junio 8, 2026

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#4 Tiempos

La “triste” historia del compositor que odiaba los videojuegos | Columna de Guille Carregha

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Criticaciones

 

Vaya. Pensé que ya no tendría que escribir sobre los Óscares…

“¿Pero no escoges tú los temas de tus columnas?”

Silencio, voz interior. Estoy escribiendo una entrada dramática.

“Uy. Pues, perdón, señor gran escritor.”

Gracias, yo. Sabía que me entenderías.

Así que… los Óscares… otra vez.

Según los periféricos grupos de “discusión” de “arte” que Facebook cree que me interesan (porque, o sea, a veces es divertido encontrar posts de puro cringe intenso, pero tampoco es como que quiera consumirlo no irónicamente a diario), uno de los momentos clave de la ceremonia de los Óscares de este año, fue el momento en que el compositor de Oppenheimer, Ludwig Göransson (efectivamente, es sueco, ¿cömö lö ädïvïnästë?) subió al podio a aceptar su presea. Lo que dijo a continuación, aparentemente, deschavetó por completo la mente de los chico-niños que se creyeron en su época que el gamergate era sobre la prensa y los llevó a perder cualquier esbozo de condición humana que aún permaneciera en sus cabezas. O sea, los alocó como si acabaran de insultar a su madre en televisión nacional.

Con la efigie del hombre encuerado de oro en sus manos, Ludwig dijo las inmortales palabras de “A mis padres, gracias por regalarme guitarras y máquinas de batería en vez de videojuegos”.

Y aquella pequeña porción de gente que cree que la población de Twitter no es más que un muestreo inverosímilmente diminuto de varios de los nichos más específicos de la humanidad, decidió enunciar su descontento a través de una serie de tweets que más parecían copypastas de bots que opiniones humanas, incluyendo joyas como:

“Comentario absurdo y pretencioso, muchas personas , artistas,o musicos (como en este caso)asumen que menospreciar a otros es la mejor manera de enaltecer sus logros ,hace mucho tiempo que los videojuegos son una forma de arte ,que abarca otras disciplinas , incluyendo la música, ignorancia,ego o desconocimiento es lo veo aquí (SIC.)”

O distintas variaciones de:

“Primero quien es el ?? Jajajaja (SIC.)”

Debajo de una fotografía de este sujeto aceptando su Óscar. En un programa en vivo transmitido en casi todos los países del mundo simultáneamente. Por haber trabajado en una película que ganó casi mil millones de dólares en taquilla.

Ahora, como alguien que trabaja en la industria de los videojuegos y no he dejado de freír mis neuronas desde que en 1994 me regalaran un SNES para navidad, creo que su comentario estuvo bien. No porque secretamente odie a los videojuegos, sino porque puedo asegurar que o la comprensión lectora en general se fue de sabático o, efectivamente, gracias al temor de comérsela sin pretexto, mucha gente olvida que las cosas tienen un contexto y ya no preguntan, total, es más fácil quedarse con la cosmogonía toda torcida que uno usa para rellenar los espacios que no conoce en la realidad.

A ver, que queda más que claro que si un sujeto de 39 años, quien se encuentra recibiendo su segunda estatuilla como compositor de cine, que se ve como se ve este man (carita de niño bonito, con ojitos de persona que no ha perdido la esperanza y mantiene sus sueños intactos [que no estudió comunicación, pues], enmarcados en un cabello largo, sedoso, y tan simétrico y bien cuidado que no deja espacio a la duda de que alguien sufre de OCD o TDAH), nos encontramos ante un individuo proclive a obsesionarse con su hobby.

Esto quiere decir que, el objeto que sus padres le regalasen a los, no sé 5 o 6 años, sería uno al cual le dedicaría básicamente su vida entera. Si, como a mi, le hubieran dado un SNES, ahora quizá sería un streamer en Twitch, un jugador profesional de Minecraft o haciendo ilustraciones todos los días para una empresa de videojuegos. Pero, como a esa edad sus padres le dijeron “mira esta cosa de seis cuerdas, ¿a poco no se ve bonita? ¿a poco no estaría bien padre definir tu personalidad de aquí al día de tu muerte en este objeto?” ahora el señor puede presumir que tiene dos Óscares en su casa.

