enero 28, 2026

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#4 Tiempos

Sobre las lágrimas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Uno de los documentos más interesantes que se hayan escrito nunca es, sin duda, el Diario de Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés por desgracia todavía muy poco leído en los países de habla hispana.

Ya a principios de siglo don Miguel de Unamuno (1864-1936) se quejaba de las escasas y malas traducciones españolas de las obras de este filósofo al que se sentía tan afín y al que cariñosamente llamaba mi danesito. De hecho don Miguel, ya viejo, se aplicará a aprender danés con el único fin de leer a Kierkegaard.

Y, bueno, hay que reconocer que en el presente es mucho más fácil conseguir los libros de Sören Kierkegaard que en tiempos de don Miguel. El concepto de la angustia, Temor y temblor, y sobre todo Diario de un seductor son de sencillísima adquisición. Pero esto no es todo y ni siquiera lo más importante de la vasta obra kierkegaardiana, pues el que quiera conocer realmente a este cristiano excepcional tendrá como mínimo que leer su Diario.

Tengo entendido que allá por los años 60 la editorial argentina Santiago Rueda publicó una obra de Kierkegaard con el título de Diario íntimo (al menos eso fue lo que leí en la solapa de otro libro publicado por la misma editorial); lo que ya no sé –pues nunca se me ha hecho ver un ejemplar de éstos ni de lejos ni de cerca- es si se trataba de todo el diario o si sólo de una de sus partes o de una antología. Porque el Diario completo es monumental: consta de unas 5.000 páginas, aproximadamente. Ahora bien, una de las selecciones más completas, por lo menos hasta hoy, de dicho Diario, es la que realizó el filósofo y sacerdote italiano Cornelio Fabro y que publicó en 1972 la editorial Morcelliana, de Brescia, en la simbólica y muy apostólica cantidad de 12 volúmenes.

Pero, bueno, como el presente no quiere ser un mero artículo bibliográfico, vamos a abrir uno de los tomos de ese Diario, el segundo, en el párrafo 523 (de la versión italiana a la que hemos aludido), justo donde escribió lo siguiente el filósofo danés:
«Así como las mujeres judías consideraban un deshonor no tener hijos, así los cristianos deberían considerar un deshonor no tener lágrimas (las cuales, como los hijos, son un don de Dios)».

«¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!», exclama el aviador perdido en el desierto al ver llorar al Principito a causa de su rosa. ¡Sí, es tan misterioso! Se nace llorando, se va uno de este mundo entre las lágrimas de los seres queridos (y acaso también entre las propias) y la risa misma, cuando llega a un cierto punto, al punto en el que le es imposible ya dar más de sí, no encuentra otra manera de expresarse más que con el llanto. ¡Y cuántas son las cosas que pueden hacer nos llorar! El hombre maduro, el hombre fuerte que soportó ver a su madre rodeada de cuatro cirios, con mucha frecuencia es el mismo que no puede escuchar una canción de su niñez o de su juventud sin que las lágrimas se le escurran descaradamente por entre las barbas. En el mundo del llanto no hay reglas inmutables y fijas: cada quien sabe por qué llora, y sus lágrimas serán siempre sinceras, es decir, legítimas.

«Las lágrimas son mi pan día y noche», cantaba el salmista lleno de pesar (Salmo 42,4). «Me parezco al búho del yermo, a la lechuza en las ruinas. Sin dormir estoy, y gimo como pájaro solitario en el tejado» (Salmo 102, 7). «Estoy cansado de gemir, baño mi cama cada noche, inundo de lágrimas mi lecho» (Salmo 6, 7).
El autor del salmo 56(55), como Kierkegaard, tampoco se avergonzaba de llorar, y cantaba gimiendo, dirigiéndose al Señor: «Tú llevas cuenta de mi vida errante: ¡recoge mis lágrimas en tu odre!» (v. 9).

¿Qué significa esta súplica extraña: «Recoge mis lágrimas en tu odre»? El salmista se dirige a Dios con el único lenguaje que conoce: el de los hombres del desierto, para quienes el odre es lo más importante que pueden cargar en una travesía por entre los mares de arena. En el odre va el agua, la seguridad, la vida. Sin el odre no hay esperanza de seguir adelante. El salmista dice pues a Dios: «Guarda mis lágrimas y ponlas en un lugar importante. Así como un beduino no pierde jamás una gota de agua, pues para él es un tesoro, así no dejes tú que se pierda ninguna de mis lágrimas».

