mayo 27, 2026

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Columna de Nefrox

eLeague | Columna de Arturo Mena «Nefrox»

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eLeague

Testeando

Por Arturo Mena “Nefrox”

Mucho se habla en estos días de la liga electrónica de la Liga MX, un torneo que comienza este fin de semana para entretener a los televidentes y distraer un poco a los aficionados al deporte.

El proyecto suena muy interesante y muy simpático, un esfuerzo de los clubes, la Liga MX y algunos jugadores por tratar de mantener algo de armonía dentro de todo el mal.

Sin embargo, el proyecto no es nuevo, ya que la misma FIFA tiene muy bien desarrollada la competencia a nivel mundial, con campeonatos a lo largo del año y toda una liga que se organiza para que los mejores exponentes de esta disciplina (que sí, es toda una disciplina jugar videojuegos) puedan competir con los más altos estándares.

La FIFA 20 FUT Champions Cup se divide por stages, diferentes microtemporadas para ir sacando puntos y acumularlos a la suma final de cada campeonato, el último evento se desarrolló en París entre el 21 y el 23 de febrero con un formato típico de estas competencias y que a continuación explico.

Existen dos grupos diferentes, divididos por tipo de consola, en uno se colocan todos los jugadores de PS4 y en el otro los de Xbox ONE, esto para no dar ventajas a los jugadores acostumbrados a cada uno de los controles.

Una vez definidos los grupos comienzan los enfrentamientos, cada competidor se enfrentará hasta contra 5 rivales, para lograr una clasificación o no.

En el caso particular de México, contó con dos representantes curiosamente ambos del lado de XBOX ONE: Leo 171 que es parte del equipo de Essentials Games y Tigre que pertenece a Timbers esports. Desgraciadamente sus números no fueron buenos, Leo 171 perdió 3 encuentro de primera fase y quedó eliminado, mientras que Tigre logró dos triunfos pero tres derrotas y también fue eliminado en la primera fase.

Una vez que se eliminan la mayoría de los participantes comienzan los brackets finales, desde los 16vos de final, hasta jugarse la gran final por consola, en el caso de Xbox la final la jugaron Msdossary de Arabia Saudita contra Tekkz de Gran Bretaña, dando el título al asiático. Por el lado de PS la final fue Lukas de Alemania contra Zezinho de Brasil, quedando campeón el sudamericano.

Con los dos ganadores por consola, se juega la gran final unificadora, en donde se jugarán dos encuentros, uno en Xbox y otro en PS, la idea es jugar a marcador global, en la gran final de Xbox el marcador fue 1-1 mientras que en la final en PS el ganador fue Zezinho por 2-0 con esto se adjudicó el campeonato mundial con marcador de 3-1.

Cabe resaltar que los jugadores participan con equipos armados desde el FIFA Ultimate Team, o sea pueden colocar jugadores increíbles como Pelé junto a Cristiano Ronaldo.

Otro punto a resaltar es que Zezinho el campeón de ese torneo, pertenece al equipo de Benfica, y juega profesionalmente esports firmado por un equipo de futbol.

La experiencia de la eLigaMX puede ser un motivo para que por fin los equipos y la Federación le den importancia a una competencia que cada vez tiene más auge en el mundo, y ojalá que dentro de todos los sucesos actuales, podamos encontrar grandes oportunidades para que en el futuro próximo, algunos jugadores de FIFA en México, puedan cumplir su sueño de ser fichados por el club de sus amores.

 

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La respuesta siempre ha estado en casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Durante años, el fútbol mexicano se acostumbró a mirar hacia afuera cada vez que necesitaba un entrenador. Como si la solución siempre hablara otro idioma o español con diferente acento. Como si la experiencia solo valiera cuando venía de Europa o Sudamérica. Como si aquí no pudiera construirse algo propio.

Y entonces aparece esta final.

Cruz Azul contra Pumas.

Joel Huiqui contra Efraín Juárez.

Dos técnicos mexicanos. Dos procesos jóvenes.
Dos historias que, hasta hace poco, parecían destinadas a esperar más tiempo.

Porque el fútbol mexicano suele ser impaciente con los entrenadores nacionales. Les exige resultados inmediatos, pero les niega margen. Los quiere preparados, pero rara vez les permite equivocarse. Y aun así, aquí están. A noventa minutos (o un poco más) de tocar el campeonato.

Lo de Joel Huiqui tiene algo profundamente simbólico. Un hombre que entendió durante años lo que significa cargar la presión de Cruz Azul desde adentro, ahora intentando devolverle identidad desde el banquillo. Sin reflectores exagerados, sin vender revoluciones tácticas, pero construyendo un equipo serio, compacto y emocionalmente estable. Que en Cruz Azul, después de tantos años de caos emocional, ya parece muchísimo.

