junio 19, 2026

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Homicidios en México han arrebatado 17 millones de años de vida desde 1990

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Un estudio del Inegi demuestra que entre 1992 y 2007, la tasa de asesinatos mantenía bajas constantes; después, con la guerra contra el narco, volvió a crecer

Por: El Saxofón

Los homicidios en México han significado una pérdida total estimada de 17 millones 676 mil 009 años de vida durante el periodo comprendido entre 1990-2017. Medido a través de los Años de Vida Potencialmente Perdidos (AVPP) por homicidios, se estima que tan solo en la última década se perdieron 8 millones 938 mil 430 años, lo que representó un promedio de 40.2 años de vida perdidos por cada víctima de asesinato.

Lo anterior está considerado en el estudio “Patrones y tendencias de los Homicidios en México”, publicado por el Inegi recientemente.

El estudio reviste especial importancia debido al contexto de violencia que sufre el país en la última década y aporta datos muy interesantes sobre esta problemática.

El Inegi destaca que “en resumen, aunado al sufrimiento psicológico y social que el homicidio causa, estos datos evidencian los posibles impactos de corto, mediano y largo plazo que tienen las muertes prematuras de adultos en diversas variables económicas (ingreso, productividad, ahorro, logro educativo, etcétera).

“Por lo tanto, las intervenciones para controlar y prevenir los homicidios tienen efectos que van más allá de atender el problema de violencia e inseguridad, ya que de su éxito dependen las condiciones de desarrollo y bienestar de generaciones futuras”.

El reporte constata que “Durante la última década, en México se registraron 233 mil 219 víctimas de homicidio, cifra 2.5% superior a las 227 mil 434 víctimas registradas de 1990 a 2007. Dicho de otro modo, en tan solo 10 años sucedieron 50.6% de las víctimas documentadas en casi tres décadas, de 1990 a 2017″.

El estudio comprueba que la tasa nacional de homicidios por cada cien mil habitantes durante el periodo de 1990 a 2017 muestra dos tendencias: la primera se observa entre 1992 y 2007 que se caracterizó por una disminución sostenida y paulatina de la tasa. Fue en este periodo cuando se tuvo la tasa más baja registrada de ocho víctimas de homicidio por cada cien mil habitantes (en el año 2007).

La segunda tendencia comenzó al año siguiente con un aumento abrupto en el número de homicidios que duró hasta 2011, cuando se alcanzó un primer máximo con 23.5 víctimas por cada cien mil habitantes.

Destaca que hubo “un descenso significativo entre 2012 y 2014”, pero “a partir de 2015 se registró un crecimiento pronunciado de los homicidios en el país, alcanzando un nuevo máximo en 2017, con 26.0 homicidios por cada cien mil habitantes”.

Concretamente, en 2017 “se registraron 32 mil 79 víctimas de homicidios, equivalentes a 88 víctimas de homicidio por día, con lo que en el trienio de 2015 a 2017”, -durante la segunda mitad del sexenio presidencial de Enrique Peña Nieto- “se observa el mayor registro de víctimas de homicidio en la historia reciente del país”, destaca el Inegi.

¿Quiénes son las víctimas de homicidio?

Según el reporte, “los hombres están en mayor riesgo de ser víctimas de homicidio que las mujeres”, por cada 10 hombres víctimas de homicidio hay una mujer que pierde la vida por esta causa.

Desde 1990, más de la mitad de los hombres víctimas de homicidio en el país, tenían entre 18 y 35 años; a partir de 2010 también más de la mitad de las mujeres víctimas de homicidio estaban en este grupo de edad.

Lo anterior, destaca el Inegi, coloca al homicidio como la principal causa de muerte de jóvenes en el país.

“Con alrededor de 5 mil 702 muertes anuales de hombres y 629 muertes de mujeres, la población de 15 a 29 años es particularmente vulnerable a la violencia homicida. Este grupo de edad concentró en promedio 37.1 por ciento del total de homicidios cometidos en la población, cifra superior en 33.7 puntos porcentuales a la proporción de muertes totales por otras causas en este grupo de edad”, resalta el estudio.