No estaba diciendo que los videojuegos son horribles o que matan la creatividad, era su forma de decir “si estoy aquí, es porque mis papás decidieron mi personalidad desde chiquito, y la neta está muy padre”. Digo, no es como si sólo te dieran 30 segundos para decir el speech que llevas preparando diez años para recitar en vivo si alguna vez te toca subir a ese escenario, y no es como si el inglés fuera el idioma nativo de este hombre. Es como si, no sé, a veces sea difícil resumir tus ideas en pocas palabras, y es mucho más difícil cuando sabes que el mundo entero te observa.

Aunque, claro, ¿quién soy yo para evitar que miles de chico-niños continúen criticando a este individuo en redes? Me quejo de que no hay comprensión lectora y quiero resolverlo con algo que debe leerse. Es que, también yo, ¿verdad?

Pero, es que, incluso publicaciones serias como themarysue.com (bueh, eso de “serias” es relativo, en realidad), se decantaron por escribir cosas como:

“Esta es una visión dura de la infancia. Muchos niños son obligados a practicar durante largas horas una habilidad que no eligieron, por padres que quieren que sean el próximo Mozart o Lang Lang. Como escribió Vice, los niños prodigio a menudo sufren burnout y a veces sufren de infancias miserables. Permitir que los niños sean niños no solo es moralmente correcto, sino que también les proporciona un mejor sentido de valía y recuerdos más felices.”

Ojalá la comprensión lectora regrese pronto. Se le extraña.

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#4 Tiempos

El efecto Tam-Tam | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

En Un mundo feliz, su novela más conocida, Aldous Huxley (1894-1963) hace decir lo siguiente a uno de los odiosos personajes que aparecen en ella: «Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad».

¿Quieres que una cosa sea creída y dada por verdadera? Bien, entonces repite sesenta y dos mil cuatrocientas veces la misma cosa. Si es verdad o no lo que dices, eso no importa: te la creerán en la misma medida en que la repitas. Y, por lo demás, ¿no es esto lo que hacen hoy los medios de comunicación para dar la impresión de que son muy veraces y muy objetivos? Si el canal A dice, por ejemplo, que el señor M es un abusador sexual, y el canal B lo repite, y el canal C se hace eco de la nota y el canal D la confirma, entonces no puede haber duda: el señor M es efectivamente un abusador de la peor calaña: todos lo dicen.

¿Y si los canales A, B, C y D fueran del mismo dueño y se hubiesen puesto de acuerdo para difamar al indefenso señor M? Entonces lo sentimos por el señor M. ¿Por qué cometió la imprudencia de enemistarse con un propietario tan poderoso?

Para la mentalidad posmoderna –es decir, la nuestra- la verdad no es algo que haya que buscarse o descubrirse, sino algo que puede construirse a base de repeticiones incesantes. Es curioso –observa Paul Virilio en uno de sus libros- cómo se dio cuenta la gente de que el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 no era una escena de ciencia ficción tomada de alguna serie televisiva que se estuviese transmitiendo en aquel momento: «Sólo haciendo zapping y viendo las mismas imágenes en todos los canales, comprendieron finalmente que aquello era verdad».

Escribió Ignacio Ramonet en La tiranía de la comunicación: «¿Qué es verdadero y qué es falso? El sistema en el que evolucionamos funciona de la manera siguiente: si todos los medios de comunicación dicen que algo es verdad, entonces es verdad. Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. Los conceptos de verdad y mentira varían de esta forma lógicamente. El receptor no tiene criterios de apreciación, ya que no puede orientarse más que confrontando unos medios con otros. Y si todos dicen lo mismo, está obligado a admitir que ésa es la verdad».

Así pues, ¿qué es la verdad y qué la mentira cuando todos los medios beben de la misma fuente (las agencias de información) y dicen las mismas cosas? ¡Señores, estamos perdidos, sobre todo si pensamos que no hemos podido estar presentes como testigos en el lugar de los hechos para verificar por nosotros mismos si lo que estos señores nos dicen es cierto o no lo es!