Porque este equipo no juega desesperado.
No corre por ansiedad. No se rompe cuando recibe un golpe.

Y eso también se entrena.

Del otro lado aparece Efraín Juárez, quizá el caso más interesante de los dos.
Porque mientras muchos técnicos mexicanos siguen esperando una oportunidad local, él decidió salir. Aprender lejos. Equivocarse lejos. Crecer lejos.

Y eso pesa.

Su paso por el extranjero le dio algo que pocas veces se ve en entrenadores jóvenes mexicanos, una idea clara de juego y la personalidad suficiente para sostenerla. Pumas no es un equipo perfecto, pero sí es un equipo reconocible. Presiona, intenta ser agresivo, ocupa espacios con intención.

Tiene identidad.

Y en una liga donde muchos equipos cambian de rostro cada tres jornadas, eso ya es una ventaja enorme.

Por eso esta final importa más de lo que parece.

Porque sí, hay un campeonato en juego. Sí, hay historia, afición y presión. Pero también hay un mensaje. Uno que el fútbol mexicano llevaba tiempo necesitando escuchar.

Que los entrenadores mexicanos no tienen que esperar eternamente para estar listos. Que la juventud no es incapacidad. Que las ideas nuevas no necesariamente vienen de afuera.

Y quizá lo más importante: que un técnico mexicano también puede construir equipos modernos, competitivos y emocionalmente fuertes.

Cruz Azul puede romper otra barrera emocional levantando el título con Huiqui. Sería una especie de reconciliación con su propia historia, un hombre de casa devolviendo estabilidad donde tantas veces hubo caos.

Pumas, en cambio, puede confirmar algo distinto con Efraín Juárez, que el técnico mexicano también puede evolucionar, viajar, aprender y regresar más preparado que nunca.

Las dos historias tienen valor.

Las dos se sienten necesarias.

Y quizá por eso esta final tiene algo diferente. Porque más allá de quién levante el trofeo, el fútbol mexicano ya ganó una pequeña batalla que llevaba años perdiendo silenciosamente.

La de volver a confiar en los suyos.

En jóvenes entrenadores mexicanos que dejaron de pedir permiso para competir. Y que ahora, desde los dos banquillos más importantes del país esta semana, están demostrando algo que parecía olvidado, que el futuro también puede hablar con acento mexicano y que la respuesta, siempre estuvo en casa.

 

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Con coherencia en los banquillos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Hay partidos que llegan con tres puntos en juego y otros que llegan con una idea detrás.
El Atlético de San Luis contra Pumas es de esos segundos.

Y es que más allá de la tabla, más allá de si uno necesita meterse o el otro quiere escalar, hay algo que no siempre aparece en el fútbol mexicano: dos entrenadores que entendieron lo que tenían y dejaron de pelearse con eso.

San Luis, por ejemplo, dejó de ser un equipo confundido.
Raúl Chabrand, en silencio, hizo algo que a veces parece revolucionario: ordenar. Volver a lo simple. Apostar por un 4-2-3-1 claro, sin inventos, sin posiciones forzadas, con roles definidos.
Y eso, en un equipo que venía de la incertidumbre, pesa más que cualquier discurso.
Porque San Luis no necesariamente juega mejor que antes, pero eso sí, se entiende mejor, y cuando un equipo se entiende, compite.

Del otro lado está Pumas, que tampoco es casualidad.
Efraín Juárez agarró un equipo que necesitaba identidad más que nombres, y le dio algo que no siempre se nota en la Liga MX: intención. Un sistema que puede mutar, que puede presionar, que puede atacar sin perder orden y los resultados empiezan a acompañar.
Un 3-1 reciente que no solo suma puntos, sino que confirma algo más importante: Pumas sabe a qué juega, que en este fútbol, ya es bastante.

Por eso este partido no es tan simple como parece.
San Luis llega con urgencia. Necesita puntos, necesita creer que todavía está a tiempo a pesar de que el cambio se dio bastante tarde en el torneo.
Pumas llega con confianza. Ya entendió el camino, ahora quiere mejorar el destino, dejando atrás los errores del principio de año que lo desplazaron de Concacaf.

Uno persigue.
El otro se afirma.

Pero los dos comparten algo: coherencia.

Y eso cambia todo.

