enero 30, 2026

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#4 Tiempos

Lúculo come a solas | Columna de Carlos López Medrano

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MEJOR DORMIR

 

Lúculo (118 a. C. – 56 a. C.), el ilustre cónsul romano, ganó renombre por los festines que celebraba en su morada y por su filosofía de poner a la comida y la bebida como un eje gravitacional de la existencia. No con el pragmatismo de los anglosajones, cuya aproximación culinaria tiende a la desgana o a últimas fechas a lo tacky y la saciedad enfermiza. Lúculo apostaba al sentido de armonía, tonalidades y fondos que un buen platillo en una buena mesa trae para un prodigio militar o, para el caso, un cualquiera.

El deleite extendido a la mantelería, lo platos, el arsenal de cubiertos. Para comerse el mundo antes hay que acabar con el pan y la bebida. Sin bien la inclinación al derroche y los placeres levantaba resquemores en contemporáneos como Pompeyo, quien le profesaba encono sin disimulo.

Es famosa la historia de aquella vez en que Lúculo llegó a su mesa, esperando ser consentido los manjares que el cocinero y los sirvientes solían brindarle. En cambio, en aquella ocasión recibió una comida modesta, lejana a las centellas que gustaba de tener al alcance de bocado, y que tantas veces sorprendieron a diplomáticos, guerreros y gente de alta alcurnia que frecuentaba su casona con varios salones para fiestas y banquetes. Esa noche se había corrido la voz de que Lúculo cenaría a solas. Sin ningún aristócrata o intelectual a su costado. Un momento excepcional para alguien de su popularidad y quien gustaba de las juntas copiosas.

Al adentrarse en el comedor, Lúculo percibió que el vino no era tan bueno y que la comida era aceptable, sabrosa a secas. Al notar la pírrica oferta que sus vasallos habían dispuesto para él, jefe de la casa, llamó de inmediato al equivalente de amo de llaves. «¿Qué clase de medianía es esta?», preguntó. «Perdone, excelencia. Como sabíamos que comería solo, creímos que no necesitaría nada opulento», balbuceó el criado, ya un tanto inquieto ante la mirada del patrón.

La respuesta lapidaria de Lúculo es recordada siglos después y es una declaración de principios a tener en cuenta en la conducción de nuestras respectivas travesías. «¡Pues cómo!», dijo. «Es precisamente cuando estoy solo que necesito que pongan esmero redoblado en la comida. En momentos así, recuerden que Lúculo cenará con el gran Lúculo».

La anécdota se ha contado de decenas de formas más o menos dramatizadas (yo la retomo de Fisher), casi todas con base en lo narrado por Plutarco en Vidas Paralelas. En esta obra, el historiador romano también relata un episodio en el que Lúculo agasajó a unos griegos con cenas lujosas durante varios días. Estos invitados, fascinados por tener al mejor anfitrión, se sintieron culpables al cabo de las comilonas y externaron al político que estaban apenados de hacerle gastar tanto en alimentos y embriagantes. Lúculo les sonrió, pues tales excesos eran parte de su rutina. Con tono de no se preocupen, ternurines, les respondió: «Algún gasto bien se hace por ustedes, pero el principal se hace por Lúculo». Para halagarse hay que recurrir a la tercera persona para no para por egocéntrico. 

La posteridad deparó que Lúculo fuera recordado más por su pasión gastronómica que por sus proezas militares, minucias de nicho para historiadores. E incluso para ellos es difícil no recalar en esta faceta del político romano. El propio Plutarco lo explicó con maestría: «Sucede con la vida de Lúculo lo que con la comedia antigua, donde lo primero que se lee es de gobierno y de milicia, y a la postre, de beber, de comer, y casi de francachelas, de banquetes prolongados por la noche y de todo género de frivolidad

».

Los espíritus frívolos, al estilo de Lúculo, guardan un pozo de sabiduría: la importancia de apapacharse y celebrarse a uno mismo a través de la exquisitez. No para impresionar a los invitados ni reservando lo mejor para supuestas ocasiones especiales. Triste páramo el de aquel que reserva lo mejor que tiene para una reunión con desconocidos, mientras que a sus seres queridos les concede un trato secundario. O el de quienes solo comen dignamente cuando hay invitados. Gente que limpia la casa y saca la vajilla de ocasiones de excepción porque vienen un amigo no tan amigo o un pariente lejano; cuando todo eso, los cubiertos de plata, la botella empolvada, deberían utilizarse para en el aquí y el ahora, así sea para degustar un tamal. Es justo en la gris cotidianidad cuando uno necesita alumbrar el panorama a base de delicias.