A esta oración confiada, Dios responde así por boca del profeta: «Hará Yahvé en este monte para todos los pueblos un convite de manjares exquisitos… Enjugará el Señor las lágrimas de todos los rostros y quitará el oprobio de su pueblo» (Isaías 25, 6-9). A Dios le importan nuestras lágrimas. Por eso, un cristiano no debería avergonzarse de llorar cada vez que la vida le diera material y ocasiones para ello, siempre y cuando dé sus lágrimas a Dios para que Él las ponga en lugar seguro. Dios es un buen conocedor de los desiertos de esta vida y no dejará perder ni una sola de las gotas que hayamos depositado en la concavidad de su odre.

«Señor –dice Gustave Thibon (1903-2002) que una vez preguntó a Dios-, esas lágrimas que corren arrastrando jirones de almas destrozadas…, ¿por qué?». Y dice también que muy dentro de sí escuchó en seguida, a modo de respuesta, estas palabras: «Distintos imanes atraen nuestras miradas. La tuya se detiene en las lágrimas que corren y la mía en las flores que esas lágrimas riegan» (Le pain de chaque jour).

No sabemos por qué el dolor. Pero sabemos que es fecundo y que nuestras lágrimas están guardadas en la eternidad. Del hombre, el amado de Dios, ni siquiera eso que parece tan volátil se perderá.

 

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El Cronopio

El padre Peñaloza al rescate de la obra de Francisco González Bocanegra | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

En las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado hubo un importante movimiento editorial en San Luis Potosí dirigido por un selecto grupo de intelectuales preocupados por la cultura potosina; así aparecieron revistas como Estilo, Letras Potosinas, Cuadrante, Jueves Literarios, Revista de la Facultad de Humanidades, Archivos de Historia Potosina, entre otros, que recogieron importantes escritos culturales y que dieron vida a libros de importancia histórica local, como la memoria de Francisco Estrada padre, titulada Recuerdos de mi Vida y el libro conmemorativo por el centenario del Himno Nacional, publicados en los cincuenta a través de la UASLP.

En 1954 se publicaría el libro Vida y Obra de Francisco González Bocanegra con motivo del centenario del Himno Nacional, de la pluma del padre Dr. Joaquín Antonio Peñaloza, que participaba en algunas de las revistas y publicaciones mencionadas. En 1998 se editaría la segunda edición de este libro, ahora dentro del marco de festejos por el setenta y cinco aniversario de la autonomía universitaria, edición que estuvo a cargo de Jesús Rivera Espinosa y del propio padre Peñaloza. Esta edición agregaba otros poemas inéditos recopilados en ese periodo entre los cincuenta y los noventa.

El libro mencionado es uno de los mejores esfuerzos por difundir la obra de González Bocanegra y aún puede conseguirse en la Librería Universitaria de la UASLP a costo bajo, pues debe de andar en la friolera de ochenta y cinco pesos. Una buena forma de conocer a este personaje y disfrutar sus poemas y escritos realizados principalmente en la década de los cincuenta decimonónicos.

González Bocanegra vivió treinta y siete años, muriendo en 1861 sobreviviéndole su esposa y dos de sus hijas, una de ellas tomaría los hábitos y otra se casaría dejando descendencia del insigne poeta. En el libro el padre Peñaloza repasa la vida del poeta desde su nacimiento en San Luis Potosí, el destierro voluntario de su familia a Cádiz en España debida a la expulsión de españoles del país al formarse la República, su regreso a San Luis y su partida a la ciudad de México donde comenzaría su obra literaria. El padre Peñaloza divide su vida de acuerdo con sus aportaciones literarias, así nos habla de su faceta de poeta, de orador, de dramaturgo, de funcionario público, de narrador

, entre otros; además de su etapa de vida en San Luis Potosí.

El libro recoge, además, la recopilación de su obra, con sus poemas, sus escritos, sus ensayos, sus reportes como censor de obra de teatro. De esta forma es una buena forma de conocer la obra de este potosino que trasciende en el mundo de las letras al ser el autor de la letra del Himno Nacional, uno de los mejores poemas cívicos creados a nivel mundial.

Su estatua, retirada de la glorieta que lleva o llevaba su nombre, ya no sé, ha quedado relegada a un costado de la glorieta un tanto perdida, como ahora es la obra de González Bocanegra que es poco a nada conocida, al igual que la relegación de la estatua a Manuel José Othón otros de los importantes hombres de letras que colocan a San Luis en la historia de las letras mexicanas.

Así que, hágase de este libro, si no lo ve en las estanterías, solicítelo a ver si lo sacan de las bodegas de la librería universitaria.