Pero no nos desviemos. Estábamos en que sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad. Esto lo dijo el famoso novelista inglés en el ya muy lejano 1932, año en que salió de las prensas por primera vez Un mundo feliz. Pero ya antes que Aldous Huxley –y es lástima que nadie se acuerde de ello, ni se lo tenga en cuenta-, don Miguel de Unamuno había escrito algo muy parecido en un artículo periodístico que más tarde fue incluido en su libro Almas de jóvenes. He aquí lo que don Miguel escribió en aquella ocasión:

«-Es torpe discutir y sacar a nadie de sus ideas; los hombres no quieren dejarse convencer. Lo mejor es dejarlos.

»-No dejarlos –responde entonces un interlocutor imaginario, que no es otro que él mismo-, sino repetir una y dos, y cien, y mil y millones de veces la misma cosa, que a fuerza de oírlo repetir acabarán por creértelo cuando ya no les suene a cosa extraña. Un día y otro, siempre con la misma canción.

»-Pero si una vez no se lo pruebas, ¿te lo van a creer la milésima?

»-Claro que sí. La cuestión es que no les suene ya a cosa extraña y nueva, que sea corriente, que estén hartos de oírla. Lo que se oye a diario acaba por aceptarse, por absurdo que sea… Con el público y con el pueblo no importa dar pruebas de la afirmación que se sustenta cuanto estarlo afirmando de continuo y no hartarse de repetir un día y otro y otro y ciento, sin descanso ni parada, sí, sí, sí, sí, sí, o no, no, no, no, no, y gritar más que los demás, ladrar, ladrar fuerte». ¡Ay, don Miguel! Una vez más usted ha tenido razón mucho antes que los otros. Sí, así es como el público y la gente se acostumbran a esos disparates a los que luego llaman verdades; no es que estos rumores pasen la prueba de la lógica y el buen sentido, pero a base de haberlos oído a toda hora y en todas partes, ya no le queda duda: las cosas, en efecto, son así, pues ¿no es esto lo que dicen todos? Pero yo no pienso ahora en el pobre señor M. Pienso en Cristo. Se ha hablado tan mal de él en los últimos tiempos que a muchos les ha parecido que odiarlo debería ser cosa natural. Una señora a la que conozco me preguntaba hace poco:

-Padre, ¿debo quitarle a mi hijo la cruz que le colgamos al cuello el día de su primera comunión? Es que oí decir hace poco en la televisión que la cruz atrae energías negativas. Lo dijo un yogui o quien haya sido, y al parecer lo dijo en serio. ¿Y qué cree usted? Que al día siguiente, en otro canal, escuché exactamente lo mismo: que una cruz en el cuello deprime siempre a quien la lleva. ¿No ve usted que antes la cruz era un arma mortal? Así dijo el conductor del programa: que traerla al cuello es como cargar una pistola en miniatura o incluso una sillita eléctrica. ¡Y yo no quiero que mi hijo sea un deprimido!

Bien, ya lo dijo uno, ya lo repitió otro, ya lo dirá a su debido tiempo otro más, ya lo proclamarán todos a una y entonces la verdad estará hecha. ¿Para qué añadir nada si todos no pueden equivocarse?

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El Cronopio

El mejor actor de la Época de Oro del Cine en México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Filmada en 1936, Vámonos con Pancho Villa, es considerada una de las mejores películas de la época de oro del cine mexicano. El protagonista: el potosino Antonio R. Frausto que participó en alrededor de 96 películas para el cine mexicano, así como en programas de televisión. Considerado como el mejor actor de esa gran época del cine en México. Presente en casi todos los rodajes que ahora son un hito en el cine nacional, destacó son su trabajo actoral en filmes como “Santa”, primera película sonora mexicana, “México de mis Recuerdos”, “El Tigre de Yautepec”, “Sobre las Olas”, “Ahí Está el Detalle”, “Cuando los Hijos se Van”, “Los Tres García”, “Los Tres Huastecos”, “El Siete Machos” entre muchas más.

