octubre 30, 2026

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#4 Tiempos

La historia de Juan | Columna de Juan Jesús Priego

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Conozco a Juan desde hace mucho, desde el tiempo en que éramos vecinos de banco en la preparatoria y estudiábamos juntos por las tardes en el mismo equipo.

Juan. Lo recuerdo con la mirada siempre fija en la lejanía o inclinado ante la página de un libro abierto por la mitad. Hace treinta y cinco años –¡treinta y cinco años ya!- usaba unas gafas gruesas y verdes que lo hacían parecer más viejo de lo que era, y aunque hoy usa unos lentes más delgados y finos y luce más juvenil que hace dos décadas , sigue siendo el mismo Juan.

En aquel entonces caminaba por los pasillos del colegio siempre pegado a la pared, como si no quisiera robar espacio a los demás o necesitase apoyarse en algo para no caer.

Nunca aceptaba nada. Cuando, por ejemplo, lo invitábamos a comer o a cenar, él siempre se sentía en la obligación de pagar la cuenta, y si uno de nosotros le rogaba que no lo hiciera, él se removía en su silla, visiblemente angustiado. Más de una vez, fingiendo tener que ir al baño, se dirigió a la caja para tomarnos la delantera y pagar la cuenta. Los que no lo estimaban se aprovechaban de él, diciéndose entre ellos: «¿Invitamos a Juan para que pague él?»; los que lo estimábamos habíamos dejado de invitarlo a nuestras reuniones por dos motivos: primero, porque sabíamos que no era rico y nuestras invitaciones le eran gravosas, y, segundo, porque no queríamos apenarlo innecesariamente: nos daban lástima sus gestos de tímido, su cara de huérfano.

Una vez, por su cumpleaños, le regalé un libro cuyo título no recuerdo ahora. Quizá era El Principito, aunque no estoy muy seguro. Pues bien, al día siguiente fue a dejar a mi casa un libro todavía más caro y más gordo que el que yo le había obsequiado el día anterior diciendo que desde hacía tiempo había pensado llevármelo a la escuela, pero que no lo había hecho por puro descuido de su parte. «Siempre se me olvidaba meterlo en la mochila», me dijo bajando la voz y cerrando los ojos, cual si estuviera pidiéndome perdón. En otras palabras, con él no había remedio.

Un personaje del mundo novelístico de Flannery O’Connor (1925-1964), la escritora norteamericana, era exactamente como Juan: «Después de cada comida buscaba en el bolsillo un pedazo de lápiz y escribía una cifra: aquella que, según él, costaba la comida. A su tiempo restituiría la suma entera». Juan la restituiría pagando a su vez en la próxima reunión.

Por aquellos días, según nos enteramos, Juan tuvo una novia. ¿Le parece a usted extraño? A nosotros, crueles con la crueldad de la juventud, el hecho no sólo nos pareció insólito, sino incluso ridículo. ¿Juan una novia? Sí, y tanto la quería que diariamente le compraba un pequeño ramo de rosas. Y no sólo eso, sino que además la llevaba al cine, o a alguna plaza comercial para invitarle un helado. ¿Todos los días, todos los días? Sí. «Esto acabará mal», sentenciamos en coro sus amigos. Y así sucedió, en efecto, porque cuando, sacando cuentas, vio Juan que aquella relación lo tenía a un paso de la depresión económica, de la ruina financiera, decidió sencillamente terminarla.

La novia, claro está, ni siquiera lo buscó para decirle lo que suele decirse en tales circunstancias, a saber, que volvieran otra vez, que no le importaba recibir cosas, que con regalos o sin ellos ella lo quería lo mismo, o cosas así, sino que simplemente desapareció de su vida como desaparece una cucaracha por el resquicio de una puerta.

Y entonces, claro está, la depresión económica de Juan adquirió también un sesgo marcadamente psicológico que lo dejó al borde del suicidio. «¿Por qué nadie me quiere, por qué nadie quiere quererme?», nos preguntaba a sus amigos, que lo único que hacíamos era darle inofensivas palmaditas en la espalda.

Hoy, sin embargo, sí sabría explicar por qué la cosa tenía que acabar mal: porque el amor es un intercambio en el que se da y se recibe al mismo tiempo, y Juan nunca recibió nada a cambio de lo que daba. Él era el que tenía siempre que hablar, que invitar, que insistir. ¿Y qué recibía en compensación? Ya lo sabe el lector: nada. Como me dijo una vez un hombre de campo, hay quienes gustan de usar sólo el azadón, y cuando tienen que usar la pala se escabullen. La novia de Juan pertenecía, evidentemente, a esta raza malévola.

«Amar –dice Erich Fromm repetidamente en uno de sus libros- es esencialmente dar, no recibir». Sí, y, sin embargo, el que nunca recibe termina cansándose de no ser sino el que siempre da. ¡También a él, alguna vez, le gustaría que le dieran algo! Como dijo Benedicto XVI en Dios es amor, su primera encíclica, «el hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).

Es más, según Anselm Grün, famoso monje benedictino y autor de innumerables libros de espiritualidad, uno de los enemigos de la amistad y del amor es la tentación de estarle siempre dando cosas al otro. «El exceso de favores –escribió una vez- debilita la amistad en lugar de fortalecerla. Hay, efectivamente, personas que regalan muchas cosas a sus amigos. Esto lleva a que el amigo sienta que el otro quiere comprar su amistad. Es verdad que puede reprimir este sentimiento, pero, en seguida, el sentimiento reprimido se transforma en agresividad y, finalmente, conduce al endurecimiento». En otras palabras: los roles acaban consolidándose y el que recibe ya nunca quiere dar; y, así, si el otro esperaba algo a cambio de lo que daba –una palabra de afecto, una declaración de cariño- se queda lindamente con un palmo de narices.

¿Es esto es lo que había pasado con Juan? Tal vez. Pero ojalá haya aprendido la lección, y en su próximo noviazgo –en el caso de que lo haya, aunque ya sea preocupantemente tardío- confíe más en sí mismo y menos en el valor de sus regalos.

(Posdata: ayer vi a Juan en la calle; llevaba sus gafas modernas y, en las manos, una caja de chocolates. Iba, además, muy sonriente. Ojalá no se trate de lo que estoy pensando…).

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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