Otros datos interesantes son que siete de cada diez víctimas de homicidio tenían apenas escolaridad básica (primaria y secundaria) y solo el 6.9 por ciento contaba con estudios superiores, sin embargo en los últimos años, aumentó el número de víctimas de homicidio que contaban con escolaridad media superior y superior, y en 2016 alcanzó el 26.4 por ciento del total de víctimas de asesinato.

Cabe destacar también, que según el estudio, 9 de cada 10 hombres y 4 de cada diez mujeres asesinadas, realizaban alguna actividad laboral antes de su deceso.

Sin embargo, en el caso de los hombres, las víctimas que trabajaban decreció de 93.7 por ciento en 1992 a 89.4 por ciento en 2012.

En el caso de las mujeres, las víctimas de homicidio que laboraban aumentó de 35.2 por ciento en 1990 a 45.2 por ciento en 2012.

Cómo se cometen los homicidios

La agresión con arma de fuego es el método más frecuente para asesinar personas en el país. Se calcula que siete de cada 10 víctimas hombres fueron atacadas a balazos.

En contraste, cinco de cada diez mujeres asesinadas fueron muertas por disparos.

“El grupo más afectado por este tipo de agresión fue la población de 18 a 29 años, ya que en promedio 72.3% de los hombres y 51.5% de las mujeres víctimas en esas edades fallecieron por disparo con arma de fuego”.

En el caso de las mujeres también resalta que al menos una de cada cinco víctimas de asesinato fueron muertas por ahorcamiento, estrangulamiento y sofocación. También una de cada cinco fue víctima de heridas punzocortantes.

“Estos resultados sugieren que, si los medios que causan los homicidios de hombres y mujeres son distintos, entonces las motivaciones y dinámicas por la que ocurren estas defunciones también podrían ser diferentes”, explica el estudio.

“Adicionalmente, en el caso de niños, niñas y adolescentes, resalta que uno de los principales medios de homicidio contra estos fue la agresión por ahorcamiento, estrangulación y sofocación. En promedio, este tipo de agresión representó 12.4 por ciento de los homicidios de niños y 30.9 por ciento de niñas de entre 0 y 17 años; incluso del año 1990 a 2009 fue la principal causa de homicidio de niñas menores de 11 años”.

Morir en domingo

La incidencia de homicidios en México “tiende a incrementarse los fines de semana, principalmente los días domingo. Por ejemplo, en 2017, 17.2 por ciento de los homicidios fueron cometidos en domingo y 15.5 por ciento los días sábado

En cuanto a la hora de ocurrencia, los datos revelan que 61.4 por ciento de los homicidios registrados en el último año se cometieron entre las seis de la tarde y las seis de la mañana, observándose un patrón similar para ambos sexos. Estas tendencias se mantuvieron sin cambios importantes durante el periodo de análisis.

Homicidios se desplazan a las ciudades

Los hombres suelen ser asesinados en la calle, las mujeres en el hogar o en viviendas particulares. Según el estudio, más del 60 por ciento de los homicidios de los hombres ocurrió en la vía pública y el 15 por ciento en hogares o viviendas particulares.

En contraste el 40 por ciento de las mujeres tuvo lugar en el hogar o en una vivienda particular.

“El análisis también reveló que, en promedio, 18.3 por ciento de los homicidios de hombres y 53.6 por ciento de homicidios de mujeres ocurridos en la vivienda fueron perpetrados con objeto punzocortante, proporción mayor a los homicidios cometidos con este medio en otros espacios”.

Cabe destacar que según el estudio, más del 70 por ciento de los homicidios ocurrieron en zonas urbanas, particularmente en municipios que tienen 100 mil habitantes o más, mientras que en los municipios rurales, con menos de 2 mil 500 habitantes, ocurrieron menos de 1 mil de los homicidios registrados en el país.

El estudio subraya que “Los resultados muestran que en los últimos años los homicidios se han desplazado hacia zonas urbanas, que son también las de menor rezago social en términos de carencias de servicios de salud, educación y vivienda”.