Mariana H. contaba hace mucho el caso de una botella de vino que le había legado su padre. Era un buen vino. Tan bueno que decidió reservarlo. Pasaron los meses, los años, y su padre ya no estuvo más. Así que esa botella adquirió un valor aún mayor, exclusivo para una jornada especial. Sumamente especial, uno de esos dos o tres hitos que uno tiene a lo largo del camino. Durante largo tiempo miraba de reojo esa botella, deseándola y privándose a partes iguales. Algún día, algún día. En una mudanza, una mala maniobra condujo a que la botella se le resbalara y se estrellara contra el suelo. La reserva quedaba hecha ahíncos. decretando el fin de la espera. No había disfrutado de esa joya por aguardar un día que resultó ser más ilusorio que real.

La locutora mexicana entendió entonces la importancia de no postergar. El futuro es impredecible y quizá no estemos en él. Hay que disfrutar lo que se tiene mientras se pueda. Beberte esa copa, ese postre, sacar esa ropa que tanto tienes empollada para otros y la fantochería del día peculiar que nunca llega. Sácalo y disfrútalo para ti. Haz del acto de liberarte de ataduras el instante extraordinario que tanto anhelabas.

Cada día date ese regalo, a solas o en compañía. La generosidad es importante, pero también debes ser generoso contigo mismo. Concédete ese pequeño obsequio cotidiano, como trazaba Dale Cooper. Puede ser lo que sea, nomás no te olvides de consentirte cada día. Cómprate un suéter, pasea por el parque favorito. O disfruta de un buen café. Café caliente y tarta de cereza. Una jodida tarta de cerezas de primera.

 

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#4 Tiempos

Una prueba de carácter | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Por: Redacción

El partido de este fin de semana entre Atlético de San Luis y Chivas no es uno más en el calendario. Llega en un momento donde ambos equipos necesitan algo más que puntos: necesitan convicción. En una liga que castiga la duda y premia la determinación, este duelo se presenta como un examen incómodo, de esos que no se aprueban solo con intención.

San Luis llega con la sensación de haber entendido, por fin, cómo competir mejor en su propia narrativa. No es un equipo espectacular, pero sí uno que ha aprendido a sostenerse, a incomodar y a no regalar partidos. En casa, el exAlfonso Lastras y ahora llamado Libertad Financiera, suele convertirse en un escenario exigente para cualquiera, y este encuentro no será la excepción. San Luis sabe que estos partidos son los que construyen temporadas: vencer a un histórico no solo suma en la tabla, también fortalece el discurso interno y ojo aquí, que en su casa, las Chivas solo han podido vencerlo una vez.

Del otro lado aparece superlider Guadalajara, siempre cargando con el peso de su nombre. El Deportivo llega a este compromiso envuelto en la presión habitual que lo acompaña: la obligación de ganar incluso cuando el funcionamiento no termina de convencer. Chivas ha mostrado destellos, pero también lagunas que lo hacen vulnerable, especialmente cuando se enfrenta a equipos ordenados, intensos y sin complejos, justo el perfil que suele adoptar San Luis.

El choque promete ser más táctico que vistoso. San Luis buscará cerrar espacios, obligar a Chivas a jugar incómodo y capitalizar cualquier error. Guadalajara, en cambio, intentará imponer ritmo, pero deberá hacerlo con paciencia, porque la desesperación suele ser su peor enemiga

. Aquí, el partido puede definirse en detalles mínimos: una pelota parada, una distracción defensiva o una decisión tardía.

Hay, además, un componente emocional que no se puede ignorar. Para San Luis, ganarle a Chivas representa confirmar que su proyecto es capaz de competir contra cualquiera. Para Chivas, perder sería otro golpe a una confianza que se recompone con dificultad. En ese cruce de necesidades, el margen de error se reduce al mínimo.

