noviembre 1, 2026

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#4 Tiempos

Crónica | Culebra

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Vivir entre cubetas, jabón y peleas

Por: Deborah Chavarría 

El combustible de La Orquesta.mx siempre ha sido la vitalidad de las y los jóvenes periodistas potosinos. Como parte de un ejercicio para dar a conocer su talento, durante las próximas semanas publicaremos entrevistas y crónicas realizadas por los alumnas y alumnos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Queremos saber cuál es la visión de las chicas y chicos que, desde ya, son responsables de registrar la memoria de nuestra ciudad.

Llegamos a la Alameda. El calor era sofocante y el sol de la una de la tarde causaba picor en la piel. Mi madre recién comenzaba su bazar por Internet y me pidió que la acompañara a su primera venta. Estaba genuinamente entusiasmada, no podía decirle que no (además de que la idea de dejar a mamá ir sola al encuentro con un extraño no me daba buena espina).

El propósito de la salida era fácil: localizar al cliente, entregar los pantalones y volver a casa. Encontrar estacionamiento fue un dolor de cabeza, pero luego de un par de vueltas, hallamos un espacio frente a la iglesia de San José.

El coche estaba lleno de polvo y residuos de las fábricas cercanas a casa, así que nos pareció conveniente que lo lavaran mientras esperábamos al comprador (que para entonces ya estaba retrasado). Apenas nos estacionamos, notamos que esa era la zona de los lavacoches. Las cubetas en las aceras y el piso lleno de espuma y charcos los delataban. Casi a la par de nosotros, una Van se estacionó a unos cuantos espacios. La mujer que la conducía abrió la ventanilla y le gritó a una de las lavacoches.

–¿Cuánto por fuera?
–40 Doñita –respondió.
–¿Pero bien lavado?

La lavacoches era una mujer muy robusta, de aproximadamente un metro setenta, cabello teñido de un rojo intenso y piel oscura, su ropa (uniforme de trabajo, se podría decir) tenía varios orificios y una enorme mancha de aceite en la espalda. Sonrió con la pregunta y respondió cargando una de las cubetas del piso: “La pregunta ofende”.

Me pareció una persona bastante curiosa, alguien que no se tiene la oportunidad de ver todos los días. Detrás de ella corrió una niña de unos nueve, cuando mucho diez años, mordiendo un pedazo de plástico.

–Pero no sea malita –dijo la lavacoches –estacióneme la camioneta de este lado, junto al camión de mudanza, porque esta zona no es mía.

Antes de que la conductora le respondiera o pudiera hacer una maniobra, otro lavacoches salió por detrás de una camioneta, e ignorando la presencia de su compañera, gritó –ahí déjela doña, ahorita me la aviento yo. –Eso bastó para que la lavacoches cambiara completamente su semblante.

–¿Qué dijiste pendejo? – gritó, secándose las manos a los costados de su pantalón. La niña la tomó de la playera, intentando jalarla, pero sus esfuerzos no rindieron frutos.

–Mamá, no… –escuché a la niña decir, pero la que, ahora sabía, es su madre, la apartó con un aventón brusco; otra mujer la tomó del brazo y la jaló hacia donde estaban los demás lavacoches, que al ver la reacción de la madre de la niña no hicieron más que reírse.

Mi madre y yo observábamos todo desde dentro del auto, en la radio sonaba “A tu recuerdo” de los Ángeles Negros. No sabíamos cómo reaccionar, pero la posibilidad de que algo sucediera reafirmó nuestra decisión de quedarnos en el coche.

El hombre medía aproximadamente un metro ochenta, era muy delgado y tenía un tatuaje de la virgen de Guadalupe en el brazo izquierdo. Sus ojos pajizos estaban hundidos dentro de las cuencas y parecían perderse en sus ojeras. Tenía la apariencia de un esqueleto cubierto de cuero.

La mujer se paró frente a nosotros, cerca de donde el lavacoches tenía sus cubetas con agua, y le lanzó una mirada retadora. Le hizo una seña obscena y pateó una de las cubetas.

Sentí genuino miedo de quedar en medio del pleito, pero el hombre no actuó. La mujer de la Van se escabulló por detrás y en medio del duelo, la lavacoches perdió la concentración en su cliente. –Ya sabes que no te tienes que meter conmigo, pinche Culebra, ¿te crees muy chingón? –dijo la mujer, acercándose al hombre, que inconvenientemente para mí, decidió pararse a nuestra izquierda.

Él no se movía, no decía ni hacía nada. Ella se acercó y lo tomó de la playera. Otro de los lavacoches corrió hacia ellos y la jaló por el brazo. –Ya wey, la niña te está viendo.

En lo que pareció ser un momento de paz, la lavacoches soltó al hombre y caminó hacia la acera, cargó a la niña (que había empezado a llorar) y la perdí de vista detrás del camión de mudanzas.

