agosto 17, 2026

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#4 Tiempos

La indignación de mi amigo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

Mi amigo me da pena. Cree todavía en esa virtud que los antiguos llamaban consideración. ¡Como si no supiéramos todos que ésta ha desaparecido de nuestro planeta desde hace muchísimo tiempo! ¿En qué siglo cree él que vivimos?

Como es un hombre honrado al que le gusta tener todos sus asuntos en orden, mi amigo pagó por adelantado durante años y años la mensualidad de su servicio de televisión por cable. ¿Tan importante era para él la televisión?, ¿pasaba mucho tiempo frente a ella? No, nada de eso. Me consta que, en su caso, nunca ha sido así. En realidad lo hacía por el simple placer de vivir ordenadamente y para evitar que penosos contratiempos le impidieran pagar su recibo con puntualidad, pues si esto llegara a suceder, ¿qué iban a pensar de él los de la compañía? ¡La sola idea de que lo tuvieran por irresponsable lo hacía ponerse pálido! Hubo ocasiones en las que, por ejemplo, llegó a pagar anticipadamente hasta cinco meses, y una vez hasta seis. Lo que quiere decir que cuando estábamos en febrero, él ya había liquidado incluso el mes de junio.

¿Exageraba? Tal vez, pero él es así y mucho me temo que no haya poder en este mundo que pueda hacerlo cambiar.

-Lo peor que podrían decir de mí es que soy un tracalero –me dijo una tarde, mientras tomábamos juntos un café.

Y, acto seguido, sacó de su cartera una tarjeta de banco, dorada, en la que se podía leer la leyenda cliente preferente.

-Esta tarjeta –siguió diciéndome- es para mí como un documento de buena conducta o, si lo prefieres, como una carta de recomendación. Si nunca me atraso en mis pagos, si mi cuenta está siempre limpia, ¿no era justo que me la otorgaran? Así no tengo que hacer largas filas y, cuando llego a alguna de las sucursales de mi banco, los empleados me atienden enseguida.

A mí, para ser francos, eso de las tarjetas bancarias me ha tenido siempre sin cuidado; no obstante, para no desanimar a mi amigo, le dije que sí, que esa tarjeta en el mundo financiero valía lo mismo que un diploma en el ambiente escolástico, o que un monseñorato en el ambiente eclesiástico.

-¡Claro, claro! ¡Así es! -me dijo él, lleno de satisfacción.

No obstante, la semana pasada encontré a mi amigo de mal humor. La verdad es que estaba hecho una fiera.

-Ya no tengo cable -me dijo. Me le quedé mirando con la misma cara espantada con que hubiera recibido la noticia de la muerte de uno de sus parientes más queridos.

-¿Pero, por qué? -me atreví a preguntarle, fingiendo estar sinceramente horrorizado.

Como es bien sabido, muchas de las cosas de que nos rodeamos son como las drogas, que una vez que se han probado una vez ya no es tan sencillo abandonarlas; el cable, por ejemplo, es una de ellas. Una vez un joven estudiante de preparatoria, al ser interrogado por su maestro acerca del significado de l as siglas «d. C», respondió sin vacilar: «Después del Cable, por supuesto». Ni por asomo se le ocurrió al pobre que pudiera haber otras realidades capaces de partir la historia. Pero sigamos con mi amigo.

-¿Cómo es eso? -volví a preguntarle. Me respondió diciendo que por una serie de cosas que escaparon a su control, no pudo ir a pagar su recibo en la fecha establecida, de modo que al otro día por la mañana su servicio estaba ya cortado.

-¡Al otro día por la mañana! –me dijo con indignación-. Ni siquiera tuvieron la amabilidad de esperarme hasta la tarde. ¡Y pensar que siempre traté de pagarles los recibos incluso anticipadamente!

Mi amigo pensaba que la cortesía seguía siendo vital en las relaciones comerciales y que, siendo como era, un cliente fiel, la compañía debía tener hacia él alguna consideración. Se imaginaba a los dirigentes de la empresa discurriendo más o menos en los siguientes términos: «El señor Fulano ha sido hasta ahora uno de nuestros clientes más puntuales. ¿Qué le pasaría en esta ocasión? ¿No le habrá ocurrido algo? Bien, esperémoslo unos días antes de tomar las medidas pertinentes al caso». ¡Cómo se equivocaba! ¿Es que no sabía ya que en los nuevos tiempos, tiempos de ordenadores y controles digitales, los clientes no son ya personas sino simples números?

