enero 31, 2026

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#4 Tiempos

Saberse protegido por la ley | Columna de Víctor Meade C.

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SIGAMOS DERECHO

 

Bien dicen que para conocer a una sociedad, un buen acercamiento es leer sus leyes. A través de ellas es posible conocer historias, dinámicas, principios y prioridades. Se conoce ahí lo prohibido y lo protegido; aquello que duele y su respectivo remedio.

Hace algunas semanas, la Comisión de Puntos Constitucionales de la Cámara de Diputados aprobó un dictamen para reformar el artículo 17 de la Constitución. El dictamen propone añadir un nuevo párrafo que reconozca el derecho de las personas desaparecidas a ser buscadas. La iniciativa de reforma dice: «Todas las personas tienen el derecho a ser buscadas; el Estado protegerá a las personas contra las desapariciones, las buscará bajo la presunción de vida, sin estar vinculado a la investigación ministerial. Preservará su personalidad conforme a la Ley y de encontrarla sin vida, las identificará y entregará sus restos de forma digna a quien tenga derecho».

Parece positivo, al menos a primera vista, que se reconozca en nuestra Constitución que todas las personas desaparecidas tienen el derecho a ser buscadas. Sin embargo, incluso aunque esta reforma constitucional no sea aprobada, las autoridades mexicanas ya se encuentran obligadas a buscar a toda persona desaparecida. Es decir, el derecho a la búsqueda y los mecanismos legales para poner en operación a este derecho ya existen; no es necesario que esté reconocido textualmente en la Constitución.

Pensemos en la siguiente analogía: la Teoría del color nos enseña que hay tres colores primarios que, combinados entre sí, pueden producir toda una amplísima gama de colores distintos, por ejemplo, mezclar amarrillo y azul para obtener verde. Sucede algo muy similar con el reconocimiento de los derechos: nuestra Constitución contiene redactados una serie de derechos fundamentales y principios básicos que, combinados entre sí, pueden abrir la posibilidad al pueblo de que exijan a la autoridad que actúe de determinada manera. Un ejemplo muy claro es el derecho a la protesta. Aunque es tan importante en nuestra tradición mexicana, no hay un artículo expreso en la Constitución que nos habilite directamente a protestar. Sin embargo, uniendo el ejercicio de dos derechos básicos, el derecho a la libertad de expresión y el derecho a la libre reunión, las personas estamos protegidas constitucionalmente para protestar en el espacio público.

Ese es también el caso del derecho que tienen las personas desaparecidas a ser buscadas, que puede construirse a partir de una interpretación del derecho de acceder de manera efectiva a la justicia. Este derecho a la búsqueda y las obligaciones del Estado mexicano de buscar a las personas desaparecidas ya tienen un robusto —aunque todavía inacabado— desarrollo en  nuestro marco jurídico. Los tratados internacionales, las leyes, protocolos, reglamentos e incluso los precedentes de la Suprema Corte ya se han encargado de definir el contenido del derecho de las personas a ser buscadas. Es un derecho que, aun sin estar reconocido textualmente en la Constitución, sí puede ser exigible a las autoridades con suficiente fuerza legal. Entonces, ¿de qué le servirá esta reforma a la sociedad, severamente azotada por el monstruoso fenómeno de desapariciones?

Es verdad que el hecho de que las autoridades mexicanas ya se encuentren obligadas a buscar a las personas desaparecidas no ha resultado en que los cientos de miles de familias afectadas se reencuentren con sus seres no localizados. El principal efecto de la eventual reforma, me parece, está en su función comunicativa y empoderante.

La Constitución es el relato fundamental que trata de unirnos a todos y todas como nación; es una fuente de identidad y de cohesión social. En el texto constitucional está escrita, de una u otra manera, una buena parte de nuestra historia, tradición y manera de entender la forma en que la autoridad y el pueblo nos relacionamos. La mirada al pasado que nos ofrece la Constitución es también el cimiento sobre el que se construye el futuro; ofrece una guía para avanzar. Incluir en nuestro relato nacional que hay personas que desaparecen, y que la autoridad tiene el deber de buscarlas, tiene implicaciones de la mayor trascendencia: significa dejar un registro indeleble de que la crisis de personas desaparecidas es una de las grandes enfermedades que padecemos en los tiempos que corren.

De aprobarse la reforma, la Constitución entonces le comunicará a todos los mexicanos y mexicanas —al mundo— que el gobierno no puede cumplir con la esencial tarea de decirle a una familia en dónde está su ser querido no localizado.

