#4 Tiempos
La historia de Juan | Columna de Juan Jesús Priego
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Conozco a Juan desde hace mucho, desde el tiempo en que éramos vecinos de banco en la preparatoria y estudiábamos juntos por las tardes en el mismo equipo.
Juan. Lo recuerdo con la mirada siempre fija en la lejanía o inclinado ante la página de un libro abierto por la mitad. Hace treinta y cinco años –¡treinta y cinco años ya!- usaba unas gafas gruesas y verdes que lo hacían parecer más viejo de lo que era, y aunque hoy usa unos lentes más delgados y finos y luce más juvenil que hace dos décadas , sigue siendo el mismo Juan.
En aquel entonces caminaba por los pasillos del colegio siempre pegado a la pared, como si no quisiera robar espacio a los demás o necesitase apoyarse en algo para no caer.
Nunca aceptaba nada. Cuando, por ejemplo, lo invitábamos a comer o a cenar, él siempre se sentía en la obligación de pagar la cuenta, y si uno de nosotros le rogaba que no lo hiciera, él se removía en su silla, visiblemente angustiado. Más de una vez, fingiendo tener que ir al baño, se dirigió a la caja para tomarnos la delantera y pagar la cuenta. Los que no lo estimaban se aprovechaban de él, diciéndose entre ellos: «¿Invitamos a Juan para que pague él?»; los que lo estimábamos habíamos dejado de invitarlo a nuestras reuniones por dos motivos: primero, porque sabíamos que no era rico y nuestras invitaciones le eran gravosas, y, segundo, porque no queríamos apenarlo innecesariamente: nos daban lástima sus gestos de tímido, su cara de huérfano.
Una vez, por su cumpleaños, le regalé un libro cuyo título no recuerdo ahora. Quizá era El Principito, aunque no estoy muy seguro. Pues bien, al día siguiente fue a dejar a mi casa un libro todavía más caro y más gordo que el que yo le había obsequiado el día anterior diciendo que desde hacía tiempo había pensado llevármelo a la escuela, pero que no lo había hecho por puro descuido de su parte. «Siempre se me olvidaba meterlo en la mochila», me dijo bajando la voz y cerrando los ojos, cual si estuviera pidiéndome perdón. En otras palabras, con él no había remedio.
Un personaje del mundo novelístico de Flannery O’Connor (1925-1964), la escritora norteamericana, era exactamente como Juan: «Después de cada comida buscaba en el bolsillo un pedazo de lápiz y escribía una cifra: aquella que, según él, costaba la comida. A su tiempo restituiría la suma entera». Juan la restituiría pagando a su vez en la próxima reunión.
Por aquellos días, según nos enteramos, Juan tuvo una novia. ¿Le parece a usted extraño? A nosotros, crueles con la crueldad de la juventud, el hecho no sólo nos pareció insólito, sino incluso ridículo. ¿Juan una novia? Sí, y tanto la quería que diariamente le compraba un pequeño ramo de rosas. Y no sólo eso, sino que además la llevaba al cine, o a alguna plaza comercial para invitarle un helado. ¿Todos los días, todos los días? Sí. «Esto acabará mal», sentenciamos en coro sus amigos. Y así sucedió, en efecto, porque cuando, sacando cuentas, vio Juan que aquella relación lo tenía a un paso de la depresión económica, de la ruina financiera, decidió sencillamente terminarla.
La novia, claro está, ni siquiera lo buscó para decirle lo que suele decirse en tales circunstancias, a saber, que volvieran otra vez, que no le importaba recibir cosas, que con regalos o sin ellos ella lo quería lo mismo, o cosas así, sino que simplemente desapareció de su vida como desaparece una cucaracha por el resquicio de una puerta. Y entonces, claro está, la depresión económica de Juan adquirió también un sesgo marcadamente psicológico que lo dejó al borde del suicidio. «¿Por qué nadie me quiere, por qué nadie quiere quererme?», nos preguntaba a sus amigos, que lo único que hacíamos era darle inofensivas palmaditas en la espalda.
Hoy, sin embargo, sí sabría explicar por qué la cosa tenía que acabar mal: porque el amor es un intercambio en el que se da y se recibe al mismo tiempo, y Juan nunca recibió nada a cambio de lo que daba. Él era el que tenía siempre que hablar, que invitar, que insistir. ¿Y qué recibía en compensación? Ya lo sabe el lector: nada. Como me dijo una vez un hombre de campo, hay quienes gustan de usar sólo el azadón, y cuando tienen que usar la pala se escabullen. La novia de Juan pertenecía, evidentemente, a esta raza malévola.
«Amar –dice Erich Fromm repetidamente en uno de sus libros- es esencialmente dar, no recibir». Sí, y, sin embargo, el que nunca recibe termina cansándose de no ser sino el que siempre da. ¡También a él, alguna vez, le gustaría que le dieran algo! Como dijo Benedicto XVI en Dios es amor, su primera encíclica, «el hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).
Es más, según Anselm Grün, famoso monje benedictino y autor de innumerables libros de espiritualidad, uno de los enemigos de la amistad y del amor es la tentación de estarle siempre dando cosas al otro. «El exceso de favores –escribió una vez- debilita la amistad en lugar de fortalecerla. Hay, efectivamente, personas que regalan muchas cosas a sus amigos. Esto lleva a que el amigo sienta que el otro quiere comprar su amistad. Es verdad que puede reprimir este sentimiento, pero, en seguida, el sentimiento reprimido se transforma en agresividad y, finalmente, conduce al endurecimiento». En otras palabras: los roles acaban consolidándose y el que recibe ya nunca quiere dar; y, así, si el otro esperaba algo a cambio de lo que daba –una palabra de afecto, una declaración de cariño- se queda lindamente con un palmo de narices.
¿Es esto es lo que había pasado con Juan? Tal vez. Pero ojalá haya aprendido la lección, y en su próximo noviazgo –en el caso de que lo haya, aunque ya sea preocupantemente tardío- confíe más en sí mismo y menos en el valor de sus regalos.
(Posdata: ayer vi a Juan en la calle; llevaba sus gafas modernas y, en las manos, una caja de chocolates. Iba, además, muy sonriente. Ojalá no se trate de lo que estoy pensando…).

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El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
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Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
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El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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