Así amanece el precio del dólar hoy 12 de junio en SLP

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“Se minimiza la crueldad animal”: critican a Fiscalía por caso de asesino dr perros en Soledad

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Para el colectivo Huella Amiga, dejar libre a una persona acusada de ejercer violencia extrema contra animales envía un mensaje de impunidad y minimiza la gravedad del maltrato animal en SLP

Por: Redacción

La decisión judicial que permitió al hombre acusado de matar a balazos a dos perros en Soledad de Graciano Sánchez continuar su proceso penal en libertad reavivó las críticas de colectivos animalistas hacia la Fiscalía General del Estado (FGE), a la que señalan de no haber defendido con suficiente contundencia la ejecución de la orden de aprehensión.

De acuerdo con Pulso, la organización Huella Amiga emitió un posicionamiento público en el que manifestó su preocupación por el alcance del amparo promovido por la defensa del imputado y cuestionó el papel desempeñado por la autoridad ministerial durante el procedimiento.

El colectivo consideró que la Fiscalía debió sostener con mayor firmeza los argumentos relacionados con la peligrosidad de las conductas atribuidas al acusado, al advertir que hechos de esta naturaleza trascienden el daño causado a los animales y generan inquietud sobre el riesgo que podría representar una persona capaz de ejercer violencia extrema contra seres indefensos.

Para la agrupación, permitir que el imputado enfrente el proceso fuera de prisión envía un mensaje de permisividad frente al maltrato animal y contribuye a minimizar el impacto social de este tipo de agresiones.

Huella Amiga también sostuvo que el caso involucra dos hechos distintos de violencia, cometidos en perjuicio de dos perros diferentes, por lo que cada conducta debería ser analizada y sancionada de manera individual conforme a su gravedad.

Asimismo, rechazó que factores como la edad del señalado o posibles problemas de salud mental puedan utilizarse para atenuar su responsabilidad sin que existan dictámenes periciales que acrediten dichas condiciones.

El colectivo advirtió que el asunto podría convertirse en un precedente desfavorable para la procuración de justicia en materia de protección animal en San Luis Potosí si las instituciones encargadas de investigar y sancionar estos delitos no asumen una postura más estricta.

En ese sentido, exigió a la Fiscalía fortalecer las investigaciones con respaldo científico y técnico, al Poder Judicial valorar el nivel de violencia ejercido en este tipo de casos y al Congreso del Estado avanzar en reformas orientadas a endurecer las medidas de protección animal, entre ellas la denominada Ley Hope.

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El olor a descomposición llegaba a la calle; la indiferencia llegaba más lejos | Editorial de La Orquesta

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Durante años, un hombre habría vivido de reproducir perros sin poder ofrecerles ni agua, ni comida, ni una muerte digna. No eran perros, eran mercancias hasta que dejaron de existir

Por: La Orquesta

La crueldad humana no puede justificarse en nuestra condición de seres humanos complejos e imperfectos, es un porqué pero no una justificación.

Lo ocurrido en Milpillas es difícil de procesar. No por falta de información, sino porque mientras más se sabe, más insoportable resulta imaginar el sufrimiento que soportaron esos animales.

Es constante el intentar entender a las personas crueles. Decimos que tuvieron una infancia complicada, que padecen enfermedades mentales, que son producto de la pobreza, de la ignorancia, del abandono institucional o de una sociedad enferma. Todo eso puede ayudarnos a entender de dónde viene la violencia. Es un porqué, pero jamás puede convertirse en una justificación.

Porque el hombre que operaba este criadero vivía de los perros. Su trabajo consistía, básicamente, en encerrar a un macho con una hembra dentro de una jaula para que se reprodujeran, vender las crías y repetir el proceso una y otra vez. Nada más. Explotaba animales para obtener un ingreso económico y aun así no pudo ofrecerles lo más elemental: agua accesible, alimento suficiente, atención veterinaria, un espacio limpio o una muerte digna.