Ante la ausencia de homenajes en los aniversarios de su nacimiento, como sucedió hace dos años que se cumplieron doscientos años de su natalicio el 8 de enero, el mejor homenaje que podemos hacer a este ilustre potosino es mantener su obra viva a través de la lectura.

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#4 Tiempos

La batalla del segundo café | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Sé que un día se ha estropeado cuando, antes de que empiece la faena, no tengo tiempo de tomar un café y tontear un poco. Desayunar sin prisa, leer una nota ligera del periódico, observar a un paseador de perros, pensar fugazmente en un viejo amor. Ese paréntesis previo al trabajo es la última línea de defensa entre el espíritu libre y el triste destino de convertirse en un engranaje más de una máquina fría. Conviene protegerlo como se protege una playa al amanecer, atrincherado frente al desembarco de la urgencia, para que no arrase con lo más valioso de uno mismo.

Hay seres poseídos por ánimos totalizadores que han logrado convencernos de la necesidad de la prisa. No ya llegar a tiempo, sino llegar antes, hacer acto de presencia, simular que la puntualidad es la forma más alta de la responsabilidad. Son los que clavan la bandera en la luna: lunáticos del ansia, sometidos a un espacio donde ya no son ellos, sino el sometimiento mismo, el hilo carcomido del proceso. Embusteros que, al final del día, cambian muy poco el mundo.

En cambio, quienes pelean por otro sorbo de café, por caminar una cuadra más, por detenerse en la esquina siguiente y descubrir una calle nueva, llevan una insignia que convendría reivindicar en tiempos de métricas, rendimiento y KPIs —a qué punto hemos llegado, Dios mío—. Son los verdaderos justicieros: la resistencia suave que consiste en tomarse el ritmo a la ligera y escuchar otra canción.

Cumplir, sí. Llegar a tiempo. Hacer lo tuyo. Pero sin renunciar a la parte del pastel que te pertenece: ese tiempo libre que, sin venir a cuento, cedemos a las dinámicas de la preocupación y la rutina. El gran engaño de la jornada laboral de ocho horas, que siempre acaba siendo más larga por los minutos regalados al transporte, a la anticipación, a la congoja, minutos que podrían devolverte una sonrisa que no encontrarás en ningún otro sitio.

Sobre la importancia del aquí y el ahora, del tiempo libre como una variante del oro, aprendí de mi amigo Karim, abogado poblano, un mediodía en el Bar Mascota del Centro Histórico de la Ciudad de México. Estábamos de vacaciones, aunque incluso en esos territorios se filtra la ponzoña del oficio. Entre risas y anécdotas sonó su teléfono. Alguien quería hacerle una consulta, pedirle algo. Karim escuchó con atención, sin perder el aplomo ni olvidar que estaba pasándola bien con los presentes. Entonces soltó una frase memorable que aún guardo en el anecdotario: «Si es urgente, márcame en media hora». Y siguió en la cháchara, sin agobiarse.

Nadie es recordado por su fervor a la rutina, por renunciar a una escena de cine para sentarse veinte minutos antes frente a un escritorio. Quienes gozan de su tiempo cargan con un descrédito inmerecido. Hay más que aprender del hombre que fuma un cigarrillo y mira el horizonte que del que corre ansioso a apretar una máquina checadora.

Algo parecido ocurre por la noche: saber cuándo marcharse. Entender las responsabilidades como el oleaje: nunca desaparecerá, y mal hacen quienes pretenden domarlo. La sabiduría consiste, más bien, en surfearlo, pulir un poco las piedras, volver a casa y al día siguiente repetir el gesto. El trabajo nunca se acaba; la disponibilidad perpetua solo sirve para avivar el fuego y descubrir nuevos rincones que limpiar.

Languidecer no es el destino de los viernes. Un viernes es para detenerse y saludar a la vendedora de la esquina, mirar una vitrina de pan dulce, probarse un suéter que no se comprará, hojear el menú de un restaurante al que invitarás a alguien. Beber el licor suave de no hacer nada. La rutina es un ladrón de guante blanco: te roba historias y momentos si no te resistes, si no das la batalla cada mañana.

Hay que ponerse en modo guerrilla para defender la propia subsistencia antes de convertirse en una versión disminuida de lo que ya hace mejor un robot sin agallas o la mentada IA, incapaz de atender al olor de una naranja recién cortada o de entender el valor de un atardecer: la belleza de quedarse embobado, de no tener respuestas, de esperar un poco.