Este tipo de partidos rara vez se recuerdan por su belleza. Se recuerdan por lo que provocan después. Una victoria puede impulsar a San Luis hacia una recta más tranquila; una derrota puede volver a colocar a Chivas bajo el reflector de la crítica. El empate, en cambio, dejaría a ambos con la incómoda sensación de haber dejado algo en el camino.

El fin de semana pondrá frente a frente a dos equipos con realidades distintas, pero con una urgencia compartida: demostrar que pueden sostener una idea cuando el calendario empieza. En la Liga MX no siempre gana el que juega mejor; suele ganar el que entiende mejor el momento.

San Luis y Chivas están justo ahí, frente a un partido que no promete fuegos artificiales, pero sí consecuencias. Y en este torneo, eso suele ser mucho más importante.

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El Cronopio

El padre Peñaloza al rescate de la obra de Francisco González Bocanegra | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

En las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado hubo un importante movimiento editorial en San Luis Potosí dirigido por un selecto grupo de intelectuales preocupados por la cultura potosina; así aparecieron revistas como Estilo, Letras Potosinas, Cuadrante, Jueves Literarios, Revista de la Facultad de Humanidades, Archivos de Historia Potosina, entre otros, que recogieron importantes escritos culturales y que dieron vida a libros de importancia histórica local, como la memoria de Francisco Estrada padre, titulada Recuerdos de mi Vida y el libro conmemorativo por el centenario del Himno Nacional, publicados en los cincuenta a través de la UASLP.

En 1954 se publicaría el libro Vida y Obra de Francisco González Bocanegra con motivo del centenario del Himno Nacional, de la pluma del padre Dr. Joaquín Antonio Peñaloza, que participaba en algunas de las revistas y publicaciones mencionadas. En 1998 se editaría la segunda edición de este libro, ahora dentro del marco de festejos por el setenta y cinco aniversario de la autonomía universitaria, edición que estuvo a cargo de Jesús Rivera Espinosa y del propio padre Peñaloza. Esta edición agregaba otros poemas inéditos recopilados en ese periodo entre los cincuenta y los noventa.

El libro mencionado es uno de los mejores esfuerzos por difundir la obra de González Bocanegra y aún puede conseguirse en la Librería Universitaria de la UASLP a costo bajo, pues debe de andar en la friolera de ochenta y cinco pesos. Una buena forma de conocer a este personaje y disfrutar sus poemas y escritos realizados principalmente en la década de los cincuenta decimonónicos.

González Bocanegra vivió treinta y siete años, muriendo en 1861 sobreviviéndole su esposa y dos de sus hijas, una de ellas tomaría los hábitos y otra se casaría dejando descendencia del insigne poeta. En el libro el padre Peñaloza repasa la vida del poeta desde su nacimiento en San Luis Potosí, el destierro voluntario de su familia a Cádiz en España debida a la expulsión de españoles del país al formarse la República, su regreso a San Luis y su partida a la ciudad de México donde comenzaría su obra literaria. El padre Peñaloza divide su vida de acuerdo con sus aportaciones literarias, así nos habla de su faceta de poeta, de orador, de dramaturgo, de funcionario público, de narrador

, entre otros; además de su etapa de vida en San Luis Potosí.

El libro recoge, además, la recopilación de su obra, con sus poemas, sus escritos, sus ensayos, sus reportes como censor de obra de teatro. De esta forma es una buena forma de conocer la obra de este potosino que trasciende en el mundo de las letras al ser el autor de la letra del Himno Nacional, uno de los mejores poemas cívicos creados a nivel mundial.

Su estatua, retirada de la glorieta que lleva o llevaba su nombre, ya no sé, ha quedado relegada a un costado de la glorieta un tanto perdida, como ahora es la obra de González Bocanegra que es poco a nada conocida, al igual que la relegación de la estatua a Manuel José Othón otros de los importantes hombres de letras que colocan a San Luis en la historia de las letras mexicanas.

Así que, hágase de este libro, si no lo ve en las estanterías, solicítelo a ver si lo sacan de las bodegas de la librería universitaria.

Ante la ausencia de homenajes en los aniversarios de su nacimiento, como sucedió hace dos años que se cumplieron doscientos años de su natalicio el 8 de enero, el mejor homenaje que podemos hacer a este ilustre potosino es mantener su obra viva a través de la lectura.

