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La señora Rogowska | Columna de Juan Jesús Priego
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Hay en la literatura judía antigua una leyenda que dice así:
«Una vez un sabio talmudista se quedó dormido en una cueva durante setenta años. Cuando despertó, vio el mundo tan cambiado que no pudo hacer otra cosa que orar a Dios pidiéndole la muerte».
Según la tradición, el nombre del sabio talmudista era Choni Hamagol, aunque para nosotros da lo mismo que se llamara así o de alguna otra manera. Lo importante, en este caso, no es su nombre, sino lo que debió experimentar al abrir los ojos tras un sueño que duró mucho más de medio siglo.
Imaginemos aunque sólo sea por un instante lo que sentiría este hombre al recibir directamente sobre sus pupilas los rayos del sol. Los sonidos de su alrededor ya no eran los mismos de hacía setenta años, ni las calles, ni los rostros.
Al recorrer las calles de su pueblo, acaso pensaría haberse perdido en un mundo de extraños. Adivinamos las preguntas que este ser desorientado se habría hecho en su interior:
«-¿Dónde estoy?, ¿dónde está mi casa?, ¿y mi esposa?, ¿y mis hijos? ¡Qué diferente está todo!».
Sus oídos se aguzarían buscando una voz amada o, ya por lo menos, familiar. Pero en vano; no la encontraría. Las voces que él amaba se habrían extinguido ya desde hacía tiempo, o se habrían vuelto roncas, o tal vez asmáticas.
Lo que había a su alrededor eran otras voces, otros ámbitos (como diría el novelista estadounidense Truman Capote). ¿Dónde se habían metido sus seres queridos, dónde estaban ahora? Él los había dejado allí, pero ahora ya no estaban…
«Esta ciudad es la mía y, sin embargo, no lo es», se dijo a sí mismo Knulp antes de partir a tierras lejanas en Tres momentos de una vida, el bellísimo relato de Hermann Hesse (1877-1968). Pues bien, el sabio talmudista debió haber dicho esto mismo para sus adentros. ¿En qué ciudad estaba, en qué mundo? Al recorrerlo lentamente, se daría cuenta de que aunque el pueblo era sustancialmente el mismo que dejó, de alguna manera era ya otro. Una nación de desconocidos, un pueblo de extraños.
Al llegar a su casa se detendría, aunque sin llamar a la puerta. ¿Quién viviría en ella? Y, por lo demás, fuesen quienes fuesen los que ahora la habitaban, ¿se acordarían de él, recordarían su rostro? ¡Qué pregunta más tonta! ¿Cómo iban acordarse de él? Los que antes de que se durmiera tenían sólo diez años eran ahora unos octogenarios sin dientes y sin memoria. Sus amigos, todos, se habrían ido ya al otro mundo. ¿Qué le esperaba en este pueblo de desconocidos?, ¿qué en esta pequeña ciudad en la que su suerte no iba a ser, de ahora en adelante, muy diferente a la de los extranjeros?
Se sentiría solo, tremendamente solo. ¿Qué corazón latiría por él, qué voz se alzaría llamándolo por su nombre? ¡Mejor era morirse!
Según La Odisea, uno de los monumentos literarios más hermosos de la humanidad –un monumento que huele a mar y sabe a sal-, lo mismo pasó con Laertes, padre de Ulises, el héroe de las mil astucias. También él, un día, viéndose solo en el mundo, empezó a clamar a Zeus pidiéndole la muerte.
Cuando Ulises llega por fin y de incógnito a su anhelada y rocosa Itaca, el porquero Eumeo empieza a referirle detalladamente cuanto había sucedido desde su partida, y es entonces cuando aquél se entera de que su padre aún está vivo.
«-También Laertes vive todavía –le explica Eumeo-, pero implorando a diario a Zeus que extinga la vida de su cuerpo. Le desespera vivir en esta tierra de la que está ausente su hijo y en donde murió su mujer, la compañera de su juventud».
¿Sabrán lo que piden los que suplican al cielo que los libre de la muerte?
«No contaba con las ausencias de los seres queridos cuando decía querer vivir cien años», confesó una vez Ernesto Sábato (1911-2011), el escritor argentino, a un periodista. ¡Y vaya que estuvo a unos cuantos días de cumplirlos! Pero, claro, era necesario también pensar en los seres queridos.
He aquí otra historia parecida, pero tomada ahora de un autor contemporáneo: Ryszard Kapuscinski (1932-2007).
