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Canelo, el perro más famoso de SLP, se jubiló
Luego de padecer una enfermedad, el can aventurero dejó las calles
Por: Ana G Silva
Canelo, el perro aventurero, es sin duda el canino más famoso de San Luis Potosí. Por más de 9 años, recorrió las calles de la capital potosina, se convirtió en un perro comunitario, cuya casa era toda la ciudad. Con el tiempo se convirtió en un símbolo de conciencia sobre el rescate y apoyo de los animales callejeros, pero sobre todo es ya una leyenda potosina, pues cientos de personas que algún día lo encontraron comparten con él historias tristes, divertidas, curiosas, impactantes, pero siempre entrañables.
Hoy Canelo tiene aproximadamente entre 12 y 13 años. Desde julio del 2020 dejó de recorrer las calles, pues se le detectó un tumor venéreo que afecta principalmente a los genitales, sin embargo, después de varias sesiones de quimioterapia, ha logrado recuperarse, pero sus problemas en las articulaciones, han hecho que hoy este perro tenga una casa definitiva: la Estancia para el Perro Abandonado: “Santa Martha”.
Marisol Guadalupe Carranza fue la persona que en el 2011 le puso su primer pañuelo a Canelo y lo inscribió en el programa de perros comunitarios, desde entonces ha procurado darle seguimiento. Ella es quien se hizo cargo del tratamiento y le encontró espacio en “Santa Martha”.
“Se le quitó su paliacate y se le puso su collar y su placa, porque dejó de ser parte del programa de perros comunitarios, ahora vive en la estancia”.
El recorrido de Canelo variaba todos los días, algunas veces podía ser visto en el poniente de la ciudad, cerca del Hospital Central, pero tampoco era raro encontrarlo deambulando en la colonia Ricardo B. Anaya. Era fácil reconocerlo, pues siempre procuraba utilizar los puentes peatonales y banquetas para realizar sus paseos.
Canelo tiene su propia página de Facebook llamada “Canelo, un perro aventurero” con más de 17 mil seguidores en la cual las personas solían compartir sus fotos y ubicación.
Para recuperar las aventuras que ha vivido Canelo, en La Orquesta convocamos a usuarios y usuarias de redes sociales para que nos contaran sus historias. A continuación algunas de las mejores:
PERRO GUARDIÁN
De acuerdo con algunas versiones, Canelo tenía un sentido de protección muy agudo, como lo comenta Xochitl Constante, quien mencionó que cuando lo conoció, el perro la protegió de una persona sospechosa.
“Estaba con mis amigos afuera del Parque de Morales, ya era noche, se nos acercó y pensamos que estaba perdido, hablé al número y me platicaron de qué trataba el proyecto, ahí se estuvo con nosotros. Había un hombre como medio malandro y nos protegió, le ladró para que no se acercara. Nos estaba cuidando”.
Otras de las personas que coincide en esa apreciación sobre Canelo es María Guadalupe Rodríguez:
“Una vez caminaba junto con mis amigas a un costado de la Facultad de Medicina, se nos acercó y lo acariciamos, de repente un señor muy extraño nos empezó a seguir. El perrito le ladró, nos defendió, se fue con nosotras una cuadra como cuidándonos”.
SUS GUSTOS
Es curioso que algunos de los sitios favoritos de Canelo eran las escuelas. Desde las primarias, hasta las universidades, no era raro encontrarse con él en la Facultad de Contaduría y Administración donde solía ir a comer, Zona Universitaria y el Colegio Minerva. También disfrutaba de visitar avenida Carranza, el Parque de Morales, la calle Muñoz, Himno Nacional, Centro Histórico…
“Fue en el Oxxo de Zapata con Benigno Arriaga, ya de noche, el Canelo estaba dormidillo, yo entré a comprarme unas chelas. Me acuerdo que fue eso porque dije ‘como sí tienes para chelas y no le invitas nada al Canelo’, me sentí culpable, así que compré una lata de Pedigree y se la serví afuera. Aparte la vacié porque pensé que si le dejaba la lata, a lo mejor se lastimaba y ni me peló. Jajajajajaja. Me dio pena y huí, pero dejé la comida, en parte porque pues cómo la limpiaba y pensé que quizá después se la podría comer… o a lo mejor otro perro se la echaba”, narró María José Puente.