Este rol comunicativo de la Constitución funcionará como un elemento empoderante para la interacción con la autoridad. El lenguaje legal es un obstáculo infranqueable para que muchas personas puedan acceder a la justicia. En la mayoría de las ocasiones se necesita de un intérprete —un abogado o abogada— para poder hacerle una petición al sistema. Pero cuando nuestros derechos pueden ser fácilmente nombrados y ubicados en la Constitución, el texto legal de más fácil acceso, la experiencia de reclamar su cumplimiento tiene el gran potencial de ser  un poco menos desgastante.

Me parece que con esta reforma una madre podrá contar con el empoderamiento para plantarse frente a la autoridad a exigir la búsqueda de su hijo desaparecido, por la sencilla razón de que es su derecho y porque así lo dice —dirá— el artículo 17 de la Constitución. Todo esto sin la necesidad de hacer interpretaciones de la ley —mezclas de colores primarios— o de requerir de un intérprete que conozca a profundidad todas las leyes aplicables y los más recientes precedentes de la Suprema Corte sobre el tema. Será, espero, una experiencia menos aflictiva para las víctimas que tener que explicarle a la autoridad, generalmente indiferente, que con fundamento en un artículo perdido de una ley con un nombre imposible de memorizar, las instancias correspondientes deben iniciar las tareas de búsqueda y la investigación del posible delito.

Se requiere de un consenso a nivel nacional para escribir algo en nuestro relato fundamental. La iniciativa de reforma aún tiene que ser aprobada en el pleno de la Cámara de Diputados, luego en el Senado. Después, más de la mitad de los congresos locales también deberán aprobarla. Pero de nada servirán el consenso, el empoderamiento y el reconocimiento de la realidad si con ello no se acompañan planes, dineros suficientes y personas que trabajen en darle vida a la tinta escrita en el papel. La Constitución no será más que un inerte papel si el empoderamiento de saberse protegido por la ley se esfuma cuando las autoridades no inician la búsqueda de manera inmediata y con todos los recursos al alcance. Ojalá que durante el proceso legislativo se escuche con atención a los colectivos de víctimas y a las organizaciones. Ojalá que las agencias de investigación y las comisiones de búsqueda, la nacional y las de los estados, sean reconocidas con los medios suficientes para lograr tan relevante empresa: volver a unir a las familias desmembradas; volver a unir a la nación partida.

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#4 Tiempos

Una prueba de carácter | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Por: Redacción

El partido de este fin de semana entre Atlético de San Luis y Chivas no es uno más en el calendario. Llega en un momento donde ambos equipos necesitan algo más que puntos: necesitan convicción. En una liga que castiga la duda y premia la determinación, este duelo se presenta como un examen incómodo, de esos que no se aprueban solo con intención.

San Luis llega con la sensación de haber entendido, por fin, cómo competir mejor en su propia narrativa. No es un equipo espectacular, pero sí uno que ha aprendido a sostenerse, a incomodar y a no regalar partidos. En casa, el exAlfonso Lastras y ahora llamado Libertad Financiera, suele convertirse en un escenario exigente para cualquiera, y este encuentro no será la excepción. San Luis sabe que estos partidos son los que construyen temporadas: vencer a un histórico no solo suma en la tabla, también fortalece el discurso interno y ojo aquí, que en su casa, las Chivas solo han podido vencerlo una vez.

Del otro lado aparece superlider Guadalajara, siempre cargando con el peso de su nombre. El Deportivo llega a este compromiso envuelto en la presión habitual que lo acompaña: la obligación de ganar incluso cuando el funcionamiento no termina de convencer. Chivas ha mostrado destellos, pero también lagunas que lo hacen vulnerable, especialmente cuando se enfrenta a equipos ordenados, intensos y sin complejos, justo el perfil que suele adoptar San Luis.

El choque promete ser más táctico que vistoso. San Luis buscará cerrar espacios, obligar a Chivas a jugar incómodo y capitalizar cualquier error. Guadalajara, en cambio, intentará imponer ritmo, pero deberá hacerlo con paciencia, porque la desesperación suele ser su peor enemiga

. Aquí, el partido puede definirse en detalles mínimos: una pelota parada, una distracción defensiva o una decisión tardía.

Hay, además, un componente emocional que no se puede ignorar. Para San Luis, ganarle a Chivas representa confirmar que su proyecto es capaz de competir contra cualquiera. Para Chivas, perder sería otro golpe a una confianza que se recompone con dificultad. En ese cruce de necesidades, el margen de error se reduce al mínimo.

