#4 Tiempos
¿Y quién es mi prójimo? | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Se ha dicho a menudo, pero no es verdad, que la compasión la llevamos dentro los humanos como llevamos las venas, el corazón y el vientre; que corre por nuestra sangre como los glóbulos blancos y que está inscrito en nuestro código genético. ¡Qué va a estar, hombre! Eso es lo que argumentan quienes propugnan una ética sin Dios, pero lo dicen precisamente porque no quieren a Dios.
El hombre –decía Rousseau- nació libre, pero por doquier se halla encadenado; nació naturalmente bueno, pero la sociedad lo hecho malo. ¡Vaya cosa: naturalmente bueno! Como si no supiéramos que hace no mucho existieron en Polonia y Alemania campos de concentración y de exterminio en los que murieron más de 6 millones de personas. Que se estudie cómo torturaba el ejército chileno a los disidentes durante la Dictadura y que luego me digan que el hombre es ese santo que dicen que es.
Por otra parte, hay quien dice también que el hombre es perverso porque es ignorante, pero que, en cuanto se instruya y se ilustre, será mejor. Mas tampoco este argumento se sostiene: sabemos por muchos testimonios dignos de todo crédito que los miembros de la SS alemanes eran cultos, y que dejaban a un lado el libro de Goethe que estaban leyendo o apagaban la música de Bach que escuchaban para ir a encender los hornos crematorios.
No, la compasión no es un sentimiento que llevemos en la sangre, y esto es algo que han probado suficientemente, y como sin quererlo -como de rebote, por decirlo así-, los estudiosos de la mentalidad primitiva. Lucien Lévy-Bruhl, por ejemplo, sostiene en uno de sus libros que la naturaleza humana tiende más a alejarse del prójimo en desgracia que a acercarse a él. Los primitivos, según este famoso antropólogo francés, razonaban de la siguiente manera: “Si este hombre se halla en estado tan lastimero es porque seguramente ha desafiado a los dioses, que ahora lo castigan enviándole esta desgracia. Sufre, luego es castigado. Y si ha sido castigado, más vale que no nos le acerquemos demasiado, no vaya a ser que los dioses nos castiguen a nosotros también”.
Quizá suene exagerado lo que voy a decir, pero de todas formas lo diré: han sido necesarios dos mil años de cristianismo para que la compasión nos parezca, como de hecho lo es, sentimiento noble y un deber humano. Pero quita el cristianismo y habrás borrado la compasión de la faz de la tierra.
¿Soy injusto al hablar así? No, no lo soy. Y, para demostrarlo, voy a hacer uso de unas pruebas que tengo en la mano. Hace unos días cayó en mi poder un viejo libro publicado en Francia antes de la Segunda Guerra Mundial titulado La Morale de la Force, escrito por un tal Ernst Mann. Sí, se trata de la traducción francesa de un libro publicado originalmente en Alemania. ¿Y que es lo que me encuentro entre sus páginas? Lo siguiente, que con escalofríos traduzco y con temblor trascribo: “El suicidio es el único gesto heroico que les queda a los enfermos y débiles. Quienquiera que haya llegado a la persuasión de que sufre una enfermedad crónica, de que no volverá a recuperar jamás la plenitud de su salud o de que no dispondrá del libre uso de sus miembros, éste deberá librarse, por muerte voluntaria, de la carga de su miserable vida, ya rehusando contantemente el alimento, ya por otro medio cualquiera. Para todo enclenque y enfermo, para todo el que sufre una enfermedad crónica o hereditaria, el suicidio es el deber más sagrado”.
¡Oh, pero la cosa no acaba allí! Nuestro autor no ha detenido la pluma, sino que va todavía más allá: “El Estado deberá velar rigurosamente por la destrucción de los débiles y los enfermos. Valiéndose de asambleas anuales de control, examínese por los mejores médicos el estado sanitario de toda la población, con objeto de descubrir a los enfermos y a los enclenques, y aniquilarlos. Fuera de dichas asambleas de control debe ser obligación de todo aquel que se siente enfermo o tarado, presentarse ante los médicos de control. Todo aquel que sepa de un hombre enfermo o desgraciado, deberá denunciarlo a la policía de la higiene”.¿Y me vienen a decir a mí que el hombre es naturalmente compasivo y misericordioso? Pues bien: un mundo sin Dios sería exactamente así…, ¡porque ya lo fue!
