#4 Tiempos
Mexicanos de segunda | Columna de Víctor Meade C.
SIGAMOS DERECHO.
Durante el mes pasado se publicaron en el Diario Oficial de la Federación tres sentencias emitidas por el Pleno de la Suprema Corte de Justicia, en las que declaran de manera unánime que el requisito de ser mexicano por nacimiento para acceder a ciertos cargos públicos a nivel estatal es inconstitucional.
La primera de estas sentencias corresponde a diversos artículos de leyes del Estado de Michoacán, en los que establecen que es requisito ser mexicano de nacimiento para ser titular del Órgano Interno de Control del Congreso local, del Poder Judicial y de los organismos autónomos locales (Instituto Electoral local, Tribunal Electoral, Comisión Estatal de Derechos Humanos, entre otros). La segunda sentencia corresponde a una ley del Estado de Sinaloa, en la que establecen el requisito de ser mexicano por nacimiento para ejercer distintos cargos en el Tribunal de Justicia Administrativa. Finalmente, la tercer sentencia corresponde a diversos artículos de leyes del Estado de México, en los que establecen el requisito de ser mexicano de nacimiento para ejercer el cargo de Titular de la Unidad de Asuntos Internos de la Secretaría de Seguridad Pública estatal y el de Rector de la Universidad Mexiquense de Seguridad.
En estos tres asuntos, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos demandó la inconstitucionalidad de todos estos artículos. Sus argumentos fueron muy claros: establecer dicho requisito excluye de manera injustificada a aquellas personas que adquirieron su nacionalidad mexicana por otra vía distinta al nacimiento. Esta exclusión, por tanto, viola derechos de igualdad y no discriminación, sumados a las evidentes restricciones y violaciones impuestas al derecho al trabajo.
En el lado contrario, los argumentos que expusieron las autoridades responsables (gobernador y congreso local) de Michoacán, Sinaloa y Estado de México para defender la imposición de este requisito fueron razonablemente distintos entre sí y francamente ridículos. El congreso de Michoacán argumentó que se trata de cargos “muy importantes” y que su titular requiere de un “carácter confiable”. El congreso sinaloense básicamente señaló que estableció ese requisito porque la ley se lo permite y punto; no expuso razones de fondo. El gobernador del Estado de México indicó que con esa medida busca que “se aseguren la soberanía y la seguridad del país, bajo la salvaguarda de conceptos como la lealtad e identidad nacionales”.
¿De verdad no se puede confiar en alguien que nació fuera del país, pero que adquirió la nacionalidad mexicana por decisión propia? ¿Esas personas no deben ni son capaces de ocupar “cargos importantes”? ¿Se pone en riesgo a la soberanía nacional (lo que sea que eso signifique) cuando un mexicano o mexicana que nació en fronteras distintas quiere servir a su país desde la administración pública?
La Corte trató y resolvió los tres casos de la misma manera. En todos resolvió por unanimidad de once votos que imponer dicho requisito es inconstitucional. Sin embargo, los ministros y ministras de la Corte no respondieron a ninguna de las preguntas enlistadas arriba. La Corte resolvió que dicho requisito es inconstitucional, pero por una cuestión de competencias. Es decir, la Corte argumenta que los congresos locales no están facultados para hacer ese tipo de distinciones, sino que solo las pueden hacer la Cámara de Diputados y la de Senadores. De esa manera, la Corte tendrá que seguir invalidando, casi de manera automática, todas las impugnaciones que se hagan a artículos similares promulgados en los estados de la República.
En el país permanecen cientos de normas de este tipo , que, bajo el velo de una supuesta soberanía y de ‘la defensa de los intereses de la nación’, continúan distinguiendo entre lo que parecieran ser dos clases de mexicanos: los de primera, nacidos en México e irremediablemente aptos y capaces para defender los mejores intereses nacionales en su más alto nivel; y los de segunda, no nacidos en México, inconfiables y con una promesa de traición inminente que los hace incapaces de defender a cabalidad el interés colectivo.
Se me vienen a la mente dos ejemplos. El primero es el caso de Miguel Carbonell, abogado egresado de la UNAM y con una trayectoria académica como la de muy pocos. Sus aportes a la ciencia jurídica han valido para que la propia UNAM lo reconozca como uno de sus 10 más ilustres egresados en toda su historia. Sin embargo, Carbonell nunca ha podido dirigir el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM sencillamente porque nació en España, a pesar de haber vivido y dedicado toda su vida a México.
El segundo ejemplo es el de Jean Meyer, uno de los más importantes historiadores que tiene México. Meyer, nacido en Francia en 1942, arribó al país en 1965 para realizar su tesis doctoral. El resultado de esa tesis fue nada más y nada menos que la investigación más completa que se ha hecho de la Guerra de los Cristeros. Es decir, prácticamente todo lo que sabemos de ese suceso tan relevante de la historia mexicana fue recopilado por él; su trabajo para nuestro país —su país— es invaluable y obra de referencia para miles. Meyer es naturalizado mexicano desde 1979 e incluso se presenta a sí mismo como Juan, no Jean. Aunque desconozco si alguna vez le ha pasado por la mente ocupar algún cargo público, el sentido común nos dice que es una oportunidad que no debería de ver limitada.