En el cuarto volumen de su Lapidarium cuenta el famoso periodista que una vez se encontró en una calle de Polonia, su país natal, a una de sus vecinas, la nonagenaria señora Rogowska, y que ésta le dijo en tono lastimero:
«-Me gustaría irme más allá –y señalaba el cielo con la mano-, con mis conocidos. Estoy segura de que me están esperando. ¿Aquí abajo, en cambio? –e hizo un gesto amplio que abarcaba el mundo entero-. Aquí abajo no hay nada claro. No entiendo nada de nada».
Cuando todos los nuestros se han ido –y envejecer es haber asistido a muchas muertes-, ¿para qué obstinarse en seguir aquí? Morir, después de cierto tiempo, más que una maldición es un don de Dios.
«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto» (Juan 12, 24-26), dijo una vez Jesús a sus discípulos. Sí, la muerte e terrorífica; pero, ¿no sería más terrorífico permanecer aferrados a este mundo mientras todos a nuestro los que están a nuestr lado cierran los ojos y se van? ¡Como Laertes, al final acabaríamos pidiendo a Dios que se compadezca de nosotros y nos lleve de una buena vez con Él a su casa!
Al menos para mí, no querría yo la «suerte» de sobrevivir mucho tiempo al último de mis seres queridos. Como Choni Hamagol, sería un extraño en el mundo; como Laertes, me sentiría profundamente desdichado; y, como la señora Rogowska, acabaría por no entender nada de nada.
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¡CÁLLATE! | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
«En aquel tiempo llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo que se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!”. El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea» (Marcos 1, 21-28).
Leo el texto una y otra vez, pues debo predicar sobre él en la misa del próximo domingo. Respiro profundamente y trato de repetir para mí mismo las palabras que más impresión me han causado, es decir, las que con mayor espontaneidad acuden, después de la lectura, a mis labios y a mi memoria. Quizá no sea éste el método más adecuado para preparar una homilía dominical, pero así suelo hacerlo regularmente y no creo que, al menos por ahora, me decida a cambiarlo.
«Este hombre habla con autoridad». ¿Cómo hablaba Jesús? ¿Cómo era el timbre de su voz? ¿Era un tono dulce, o más bien enérgico y decidido? Me lo imagino predicando a la pequeña comunidad reunida en la sinagoga y a ésta escuchándolo con embeleso. Pero de pronto mi imaginación pega un brinco, por decirlo así, y me escucho repitiendo esta sola exclamación: «¡Cállate!». ¿A quién se la dice Jesús? ¿A quién va dirigida? Históricamente hablando, por decirlo así, al endemoniado que andaba por allí cerca, pero sería demasiado iluso de mi parte creer que sólo se la dice a él. ¿Y si esta orden estuviese dirigida a mí también? «Juan Jesús, cállate. Hablas demasiado. De pronto dices cosas que no debes decir».
Trago saliva. Sí, el Señor me está reprendiendo también a mí, como si yo formase parte de la asamblea de aquella sinagoga, y lo escucho con la cabeza baja, profundamente avergonzado: «¡Cállate, por el amor de Dios! ¿Qué ganas con decir lo que sabes? Sé discreto, sé silencioso. Para refrenar la lengua he ideado la compuerta de los dientes; te he dado dos orejas, pero sólo una lengua para que escuches lo doble y hables la mitad. Analiza con cuidado tu anatomía, aprende de ella y saca de ello las debidas consecuencias. ¡Cuántas enemistades te has granjeado por haber abierto la boca más de lo debido! ¡Y cuántas se han alejado de ti por no querer participar de tu charla inconveniente! Así, pues, cállate. Tú hablas con libertad creyendo que los demás nunca se enterarán de los que dices en lo íntimo y lo privado. Pero se enterarán, de eso no hay duda, porque no hay nada oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse».
Sí, es verdad: así hable uno con la pared, los demás siempre se enteran de lo que dijimos. Por eso dice la Escritura: «Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso
, porque un pajarito del cielo le lleva el cuento y un ser alado les cuenta lo dicho» (Eclesiastés 10, 20). ¡Dios mío, cuánta sabiduría hay en estas palabras, y qué actuales son!A menudo, tras una amarga decepción, nos preguntamos: «¿Cómo se enteró éste de lo que dije, si supuestamente se lo confié únicamente a mis amigos y sólo a ellos? Además, me prometieron solemnísimamente que no dirían nada de cuanto acababan de escuchar. ¿Quién de todos ha traicionado de este modo mi confianza?».