No es, pues, casualidad, que el primero de los mandamientos se refiera a Dios: es preciso amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Y luego amar al prójimo con el mismo amor con que amamos a Dios. ¡Ah, si el hombre fuera naturalmente amoroso, no habría por qué ordenarle nada a este respecto! Pero si Dios manda amarlo a Él y amar al hermano es porque lo natural es que pensemos sólo en nosotros mismos. Sucede aquí como en el caso de aquel mandamiento que dice: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20, 12). Es al hijo a quien se le ordena amar a sus padres, porque no siempre se halla en la disposición de amarlos; pero, en cambio, no existe un mandamiento dirigido a los padres que diga: “Amarás a tus hijos e hijas”, pues es mucho más natural que un padre ame a su hijo que un hijo ame a sus padres.
Una vez, Jesús contó una parábola. Era la historia de un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y que, a un cierto punto del trayecto, fue atacado por unos asaltantes dejándolo medio muerto. Pasan por ahí un sacerdote y un levita, lo ven y prosiguen su camino. Éstos reaccionaron como exigía su naturaleza humana: huyendo del dolor. Porque no es natural compartir las penas de los otros, como ya dijimos. Para acercarse al que sufre se requiere algo más que mera humanidad: se requiere un amor excepcional. Y este amor sólo lo podemos recibir de Dios, pues únicamente Él ama excepcionalmente. Sin Dios, la moral desaparece, o sólo se convierte en eso que Ernst Mann llamó “la moral de la fuerza”.
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El Cronopio
Primera institución de investigación en México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
Marco Moreno Corral investigador del Instituto de Astronomía, campus Ensenada de la UNAM me envío un libro que recoge la historia del Observatorio Astronómico Nacional, que escribió en coautoría con Marí Estela de Lara Andrade y Felipe de Jesús Montalvo Rocha, intitulado primeros años del Observatorio Astronómico Nacional de México a 140 años de iniciar su actividad científica, una historia gráfica.
El libro en sí es interesante en el sentido que rescata esas historias que luego son desconocidas y que en su momento vistieron de gloria a la ciencia y tecnología mexicana, además de que contiene fotografías de la época y registro gráfico de los instrumentos con los cuales los astrónomos mexicanos escudriñaron el cielo.
El libro fue escrito para conmemorar los 140 años de actividades que se cumplían en el 2018; sin embargo, el libro fue impreso en el 2023 por la editorial Porrúa y fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en diciembre del 2025.
Sobre Marco Moreno ya escribiremos en posteriores colaboraciones en La Orquesta, por lo pronto nos enfocamos en el libro que está relacionado con San Luis Potosí, pues varios potosinos han laborado en el mencionado Observatorio Astronómico, entre ellos Valentín Gama y Cruz que fue su director de 1910 a 1915, en plena lucha revolucionaria; además de Rodolfo Jurado Calvillo, ambos tíos de Gustavo del Castillo y Gama fundador de la Escuela e Instituto de Física de la UASLP y de quien ya hemos tratado en esta columna.
El Observatorio Astronómico Nacional fue fundado el 5 de mayo de 1878, año en que varias instituciones de ciencia y culturales fueron creadas en el país, después del arribo al poder de Porfirio Diaz con su revolución de Tuxtepec; por ejemplo en Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, institución donde estudiara la preparatoria Valentín Gama, se fundó el Observatorio Meteorológico en comunicación con el Central Mexicano y que estuviera relacionado con el Observatorio Astronómico Nacional.
El libro presenta alrededor de 120 fotografías que registran la historia y los instrumentos del Observatorio en sus primeros años de funcionamiento. Este Observatorio fue incorporado a la UNAM en 1929 siendo el heredero de esta institución el actual Instituto de Astronomía de la UNAM que es un referente mundial en temas de astronomía y astrofísica.
