agosto 24, 2026

Conecta con nosotros

#4 Tiempos

Lúculo come a solas | Columna de Carlos López Medrano

Publicado hace

el

MEJOR DORMIR

 

Lúculo (118 a. C. – 56 a. C.), el ilustre cónsul romano, ganó renombre por los festines que celebraba en su morada y por su filosofía de poner a la comida y la bebida como un eje gravitacional de la existencia. No con el pragmatismo de los anglosajones, cuya aproximación culinaria tiende a la desgana o a últimas fechas a lo tacky y la saciedad enfermiza. Lúculo apostaba al sentido de armonía, tonalidades y fondos que un buen platillo en una buena mesa trae para un prodigio militar o, para el caso, un cualquiera.

El deleite extendido a la mantelería, lo platos, el arsenal de cubiertos. Para comerse el mundo antes hay que acabar con el pan y la bebida. Sin bien la inclinación al derroche y los placeres levantaba resquemores en contemporáneos como Pompeyo, quien le profesaba encono sin disimulo.

Es famosa la historia de aquella vez en que Lúculo llegó a su mesa, esperando ser consentido los manjares que el cocinero y los sirvientes solían brindarle. En cambio, en aquella ocasión recibió una comida modesta, lejana a las centellas que gustaba de tener al alcance de bocado, y que tantas veces sorprendieron a diplomáticos, guerreros y gente de alta alcurnia que frecuentaba su casona con varios salones para fiestas y banquetes. Esa noche se había corrido la voz de que Lúculo cenaría a solas. Sin ningún aristócrata o intelectual a su costado. Un momento excepcional para alguien de su popularidad y quien gustaba de las juntas copiosas.

Al adentrarse en el comedor, Lúculo percibió que el vino no era tan bueno y que la comida era aceptable, sabrosa a secas. Al notar la pírrica oferta que sus vasallos habían dispuesto para él, jefe de la casa, llamó de inmediato al equivalente de amo de llaves. «¿Qué clase de medianía es esta?», preguntó. «Perdone, excelencia. Como sabíamos que comería solo, creímos que no necesitaría nada opulento», balbuceó el criado, ya un tanto inquieto ante la mirada del patrón.

La respuesta lapidaria de Lúculo es recordada siglos después y es una declaración de principios a tener en cuenta en la conducción de nuestras respectivas travesías. «¡Pues cómo!», dijo. «Es precisamente cuando estoy solo que necesito que pongan esmero redoblado en la comida. En momentos así, recuerden que Lúculo cenará con el gran Lúculo».

La anécdota se ha contado de decenas de formas más o menos dramatizadas (yo la retomo de Fisher), casi todas con base en lo narrado por Plutarco en Vidas Paralelas. En esta obra, el historiador romano también relata un episodio en el que Lúculo agasajó a unos griegos con cenas lujosas durante varios días. Estos invitados, fascinados por tener al mejor anfitrión, se sintieron culpables al cabo de las comilonas y externaron al político que estaban apenados de hacerle gastar tanto en alimentos y embriagantes. Lúculo les sonrió, pues tales excesos eran parte de su rutina. Con tono de no se preocupen, ternurines, les respondió: «Algún gasto bien se hace por ustedes, pero el principal se hace por Lúculo». Para halagarse hay que recurrir a la tercera persona para no para por egocéntrico. 

La posteridad deparó que Lúculo fuera recordado más por su pasión gastronómica que por sus proezas militares, minucias de nicho para historiadores. E incluso para ellos es difícil no recalar en esta faceta del político romano. El propio Plutarco lo explicó con maestría: «Sucede con la vida de Lúculo lo que con la comedia antigua, donde lo primero que se lee es de gobierno y de milicia, y a la postre, de beber, de comer, y casi de francachelas, de banquetes prolongados por la noche y de todo género de frivolidad

».

Los espíritus frívolos, al estilo de Lúculo, guardan un pozo de sabiduría: la importancia de apapacharse y celebrarse a uno mismo a través de la exquisitez. No para impresionar a los invitados ni reservando lo mejor para supuestas ocasiones especiales. Triste páramo el de aquel que reserva lo mejor que tiene para una reunión con desconocidos, mientras que a sus seres queridos les concede un trato secundario. O el de quienes solo comen dignamente cuando hay invitados. Gente que limpia la casa y saca la vajilla de ocasiones de excepción porque vienen un amigo no tan amigo o un pariente lejano; cuando todo eso, los cubiertos de plata, la botella empolvada, deberían utilizarse para en el aquí y el ahora, así sea para degustar un tamal. Es justo en la gris cotidianidad cuando uno necesita alumbrar el panorama a base de delicias.

Mariana H. contaba hace mucho el caso de una botella de vino que le había legado su padre. Era un buen vino. Tan bueno que decidió reservarlo. Pasaron los meses, los años, y su padre ya no estuvo más. Así que esa botella adquirió un valor aún mayor, exclusivo para una jornada especial. Sumamente especial, uno de esos dos o tres hitos que uno tiene a lo largo del camino. Durante largo tiempo miraba de reojo esa botella, deseándola y privándose a partes iguales. Algún día, algún día. En una mudanza, una mala maniobra condujo a que la botella se le resbalara y se estrellara contra el suelo. La reserva quedaba hecha ahíncos. decretando el fin de la espera. No había disfrutado de esa joya por aguardar un día que resultó ser más ilusorio que real.

La locutora mexicana entendió entonces la importancia de no postergar. El futuro es impredecible y quizá no estemos en él. Hay que disfrutar lo que se tiene mientras se pueda. Beberte esa copa, ese postre, sacar esa ropa que tanto tienes empollada para otros y la fantochería del día peculiar que nunca llega. Sácalo y disfrútalo para ti. Haz del acto de liberarte de ataduras el instante extraordinario que tanto anhelabas.

Cada día date ese regalo, a solas o en compañía. La generosidad es importante, pero también debes ser generoso contigo mismo. Concédete ese pequeño obsequio cotidiano, como trazaba Dale Cooper. Puede ser lo que sea, nomás no te olvides de consentirte cada día. Cómprate un suéter, pasea por el parque favorito. O disfruta de un buen café. Café caliente y tarta de cereza. Una jodida tarta de cerezas de primera.

 

Contacto:

Twitter: @Bigmaud

Correo electrónico: [email protected]

También lee: Dame septiembre en las venas | Columna de Carlos López Medrano

#4 Tiempos

El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Publicado hace

el

EL CRONOPIO

En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.

Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.

Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.

En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.

Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.

La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.

En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.

Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y

en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.

En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.

Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.

También lee: El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Continuar leyendo

#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

También lee: Siempre hay gente así | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

El Cronopio

El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Publicado hace

el

EL CRONOPIO

J.R. Martínez/Dr. Flash

En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.

Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.

Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.

En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.

Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela

, la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.

En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).

Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.

En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.

Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.

También lee: El pionero de la música electrónica en América Latina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Continuar leyendo

Opinión

Pautas y Redes de México S.A. de C.V.
Av Cuauhtemoc 643 B
Col. Las Aguilas CP 78260
San Luis Potosí, S.L.P.
Teléfono 444 2440971

EL EQUIPO:

Director General
Jorge Francisco Saldaña Hernández

Director Administrativo
Luis Antonio Martínez Rivera

Directora Editorial
Ana G. Silva

Periodistas

Diseño
Karlo Sayd Sauceda Ahumada

Productor
Fermin Saldaña Ocampo

 

 

 

Copyright ©, La Orquesta de Comunicaciones S.A. de C.V. Todos los Derechos Reservados