Uno se rompe la cabeza preguntándose quién podrá haber sido, pero tales indagaciones son vanas además de inútiles, porque pudo haber sido cualquiera de ellos o incluso cada uno por su cuenta. O quizá, ¿por qué no?, incluso ese pajarillo del que habla el libro del Eclesiastés. Por eso dice también, con toda verdad, un refrán judío: «Amigo: tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto».
Mientras pensaba en estas cosas me puse a recordar a un compañero mío de la preparatoria al que todos, como apodo, le decían la piñata. ¿Por qué la piñata?, pregunté a mi vecino de al lado, el cual me respondió así:
-Le decimos la piñata porque a éste basta sacudirlo un poco para que saque todo lo que guarda dentro.
Iba a lanzar una carcajada recordando estas cosas ya muy viejas cuando caí en la cuenta de que estaba preparando mi homilía y que, por lo tanto, no debía dar pie a divagaciones ociosas. En vez de reírme, traté de recordar algo que sobre este asunto del callar había escrito Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés, en una página de su diario: «Pareciera que los hombres han recibido el don de la palabra no para esconder sus pensamientos (como sostenía Talleyrand), sino para esconder el hecho de que no tienen pensamientos».
Es verdad: muchas veces hablamos para no pensar, para no escuchar, para dar la impresión de que estamos llenos cuando en realidad sólo hay en nosotros sequedad y vacío. ¡Qué superficial nos parece la gente que no es capaz de estarse un momento con la boca cerrada! Ésta se siente en la necesidad de hablar de todo, aunque por esto deban caer muchas cabezas a su alrededor. Como los peces, estos individuos mueren siempre por su propia boca.
«¡Cállate!». Si de todo esto hablara el próximo domingo; si convenciera a mis feligreses (y me convenciera yo el primero) de que es necesario ser más discretos y silenciosos, no creo que vaya a ser tiempo perdido. En todo caso, ya veré. Aún me quedan varios días para decidir y tomar las decisiones pertinentes al caso…
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La cebolla de Dostoyevski | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
Leí “Los hermanos Karamazov” cuando era joven, lo cual fue muy bueno y también muy malo. Muy bueno porque cuando un muchacho de veinte años lee una novela como ésta sin dejarla a la mitad, quiere decir que en el futuro ningún libro, por voluminoso o difícil que sea, logrará espantarlo; y muy malo también, porque a esta edad uno no comprende obras filosóficamente tan complejas más que a medias.
Sea como sea, algunas frases se me quedaron en la memoria tras aquella lectura juvenil. Y justamente buscaba una de éstas la semana pasada para citarla en uno de mis artículos cuando, de pronto, al abrir el libro, me encontré con esta historia bellísima. ¿Cómo es que ni siquiera la recordaba? ¡No, no había leído “Los hermanos Karamazov” con la seriedad debida! La prueba estaba en esta historia olvidada. Hela aquí; la cuenta Grushenka a Aliosha Karamazov, y creo que también a Rakitin, un seminarista mediocre y grisáceo que está siempre al lado de aquél sin que uno sepa muy bien por qué razón. En fin, todo comienza cuando dice Grushenka:
-“Por mala que me consideres, yo también he intentado una obra buena, yo también he dado una cebolla. ¡Perdóname, Aliosha! –dice la mujer con risa nerviosa-. Permíteme referirte la leyenda que Matriona, la cocinera, me contaba cuando yo era niña…
“Érase una vez una mala mujer que murió sin dejar vestigio de una sola virtud. Se la llevaron los demonios y la echaron al lago de fuego. Su ángel de la guarda se devanaba los sesos para descubrir en ella una sola virtud que ofrecer ante Dios en su defensa. De pronto se acordó y dijo al Señor:
“- Una vez arrancó de su huerto una cebolla y se la dio a una mendiga.
“Dios le contestó al ángel:
“- Pues toma esa cebolla, busca a esa mujer en el lago de fuego y échasela para que se agarre de ella, y si de este modo consigues tirarla hasta la orilla, entrará en el paraíso; pero si se partiese la cebolla, se hundiría de nuevo entre las llamas.
“El ángel buscó a la mujer y le tendió la cebolla.
“-Toma –le dijo-: agárrate de ella e intenta subir.