El Observatorio Astronómico Nacional se considera la primera institución en el país creada para realizar labores de investigación en el campo de las ciencias exactas y en especial de la astronomía. En sus inicios el Observatorio estuvo ubicado en lo alto del Castillo de Chapultepec para posteriormente pasar a Tacubaya, y luego en la época de su incorporación a la UNAM en la sierra de San Pedro Mártir en Baja California.
La obra que encabeza Marco Moreno está dedicada a presentar información sobre aquellos primeros años de vida institucional para lo que los autores recurrieron al rico acervo fotográfico que guarda el Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México, heredero directo del Observatorio. La colección de placas fotográficas, contiene imágenes que ilustran sus primeros años, no solo muestra al público la génesis de la institución, también está pensado para darlo a conocer a quienes investigan el pasado científico del país y al público en general que podrá conocer a los principales personajes que le dieron vida al Observatorio y lustre a la ciencia y tecnología mexicana, al tiempo de contribuyeron al desarrollo cultural de la nación.
El acervo al que se refieren los autores, hemos tenido el privilegio de compartirlo en un par de obras relacionadas con el Observatorio Astronómico Nacional y con la historia de la ciencia potosina al tratar la vida y obra de Valentín Gama y Cruz, y la cobertura del campamento científico montado en Laguna Seca en Charcas para la observación del Eclipse Total de Sol de 1923. Fotografías que aparecen en este libro conmemorativo.
Los invitamos a acercarse a este brillante pedazo de la historia mexicana relacionado con el devenir de la ciencia y en especial la astronomía en México.
Lee también: Una pionera en el discurso feminista | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
El Cronopio
Una pionera en el discurso feminista | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
La literatura latinoamericana tuvo sus inicios en la segunda década del convulso siglo XIX, coincidiendo con los movimientos emancipativos de la América española. En México, Fernández de Lizardi inaugura la narrativa mexicana con El Periquillo Sarniento y el cubano Félix Varela la novela histórica con su obra Jicotencatl, así escrito, que sigo sin conseguirla. En esos tiempos, cuando la aventura colonial de España en América se reducía a Cuba y Puerto Rico, se agudizaba el debate patriótico de los criollos cubanos por su emancipación y entre tintes anexionistas e independentistas se configuraba su futuro como nación.
Félix Varela, que emigró a los Estados Unidos al condenársele a muerte por el reino español, por su postura como diputado en las cortes de Cádiz, daría inicio a ese largo periodo que llevaría a Cuba lograr su total independencia en la década de los cincuenta del siglo XX con su movimiento revolucionario, pasando por su vida independiente del yugo español, bajo la mira y nuevo yugo de los gringos que se agenciaban el movimiento iniciado por otra de las grandes plumas cubanas José Martí.
Su relación con México ha sido intensa y en el caso de las letras tienen estas coincidencias en la implementación de esa narrativa latinoamericana, pionera en la ilustración y critica a la vida social por la construcción de una nación justa y con iguales libertades para sus ciudadanos, incluyendo los esclavos y la posición de las mujeres. Si bien, el clima social era adverso a estas aspiraciones los hombres y mujeres de letras no cejaron en pintar en sus páginas la posibilidad de esas sociedades justas.
En 1838 salía a la luz una novela de una mujer cubana, que habiendo viajado a España a vivir una temporada, daba espacio a la ilustración de la vida en el campo cubano y los problemas que enfrentaba la negritud, con su vida de esclavitud, y de la vida de las mujeres que debían responder a condiciones sociales que la propia sociedad colonial les exigían y, que en la actualidad sigue siendo un asunto pendiente que es recordado cada 8 de marzo al hablarse de la situación de la mujer en nuestra sociedad, en el llamado día internacional de la mujer, que en muchas latitudes ha tomado tintas de violencia como medio para lograr su visibilidad. Más allá de los apropiado o no de tales medidas, el día luego queda en segundo plano, al centrarse en estos momentos álgidos de violencia durante las marchas que se han hecho comunes y poco se promueve la contribución que las mujeres han dado a nuestra civilización.
