noviembre 3, 2026

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Mejor dormir

La chica de chamarra verde | Columna de Carlos López Medrano

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EN FA Lo esencial de esta nota, sin sustituir al periodista.Abrir resumenCerrar resumen

Carlos López Medrano reflexiona sobre las prendas que se vuelven parte de una personalidad y de la memoria: la camisa de cuadros rojos de su infancia, la chaqueta de James Dean o la chamarra verde de Linda Cardellini en Freaks and Geeks. Vestir bien, dice, es una forma de decencia con los demás y con uno mismo.

La IA ayuda a leer; la responsabilidad editorial sigue siendo humana.

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Hay prendas con las que se puede tejer toda una personalidad. Se vuelven parte de nuestra manera de hablar y definen cómo estamos en cualquier sitio. Suelen ser prendas fuera de la norma, piezas únicas que se lavan con cuidado por miedo a arruinarlas. Un suéter de lana hallado en el armario de la abuela. El pantalón de un tono que los científicos aún no han descubierto. Una camiseta de concierto que el uso prolongado ha vuelto de una textura irrepetible.

Aunque soy un defensor de los básicos, ya que en ellos reside la elegancia (la imbatible camisa blanca, lo discreto), hay que reconocer que algún brinco es necesario para tener una percha que distinga. Basta pensar en la mascada de estampado barroco que inspira cartas de amor cuando va atada al cuello de una mujer.

Miro atrás y a cada persona relevante de mi vida la asocio con una prenda o un conjunto, como ocurre con las celebridades. Qué sería de James Dean sin su chaqueta de gabardina. La memoria guarda estampas precisas de los seres queridos, y ahí deambulan, con el atuendo que nos marcó, en su momento estelar, que con los años acaba reflejando su carácter casi como un segundo rostro. Avatares de lo que fuimos. El brote del alma sobre la tela.

Si tuviera que volver a mi infancia, lo haría con la imagen de aquella camisa de cuadros rojos, marca Ferrioni, con la que anduve por el mundo entre los seis y los ocho años. No sé qué habrá sido de ella, como tampoco de los amigos de la escuela ni de tantas historias perdidas en el camino. Su importancia permanece, en cualquier caso, y marca diferencia en algunas fotografías de sonrisa y botón bien colocado.

De aquel tiempo quizá me haya quedado el enamoramiento por el color rojo y por los perros barbones. Hoy tengo una sola camisa roja, y tristemente ya sin cuadros, sin aquel mismo aire que nunca he vuelto a encontrar. Existen tesoros que se quedan en otra época y no regresan, pero cuyo brillo persiste, nos alumbra hasta el presente y evita que caigamos en la desdicha.

La falta de un atuendo icónico es una grieta en la biografía. Vestir bien es una forma de decencia con los demás y, sobre todo, con uno mismo.

Una cortesía llevada en la intimidad, frente al amplio horizonte del armario. Es esa combinación que nos echamos encima y nos mantiene intactos ante la muchedumbre, lo cebolloso y sus modas.

La vanidad de los fantasmas queda de manifiesto en sus apariciones, cuando se presentan enfundados en edredones para la ocasión. Nada de camisas hawaianas ni de tibiezas de uniforme institucional: un sombrero, gabardinas, capas negras, prendas largas que destantean y esconden la falta de pies. El velo en lugar de la gorra de beisbol. La calidad importa en ciertas prendas, como las chamarras de biker. Siempre se nota si el cuero es genuino o no. Hay que tomarse la ropa en serio, va pegada a nuestra piel.

Admiro a quienes consiguen la proeza sin proponérselo, tocados por la gracia divina. Ahí está la chamarra verde de Linda Cardellini en Freaks and Geeks, que delataba a alguien en quien se podía confiar. Un oversize anterior a que el concepto existiera como recurso fashionista. Un atuendo que coincidía con el personaje: una coraza frente a los dramas de juventud, una casa de campaña militar para sobrevivir a la crisis emotiva. Uno es propenso a enamorarse de las muchachas esquivas.