Algo similar le ocurrió a JC Muñoz:
“Nunca me aceptó los sobres que le ofrecí cuando me lo encontraba afuera de la uni jaja, prefería los taquitos que le regalaban junto al Hospital Central”.
Favy Tolentino también fue víctima del refinado paladar de Canelo:
“Iba muy seguido a la cafetería de Facultad de Administración. En una ocasión le ofrecí salchichas y el joven ahí las dejó”.
EL ORGULLOSO
Algunos de sus seguidores describen a Canelo como un perro muy orgulloso:
“Yo recuerdo que un día lo bañamos y después dejó de venir el muy digno… con el paso del tiempo regresó a visitarme”, contó Norma Lilia.
“Yo viví una odisea con el Canelo, lo encontré afuera de HEB de carretera 57, estaba lloviendo horrible y se quería cruzar hacia el arroyo de coches, no lo dejé y lo seguí hasta que lo fastidié y se fue muy digno hacia avenida Industrias”, posteó Cynthia Cervantes .
La usuaria Feer Sierra Flores indicó: “Se indignó como tres meses con mi hermana y conmigo porque lo engañamos para esterilizarlo”.
SUS ROMANCES
Martha Patricia comentó que Canelo estuvo enamorado de su perrita, pero ella nunca le correspondió, por lo que el can se rindió con ella: “Estaba enamorado de mi princesa, pero ella no le hacía caso y él nos seguía en Tequis, alrededor del jardín, un día lo sorprendimos con otra y ahí se acabó el enamoramiento, ya no se nos volvió a acercar”.
LAS CASAS DE CANELO
Durante los días fríos y de lluvia Canelo fue resguardado por muchas personas que lo hospedaron:
“Nosotros lo conocimos antes de que fuera famoso y lo quisimos adoptar, porque nos encantó su carácter, se quedó a dormir, pero al día siguiente nos lloró tanto que decidimos dejarlo libre, después de eso agarró nuestra casa como hotel y venía a dormir cuando él quería”, dijo Victoria Alejandra.
“Pasó una noche en mi casa, me lo encontré en unos tacos, se fue caminando conmigo desde mi trabajo, se metió como Juan por su casa jajajaja, se instaló en el tapete de la entrada, me dijeron que tenía que dormir calientito, así que lo cobijé con trapos de franela de abuelita color rosa, se veía bien curioso; en la mañana despertó, vi al ser vivo más feliz y agradecido de tener un nuevo amanecer, al rato empezó a llorar, nos salimos juntos y se fue muy feliz rumbo al centro”, relató Montse Sarmiento.
EL DIVO
Quienes han conocido a Canelo, aunque sea por un momento, han mencionado que ha sido un honor:
“Un día en sus tantos paseos por la Facultad de Leyes, yo creo que no encontró quien le diera de su lonche… se metió a mi privada, mis perrhijos comenzaron a ladrar y salí a ver quién “tocaba”… Y ahí estaba Canelo, mirándome con sus ojitos cansados y su lengua de fuera… ‘¿Tienes sed Canelito’?, le pregunté y lo dejé pasar a la sombra del recibidor, bebió poco (creo que no le gustaba el agua) me pidió salir y le di un poco de la comida del día con un puño de croquetas y lo devoró todo. Después simplemente se dio media vuelta y se fue. Eso fue hace como 2 años”, describió Laura Cordero.
“Una vez lo vi acostado en la esquina de Carranza con Benigno Arriaga, yo iba en coche y cuando lo vi le grité muy emocionada. Él se paró, me echó una mirada y siguió su camino”, reiteró Gaby Hb.