La normalización de estos actos de personas así es profundamente preocupante. Vecinos cuentan que llevaba años funcionando de esta manera. Durante años, al parecer, para él fue insignificante que los perros sufrieran. Era irrelevante que estuvieran en los huesos. Era irrelevante que agonizaran. Era irrelevante que compartieran espacio con cadáveres de otros perros, que respiraran el olor de cuerpos en descomposición, que algunos nunca hubieran recibido una caricia, un paseo, una manta durante el frío o un tratamiento para enfermedades.

Y entonces aparece la pregunta más dolorosa: ¿cuántos perros murieron ahí? ¿Cuántos nacieron solo para ser vendidos? ¿Cuántos pasaron toda su vida dentro de una jaula? ¿Cuántos agonizaron durante días antes de morir? ¿Cuántos soportaron el hedor de otros muertos porque ni siquiera eran retirados de las instalaciones? ¿Cuántos más existen en otros patios, bodegas o periferias de este país y nunca los conoceremos porque nadie denuncia, porque las autoridades no van o porque aprendimos a convivir con el horror?

El causar dolor a un ser vivo indefenso habla mucho más de quien infringe ese dolor que de quien lo recibe. No hablamos únicamente de perros. Las personas hieren personas. Torturan personas. Matan personas. Las razones pueden ser políticas, económicas, sociales, familiares o personales, pero muchas veces tienen un hilo conductor: herir a otros desde las propias heridas no resueltas.

A quienes observamos desde fuera nos conmueve el sufrimiento, especialmente cuando se trata de seres incapaces de defenderse. Un perro no es una persona. Nunca lo será. Pero reconocer esa diferencia tampoco justifica minimizar el dolor que sentimos al imaginar la crueldad que soportaron estos animales. Deprimirnos ante ello no nos hace exagerados; probablemente nos hace una sociedad un poco menos enferma.

También debemos aceptar algo incómodo: la cárcel por si sola no cura a quien necesita infligir dolor. El castigo punitivo no repara la empatía rota de una persona. Sin embargo, sí debe existir un castigo ejemplar. Y en México, particularmente en San Luis Potosí, los castigos por maltrato animal suelen ser una burla. Hemos visto agresores salir prácticamente ilesos tras entregar costales de croquetas, cumplir medidas mínimas o evitar condenas efectivas, a pesar de que la legislación contempla penas de hasta cinco años de prisión en casos graves.

Quizá la prisión no transforme a un maltratador, pero las sanciones económicas severas sí pueden convertirse en un mecanismo disuasorio. A muchos les duele más perder dinero que saber que otro ser vivo sufrió bajo su responsabilidad.

La omisión institucional también es parte del problema. Resulta frustrante que cuando alguien roba un vehículo existan operativos, seguimiento y reacción inmediata, pero que cuando un policía observa a un animal siendo golpeado, encadenado, abandonado o muriendo lentamente, pocas veces intervenga. El maltrato animal debería asumirse con mayor seriedad y atenderse como un indicador de violencia social, no como una falta menor.

Hay otro componente incómodo: la periferia. En muchas comunidades alejadas de los centros de poder parece existir un mensaje tácito de impunidad. Ahí la gente construye sin permisos, quema basura, tira escombros, abandona animales y, a veces, opera criaderos clandestinos durante años sin consecuencias. Es un abandono institucional que termina normalizando cualquier cosa.

Finalmente, hay una responsabilidad colectiva que rara vez queremos asumir. Mientras siga existiendo un mercado dispuesto a pagar miles de pesos por un cachorro de determinada raza, seguirá habiendo personas dispuestas a reproducirlos en serie. Tal vez deberíamos dejar de decir “me encantan los perros, pero solo de tal raza”, porque ese supuesto amor muchas veces alimenta la industria que los convierte en mercancía.

El caso de Milpillas es indignante. Pero sería aún más indignante descubrir que dentro de unos meses volvemos a compartir fotografías de otro criadero, de otro perro en los huesos, de otro cadáver cubierto con cal, y reaccionamos con sorpresa, como si no supiéramos que el problema nunca fueron solamente los animales abandonados.

El problema es la facilidad con la que aprendimos a convivir con la crueldad.