Desconfío de quienes limitan su guardarropa a lo cómodo o a lo meramente práctico, sin esa palpitación que lleva a dejar huella en el mundo a base de estilo.

Entrar a una tienda de ropa y dedicar unos minutos a buscar equivalencias de aquello que ya no nos queda, que fue retirado del mercado o que la última tendencia se empeña en aniquilar. Tal vez nunca lo encontremos, pero en la búsqueda se reaviva una llama interna. Es el niño que fuimos, el que soplaba las siete velas de un pastel en una foto vieja. El susurro de lo que vistieron nuestros padres, una faena frente a la secadora.

Oh, cuánto extraño aquella chamarra ya descontinuada.

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Cerrar los bares | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Añoro los tiempos en que cada ciudad tenía establecimientos forjados al son del orden espontáneo, acomodados por su propia estrella, con la naturalidad que confieren los años y también con su cuota de disturbio, de equívoco, algún resquicio de milagro instalado en sus rincones.

De ahí que los lugares más entrañables sean los de toda la vida: restaurantes y cantinas de hace décadas que funcionan aún con la misma silla agrietada, las mesas con sus distintivos —el logo despintado, cada uno a su manera— y un ventilador de aspa rota que el dueño se niega a reemplazar. Ese ventilador es una extensión de sí mismo, la resistencia encarnada frente a quien pretende sustituirlo: el joven empresario sin familia, con sus sneakers, la gorra americana y una pañoleta roja con la que aspira a emular a un chango de revista.

Detrás de las ínfulas está la vulgaridad larvada, la herejía contra lo que fuimos, el anhelo de impostar ambientes que no nos corresponden. Toda esa melcocha que llevamos instaurada como una derrota cultural. Tugurios en los que pocos han llorado y mucho menos se han enamorado, pero en los que abunda, eso sí, la selfie y el encuadre para las redes sociales. Tras el ansia desaforada del trend sobreviene el abandono, el cambio de página —o más bien el swipe hacia lo que sigue—, un centímetro más hacia delante, allí donde el precipicio nos espera.

Ya es raro encontrar un viejo utensilio, un cuchillo afilado una y otra vez hasta convertirse en el viejo marinero que reclama su sitio en la barra. Queda una vajilla que de tan nueva bordea lo desechable. Los lugares de novedad son réplicas, memes desbordados aquí y allá hasta uniformar a todos los pueblos. Con ello no me identificaré jamás, yo que soy un libro arrugado con las esquinas abolladas por múltiples caídas.

Los lugares tradicionales, en cambio, te agarran siempre con la guardia baja, con algún detalle imprevisto: un periódico polvoriento que sigue debajo de una caja desde el año 2006 y que te devuelve la semifinal que te enganchó al futbol para siempre (Luca Toni en la memoria). Establecimientos que nos acompañaron en la derrota, que estuvieron ahí con su discreción y su ánimo de servir —no de succionarte el alma a través de los bolsillos—. Sitios que te aceptan aun cuando vas desparpajado, con esa ropa que solo la familia sabe tolerar.

Triste el panorama de las ciudades emuladoras, subproductos de la tendencia de otros lares. Las salas de despecho, los bares de luces rojas, la cristalería que simula una botica. Bebidas con nombres irónicos. Una dona animada con uniforme de béisbol y colorimetría en dos tonos: azul y blanco, blanco y verde… gris, gris.

Las ciudades medianas copiando a la capital, la capital copiando lo que vio en Los Ángeles, Los Ángeles copiando algún video de noches en Berlín. Una cadena de imitaciones que con cada eslabón se aleja de lo auténtico.

Visitar las ciudades provinciales, en otro tiempo un consuelo, una caricia por sus rincones enmotados y parajes zurcidos por las viejas épocas, se ha convertido en un triste espectáculo: el testimonio de que todo se ajusta según convenga al algoritmo, a lo que luzca bien para fotos de tantos otros artificios, a los hot spots que conforman la viruela del infierno que la modernidad supone.