“La primera vez lo encontré en la parada del camión de Carranza con Juan de Oñate, yo acababa de salir de trabajar. Me dio mucha ternura, lo acaricié y de hecho creí que era un perrito perdido, lo publiqué en Facebook y ahí supe que era aventurero y famoso. Después me lo encontré dos veces, justo afuera del trabajo. La última vez que lo vi fue en El Carmen, enfrente del Teatro de la Paz, le tomé una foto. Canelo ha sido de las cosas más especiales de mi vida, soy una fan enamorada de él”, recalcó Marixa Alcazar Tomate.
LA NUEVA VIDA DE CANELO
Marisol Carranza dijo que al principio el estar en la estancia era difícil para Canelo, pues “es un alma libre”, pero ahora incluso tiene un oficio dentro de ese lugar, ya que se encarga de equilibrar los estados emocionales de los perritos que llegan.
Por los estudios realizados a estas fechas Canelo tiene entre 12 y 13 años, y ahora sigue viviendo feliz, pues como describió Marisol: “Se jubiló de la calle para vivir sus últimos años como lo merece”.
#CultoPúblico, si usted quiere visitar a Canelo, puede contactar en sus redes sociales a la estancia “Santa Martha”, no olvide llevar algún donativo para ayudarlos en su labor y si está buscando una mascota, seguro ahí encontrará a alguien que lo llenará de amor.
También lee: #Pray4Canelo | Columna de Daniel Tristán
Destacadas
Francisco Javier Estrada, evidencias del científico que México no supo ver
Trabajó en electricidad, magnetismo, sonido y energía en un país sin infraestructura científica y sin respaldo institucional su obra quedó dispersa
Por: Ana G Silva
En pleno siglo XIX, cuando México apenas intentaba consolidarse como nación, un científico nacido en San Luis Potosí ya experimentaba con electricidad, comunicación a distancia y reproducción del sonido con una visión que hoy sigue marcando la vida cotidiana. Su nombre: Francisco Javier Estrada Murguía.
Encendió la primera luz eléctrica en América, diseñó uno de los primeros motores eléctricos, desarrolló la comunicación inalámbrica antes que Marconi, mejoró sistemas telefónicos, sentó bases del micrófono de carbón y propuso (con décadas de anticipación) el piano eléctrico.
La reconstrucción de su legado no es reciente. Surge, en gran medida, del trabajo del investigador, divulgador y colaborador de La Orquesta, José Refugio Martínez Mendoza, conocido como Dr. Flash, académico de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, quien durante décadas ha documentado la vida y obra de Estrada. Columnas, artículos y libros de su autoría permiten hoy dimensionar la magnitud de un científico que, pese a todo, sigue siendo un desconocido en su propia tierra
Francisco Javier Estrada no fue un caso aislado de genialidad. Fue un ejemplo de cómo el conocimiento puede generarse en condiciones adversas, pero también de cómo puede perderse cuando no existe una estructura que lo respalde.
Mientras sus ideas eran retomadas en otras partes del mundo, en México quedaban archivadas, ignoradas o simplemente olvidadas.
Hoy, su historia no solo exige reconocimiento. Exige memoria. Porque si algo deja claro su legado, es que el problema no fue la falta de talento. Fue no saber qué hacer con él. Y sinceramente, como bien hoy se dice, “no te merecíamos Estrada”
La noche en que San Luis Potosí se adelantó al mundo
En noviembre de 1877, en el patio del Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, ocurrió un episodio que difícilmente ha sido dimensionado en la historia nacional.
Durante una reunión pública organizada para recaudar fondos, Francisco Javier Estrada encendió lámparas de arco mediante un sistema eléctrico desarrollado por él mismo. La escena, descrita en crónicas de la época, no solo sorprendió a los asistentes; marcó un antes y un después en el desarrollo tecnológico del continente.