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Era peor de lo que se imaginaba: Animalistas rescatan a perros de criadero clandestino de Milpillas

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Perros husky y pastor alemán en los huesos, animales agonizando dentro de jaulas, cadáveres cubiertos con cal, restos reducidos a mechones de pelo, un olor nauseabundo que llegaba hasta la calle y hasta lechones muertos dentro del predio

Por: Ana G Silva

Lo que vecinos y rescatistas encontraron al ingresar a un presunto criadero clandestino de perros en la fracción Milpillas fue descrito por ellos mismos como una escena “horrible, difícil de ver, de oler y profundamente triste”.

La tarde del miércoles, colectivos animalistas potosinos acudieron al domicilio señalado desde hace semanas por habitantes de la zona como un sitio donde se criaban y comercializaban perros husky y pastor alemán en condiciones inadecuadas. La intervención ocurrió luego de que el caso se viralizara en redes sociales, ante la falta de respuesta de autoridades municipales y estatales, pese a denuncias previas realizadas por vecinos.

Al llegar al inmueble, las rescatistas no localizaron a los cachorros que anteriormente habían sido observados en el lugar y que presuntamente eran comercializados incluso a la orilla de la carretera. De acuerdo con testimonios de quienes participaron en el rescate, aparentemente algunos animales fueron retirados antes de su llegada y hubo intentos por limpiar parcialmente las instalaciones.

Entre las acciones que detectaron se encontraba la colocación de recipientes con agua; sin embargo, ésta permanecía fuera de las jaulas, imposibilitando que los perros encerrados pudieran acceder a ella.

A pesar de ello, numerosos ejemplares permanecían confinados en jaulas pequeñas, sin alimento y en condiciones de extrema desnutrición. Algunos perros se encontraban prácticamente reducidos a piel y huesos, mientras que otros presentaban un estado de salud tan delicado que las voluntarias consideraron que estaban al borde de la muerte.

Las activistas denunciaron además la presencia de grandes cantidades de cal esparcidas en distintas áreas del predio, particularmente en zonas donde localizaron perros muertos en avanzado estado de descomposición. El olor, señalaron, era nauseabundo y podía percibirse desde la calle, situación que vecinos consideraron incluso un riesgo sanitario para quienes habitan en las inmediaciones.

Durante la inspección también fueron encontrados restos de animales que consistían únicam ente en mechones de pelo y vestigios óseos.

Asimismo, localizaron varios lechones recién nacidos muertos, que, según sospechan algunas personas involucradas en el rescate, podrían haber sido utilizados ocasionalmente como alimento para los perros.

Los rescatistas sostuvieron que las condiciones encontradas permiten presumir que los animales sobrevivientes permanecían cotidianamente en ese entorno insalubre, rodeados de cadáveres, desechos y fuertes olores derivados de la descomposición.

Ante la gravedad de la situación, vecinos y colectivos decidieron sacar del inmueble a todos los perros que aún permanecían con vida. Algunos fueron adoptados de manera inmediata por ciudadanos que acudieron al sitio, mientras que el resto fue trasladado a un refugio para recibir atención, aunque hasta el momento se desconoce con precisión el estado de salud de cada uno de los ejemplares rescatados.

Habitantes de Milpillas recordaron que el funcionamiento del presunto criadero clandestino había sido denunciado con anterioridad ante diversas autoridades, pero aseguran que no obtuvieron respuesta ni inspecciones formales, situación que derivó en que las agrupaciones animalistas actuaran por cuenta propia una vez que el caso alcanzó notoriedad en redes sociales.

Respecto al propietario del inmueble, vecinos señalaron que presuntamente se encontraba hospitalizado y que recientemente habría sido dado de alta; sin embargo, hasta ahora no se ha presentado en la vivienda ni ha establecido contacto con quienes participaron en el rescate.

Las organizaciones animalistas anunciaron que este jueves acudirán a presentar una denuncia formal ante la Fiscalía General del Estado por posibles actos de maltrato animal, abandono y operación irregular de un criadero, además de aportar evidencia sobre la presunta venta de perros en las inmediaciones de la carretera y las condiciones deplorables en que eran mantenidos.

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