Recurrir a la moda para erigir un espacio condena a lo que caduca pronto. Habrá siempre un entusiasta que se canse de la enésima vuelta del Dub techno y que, tras deambular por las resurrecciones del gin tonic, el vermú y el Aperol Spritz, saque ahora la botella de anís de la abuela o el rompope servido entre esferas de hielo para montar un nuevo tugurio que ya será encumbrado la próxima semana por los influencers, esos propagadores de la miseria, siempre que haya alguien dispuesto a seguir viviendo de sus trompas.

Por fortuna, quedará ese bar en medio de carretera al que la mugre de lo nuevo nunca entra, y en el que sillas de plástico auspiciadas por una cerveza que ya no existe permiten percibir el carácter de un lugar que es distinto cada vez que alguien abre su puerta. Del mismo modo, volveremos a ese restaurante de familia con su menú de siempre, la carta plastificada con calcomanías que ajustan el precio a la inflación, en el que pedimos el platillo de la infancia, ese al que nuestros padres nos introdujeron antes de que existiera el botón de guardar en favoritos.

El sendero nos condujo a los templos que se ajustaban a nuestra cadencia, no a la de un especialista en branding gastronómico. El veredicto de la memoria prefiere esos sitios sin pretensiones, en donde aflora nuestro estilo, pese a las luces neón. Guaridas tan propias, tan nuestras. Un espacio percudido, labrado a nuestra seña, que nunca podrá ser franquiciado ni exportado. Una isla propia de que la nunca gozarán en Manhattan.

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#4 Tiempos

La batalla del segundo café | Columna de Carlos López Medrano

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Sé que un día se ha estropeado cuando, antes de que empiece la faena, no tengo tiempo de tomar un café y tontear un poco. Desayunar sin prisa, leer una nota ligera del periódico, observar a un paseador de perros, pensar fugazmente en un viejo amor. Ese paréntesis previo al trabajo es la última línea de defensa entre el espíritu libre y el triste destino de convertirse en un engranaje más de una máquina fría. Conviene protegerlo como se protege una playa al amanecer, atrincherado frente al desembarco de la urgencia, para que no arrase con lo más valioso de uno mismo.

Hay seres poseídos por ánimos totalizadores que han logrado convencernos de la necesidad de la prisa. No ya llegar a tiempo, sino llegar antes, hacer acto de presencia, simular que la puntualidad es la forma más alta de la responsabilidad. Son los que clavan la bandera en la luna: lunáticos del ansia, sometidos a un espacio donde ya no son ellos, sino el sometimiento mismo, el hilo carcomido del proceso. Embusteros que, al final del día, cambian muy poco el mundo.

En cambio, quienes pelean por otro sorbo de café, por caminar una cuadra más, por detenerse en la esquina siguiente y descubrir una calle nueva, llevan una insignia que convendría reivindicar en tiempos de métricas, rendimiento y KPIs —a qué punto hemos llegado, Dios mío—. Son los verdaderos justicieros: la resistencia suave que consiste en tomarse el ritmo a la ligera y escuchar otra canción.

Cumplir, sí. Llegar a tiempo. Hacer lo tuyo. Pero sin renunciar a la parte del pastel que te pertenece: ese tiempo libre que, sin venir a cuento, cedemos a las dinámicas de la preocupación y la rutina. El gran engaño de la jornada laboral de ocho horas, que siempre acaba siendo más larga por los minutos regalados al transporte, a la anticipación, a la congoja, minutos que podrían devolverte una sonrisa que no encontrarás en ningún otro sitio.

Sobre la importancia del aquí y el ahora, del tiempo libre como una variante del oro, aprendí de mi amigo Karim, abogado poblano, un mediodía en el Bar Mascota del Centro Histórico de la Ciudad de México. Estábamos de vacaciones, aunque incluso en esos territorios se filtra la ponzoña del oficio. Entre risas y anécdotas sonó su teléfono. Alguien quería hacerle una consulta, pedirle algo. Karim escuchó con atención, sin perder el aplomo ni olvidar que estaba pasándola bien con los presentes. Entonces soltó una frase memorable que aún guardo en el anecdotario: «Si es urgente, márcame en media hora». Y siguió en la cháchara, sin agobiarse.