Porque cuando los equipos tienen idea, los partidos dejan de ser accidentes. Ya no dependen de una jugada aislada, de un error, de un rebote. Empiezan a tener lógica.
San Luis buscará ordenarse desde atrás, sostener el partido, encontrar a João Pedro en momentos clave.
Pumas intentará imponer ritmo, ocupar espacios, hacer que el juego pase por su mediocampo.

No es un choque de estilos opuestos. Es un choque de ideas bien trabajadas. Y quizá por eso este partido importa más de lo que parece.
Porque en medio de una liga que muchas veces vive de la inercia, ver a dos técnicos que sí están construyendo algo, incomoda.

A veces, es tan simple (y tan difícil) como tener claro qué quieres que haga tu equipo cuando tiene la pelota y cuando no.

Pero más allá del marcador, hay algo que ya se está jugando: la validación de dos procesos que, sin hacer ruido, empiezan a tomar forma.
Y en una liga donde muchas veces todo cambia demasiado rápido, ver a dos equipos que por fin parecen saber hacia dónde van, ya es, en sí mismo, una pequeña victoria.

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Hay algo incómodo en el repechaje | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Hay algo incómodo en el repechaje.

Como esas conversaciones que llegan tarde, como esos equipos que reaccionan cuando ya no hay margen.

Nadie quiere estar ahí… pero todos quieren salir.

El Mundial de 2026 promete ser el de la inclusión, el de las 48 selecciones, el de “ahora sí hay lugar para más”. Pero en el fondo, el fútbol sigue siendo el mismo de siempre: el que aprieta cuando más duele. Y ahí, en ese rincón donde ya no hay mañana, aparece el repechaje.

No como premio, como castigo.

En Europa, por ejemplo, el repechaje no debería existir para ciertos nombres. Y sin embargo, ahí está Italia, otra vez, jugando con fuego después de haber aprendido (o no) la lección de quedarse fuera.

Ganó 2-0 su primer partido. Sin convencer, sin emocionar, pero ganando. Que a estas alturas ya es suficiente. Porque en estas instancias el fútbol no se juega bonito… se sobrevive.

Alrededor, el mapa es igual de tenso.

Polonia sacó un 2-1 que dice más de sufrimiento que de superioridad.
Suecia resolvió con un 3-1 que parece cómodo, pero que no garantiza nada.
Dinamarca, quizá la más seria de todas, aplastó 4-0 y mandó un mensaje: hay selecciones que sí entendieron dónde estaban paradas.

Y ahora todo se resume a una noche.
Una sola.

Italia contra Bosnia.
Suecia contra Polonia.
Dinamarca contra República Checa.
Turquía contra Kosovo.

Cuatro partidos para decidir quién va al Mundial… y quién se queda viendo cómo pasa la historia.

Así de frío.

Del otro lado del mundo, el repechaje tiene otro tono. No es presión… es oportunidad.

México es la sede de esa última puerta, y eso no es menor. Porque jugarse el Mundial en este país no es lo mismo. Aquí el fútbol se siente distinto: más ruidoso, más emocional, más impredecible.

Y en ese escenario aparecen nombres que no suelen habitar estas conversaciones.

Bolivia, Surinam, Irak.
Jamaica esperando.
Nueva Caledonia soñando.
República Democrática del Congo empujando desde lejos.

Seis selecciones para dos boletos.
Seis historias que no estaban destinadas a este momento… pero que ya están ahí.

Y cuando eso pasa, el fútbol se vuelve peligroso.
Porque el repechaje no clasifica a los mejores.
Clasifica a los que aguantan.
A los que llegan con dudas pero no se rompen.
A los que no cargan historia… y por eso juegan sin miedo.

Y ahí es donde empieza lo interesante.

Porque cada Mundial tiene ese equipo que nadie vio venir. Ese que no tenía obligación de nada y termina incomodando a todos. Muchas veces, ese equipo sale de aquí.

Si Dinamarca entra, nadie la va a querer enfrente.
Si Suecia se mete, será ese rival incómodo que no regala nada.
Y si Jamaica, incluso Bolivia logran colarse… entonces habrá una historia nueva, de esas que no se explican con rankings, de esas que solo se entienden cuando la pelota empieza a rodar.

El repechaje es injusto, sí. Pero también es brutalmente honesto. Porque aquí no hay margen para discursos, ni para proyectos, ni para promesas. Aquí todo se reduce a 90 minutos donde el pasado no sirve de nada, ni los títulos, ni el nombre, ni la historia, solo el presente. Y quizá por eso incomoda tanto. Porque en el fondo, el repechaje nos recuerda algo que el fútbol intenta ocultar todo el tiempo: que no siempre llegan los que más lo merecen…
sino los que sobreviven cuando ya no queda nada.

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