Este tipo de partidos rara vez se recuerdan por su belleza. Se recuerdan por lo que provocan después. Una victoria puede impulsar a San Luis hacia una recta más tranquila; una derrota puede volver a colocar a Chivas bajo el reflector de la crítica. El empate, en cambio, dejaría a ambos con la incómoda sensación de haber dejado algo en el camino.

El fin de semana pondrá frente a frente a dos equipos con realidades distintas, pero con una urgencia compartida: demostrar que pueden sostener una idea cuando el calendario empieza. En la Liga MX no siempre gana el que juega mejor; suele ganar el que entiende mejor el momento.

San Luis y Chivas están justo ahí, frente a un partido que no promete fuegos artificiales, pero sí consecuencias. Y en este torneo, eso suele ser mucho más importante.

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El Cronopio

El padre Peñaloza al rescate de la obra de Francisco González Bocanegra | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

En las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado hubo un importante movimiento editorial en San Luis Potosí dirigido por un selecto grupo de intelectuales preocupados por la cultura potosina; así aparecieron revistas como Estilo, Letras Potosinas, Cuadrante, Jueves Literarios, Revista de la Facultad de Humanidades, Archivos de Historia Potosina, entre otros, que recogieron importantes escritos culturales y que dieron vida a libros de importancia histórica local, como la memoria de Francisco Estrada padre, titulada Recuerdos de mi Vida y el libro conmemorativo por el centenario del Himno Nacional, publicados en los cincuenta a través de la UASLP.

En 1954 se publicaría el libro Vida y Obra de Francisco González Bocanegra con motivo del centenario del Himno Nacional, de la pluma del padre Dr. Joaquín Antonio Peñaloza, que participaba en algunas de las revistas y publicaciones mencionadas. En 1998 se editaría la segunda edición de este libro, ahora dentro del marco de festejos por el setenta y cinco aniversario de la autonomía universitaria, edición que estuvo a cargo de Jesús Rivera Espinosa y del propio padre Peñaloza. Esta edición agregaba otros poemas inéditos recopilados en ese periodo entre los cincuenta y los noventa.

El libro mencionado es uno de los mejores esfuerzos por difundir la obra de González Bocanegra y aún puede conseguirse en la Librería Universitaria de la UASLP a costo bajo, pues debe de andar en la friolera de ochenta y cinco pesos. Una buena forma de conocer a este personaje y disfrutar sus poemas y escritos realizados principalmente en la década de los cincuenta decimonónicos.

González Bocanegra vivió treinta y siete años, muriendo en 1861 sobreviviéndole su esposa y dos de sus hijas, una de ellas tomaría los hábitos y otra se casaría dejando descendencia del insigne poeta. En el libro el padre Peñaloza repasa la vida del poeta desde su nacimiento en San Luis Potosí, el destierro voluntario de su familia a Cádiz en España debida a la expulsión de españoles del país al formarse la República, su regreso a San Luis y su partida a la ciudad de México donde comenzaría su obra literaria. El padre Peñaloza divide su vida de acuerdo con sus aportaciones literarias, así nos habla de su faceta de poeta, de orador, de dramaturgo, de funcionario público, de narrador

, entre otros; además de su etapa de vida en San Luis Potosí.

El libro recoge, además, la recopilación de su obra, con sus poemas, sus escritos, sus ensayos, sus reportes como censor de obra de teatro. De esta forma es una buena forma de conocer la obra de este potosino que trasciende en el mundo de las letras al ser el autor de la letra del Himno Nacional, uno de los mejores poemas cívicos creados a nivel mundial.

Su estatua, retirada de la glorieta que lleva o llevaba su nombre, ya no sé, ha quedado relegada a un costado de la glorieta un tanto perdida, como ahora es la obra de González Bocanegra que es poco a nada conocida, al igual que la relegación de la estatua a Manuel José Othón otros de los importantes hombres de letras que colocan a San Luis en la historia de las letras mexicanas.

Así que, hágase de este libro, si no lo ve en las estanterías, solicítelo a ver si lo sacan de las bodegas de la librería universitaria.

Ante la ausencia de homenajes en los aniversarios de su nacimiento, como sucedió hace dos años que se cumplieron doscientos años de su natalicio el 8 de enero, el mejor homenaje que podemos hacer a este ilustre potosino es mantener su obra viva a través de la lectura.