Cuando voy a alguno de los hipermercados de nuestra ciudad, mientras hago fila en la caja y veo cómo los que me anteceden en ella hurgan en sus bolsillos buscando desesperadamente la moneda de cincuenta centavos que les falta para saldar su cuenta, me da por pensar que sería mucho más fácil que les perdonaran esa suma en la pequeña tienda cercana a su casa que en estos mastodontes que todo lo registran con una precisión casi diabólica. Que seas uno de sus clientes habituales, eso es algo que les tiene sin cuidado: tú importas únicamente si tienes dinero y únicamente cuando lo tienes. Como escribió Richard Sennett, el famoso sociólogo inglés, «en las modernas organizaciones comerciales los empleados y los dirigentes parecen carecer de rostro». No te recuerdan, ni guardan hacia ti ningún tipo de respeto. Por más que hayas ido a comprarles tu despensa desde hace quinientos años, para ellos es como si lo hicieras por primera vez.

-¿Qué vas a hacer ahora que ya no tienes cable? –seguí preguntándole a mi amigo.

-Nada. He mandado suspender el servicio -me respondió.
Lo miro con ternura. Pertenece a la raza de los orgullosos. A la raza de aquellos que piensan que vale más sacrificar un rato de televisión a que una virtud tan alta como la cortesía (o consideración, como él la llama) sea sacrificada por tan poco.

Suelto una carcajada. Aquello me alegra. ¡Sí, así es como se debe tratar a esos señores que en lo único que piensan es en el dinero! Éste es el único lenguaje que entienden. El semáforo cambió de rojo a verde y seguimos avanzando, felices, por la ciudad.

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#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

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El Cronopio

El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

J.R. Martínez/Dr. Flash

En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.

Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.

Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.

En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.

Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela

, la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.

En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).

Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.

En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.

Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.

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#4 Tiempos

El pionero de la música electrónica en América Latina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Uno de los trascendentes desarrollos artísticos y científicos potosinos lo son los pianos metamorfoseados desarrollados por Julián Carrillo, únicos en el mundo y que abriera la puerta a un nuevo universo musical. Los pianos, diseñados dando importancia al esquema práctico del propio piano, o sea sin cambiar la disposición de las teclas, fueron diseñados para poder tocar en tercios, cuartos, hasta dieciseisavos de tono, conformando así una serie de quince pianos que fueron presentados en la Feria Internacional de Bruselas en 1958 donde obtuvieron la medalla de oro.

Previamente Carrillo había diseñado y transformado un piano comercial de alta calidad a piano de tercios de tono, cambiando por completo el cuerpo del piano, el arpa que daba paso a tener un piano en tercios de tono, lo cual fue desarrollado a finales de la década de los cuarenta del siglo XX.

En este importante diseño del piano de tercios de tono, participó un joven que se haría camino en el mundo de la música y de la tecnología, Raúl Pavón Sarrelangue que pasa a la historia de la música mexicana como el pionero en la música electrónica en América Latina.

Por el lado musical, Raúl Pavón estudiaría guitarra con el célebre guitarrista Andrés Segovia y en Milán, Italia y en Colonia, Alemania, música electroacústica. Posterior a su participación el piano de tercios de tono, continuó su trabajo en nuevos diseños y construcción de guitarras y sintetizadores.

En el ámbito de la ingeniería y tecnología Raúl Pavón se formaría en el Instituto Politécnico Nacional egresando de la licenciatura en ingeniería en electrónica y comunicaciones en 1954, graduándose como ingeniero en radiocomunicación y electrónica con un diplomado en computación, continuando sus estudios superiores en electrónica en Milán, Colonia y París.

Su formación, así, estuvo ori entada a la música y la ingeniería lo que le permitiría unir esas disciplinas en sus futuras contribuciones en la música electroacústica de la que sería pionero en América Latina destacando además como compositor e investigador.

En 1964 construyó el primer sintetizador hecho en México, el Ominifón, uno de los primeros sistemas de sintetizador didáctico, que anticipó la idea de la tecnología musical como herramienta educativa y creativa.

En el Conservatorio Nacional de México fundaría en 1970 el Laboratorio de Música Electrónica junto a Héctor Quintanar, con quien colaboró en los primeros conciertos de música electrónica y electroacústica realizados en México. En 1976 dedicándose por completo a la música electrónica y al desarrollo del Icofón, instrumento de imagen y sonido electrónicos para el cual compuso las obras Suite icofónica (1983), Fantasía creacionista (1985), Una antifantasía (1986), Fantasía de la muerte (1987), Fantasía abstracta (1989) y Fantasía cósmica (1984), algunas de las cuales pueden escucharse por Youtube.

Publicó el primer libro sobre el tema de la música electrónica en 1981, intitulado La electrónica en la música y en el arte, editado por el Centro de Investigación y Documentación Musical Carlos Chávez (CENIDIM).

Raúl Pavón Sarrelangue, que tuvo relación con una de las aportaciones potosinas al mundo, nació en 1928 y falleció en el 2008.

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