Su nombre se une a los pioneros potosinos que participaron en el cine mexicano, principalmente en los inicios del cine sonoro en 1932, como Adolfo Girón Landell, Lupe Vélez, Enriqueta Ramírez Verastegui “Ligia Dy Golconda”, Emma Roldan, de quienes hemos tratado ya en esta columna, así como Noé Murayama, Lupe Inclán, Carlos López Moctezuma, Arturo Martínez Chávez, entre otros grandes actores.

Antonio R. Frausto nació en San Luis Potosí el 20 de septiembre de 1897, poco se sabe de la vida de Antonio Frausto, que se liga a la actuación que practicó de manera autodidacta, pues mostró un don natural para ello, y comenzara su carrera actoral con el inicio del cine sonoro en México. Su vida queda como su reconocimiento popular en el cine mexicano, al ser hecho a un lado por las leyendas como Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, aunque en la industria cinematográfica es recordado como el mejor actor y uno de los más prolíficos al participar en la mayoría de las películas mexicanas que han trascendido en la historia del cine en México.

Su personaje por excelencia fue Porfirio Díaz al encarnarlo en varias películas, por lo que fue bautizado como el “eterno Porfirio” en el medio cinematográfico. Recordarlo, es apreciando su trabajo en esa infinidad de películas que ahora pueden disfrutarse remasterizadas.

Hizo su vida, cotidiana y actoral, al lado de su esposa la actriz y maquillista, Dolores Sepúlveda Camarillo, también potosina, conocida en el medio como Dolores Camarillo, Fraustita, otra pionera potosina en el cine mexicano, que nació en San Luis Potosí en 1910 y que estuviera por un tiempo en Estados Unidos, hija de actores potosinos.

Trabajaron juntos en algunas cintas, como El Tigre de Yautepec de 1933, entre otras, convirtiéndose en una de las apreciables parejas en el mundo del espectáculo fílmico.

La importante cantidad de cintas interpretadas por Antonio R. Fraustro, fue interrumpida tras su muerte en pleno auge del cine de oro mexicano, acaecida el 29 de enero de 1954 en la Ciudad de México, a los cincuenta y seis años de edad, la cual hubiera sido aún más impresionante.

Antonio R. Frausto, así como su esposa Dolores Camarillo, dieron brillo a la actuación de potosinos brillantes que en buen número contribuyeron al desarrollo del espectáculo en México y en especial al cine en el país, figurando entre los mejores actores de la época de Oro del Cine en México y en particular Antonio R. Frausto, considerado por la crítica como el mejor actor en el ranking de las mejores películas, actores y actrices del Cine de Oro en México.

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#4 Tiempos

La sociedad de la indiferencia | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

“Quizá dejé abierta una de las ventanillas”, dijo alarmado un amigo mío mientras se acercaba a su coche; yo iba con él. Uno nunca sabe por qué presiente estas cosas, pero la verdad es que las presiente. “Sí –repitió en voz baja-, quizá olvidé cerrar la ventanilla trasera”. El corazón le latía de prisa, con violencia, como un trote de caballos.

Pero no, el vidrio no estaba abierto: estaba roto. Lo supimos por el crujido de los vidrios que pisábamos. Además, nada de lo que había en el auto seguía allí: unos libros todavía sin abrir, un estéreo de la mejor marca, varios estuches con discos, cinco o seis camisas que acababa él de pasar a recoger a la lavandería y algunas cosas más. En los asientos sólo había vidrios y un desarmador estropeado que, por supuesto, no era suyo.

Justo enfrente de donde había estacionado el coche un hombre picaba fruta; corrimos hacia él.

-Me robaron –dijo mi amigo-. Acaban de robarme. ¿No vio usted quién fue?

El hombre meneó la cabeza y hundió los ojos en la fruta que picaba. Silencio absoluto, total.

-Señor –insistió mi amigo-, es que usted debió haber visto algo; no pudo dejar de ver; tal vez hasta haya oído el ruido de los cristales al romperse…

-No, yo no oí nada –dijo el hombre. Se notaba a las claras que no quería seguir hablando. Bien, en este momento lo dejamos en paz. Adiós para siempre, indiferente señor.