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#4 Tiempos

La batalla del segundo café | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Sé que un día se ha estropeado cuando, antes de que empiece la faena, no tengo tiempo de tomar un café y tontear un poco. Desayunar sin prisa, leer una nota ligera del periódico, observar a un paseador de perros, pensar fugazmente en un viejo amor. Ese paréntesis previo al trabajo es la última línea de defensa entre el espíritu libre y el triste destino de convertirse en un engranaje más de una máquina fría. Conviene protegerlo como se protege una playa al amanecer, atrincherado frente al desembarco de la urgencia, para que no arrase con lo más valioso de uno mismo.

Hay seres poseídos por ánimos totalizadores que han logrado convencernos de la necesidad de la prisa. No ya llegar a tiempo, sino llegar antes, hacer acto de presencia, simular que la puntualidad es la forma más alta de la responsabilidad. Son los que clavan la bandera en la luna: lunáticos del ansia, sometidos a un espacio donde ya no son ellos, sino el sometimiento mismo, el hilo carcomido del proceso. Embusteros que, al final del día, cambian muy poco el mundo.

En cambio, quienes pelean por otro sorbo de café, por caminar una cuadra más, por detenerse en la esquina siguiente y descubrir una calle nueva, llevan una insignia que convendría reivindicar en tiempos de métricas, rendimiento y KPIs —a qué punto hemos llegado, Dios mío—. Son los verdaderos justicieros: la resistencia suave que consiste en tomarse el ritmo a la ligera y escuchar otra canción.

Cumplir, sí. Llegar a tiempo. Hacer lo tuyo. Pero sin renunciar a la parte del pastel que te pertenece: ese tiempo libre que, sin venir a cuento, cedemos a las dinámicas de la preocupación y la rutina. El gran engaño de la jornada laboral de ocho horas, que siempre acaba siendo más larga por los minutos regalados al transporte, a la anticipación, a la congoja, minutos que podrían devolverte una sonrisa que no encontrarás en ningún otro sitio.

Sobre la importancia del aquí y el ahora, del tiempo libre como una variante del oro, aprendí de mi amigo Karim, abogado poblano, un mediodía en el Bar Mascota del Centro Histórico de la Ciudad de México. Estábamos de vacaciones, aunque incluso en esos territorios se filtra la ponzoña del oficio. Entre risas y anécdotas sonó su teléfono. Alguien quería hacerle una consulta, pedirle algo. Karim escuchó con atención, sin perder el aplomo ni olvidar que estaba pasándola bien con los presentes. Entonces soltó una frase memorable que aún guardo en el anecdotario: «Si es urgente, márcame en media hora». Y siguió en la cháchara, sin agobiarse.

Nadie es recordado por su fervor a la rutina, por renunciar a una escena de cine para sentarse veinte minutos antes frente a un escritorio. Quienes gozan de su tiempo cargan con un descrédito inmerecido. Hay más que aprender del hombre que fuma un cigarrillo y mira el horizonte que del que corre ansioso a apretar una máquina checadora.

Algo parecido ocurre por la noche: saber cuándo marcharse. Entender las responsabilidades como el oleaje: nunca desaparecerá, y mal hacen quienes pretenden domarlo. La sabiduría consiste, más bien, en surfearlo, pulir un poco las piedras, volver a casa y al día siguiente repetir el gesto. El trabajo nunca se acaba; la disponibilidad perpetua solo sirve para avivar el fuego y descubrir nuevos rincones que limpiar.

Languidecer no es el destino de los viernes. Un viernes es para detenerse y saludar a la vendedora de la esquina, mirar una vitrina de pan dulce, probarse un suéter que no se comprará, hojear el menú de un restaurante al que invitarás a alguien. Beber el licor suave de no hacer nada. La rutina es un ladrón de guante blanco: te roba historias y momentos si no te resistes, si no das la batalla cada mañana.

Hay que ponerse en modo guerrilla para defender la propia subsistencia antes de convertirse en una versión disminuida de lo que ya hace mejor un robot sin agallas o la mentada IA, incapaz de atender al olor de una naranja recién cortada o de entender el valor de un atardecer: la belleza de quedarse embobado, de no tener respuestas, de esperar un poco.

Sal del arroyo de las tonterías. Todo pasa.

«La noche fue hecha para amar», decía Lord Byron. Bien podría decirse lo mismo de la vida entera.

 

Contacto:
Correo: yomiss[arroba]gmail.com
Twitter: @Bigmaud

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