“Y la mujer empezó a tirar de ella con precaución; ya estaba casi fuera del infierno cuando los demás pecadores, viendo cómo era sacada del lago en llamas, se asieron de sus ropas, queriendo aprovechar también éstos ese momento de buena suerte. Pero la mujer, que era muy mala, les daba fuertes puntapiés, y gritaba:
“- ¡La cebolla es mía, no vuestra! ¡Es a mí a quien salvan y no a vosotros!
“Pero al pronunciar estas palabras se partió la cebolla y la mujer volvió a caer en el lago, donde arde todavía. El ángel se fue llorando”.
Y así acaba la historia. ¡Ah, es tan buena que no quiso Dostoievsky dejar de endilgársela al lector poniéndola en boca de cualquiera de los personajes de la novela, el que fuera, con tal de que no quedara sin contarse!
He aquí las conclusiones que se pueden sacar de ella:
- Nos salvamos únicamente por lo que hemos dado. ¡Si esta mujer terrible hubiera regalado a la mendiga una cosa mucho más sólida, o quizá tres cebollas en vez de una sola, ahora estaría salvada! Pero, tristemente, no le dio más que una, y ésta ya casi podrida…De ahora en adelante, cuando dé alguna cosa, me preguntaré: “¿Es lo suficientemente sólida y fuerte para asirme de ella cuando mi ángel de la guarda, Dios no lo quiera, me tenga que sacar del lugar de castigo, es decir, del lago de fuego?…
Pero otras interpretaciones son también son válidas:
- Pese a ser sólo una hortaliza, es decir, una cosa sumamente frágil cuando se tira de ella, la cebolla no se habría roto si la mujer no se hubiese puesto a patalear como lo hizo buscando quitarse de encima a los demás condenados. De haber aceptado llevárselos consigo, sacándolos del infierno, habría realizado, en el último momento, una obra buena, gracias a la cual se habría salvado con toda seguridad. Pero ya sabemos lo que esta envidiosa hizo y lo que sucedió después.
- El valor de las pequeñas cosas es infinito. Si no se quedará sin recompensa un solo vaso de agua que hayamos dado con generosidad (Cf. Mateo 10,42) en nombre del Señor, ¿por qué va a quedarse sin premio una cebolla?
Pero, ultimadamente, ¿por qué hemos de sacar conclusiones si Grushenka no las sacó? Ella, una vez contada la historia, pasó a otra cosa, como diciendo: “Que cada uno saque de ella lo que más le convenga, lo que le inspire su conciencia; en fin, lo que quiera”.
¡Sí –me digo-, la mujer, con esos movimientos bruscos que hizo lo echó todo a perder! ¡Un gesto de solidaridad, uno solo, habría sido suficiente para escapar al castigo!
“He aquí que mi ángel me tira esta cebolla como un lazo. Agárrense de mí y tratemos de salir de aquí todos juntos, hermanos”. ¡Ah, con decir esto hubiera bastado! Y, no sé, tal vez el infierno hasta hubiera quedado vacío. ¡Lo que vale un gesto pequeño delante de Dios!
Pero no, nadie se salvará sin haber dado algo a alguien en esta vida, aunque este algo sea algo tan barato, tan pequeño e insignificante como una frágil cebolla…
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El moribundo y la taza de café | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
¿Desde cuándo he perdido las palabras? Yo hablo, pero ellos no me escuchan; mi voz ya no los alcanza. ¿Es esto la muerte: escuchar sin responder, palabras que quedan sin respuesta? ¡Ah, la muralla de mis dientes no deja escapar nada!
Cuando están en torno mío, apretujándose en las orillas de mi cama, hablan despacio y se dicen entre ellos: “No reacciona”. Y me palpan la frente y observan el termómetro y se inclinan sobre mí para decirme al oído dulces palabras que nunca escuché en otro tiempo: palabras que siempre eché de menos. Por lo demás, no hay necesidad de que se inclinen tanto: yo los oigo perfectamente y lo entiendo todo.
Ayer, por ejemplo, usted se mostró muy pesimista, y hoy creo que lo está todavía más, pues acaba de decir en un tono muy grave y muy afectado y muy solemne que había que caer en la cuenta de que la medicina no era aún todopoderosa; que, dada la situación en que me encontraba y las complicaciones que se habían presentado…, etcétera. Está bien, doctor: acepto con resignación que la medicina no sea aún todopoderosa, pero ¿lo será algún día, alguna vez?