Nos acercamos entonces a una mujer que por la lentitud con que escogía verduras y regateaba el precio debía tener  bastante tiempo parada allí.

-Y usted, señora, ¿no vio nada? –dije yo.

-¿Nada de qué?

-No, no se preocupe, estoy loco –dije. Me quedaba bien claro que la mujer no estaba dispuesta a hablar, aunque supiera bastante bien lo que le estaba preguntando.

Al otro lado del puesto de frutas estaba una joven que vendía gelatinas y flanes.

-¿Usted sabe quién fue, señorita? –pregunté señalando en dirección al auto de mi amigo.

-No –dijo-. Yo no he visto nada.

Nada, nada, nada. Todos estaban ciegos y sordos. Antes de darnos por vencidos, corrimos a buscar al tendero de la esquina con la esperanza de que por lo menos él tuviera algo que decir.

-No –dijo-. No vi. Además, no pensará usted que yo me paso la vida viendo lo que no me importa.

Me le quedé mirando; quería leer la verdad en sus ojos, pero él los cerró, haciéndome creer que lo cegaba el sol. ¡Qué impotencia! De pronto nos sentimos solos, o por lo menos así me sentí yo. Solo en medio de una multitud de hombres y mujeres que preferían callar. Pero yo estaba seguro de una cosa: que el vendedor de fruta vio, que la señorita de las gelatinas vio también, que el tendero de la esquina… Pues bien, me dije, ahora soy yo, ahora somos nosotros, pero mañana serán ellos, y entonces sabrán lo que se siente… Ponemos en marcha el motor del auto y desaparecemos dejando una estela de vidrios rotos.

Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria la escena de una novela de Jay McInerney (“Bright Lights, Big City

”)
en la que un hombre –el protagonista de la historia- sube una mañana al metro de Nueva York y ve que se le acerca un tipo que anda como perdido, que seguramente está drogado y se cree en la luna; de pronto el tipo le palmea el hombre y le dice:

“-Mi cumpleaños es el trece de enero. Cumpliré veintinueve.

“-Magnífico” –responde el protagonista, retomando la lectura de su diario.

“Cuando te palmea el hombro por segunda vez –se dice a sí mismo el narrador- lo miras. Y cuando vuelves a levantar la mirada, el tipo está en la mitad del vagón… Acto seguido, se sienta sobre la falda de una anciana. Ella trata de librarse de él, pero la tiene atrapada.

“-Perdóneme, caballero, pero creo que está sentado arriba de mí -dice la viejecita-. ¿Señor? Perdón, señor…

“Casi todo en el vagón contemplan la escena y simulan no hacerlo. El tipo se cruza de brazos y acomoda sus asentaderas en la falda de la viejecita.

“-Señor, por favor, quiere levantarse de…

No puedes creerlo. Hay por lo menos media docena de hombres saludables en torno a la mujer. Tú mismo estuviste a punto de levantarte pero creíste que reaccionaría alguno más cercano. La mujer está sollozando. Tienes la secreta esperanza de que el tipo se levante y deje tranquila a la viejita.

“-Por favor, señor.

“Te levantas, por fin. En ese preciso instante, el tipo hace lo mismo. Luego se sacude las arrugas del saco con la mano y se aleja por el pasillo del vagón. Te sientes estúpido, de pie. La viejecita se está enjugando las lágrimas con un pañuelo de papel. Te gustaría preguntarle si está bien, pero a esta altura de los acontecimientos no serviría de mucho. Y te sientas”.

A veces -¡oh incurables románticos que somos!- creemos que la soledad es quién sabe qué cosa profunda y misteriosa, cuando en realidad a veces es sólo esto: que tu desgracia no le importe a nadie; que te puedan matar en medio de la multitud y que nadie se mueva para impedirlo; que mientras te mueres, todos estarán viendo lo que sucede, pero cada uno en su mutismo y prosiguiendo su camino para no enredarse en dificultades que no son suyas.

Tal vez vivamos en la civilización de la indiferencia, es decir, de la soledad. Tal vez, en el fondo, estemos más solos de lo que pensamos…

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