Aquella demostración significó el encendido de la primera luz eléctrica de arco en América y convirtió al edificio del Instituto en el primero en México iluminado con electricidad. En ese momento, San Luis Potosí no solo observaba el progreso: lo estaba generando.
Lo que siguió fue una serie de aplicaciones prácticas durante 1878, cuando el alumbrado eléctrico comenzó a utilizarse en eventos públicos, generando asombro en la sociedad.
Un inventor adelantado a la historia oficial
En 1886 obtuvo el privilegio (equivalente a una patente) para un sistema que permitía comunicar trenes en movimiento con estaciones ferroviarias sin necesidad de cables. La implicación técnica es clara: comunicación inalámbrica funcional en el siglo XIX
Este desarrollo ocurrió una década antes de que Guglielmo Marconi presentara avances similares en Europa. Sin embargo, el nombre que quedó en los libros fue el del italiano.No se trata de una coincidencia ni de un error menor, sino de una omisión sistemática que responde al contexto de dependencia tecnológica y cultural del México de finales del siglo XIX. Estrada no solo llegó primero: lo hizo sin respaldo industrial, sin financiamiento y sin un entorno que protegiera o proyectara su trabajo.
Dibujo del primer sistema de comunicación inalámbrica en el mundo, presentado por Estrada al Ministerio de Fomento para solicitar su patente para comunicar trenes en movimiento y del cual obtuvo la aprobación el 12 de junio de 1886.
Fotografía del libro: El inventor de la comunicación inalámbrica Francisco Javier Estrada
Decreto 9574. Decreto de patente para comunicar trenes en movimiento. Uso práctico por primera vez en el mundo de la comunicación inalámbrica por Francisco Javier Estrada.
Fotografía del libro: El inventor de la comunicación inalámbrica Francisco Javier Estrada
El sonido como frontera: de los teléfonos al origen del audio moderno
En la década de 1870, Estrada enfocó su trabajo en un problema que parecía secundario frente a la electricidad: la reproducción del sonido.
No lo era.
Sus experimentos lo llevaron a mejorar sistemas telefónicos existentes, desarrollar principios fundamentales del micrófono de carbón y lograr transmisiones de mayor claridad e intensidad. Estas aportaciones no solo resolvían problemas técnicos inmediatos, sino que abrían la puerta a una nueva forma de entender la comunicación.
Micrófono de carbón, desarrollado por Estrada. Siglo XIX. Colección: “Patrimonio Cultural de San Luis Potosí”. Resguardo: J.R. Martínez Fotografía del libro: El inventor de la comunicación inalámbrica Francisco Javier Estrada
El piano eléctrico que México no construyó
En diciembre de 1878, Estrada publicó en el periódico El Siglo XIX la descripción de un instrumento que no existía en su época: un piano eléctrico.
No se trataba de una idea abstracta. El diseño detallaba un sistema capaz de transformar vibraciones acústicas en señales eléctricas y amplificarlas mediante dispositivos electromagnéticos. Su intención era clara: llevar el sonido más allá de los límites físicos del instrumento tradicional.
No pudo construirlo.
La falta de recursos, materiales y apoyo técnico lo obligaron a hacer algo inusual: publicar el diseño completo para que alguien más pudiera desarrollarlo. En su propia carta lo advertía con claridad, temiendo que la idea fuera retomada en el extranjero sin reconocer su origen.
Ochenta años después, el piano eléctrico se desarrolló fuera de México.
El gabinete de física y la memoria que sobrevivió al abandono
Gran parte de su trabajo se desarrolló en el Gabinete de Física del Instituto Científico y Literario, un espacio que concentró instrumentos, experimentos y enseñanza científica en San Luis Potosí.
Entre esos objetos, destaca uno en particular: un fonógrafo que, según investigaciones recientes, pudo haber sido construido por el propio Estrada como parte de sus estudios sobre reproducción del sonido.