La semana pasada se conmemoró el aniversario 500 de la Caída de Tenochtitlán. Las diversas discusiones historiográficas que afloran cada año con motivo de la conmemoración son sin duda interesantes y enriquecedoras para el debate público. Sin embargo, en el marco de esas discusiones también salen a relucir las filias y fobias de muchos que defienden —equivocadamente, me parece— la idea de que existen unos mexicanos originales. No hay que perder de vista que una de las premisas del pensamiento nacionalista es la división y la distinción entre los que son de acá y los que son de allá (los enemigos). Tampoco perdamos de vista que aún permanece muy presente en nuestra cultura, pensamiento e incluso en nuestras leyes una visión de la historia escrita por el priismo autoritario, basada en un México perteneciente solo para algunos y que niega, silencia y reprime su multiculturalidad y diversidad que tanto nos enriquece.

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El Cronopio
Juan José Ortega, director cinematográfico matehualense | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
En las primeras décadas del siglo XX un buen número de potosinos van a la Ciudad de México a continuar su formación y su desarrollo profesional. La mayoría sobresalen en las actividades que se realizan, como lo muestra la nutrida membresía de la Academia Potosina de Ciencias y Artes formada por potosinos que radican en la Ciudad de México, donde la mayoría ocupan puestos de importancia en la vida cultural mexicana. Entre estos personajes se encuentra el camelense Juan José Ortega García que destacaría en la industria cinematográfica en la época de oro del cine nacional a la que se incorpora en la década de los treinta siendo otro de los potosinos pioneros en el cine mexicano.
Juan José Ortega García nació en Matehuala, San Luis Potosí, el 27 de octubre de 1904, donde inicia su educación primaria la que tuvo que suspender, para proseguirla de manera autodidacta, para contribuir al sostenimiento de su familia. La familia se traslada a San Luis Potosí y continúa su formación autodidacta, entre ellos el oficio de mecanografía, lo que le conduciría a iniciarse en el periodismo en 1925 colaborando en el periódico Acción de San Luis Potosí, del que sería su subdirector en 1928 y, director en 1932 del periódico potosino Vanguardia. Fundó en el Bajío un par de periódicos: el Diario del Centro en Aguascalientes y El Globo en León, Guanajuato. Colaboró como corresponsal en los periódicos Excélsior y El Universal.

Al llegar a la Ciudad de México para integrarse a la Comisión de Irrigación en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas inicia su carrera en el cine dirigiendo documentales oficiales, Irrigación en México y Gigantes de Piedra. Al dirigir estos largometrajes comprendió que su carrera sería el cine y se adentra dirigiendo su primera película en 1939, Sendas del Destino, donde actúa, entre otros, Eduardo Arozamena, en una trama que se desarrolla en la presa La Angostura en Sonora, reminiscencia de sus primeros largometrajes, la cual fue financiada de su propio peculio y con aportación de la Comisión Nacional de Irrigación, donde laboraba Ortega García.
Sendas del Destino sería su ópera prima de, al menos 42 películas que dirigió
, realizando también coproducciones internacionales, con Cuba, Venezuela, Colombia y Perú. Entre las películas que dirigió se encuentran: La mujer legítima en 1945, con Isabela Corona; La insaciable de 1947, con María Antonieta Pons, con un guion escrito por el propio Juan José Ortega incursionando así en el guionismo; Cuando el alba llegue, en 1950, con Meche Barba; Lodo y armiño, de 1951, con Armando Calvo; Cuentan de una mujer, en 1958, con Marga López; En carne propia, de 1961, con Joaquín Cordero; Pacto de sangre, en 1966, con Manuel López Ochoa, entre otras.Entre los melodramas, género preferido de Juan José Ortega, filmados en Cuba se encuentran: la comedia musical filmada en 1953 en La Habana, intitulada Me gustan Todas con Adalberto Martínez Resortes; en 1954 las cintas, Frente al pecado de ayer y Yo no creo en los hombres, protagonizadas por Sarita Montiel; en 1956 dirige No me olvides nunca, con actuaciones de Luis Aguilar, Rosita Fornés y Olga Guillot.
En la década de los sesenta dirige la serie de películas tipo westerns de Leonardo Moncada, serie de cinco películas estelarizadas por Joaquín Cordero, basadas en una serie radiofónica cubana. En esa década Ortega comienza a dedicarse a la distribución de películas creando la distribuidora Compañía Cinematográfica Mexicana y Productora Mexicana de Películas. Es propietario también de Producción Fílmica de México y Películas y Videos Internacionales, todo ello en los ochenta.
Recibió varios reconocimientos a su carrera cinematográfica, como productor, director, guionista y distribuidor actividades que siguió después del periodismo, donde sería también pionero en el periodismo potosino del siglo XX. Juan José Ortega García murió en la Ciudad de México el 27 de diciembre de 1996.
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Acento Ajeno
La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés
ACENTO AJENO
Por: Haniel Valdés Velázquez
Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.
Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.
En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.
Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?
Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.
Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.
Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.
La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades
ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.
El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.
Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.
Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.
La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.
Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.
También lee: Gallardo renueva transporte público urbano
El Cronopio
Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.
Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.
Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.
Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.
Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.
A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.
También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.
Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.
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