Gertrudis la magna, como bautizara la escritora española Fernán Caballero a nuestra recordada escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda nacida en Camagüey en 1814. La Avellaneda brilló en los salones literarios, contemporizó con lo mejor de la intelectualidad europea, obtuvo reconocimientos importantes, dialogó implícita y explícitamente con sus contemporáneos, fue víctima de tensiones y fracasos personales y hasta provocó escándalo en su entorno social.
Entre sus viajes entre Cuba y España, publicaba sus novelas que alcanzaron un importante reconocimiento, participando en el mundo de las letras junto a sus colegas varones. Su actividad y, principalmente su temática tratada en sus novelas la convierte en una de las primeras feministas latinoamericanas que siguió el camino de la cultura como forma de emancipación social , tanto intelectual como física para, las colonias americanas que seguían bajo el influjo español y la condición inhumana de esclavos negros y las pocas posibilidades de progreso para aquellas mujeres que se aventuraban seguir caminos no aceptados socialmente para ellas.
La Avellaneda, posiblemente marchara de vivir en esta época, pero más que ello, abría caminos a través de la cultura exponiendo situaciones sociales y enfatizando la condición desprotegida de la mujer empeñosa en fincar su desarrollo.
Su primera novela dada a conocer en 1838 es Sab, donde presenciamos un acto de denuncia contra la discriminación hacia la mujer y el esclavo, contra el destino de la sumisión y servidumbre que a ambos aplica la sociedad en que vive Avellaneda. Una de sus primeras novelas también es Dos Mujeres, donde hace una crítica de la institución del matrimonio enmascarando ese contenido subversivo bajo el formato tradicional del folletín romántico.
De esta manera contribuía a la literatura y al movimiento de emancipación de la mujer. Sus obras representan uno de los primeros discursos feministas en lengua castellana que ataca los convencionalismos sociales que discriminan y oprimen a la mujer, como podemos ver en el prólogo que escribe Cira Romero en el libro que por fortuna ha editado la serie letras cubanas y que conseguí prácticamente regalado, me costó catorce pesos cubanos que son la friolera de un peso cuarenta centavos mexicanos, así son los precios, en mi reciente visita a La Habana. El libro recopila tres de sus novelas entre las que se encuentran las mencionadas y que fue editado en el 2014 para festejar los doscientos años de su nacimiento.
Todo un ejemplo de cómo se puede participar en un movimiento feminista a través de la cultura y cómo contribuir a educar a la sociedad en un ámbito civilizatorio donde la igualdad en oportunidades para sus ciudadanos se manifieste de forma natural. Requisito indispensable en esta tercera ola de civilización por la que transitamos y en la que nos rezagamos en México, despreciando la cultura, la educación con acciones dictadas por los gobiernos en turno, de manera más crítica en este gobierno de nueva corrupción que padecemos, y la comunicación superficial que configura estos tiempos modernos y que apuntalan la violencia.
Posiblemente sea difícil conseguir alguna de sus novelas, como las referidas, pero si se encuentran con ellas no duden en darle lectura principalmente quienes se interesan en hacer visibles a las mujeres, con actos civilizatorios.
Lee también: Ciencia y Humanismo, en recuerdo a Manuel Martínez y Francisco Mejía | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
El Cronopio
Ciencia y Humanismo, en recuerdo a Manuel Martínez y Francisco Mejía | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
El 5 de marzo del presente año se cumplen setenta años del inicio de actividades de la Escuela de Física de la UASLP, hoy Facultad de Ciencias, institución forjadora de importantes científicos mexicanos y de la cual egresé en 1978. Recordando mi formación integral inspirada por ejemplares maestros, dedico este artículo a mis maestros y amigos Manuel Martínez Morales y Francisco Mejía Lira con quienes discutí este tema de Ciencia y Humanismo.
La década de los cincuenta en el siglo XX marcó un periodo importante de publicaciones donde se reflexionaba sobre el carácter social de la ciencia, así aparecían, por ejemplo, las obras de Kuhn, Bernal, entre otros. Justo al iniciar esa década el físico Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física en 1933 dictó cuatro conferencias en el Dublin Institute de Estudios Superiores en el University College de Dublin dentro de un ciclo titulado “la ciencia como elemento del humanismo”, tema en boga en esa época que produjera los grandes clásicos sobre estudios humanistas de las ciencias. En 1951 las conferencias impartidas por Scrödinger fueron publicadas en 1951 en el librito Ciencia y Humanismo, que en 1985 fueran editadas en español por Tusquets editores.
