octubre 16, 2026

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#4 Tiempos

Un cuarto propio | Columna de Juan Jesús Priego

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No sé si les habrá pasado alguna vez que, al regresar a casa tras una jornada especialmente agotadora, se sintieran de pronto sobresaltados y llenos de terror ante la idea de tener que estarse el resto del día metidos como ratas en su habitación. Confieso que a mí sí.

Durante una temporada más o menos larga, mi cuarto suscitó en mí una repulsión difícilmente describible. Apenas entraba en él, quería huir, inventándome nuevas actividades o acudiendo a compromisos innecesarios. Ideas acerca de cómo emplear el tiempo para aprovecharlo mejor, no me faltaban; lo que me faltaba, más bien, eran ganas de estarme allí sentado, entre aquellas cuatro paredes aborrecibles. Me acordé de Pascal: «Todos las desgracias que sobrevienen a los humanos tienen su origen en su incapacidad de estarse quietos en su propia habitación» (Pensamientos, 139). Pero el problema, al menos en mi caso, no era la quietud, sino la habitación: sencillamente no la soportaba.

Había libros en el piso y en la cama; la computadora apenas cabía en mi mesa de trabajo, la puerta del clóset se había salido de los raíles y la cortina se bamboleaba como una bandera vieja que se cae del asta. Esto sin contar que cada vez que entraba a la pieza tenía que dar saltitos para no tropezarme con los cerros de carpetas que amenazaban con venirse abajo a la menor provocación. Me decía a mí mismo: «¡Nunca más encargaré trabajos escritos a mis alumnos, nunca más! ¿Para qué? ¿Para ahogarme en un mar de papeles? ¡Además, como si no supiera que se los bajan de Internet!».

En una palabra, si la locura es una cima, yo estaba a un paso de alcanzarla.

Una vez, alguien me preguntó: «¿Dónde vives?», y a punto estaba ya de darle mi dirección cuando caí en la cuenta de que allí era precisamente donde no vivía. Trataré de explicarme. Cuando alguien nos pregunta lo que aquel amigo me preguntó a mí, no espera que le demos la dirección en la que trabajamos: casi por un acuerdo tácito ha sido establecido que la verdadera vida siempre transcurre en otra parte, es decir, en la casa. Pero si allí no se vive, si uno no se siente vivir en ella, ¿qué es lo que debemos responder? Mejor sería decir que allí morimos o languidecemos, pero como eso equivaldría a confesar demasiado, lo preferible es callar y limitarse a espetar el nombre de la calle que se nos pide. Así lo hice, y mi amigo quedó satisfecho, al parecer: «Privada de la Alegría, 208», dije.

Lo preocupante del asunto era que aquel desagrado por mi cuarto en particular había llegado a convertirse en desagrado por la existencia en general. Mi humor desmejoraba a ojos vistas y la pregunta por la ubicación de mi domicilio no tardó mucho en convertirse en esta otra, formulada en un tono mucho más alarmante: «¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?». Pero en aquel momento ni yo mismo sabía lo que me pasaba. Lo único que podía asegurar era que me hallaba enormemente insatisfecho.

Es bien sabido que la condición humana es tal que un solo dolor de muelas, con tal de que sea lo suficientemente fuerte, es sufici ente para hacernos desesperar del universo. P

ues bien, lo mismo sucedía conmigo en aquel entonces. El mundo me parecía aborrecible, y cuando visitaba alguna casa en la que me invitaban a comer o a cenar, yo decía para mis adentros esta oración, que más que plegaria era un reproche: «¡Señor del cielo: de qué espacios goza esta gente! A mí, en cambio, me has hecho vivir en una jaula de 3 por 2! ¿Por qué a uno todo se lo das y a otros todo nos lo niegas?».

Hasta que un buen día decidí no revisar carpetas, no escribir una sola línea, no hacer otra cosa que arreglar mi cuarto añadiendo anaqueles a mi librero, comprando una mesa más grande y arreglando el cortinero para que entraran el aire y la luz. Ese día pedí perdón mentalmente a los que, esperándome para comer, iba a dejar plantados, y puse manos a la obra. Si no lo hacía esa tarde, no lo haría nunca.

Y el mundo cambió. Todo se hizo más bello y luminoso. El pesimismo cedió su lugar en mi alma a una tranquilidad que se me reflejaba descaradamente en el rostro.

¡Cómo son importantes los lugares! Desde ellos juzgamos el mundo y nos juzgamos a nosotros mismos.

En uno de sus Ensayos, Francis Bacon (1561-1625), el filósofo inglés, hablando «de la manera de conservar la salud», recomendaba especial atención al orden de las habitaciones. «Por consiguiente –escribió-, examinad todas las diversas partes de vuestro régimen, tales como los alimentos, los sueños, los vestidos, la habitación, etcétera, y si encontráis algo que sea dañoso, procurad remediarlo poco a poco».

Muchas veces los temperamentos melancólicos y tristones no son más que el reflejo de la melancolía y la tristeza de los lugares en que viven; si se decidieran a cambiar el orden de los objetos, acaso cambiarían también sus humores y sus estados de ánimo. Me decía un amigo psicólogo en cierta ocasión: «Muchas veces, el cambio del mobiliario de la casa hace más bien que una larga sesión psicoterapéutica». ¡Pero, ay, qué tarde descubrí yo tan elemental verdad!

Alain (1868-1951), el filósofo francés, dijo en cierta ocasión lo mismo que mi amigo, aunque con otras palabras y mucho antes qué el –lo dijo, para ser exactos, en sus Proposiciones acerca de la felicidad-: «Cuando un bebé llora no hay que apresurarse a juzgar el futuro carácter de la criatura: quizá lo que sucede es, sencillamente, que anda un alfiler entre los pañales».

Que me perdonen los que, aquella tarde, no me vieron llegar a la hora convenida y ni siquiera al día siguiente, pero es que era necesario. ¿Qué le vamos a hacer? A veces es absolutamente necesario pensar en uno mismo.

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Acento Ajeno

Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.

Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.

Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.

Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.

Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.

Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual

y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.

La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.

Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?

Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.

“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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