde tiene sus raíces.

En 1913 México pasaba por importantes cambios políticos que agitaban al país, Madero había asumido la presidencia de la República, pero enfrentaba serios problemas de dirección que le llevaría a ser derrocado en los eventos de la decena trágica. Por esas fechas las enfermedades asolaban a la población, en especial la tifoidea, enfermedad que le causaría la muerte a Matilde Landeta Dávalos madre de Matilde Soto cuando esta tenía tres años de edad. Su madre originaria de Matehuala, San Luis Potosí, se casó en 1903 con Gregorio Soto Conde en San Luis Potosí, donde nacieron sus primeros hijos y fueron a radicar a la Ciudad de México, donde nació Matilde Soto Landeta el 20 de septiembre de 1910, aunque en varias crónicas sitúan su nacimiento en 1913.

Al morir su madre, Matilde Soto es traída a San Luis Potosí con su abuela y vive su infancia y adolescencia en la capital potosina. Estudió sus primeras letras en el colegio del Sagrado Corazón y la secundaria con las madres dominicas. En sus estudios mostró una fuerte inclinación por el arte pues comenzó a montar obras de teatro para su familia y amigos.

Al igual que el resto de los personajes potosinos que incursionaron en el cine. Nace su inclinación a este arte en una de sus visitas a Estados Unidos que realizó cuando tenía diecisiete años, con su hermano el actor Eduardo Landeta, lugar donde nacería su inquietud por incursionar en la realización de películas.

A inicios de la década de los treinta regresa al país y se familiariza con el ambiente cinematográfico al visitar los estudios de la Nacional Productora donde fue contratado su hermano como actor en la película de Miguel Zacarías, “Sobre las olas”, protagonizada por los potosinos Adolfo Girón y Emma Roldán, ya tratados en esta columna. Desde entonces estaría ligada a ese ambiente por alrededor de sesenta años. Contra viento y marea emprendió el aprendizaje del quehacer cinematográfico adentrándose, además, en aspectos de edición y fotografía de la mano de los grandes creadores de la época.

Inmediatamente participa como ayudante de guionista en la película de transición del cine mudo al sonoro, “El prisionero trece” de Fernando de Fuentes y en el lapso de diez años da sus primeros pasos como asistente de dirección. Los problemas de desigualdad de género se manifestaron pues su trabajo no era del todo reconocido, y su inquietud por dirigir sus propias películas se dificultaron entre estas desigualdades y la facilidad para conseguir los recursos económicos. Terminó financiando sus propios proyectos y logró dirigir sus primeras películas a fines de los cuarentas, con el estreno de Lola Casanova en 1948, primera película dirigida por una mujer

, en 1949 estrenaba su película La negra Angustias y en 1951 Trotacalles, donde se presentaron conflictos sindicales que la retiraron por un buen tiempo del cine.

Uno de sus grandes proyectos que no dejaron de estar entre la lista de obstáculos a su carrera, fue el proyecto que trabajó junto a su hermano Eduardo Landeta, la dirección de la película Tribunal de Menores, proyecto sobre el cual la convencieron de vender el guion y los financiadores se lo otorgaron a otro cineasta que realizó la película “El camino de la vida”, película que se hizo merecedora al Premio Ariel de 1957 y fue merecedora al premio del mejor Argumento en los premios Ariel, así como la Mención de Honor en el Festival de Berlín. Matilde Landeta, como se le conoce en el medio, al asumir el apellido de su madre al igual que su hermano, demandó a la financiadora, pues además decidieron eliminar su nombre de los créditos del guion, demanda que prosperó y logró se conservaran su nombre y el de su hermano como los realizadores del guion de la premiada película que fue dirigida por Alfonso Corona Blake, una película donde Matilde Landeta retrata la vida de los niños marginados en Ciudad de México a través de tres delincuentes de un centro tutelar de menores. Uno de ellos mató a su padrastro para proteger a su madre, otro dejó ciego a su tutor para defenderse de sus abusos, y un tercero se ve obligado a robar para poder comer.

Temas que serían comunes en los guiones y películas de Matilde Landeta, donde coloca como protagonistas a las mujeres y grupos desfavorecidos sosteniendo la mirada femenina en el relato. Lo que definía como el cine de la mujer, aspirando a crear ese otro cine, creando un estilo narrativo donde las mujeres dejaban de ser figuras inmóviles.

Tras los conflictos en que se vio envuelta, fue excluida del cine mexicano, incursiona en la realización de alrededor de 110 cortometrajes en Estados Unidos. Impartió clases en la primera escuela de cine en México en el Instituto Cinematográfico y llegó a presidir la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. Regresó al set de filmación, después de cuarenta años de haber sido excluida, dirigiendo en 1992 Nocturno a Rosario.

Su obra fílmica es marcada por la defensa de la libertad y la capacidad de las mujeres a decidir sus acciones y sus vidas. Murió el 26 de enero de 1999 en la Ciudad de México.

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