Además, no se debería usted apenar demasiado, doctor: yo nunca he desconfiado de sus remedios –que, dicho sea de paso, no han remediado nada-, ni de su competencia profesional. ¡Dios me libre de dudar de usted! Lo único que en realidad quiero decirle es que no debe preocuparse más de lo debido. ¿Y por qué no? Trataré de explicárselo de la mejor manera. Mire, doctor, yo no sé lo que me pasa, pero usted sí lo sabe, y a esto que me pasa usted lo llama morirse. Si esto es así, doctor, déjeme decirle entonces que morir es bien sencillo. ¿Puede imaginarse que hasta me siento relajado? Yo siempre sufrí de insomnios, pero ahora el sueño llega como un amigo: de repente y sin avisar. ¡Qué bien!
Yo creía que, en trances como éste, los moribundos ponían los ojos en blanco, sacaban la lengua, gemían como endemoniados y se ponían a recitar frases definitivas o, ya por lo menos, inolvidables. Pero no; por lo menos yo, no siento nada de esto; quiero decir, ni creo que esté bizqueando, ni creo que a partir de ahora me ponga a hacer estas cosas que tan ridículas me han parecido siempre. ¿Por qué nadie me había dicho antes que morir era algo así como dormirse?
Pero no es de esto de lo que quiero hablarle. ¿Doctor? ¿Me escucha usted, doctor? De lo que quiero hablarle, más bien, es de otra cosa. De la melancolía que siento, de la tristeza que me da, de la envidia que me invade cuando pienso en lo mucho que echaré de menos la luz de este sol que apenas alcanzo a presentir a través de las cortinas en esta alcoba climatizada. ¿Cree que no echaré de menos el sol? Sí, y también el frío de la noche, ese vientecillo polar que me hacía meterme en la cama recordando los buenos tiempos en que era niño y mi madre me arropaba.
¡Y luego las calles! ¡Qué espectáculo! Luces que se prenden y se apagan, voces que gritan, niños que silban, autos que corren
. ¡Qué carnaval de rostros es una calle! ¡Rostros de todos los colores, alegres, grises, simpáticos, furibundos, luminosos, cetrinos, bellos, únicos! Quizá lo que más echaré de menos serán los rostros. ¡Qué novedad, qué prodigio! Ninguno parecido a otro, un milagro cada uno. Caminar por una amplia avenida es haber visto miles de milagros que gesticulaban, saludaban o miraban distraídos…Pero no lo quiero abrumar con mi discurso, doctor. Únicamente he querido decirle que echaré de menos muchas cosas, muchas voces. También, por supuesto, extrañaré mis libros. Ya no podré tocarlos, ni acariciarles la portada, ni ponerles marcas. ¡Ah, doctor, morir no es duro por lo que viene después, sino por lo que se deja!
¿Usted cree, por ejemplo, que no echaré de menos el ruido del mar, la voz de mis amigos, la taza de café?
Y aquí es donde digo: Dios tiene que hablarnos muy dulcemente para que aceptemos morirnos; tiene que llamarnos a su casa con muy buenos modales para que prefiramos irnos con Él, pues no es fácil dejar a la deriva y como abandonado todo lo que amamos.
¡Qué envidia siento por los que se quedan en este pobre mundo lleno de injusticia y de belleza! Irán al mar, se bañarán en él, y cerca de ellos rugirán las olas. Y cuando haga frío –ese frío que tanto he amado- se encerrarán en la cocina contándose historias anodinas al amor de la lumbre. Y se mirarán a los ojos, y se dirán que se quieren, y se hablarán por teléfono sólo para demostrarse que no se olvidan.
¿Sabe usted, doctor? Hay unos versos que me gustan mucho, y me gustaría recitárselos ahora, a modo de despedida; los escribió Carl Sandburg (1878-1967), el poeta estadounidense, hace ya muchos años, y dicen así:
¡Golpea los barrotes!
Lanza un grito
y sal, si puedes.
Sal al encuentro del mar,
de la luna, de la casa,
de la taza de café.
Quizá la Felicidad, doctor, no sea más que la suma de estas modestas felicidades que la vida nos da todos los días. El mar, la luna, la casa, la contemplación fugaz del rostro amado, la llamada que esperabas y acaba por llegar, es decir, el cariño correspondido.
Y ahora, doctor, si me lo permite, cerraré los ojos, y también los oídos. ¿Me escucha todavía? A juzgar por los gritos y el tumulto que escucho alrededor de mi cama debe estar pasándome algo realmente muy grave…
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