#4 Tiempos
Campanas de la discordia | Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas.
Durante muchísimo tiempo (digamos que durante toda la Edad Media) la campana fue el instrumento de comunicación más eficaz. Con ella se llamaba a Misa, se gritaba el paso de la muerte, se anunciaban las tempestades y se invitaba a los fieles a rezar las horas. En uno de sus bellísimos relatos cortos, Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008), autor de novelas tan famosas como El pabellón del cáncer, El primer círculo y El archipiélago Gulag, hace esta observación acerca de las campanas que, durante su niñez, esparcían su sonido metálico por todo lo largo y ancho de la campiña rusa: «La gente siempre fue codiciosa y frecuentemente mala. Pero el tañido nocturno resonante fluía sobre campos, aldeas y bosques, e impulsaba a abandonar las pequeñas preocupaciones terrestres y dedicar en esa hora los pensamientos a la eternidad».
La antigüedad, ciertamente, no desconoció el uso de las campanas. En Grecia se las tocaba para anunciar la apertura de los mercados, y, en Roma, para señalar la hora de los baños, la proximidad de un eclipse o simplemente para anunciar a los esclavos que era ya tiempo de servir la cena. Sin embargo, no hay punto de comparación entre estas campanas y la campana cristiana, que llegó a convertirse, por decirlo así, en un verdadero medio de comunicación social. Aquéllas eran pequeñas y casi siempre de uso doméstico, mientras que ésta fue grande desde el principio (la de la catedral de Viena pesaba 17 toneladas), y desde el principio, también, se la colocó en el centro de la población. Era ella la que invitaba y convocaba, la que llamaba y prevenía.
Es casi un tópico entre ciertos intelectuales hablar de «el oscuro Medioevo». Si lo dicen porque en aquel tiempo la gente carecía de esa bendición llamada luz eléctrica, bien dicho está: en este sentido, la Edad Media no sólo fue oscura, sino oscurísima; pero si lo dicen por otra cosa, se equivocan, pues el Medioevo más que oscuro fue silencioso: de hecho, el tañido de la campana fue el único sonido estruendoso que conoció el hombre de aquella época.
Cuando los misioneros cristianos –a partir del siglo VI- llegaban a algún lugar, inmediatamente se daban a la tarea de construir iglesias y erigir campanarios. Ésta era una práctica invariable, y nunca tuvieron por ello ningún problema, salvo en China, donde el tañido de las campanas era tenido por un sonido maléfico, pues según las creencias de esa gente el tintineo metálico perturbaba los espíritus de sus antepasados y los hacía ponerse inquietos allí donde estuvieran, ya fuera en el aire, en el cielo o en el averno. «Todo lo que ustedes predican está muy bien y pueden seguir predicándolo todo el tiempo que quieran, decían los chinos, pero por favor no toquen esas malditas campanas, que nos ponen los pelos de punta».
Para los piadosos misioneros aquella creencia carecía de todo fundamento, de modo que siguieron tocándolas como si tal cosa. Y cada vez que las tocaban, los chinos se estremecían pensando en sus padres, tíos, tías, abuelos y bisabuelos que seguramente se retorcían de dolor y de pena en algún lugar del inframundo. Tanto conflicto causó en China aquel sonido que hasta el emperador en persona tuvo que tomar cartas en el asunto. Ahora bien, ¿creen ustedes que esto arredró a los misioneros? ¡Para nada! Y así fue como empezó la persecución de los cristianos en China.
Este doloroso acontecimiento histórico fue una dura lección para la Iglesia del siglo XVI, y tanto lo fue que en 1639 un documento de la Sagrada Congregación para la Propaganda de la Fe hubo de recordar a los misioneros católicos del mundo entero la siguiente verdad: «No hay nada más irritante que la alteración de las costumbres ancestrales de los pueblos en beneficio de las costumbres extrañas de reciente importación. Guardaos, pues, de imponer vuestros usos europeos; tratad, más bien, de adaptaros a los suyos».
La Iglesia aprendió desde entonces que las culturas deben siempre respetarse, y que el Evangelio no es, ni puede serlo nunca, una especie de escoba que llega a una casa sucia. Pero también debe ser una lección para nosotros, hombres del siglo XXI, pues nos invita a practicar esa noble virtud hoy ya en vías de extinción llamada tacto o delicadeza.
La delicadeza no es afeminamiento, como generalmente se cree, sino la capacidad de tener ante nuestros ojos los sentimientos del otro para tratarlos con el respeto debido. Es bueno, por ejemplo, decir siempre la verdad, pero la verdad no debe nunca confundirse con un garrote; es bueno ser sinceros, pero la sinceridad que ofende no es ya sinceridad, sino cinismo. «Yo siempre digo lo que pienso», dice el que se cree sincero; sin embargo, basta con ser un poco perspicaces para darnos cuenta de que, al decir esto, miente. A un conocido mío (del que todos huían por su sinceridad animal) le pregunté una vez: «¿Es cierto que siempre dices lo que piensas? Pues bien, te demostraré que eso no es verdad. Cuando vas con tu esposa por la calle y observas con el rabillo del ojo en la acera de enfrente a una linda joven que pasa por ahí, piensas en muchas cosas. Ojalá no las pensaras, pero conociéndote como te conozco, sé que lo haces. Ahora bien, ¿dices siempre a tu mujer todo lo que se te viene a la mente en esos desenfrenados monólogos interiores? Seguro que no, pues conociéndola a ella como la conozco, no creo que pudieras permanecer a su lado ni siquiera un minuto más. ¿Ves ahora por qué digo que no eres todo lo sincero que afirmas ser? En todo caso, lo eres sólo cuando te conviene».
Lo diremos con otras palabras: la delicadeza es la virtud que nos hace tener presentes los sentimientos del otro para no contristarlo innecesariamente. Si yo sé, por ejemplo, que a ti te molesta que utilice ciertas expresiones, no las usaré; si te choca que me suene la nariz, me la seguiré sonando si es necesario, pero sólo allí donde tú no puedas verme ni escucharme.
Si te molesta el ruido de las campanas, y para lo que tengo que decirte no es estrictamente necesario ese ruido, ¿para qué las toco?

También te puede interesar: Spiro, Spero | Columna de Juan Jesús Priego
El Cronopio
Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.
Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.
Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.
A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.
Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.
Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.
Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.
Lee también: María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano
Acento Ajeno
Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.
Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.
Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.
Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.
Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.
Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual
y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.
Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?
Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.
“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)
También lee: Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
También lee: El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
-
Destacadas2 años agoCon 4 meses trabajando, jefa de control de abasto del IMSS se va de vacaciones a Jerusalén, echando mentiras
-
Ciudad4 años ago¿Cuándo abrirá The Park en SLP y qué tiendas tendrá?
-
Ciudad5 años agoTornillo Vázquez, la joven estrella del rap potosino
-
Destacadas5 años ago“SLP pasaría a semáforo rojo este viernes”: Andreu Comas
-
Ciudad4 años agoCrudo, el club secreto oculto en el Centro Histórico de SLP
-
Estado3 años agoA partir de enero de 2024 ya no se cobrarán estacionamientos de centros comerciales
-
#4 Tiempos4 años agoLa disputa por el triángulo dorado de SLP | Columna de Luis Moreno
-
Destacadas4 años agoSLP podría volver en enero a clases online