El hombre se quedó parado junto a nosotros unos segundos, parecía a la expectativa de algo, estaba alerta.

Mi madre, ignorando mis recomendaciones, bajó el cristal y le dijo:

–¿Cuánto me cobra por lavármelo?
–40 doña, bien lavadito
–Órale, aviénteselo.

Me sentí incómoda con el hecho. No era agradable estar en un ambiente tan hostil, bajo ese sol que casi nos cocinaba vivos, esperando a alguien que no sabíamos si llegaría.

–Nomás deme chance de llenar la cubeta del jabón otra vez, ¿no, doña?, ya ve que esta pinche vieja loca me la tiró toda.

–Aunque sea nomás con agua, no se apure.– Él asintió y empezó a lavar el coche. Fue cosa de cinco minutos para que la mujer regresara, esta vez con más furia. Jaló al hombre de la camisa y lo empujó contra el auto a un lado del nuestro, empezó a amenazarlo con la mano derecha, y a gritarle.

Esta vez, iban en serio.

–¿Quieres que nos peleemos?
–No te tengo miedo cabrón.
–Ya déjame en paz, pinche loca.

Mi madre no parecía entender lo incómoda y terrible que me resultaba la situación, porque por más que le pedí que moviera el coche, no lo hizo. En cambio, le subió el volumen a la radio; en ese momento sonaba “Mi Matamoros querido” de Rigo Tovar, canción que detesto, haciendo aún más insoportable e increíble el escenario.

Ella lanzó el primer golpe, justo en el ojo derecho del hombre. Él la jaló del cabello, intentando alejarla de sí. La mujer no estaba dispuesta a detenerse hasta causarle daño.

–¡Para que aprendas a no meterte conmigo, Culebra! –Le gritaba, lanzando golpes al aire. Muchos no llegaban siquiera a rozar al hombre, pero podía notarse que la cansaban.

Él la abrazó en un nulo intento por detenerla, pero otro de los lavacoches, el que la calmó hacía unos minutos, llegó a ayudarla.

Golpeó al hombre en la mejilla, cerca de la boca, y lo hizo escupir sangre.
–Tú no te metas cabrón.

La mujer tomó un tubo de una de las cubetas, y Culebra corrió hacia la avenida Universidad.
No podía creer lo que estaba presenciando, ni la falta de acción por parte de los otros lavacoches. Para ellos, más que una pelea, o como yo lo vi, un ataque, era un show de comedia, un sketch.

Ella lo siguió, junto con el hombre que la estaba ayudando. A lo lejos pudimos ver que Culebra empezó a pelear con el otro hombre, en la calle frente a la iglesia.

La mujer que había alejado a la niña aún la tenía de la mano. –Ya deja de llorar, chingao –le dijo.
Las lágrimas de la pequeña rodaban por su cara, quemada por el sol.

Una patrulla pasó frente a ellos, pero no se detuvo.

Luego de cinco minutos, silencio. No había rastro de la mujer, ni de Culebra, ni del otro hombre. Los demás lavacoches seguían riendo.

Me sentía frustrada y en shock. El cliente de mamá no llegaba, y ya era demasiada espera. –¿Sabes qué?, ya vámonos –dijo mi madre, molesta. Bajó del coche a echar un último vistazo, en búsqueda del cliente.

–¡Ay Dios!, ¡ahí viene esta vieja! –Me dijo metiéndose al coche de nuevo. La mujer y su cómplice llegaron corriendo a donde tenían sus cosas, cargando mochilas y botellas.

–¡Evelyn! ¡Vámonos ya! –Exclamó la lavacoches, llamando a la niña.
–¿Y eso? ¿qué te hizo el cabrón? –Preguntó otra de las mujeres.
–Ya se fue wey, pero nos va a caer con toda su banda.

Ella, la niña y el cómplice corrieron hacia la parada del camión, y los perdí de vista.
Mamá encendió el coche, y aunque no me lo dijo, sé que la idea de que el sujeto llegara con su pandilla la asustó.

–De todas maneras, el viejo este no vino, ya lo esperamos mucho.

Arrancamos hacia el distribuidor Juárez, con medio coche sin polvo, un salpicón de sangre en la llanta trasera y 4 pantalones que sacamos a pasear.

El resto del día pensé en la mujer, en lo difícil que debe ser vivir en un ambiente de hombres y tener que imponer respeto. Pero el verdadero foco de mis pensamientos era la niña, que pudiendo estar en cualquier otro lugar del mundo, le tocó pasar su infancia en la Alameda, viendo a su madre pelear para sobrevivir, perdiendo inocencia y derramando lágrimas al suelo lleno de jabón.

Así amanece el precio del dólar hoy 27 de mayo en SLP

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

También lee: Gallardo renueva transporte público urbano

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

Lee también: Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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