Hoy, ese instrumento se convierte en símbolo de una memoria científica que logró sobrevivir, no gracias a políticas públicas o reconocimiento institucional, sino al esfuerzo de quienes decidieron documentarla.
Aparato para el estudio de la reproducción del sonido, prototipo similar al fonógrafo, posiblemente desarrollado por Estrada. Colección “Patrimonio Cultural de San Luis Potosí”. Resguardo: J.R. Martínez.
Fotografía del libro: El inventor de la comunicación inalámbrica Francisco Javier Estrada
San Luis Potosí, más allá de Estrada
El desarrollo científico de San Luis Potosí no puede entenderse sin la figura de Francisco Javier Estrada. Lejos de ser un episodio aislado, su trabajo marcó un punto de partida que dialoga con una serie de avances que, con el paso de las décadas, consolidaron al estado como un espacio clave para la experimentación tecnológica en México.
Desde los primeros ensayos con globos aerostáticos en las primeras décadas del siglo XIX, pasando por los intentos iniciales de vuelo en 1840, hasta el desarrollo de la aviación en el siglo XX, existe una línea de continuidad en la que la experimentación y la curiosidad científica fueron constantes. Esa misma lógica se extendería más adelante a los estudios de radiación cósmica en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y al lanzamiento del primer cohete con fines científicos en el país en 1958.
En ese entramado histórico, las aportaciones de Estrada no solo anteceden estos logros: ayudan a explicarlos. Su trabajo en electricidad, comunicación inalámbrica y reproducción del sonido no solo abrió nuevas rutas de conocimiento, sino que sentó bases técnicas y conceptuales que formarían parte del desarrollo tecnológico posterior.
Las aportaciones de Francisco Javier Estrada detonaron una tradición científica en San Luis Potosí que evolucionó hacia la aviación, la investigación en radiación cósmica y el lanzamiento del primer cohete científico en México.
También lee: El genio que se niega al olvido | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
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Que siempre sí, Soledad saldrá de Interapas entre mayo y junio
También se revisó el futuro de Villa de Pozos y la distribución del servicio para evitar afectaciones a la población
Por: Redacción
Ciudad
La radiografía moral de una ciudad a través de sus esquinas. Primera Parte
Reportaje histórico, político y urbano de la nomenclatura potosina
«No nos une el amor sino el espanto;
será por eso que la quiero tanto.»
Jorge Luis Borges, «Buenos Aires», en El otro, el mismo (1964)
Por: Jorge Saldaña.
Caminar por San Luis Potosí es, sin que uno se dé mucha cuenta, un acto de paciencia historiográfica. Uno cree que va a comprar el pan, pero en realidad atraviesa cuatro siglos, tres regímenes, una revolución y una pulquería desaparecida. La esquina —esa institución tan mexicana— se vuelve aquí un libro abierto al que le faltan páginas, le sobran portadas y sostiene memorias cono nombres hechas de azulejo, metal o placa, que de no nombrarse ahí, nadie más las nombraría y menos las recordarían.
Lo cuento como periodista urbano, también como ciudadano y no como acusador. Esto no es una denuncia: es una caminata. Una caminata larga, tropezada y deliciosa por un casco antiguo donde una sola vía recta puede llamarse «Mariano Arista» en una placa, «ARISTA» en la siguiente y, dos cuadras más allá, «GRAL. M. ARISTA», todo en distintos materiales, todo igual de oficial, todo igual de imposible. Un solo general, tres nombres; un solo cabildo pero ningún acuerdo.
El estudio del licenciado Constantino Méndez sobre las inconsistencias actuales de la nomenclatura y el «Diccionario histórico de las calles de San Luis Potosí» de don Arcadio Castro Escalante —en su libro «Por las viejas calles de aquel San Luis»— dejaron consignado lo que aquí se cuenta con prosa de domingo: que la nomenclatura de esta ciudad es un palimpsesto -esos manuscritos en pergamino que conservan huellas de una escritura anterior- al igual que nuestro centro, en cada placa hay un héroe encima de un pordiosero, un revolucionario encima de un cura, una avenida encima de una zanja. Y que la abuela, terca, sigue diciendo «La Corriente» cuando el plano oficial dice «Reforma» desde hace ya un siglo.