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#4 Tiempos

La batalla del segundo café | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Sé que un día se ha estropeado cuando, antes de que empiece la faena, no tengo tiempo de tomar un café y tontear un poco. Desayunar sin prisa, leer una nota ligera del periódico, observar a un paseador de perros, pensar fugazmente en un viejo amor. Ese paréntesis previo al trabajo es la última línea de defensa entre el espíritu libre y el triste destino de convertirse en un engranaje más de una máquina fría. Conviene protegerlo como se protege una playa al amanecer, atrincherado frente al desembarco de la urgencia, para que no arrase con lo más valioso de uno mismo.

Hay seres poseídos por ánimos totalizadores que han logrado convencernos de la necesidad de la prisa. No ya llegar a tiempo, sino llegar antes, hacer acto de presencia, simular que la puntualidad es la forma más alta de la responsabilidad. Son los que clavan la bandera en la luna: lunáticos del ansia, sometidos a un espacio donde ya no son ellos, sino el sometimiento mismo, el hilo carcomido del proceso. Embusteros que, al final del día, cambian muy poco el mundo.

En cambio, quienes pelean por otro sorbo de café, por caminar una cuadra más, por detenerse en la esquina siguiente y descubrir una calle nueva, llevan una insignia que convendría reivindicar en tiempos de métricas, rendimiento y KPIs —a qué punto hemos llegado, Dios mío—. Son los verdaderos justicieros: la resistencia suave que consiste en tomarse el ritmo a la ligera y escuchar otra canción.

Cumplir, sí. Llegar a tiempo. Hacer lo tuyo. Pero sin renunciar a la parte del pastel que te pertenece: ese tiempo libre que, sin venir a cuento, cedemos a las dinámicas de la preocupación y la rutina. El gran engaño de la jornada laboral de ocho horas, que siempre acaba siendo más larga por los minutos regalados al transporte, a la anticipación, a la congoja, minutos que podrían devolverte una sonrisa que no encontrarás en ningún otro sitio.

Sobre la importancia del aquí y el ahora, del tiempo libre como una variante del oro, aprendí de mi amigo Karim, abogado poblano, un mediodía en el Bar Mascota del Centro Histórico de la Ciudad de México. Estábamos de vacaciones, aunque incluso en esos territorios se filtra la ponzoña del oficio. Entre risas y anécdotas sonó su teléfono. Alguien quería hacerle una consulta, pedirle algo. Karim escuchó con atención, sin perder el aplomo ni olvidar que estaba pasándola bien con los presentes. Entonces soltó una frase memorable que aún guardo en el anecdotario: «Si es urgente, márcame en media hora». Y siguió en la cháchara, sin agobiarse.

Nadie es recordado por su fervor a la rutina, por renunciar a una escena de cine para sentarse veinte minutos antes frente a un escritorio. Quienes gozan de su tiempo cargan con un descrédito inmerecido. Hay más que aprender del hombre que fuma un cigarrillo y mira el horizonte que del que corre ansioso a apretar una máquina checadora.

Algo parecido ocurre por la noche: saber cuándo marcharse. Entender las responsabilidades como el oleaje: nunca desaparecerá, y mal hacen quienes pretenden domarlo. La sabiduría consiste, más bien, en surfearlo, pulir un poco las piedras, volver a casa y al día siguiente repetir el gesto. El trabajo nunca se acaba; la disponibilidad perpetua solo sirve para avivar el fuego y descubrir nuevos rincones que limpiar.

Languidecer no es el destino de los viernes. Un viernes es para detenerse y saludar a la vendedora de la esquina, mirar una vitrina de pan dulce, probarse un suéter que no se comprará, hojear el menú de un restaurante al que invitarás a alguien. Beber el licor suave de no hacer nada. La rutina es un ladrón de guante blanco: te roba historias y momentos si no te resistes, si no das la batalla cada mañana.

Hay que ponerse en modo guerrilla para defender la propia subsistencia antes de convertirse en una versión disminuida de lo que ya hace mejor un robot sin agallas o la mentada IA, incapaz de atender al olor de una naranja recién cortada o de entender el valor de un atardecer: la belleza de quedarse embobado, de no tener respuestas, de esperar un poco.

Sal del arroyo de las tonterías. Todo pasa.

«La noche fue hecha para amar», decía Lord Byron. Bien podría decirse lo mismo de la vida entera.

 

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