En las conferencias aludidas, recopiladas en el libro mencionado, Schrödinger discute la situación de la física en ese momento siguiendo la descripción desde el punto de vista del humanismo y de la propia ciencia, interpretando así, el esfuerzo científico como parte del esfuerzo humano por comprender la situación del hombre.
Su tesis básica es que la ciencia no se diferencia en absoluto de otras disciplinas que contribuyen igualmente al desarrollo de nuestro conocimiento, como la filosofía, la historia o la geografía. Así, a través de las conferencias que tocan puntos agudos y cuya lectura debería ser obligatoria en las escuelas de ciencias, Schrödinger se aventura en torno a la pregunta ¿para qué sirve la ciencia?, su respuesta apunta “La finalidad de la ciencia, y su valor, son los mismos que los de cualquier otra rama del conocimiento humano. Ninguna de ellas por si sola tiene finalidad y valor. Sólo los tienen todas a la vez”.
El saber aislado, continúa diciendo Schrödinger, conseguido por un grupo de especialistas en un campo limitado, no tiene ningún valor, únicamente su síntesis con el resto del saber, y esto en tanto que esta síntesis contribuya realmente a responder al interrogante ¿qué somos?
En su primera conferencia Schrödinger alude a la obra del filósofo español, José Ortega y Gasset, en particular en su obra “la rebelión de las masas” lectura por demás recomendable, donde discute la era del maquinismo que ha tenido por consecuencia elevar enormemente la cifra de población y el volumen de sus necesidades a niveles imprevisibles y sin precedentes. Los artículos periodísticos que Ortega y Gasset escribiera en la década de los veinte en torno a este tema fueron recogidos en los treinta en el libro mencionado, la rebelión de las masas, donde introduce el concepto de hombre-masa y las consecuencias de la ciencia y tecnología sobre la estructura de este hombre-masa entre el ciudadano común y su nivel de cultura y el círculo de especialistas. La relación del hombre-masa con el Estado es igualmente discutida por Ortega y Gasset y afirma que el poder creciente del Estado coartando la libertad individual, so pretexto de proteger al ciudadano más de lo necesario , constituye el mayor peligro para el futuro desarrollo de la cultura. Temas por demás interesantes para analizar lo que sucede en nuestro entorno particular.
Tanto Schrödinger como Ortega, tratan el asunto de la especialización, en el caso de Schrödinger con la consecuencia ya mencionada que la basa en el trabajo de Ortega para quien el científico especializado en tanto que arquetipo de la canalla bruta e ignorante -el hombre-masa- que pone en peligro la supervivencia de la humanidad. Al respecto Ortega dice: “Es un hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador. Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuánto queda fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva, y llama diletantismo a la curiosidad por el conjunto del saber.
El caso es que, recluido en la estrechez de su campo visual, consigue, en efecto, descubrir nuevos hechos y hacer avanzar su ciencia, que él apenas conoce, y con ella la enciclopedia del pensamiento, que concienzudamente desconoce. ¿Cómo ha sido y cómo es posible cosa semejante? Porque conviene recalcar la extravagancia de este hecho innegable: la ciencia experimental ha progresado en buena parte merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres y aun menos que mediocres”.
Es necesario el trabajo especializado, sin él, el progreso sería imposible, digamos que es un mal inevitable, pero mientras en los países desarrollados principalmente se impone el convencimiento de que toda investigación especializada únicamente posee valor auténtico en el contexto de la totalidad del saber; mientras en nuestra universidad, no solo se deja de lado la relación de temas humanistas y científicos en nuestras escuelas, sino se sigue inventando carreras que apuntan a una especialización, ahora exagerada, que parcializa el conocimiento y la formación de nuestros jóvenes que tendrán en sus manos, no solo el progreso del conocimiento, sino la solución a los problemas que demanda la sociedad.
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