El verso de Borges con que se abre este reportaje no es decorativo. Es la llave. Porque si hay una manera de querer a las ciudades, esa manera es contradictoria: las queremos por lo que nos avergüenza de ellas. Las queremos por su desorden, por su terquedad, por su modo de no obedecer. San Luis Potosí entra en esa categoría con orgullo. Es una ciudad que se ama, en parte, por su incapacidad para ponerse de acuerdo consigo misma.
De los apodos a los apellidos
En 1828, recién consumada la Independencia, el Ayuntamiento potosino se topó con un problema simpático y propio de la época: necesitaba bautizar oficialmente sus calles, pero no tenía a quién honrar. A los españoles ya no se les quería —era demasiado pronto—, y los héroes nacionales todavía no alcanzaban para tantas esquinas. La solución fue salomónica y muy mexicana: dejar los apodos populares y ponerle apellido de vecino distinguido a lo que faltara.
Así se inauguró, sin saberlo, la primera ley no escrita de la nomenclatura potosina: la calle no se nombra, la calle se hereda. Hereda al insurgente cuando llega la Independencia, hereda al liberal cuando llega la Reforma, hereda al revolucionario cuando llega 1914 —el año bisagra, el del gran rebautizo— y hereda al fraccionador cuando llega el siglo XXI con sus colonias bautizadas con nombres de árboles que aquí no crecen.
Antes de 1828, sin embargo, las calles ya tenían nombre: solo que el nombre lo ponía el barrio, no el cabildo. La calle de la Cruz se llamaba así porque había una gran cruz divisoria entre la ciudad y la villa de San Miguelito. La de las Bóvedas porque allí se levantaron las primeras casas con techo abovedado. La del Arenal porque las lluvias de La Merced llenaban de arena la cuadra. La de los Burros porque los arrieros amarraban sus bestias antes de bajar a la Plaza de Armas. La de la Tamalera porque ahí vivía una mujer cuyos tamales eran de gran demanda.
Estos nombres, hoy reemplazados por placas con apellidos solemnes, eran en realidad un primer sistema completo y eficaz. Funcionaba etnográficamente: nombraba lo que estaba, no lo que se quería honrar. Era una nomenclatura sin proyecto político, asentada en la observación cotidiana. Por eso, cuando el cabildo intentó imponer apellidos en 1828, lo hizo sobre un sustrato vivo que ofreció resistencia silenciosa. La gente siguió diciendo «La Tamalera» mientras la placa decía «Julián de los Reyes».
La cuadra como unidad onomástica
Hasta bien entrado el siglo XIX, una vía recta no tenía un nombre: tenía tantos nombres como cuadras. La calle Iturbide, por ejemplo, en 1864 se desplegaba en ocho identidades distintas: «Ciprés», «Palaus», «Chino o Clima», «Filantropía», «Guayabo», «Mora», «Cocheros» y «Chica». La calle Vallejo se dividía en cinco: «Remedios», «Las Recogidas», «Plaza de Las Recogidas», «Lucero» y «San Miguelito». Manuel José Othón —el poeta— caminaba de niño por una vía que cambiaba cinco veces de nombre.
La avenida Carranza es el caso emblemático. En 1864 era cinco calles distintas en una sola línea: «La Cárcel» las dos primeras cuadras, «Maltos» las dos siguientes, «El Elefante» la quinta, y todo el resto «Real de Tequisquiapan». Cinco nombres, una traza. Hoy es una sola Carranza —liberal, rectísima, peatonal en su tramo histórico— pero quien camine por ahí está caminando, sin saberlo, sobre el rastro de un elefante, una cárcel y un señor de apellido Maltos del que no quedó memoria.
«Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras […], surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.»
Italo Calvino, Las ciudades invisibles (1972)
Calvino no escribió sobre San Luis Potosí, pero pudo haberlo hecho. Su descripción de Zaira describe con exactitud lo que cualquier potosino ve al levantar la cabeza en una esquina del primer cuadro: la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene. Lo carga en cada placa que no se quitó, en cada rótulo que se dejó conviviendo con el nuevo, en cada rincón donde el catastro y la abuela difieren y nadie se atreve a darle la razón a uno solo de los dos.
Esta lógica de los muchos nombres por cuadra tenía sentido en una ciudad pequeña. Cada tramo coincidía con un edificio característico, una anécdota memorable, un vecino famoso. Cuando la población creció y la administración pública se profesionalizó, ese sistema se volvió insostenible. Una calle con siete nombres no se puede catastrar, no se puede cobrar predial, no se puede patrullar. La unificación llegaría —y llegaría con una ideología.
Las cuatro fechas bisagra
La nomenclatura de San Luis Potosí no cambió de una vez. Cambió en oleadas, y cada oleada lleva la firma del régimen que la promovió. Cuatro son las fechas que conviene memorizar:
- 1828: primera nomenclatura oficial. Es la ola del cabildo independiente. Domina la mezcla de apellidos distinguidos y nombres triviales, por escasez de héroes.
- 1860–1870: primera ola liberal. Tras las Leyes de Reforma, aparecen Galeana, Morelos, Hidalgo, Allende sustituyendo nombres conventuales y virreinales. Es el primer barrido ideológico.
- 1914: el gran rebautizo revolucionario. La nomenclatura moderna —Carranza, Obregón, Madero, Zapata, 5 de Mayo— se impone sobre los antiguos nombres por cuadra. Es el momento más drástico: lo que había tardado tres siglos en sedimentar se sobrescribió en pocos años.
- 1930: ola posrevolucionaria. Aparecen nombres de gobernadores y políticos locales (Julián Carrillo, Francisco Alcalde, Ildefonso Díaz de León). La memoria estatal entra a competir con la memoria nacional.
Si uno camina hoy el centro y lee placa por placa, está leyendo —en estricto rigor— la geología política de la ciudad. La capa más profunda es colonial: convento, virgen, cruz. La siguiente, decimonónica: apellido distinguido, anécdota local. Encima, la liberal: insurgente. Encima, la revolucionaria: jefe armado. Encima, la postrevolucionaria: gobernador. Y en los fraccionamientos nuevos, la capa contemporánea: árbol exótico, flores, montañas y cordilleras. Cinco capas, una ciudad.
La memoria popular como capa subterránea
Hay una capa más, sin embargo, que ningún régimen logró borrar: la oral. Las placas también hablan de lo que el poder quiso olvidar. La calle de Las Manitas —hoy un tramo de Abasolo— se llamó así porque ahí enterraron las manos de un homicida. La de Las Cruces —hoy un tramo de Universidad— porque dos hombres se mataron mutuamente y se les puso cruces en el sitio. Estos nombres no entraron a la oficialidad porque la oficialidad prefiere héroes; pero la oralidad los recuerda. La calle, otra vez, no se borra: se tapa.
Y hay nombres populares que sí lograron permanecer, contra todo pronóstico. La calle Juan del Jarro lleva el nombre de Juan de Azios Ramírez, un pordiosero potosino del siglo XIX, vestido de harapos y con un jarro al hombro para pedir agua y comida. Se le atribuían dotes adivinatorias; la gente lo consultaba sobre fechas de muerte y matrimonios futuros, y atinaba lo suficiente para volverse leyenda. Cuando murió, le pusieron calle. Es uno de los pocos sitios en México donde un mendigo tiene placa oficial. Cosa rara, cosa potosina, cosa hermosa.
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