Sal del arroyo de las tonterías. Todo pasa.

«La noche fue hecha para amar», decía Lord Byron. Bien podría decirse lo mismo de la vida entera.

 

Contacto:
Correo: yomiss[arroba]gmail.com
Twitter: @Bigmaud

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#4 Tiempos

Pedro Miramontes Vidal y su faceta de escritor científico | Columna de J. R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Manuel Martínez Morales, uno de los creadores de El Cronopio, hablaba de la responsabilidad del investigador en el quehacer de la divulgación de la ciencia. Su corriente de trabajo basado en la socialización del conocimiento científico, exigía de cierta forma, exponer una opinión ante los temas tratados. Su obra de divulgación abordaba artículos y ensayos donde la historia, el arte, la filosofía y la ciencia eran recurrentes en el abordaje de sus temas. 

Un buen tiempo tenía sin encontrar artículos con esta característica, hasta que la buena voluntad de Pedro Miramontes me tendió un libro suyo intitulado Mares de Tiempo y Agua, de las ediciones del Instituto de Física de la UASLP que encabeza Jesús Urías; si bien, el libro no está exento de errores editoriales viene a enriquecer los títulos que el Instituto de Física ha editado a lo largo de su corta existencia y que ha venido a refrescar el árido mundo de las ediciones potosinas y, sobre todo, las universitarias. 

Formados como físicos por la misma época y su deambulación por las matemáticas, así como el estilo de escribir artículos de corte científico dirigidos a un amplio público, son los factores que caracterizan a Manuel Martínez y Pedro Miramontes quien en mares de tiempo y agua nos recorre la historia del pensamiento que formó el estudio de los sistemas complejos y nos descubre un mundo multifactorial para su explicación. Los detalles históricos, muchos de ellos dejados de lado en la historia oficial del pensamiento científico y su relación con la construcción de las ideas sobre nuestro universo desde la antigüedad y que ha moldeado la filosofía de la ciencia, son recurrentes en los capítulos que corresponden a artículos y ensayos escritos en su mayoría al despuntar el siglo XXI para la revista Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM, una de las revistas de divulgación de gran prestigio en el país, y que ahora es dirigida, precisamente, por Pedro Miramontes que realiza una estancia académica en la Facultad de Ciencias de la UASLP.

La complejidad de los sistemas naturales que conforman nuestro mundo, lo manifiesta en sus propios escritos pues la visión holística con que los aborda, nos permite transitar desde diferentes enfoques en el entendimiento de tales sistemas, ya sea a través del arte y por supuesto, desde la ciencia en su gran abanico de disciplinas, donde las matemáticas sintetizan las posibles explicaciones. A través de la selección que realiza Miramontes podemos enterarnos de conceptos sobre el caos, la geometría fractal

, sin desligarnos de aspectos sociales y educativos. Sus escritos responden al requerimiento filosófico de Ortega y Gasset donde critica la especialización y sus inconvenientes en asuntos de carácter complejo, como es el mundo donde nos desenvolvemos y del que queremos entender a cabalidad para mejorarlo y construir sociedades más justas y de feliz convivencia.  

En todos ellos, hay una opinión, y una socialización del conocimiento formado a lo largo de siglos para la contribución del desarrollo científico y social. Pues el carácter utilitario de la ciencia es un factor que requiere reflexión por parte de los constructores de dicho conocimiento para contribuir al desarrollo social. Nuestro país, no es ajeno a este requerimiento y esa carencia que suele suceder sobre reflexión de nuestra labor como científicos, la señala Miramontes, como un recordatorio de nuestro papel como miembros de una sociedad con múltiples problemas y de los cuales podemos contribuir. 

Si tienen oportunidad, no dejen de leer ese libro es ampliamente recomendado y, en especial para quienes quieren adentrarse en la divulgación escrita, es un buen ejemplo de cómo realizarlo, para lo cual se requiere mucha preparación en el ámbito cultural.

Pedro Miramontes estudió física en la UNAM y se doctoró en la propia UNAM en Matemáticas, combina sus investigaciones en áreas interdisciplinares como computación, biología, física, matemáticas, genómica, entre otras. Es profesor titular del Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la UNAM, ha participado desde hace años como profesor e investigador visitante en la Facultad de Ciencias de la UASLP. Su trabajo docente y de investigación lo combina con la divulgación del conocimiento científico, participa activamente como disertador en el ciclo de charlas La Ciencia en el Bar, actualmente dirige la revista de Divulgación Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM una de las más importantes revistas de alta divulgación científica en el país.

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