Nadie es recordado por su fervor a la rutina, por renunciar a una escena de cine para sentarse veinte minutos antes frente a un escritorio. Quienes gozan de su tiempo cargan con un descrédito inmerecido. Hay más que aprender del hombre que fuma un cigarrillo y mira el horizonte que del que corre ansioso a apretar una máquina checadora.

Algo parecido ocurre por la noche: saber cuándo marcharse. Entender las responsabilidades como el oleaje: nunca desaparecerá, y mal hacen quienes pretenden domarlo. La sabiduría consiste, más bien, en surfearlo, pulir un poco las piedras, volver a casa y al día siguiente repetir el gesto. El trabajo nunca se acaba; la disponibilidad perpetua solo sirve para avivar el fuego y descubrir nuevos rincones que limpiar.

Languidecer no es el destino de los viernes. Un viernes es para detenerse y saludar a la vendedora de la esquina, mirar una vitrina de pan dulce, probarse un suéter que no se comprará, hojear el menú de un restaurante al que invitarás a alguien. Beber el licor suave de no hacer nada. La rutina es un ladrón de guante blanco: te roba historias y momentos si no te resistes, si no das la batalla cada mañana.

Hay que ponerse en modo guerrilla para defender la propia subsistencia antes de convertirse en una versión disminuida de lo que ya hace mejor un robot sin agallas o la mentada IA, incapaz de atender al olor de una naranja recién cortada o de entender el valor de un atardecer: la belleza de quedarse embobado, de no tener respuestas, de esperar un poco.

Sal del arroyo de las tonterías. Todo pasa.

«La noche fue hecha para amar», decía Lord Byron. Bien podría decirse lo mismo de la vida entera.

 

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#4 Tiempos

Otro año de mi vida | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Volví al gimnasio y luego dejé de ir. Desde la noche de un hotel en Querétaro, envié un último mensaje para intentar conectar con una chica, y después no volví a acercarme en absoluto. Ha sido un año de desprenderme con facilidad, de aprender a alejarme de aquellos lugares en los que uno debe esforzarse demasiado para obtener algo que debería caer con la naturalidad de una hoja seca en otoño.

Me invitaron a un seminario sobre migración impartido por un sociólogo de la Universidad de Beirut; escuché con atención durante dos horas y, al final, no supe qué preguntar ni anotar, simplemente me fui.

Después de una cita fallida entré al cine a ver Parthenope, de Sorrentino, uno de los míos, y quedé cautivado. Me remitió a aquellas películas que de niño veía de madrugada en Canal Once y que forjaron buena parte de mi educación sentimental: filmes que avanzaban con un tempo peculiar, casi distraído, y que te hacían desear estar lejos, con esa gente y en esas pinceladas de conversación. La considero una de las películas de mi vida; varios de sus fragmentos regresan a mí de vez en cuando, como ocurre con las obras definitivas. Estaba ya todo previsto con esa otra mujer cuyo nombre empezaba con las mismas letras, aunque entonces no lo supiera.

Fantaseé con la idea de ir a lugares a los que no fui y me sorprendí visitando otros que jamás imaginé conocer. Supe de los Zo’é, una tribu del Pará brasileño en la que las mujeres tienen varios maridos. Un amigo, exiliado nicaragüense, me habló de sucesos paranormales, y sobre todo de lo difícil que resulta lidiar con estadounidenses como parte de su trabajo. Ese mismo día tuve la única cita de mi vida en la que no sentí el menor interés por besar a la contraparte.

Quedé deslumbrado por un caballo llamado Calven Cool en un evento de equitación, aunque un poco menos que por la belleza de la mujer que lo montaba. Probé más vinos que nunca. Mis favoritos, sin orden en específico: el Xolo Nebbiolo del Valle de Guadalupe; el Saperavi de Moldavia; un Josh Cellars Reserve de North Coast; el Pradorey Reserva 2019 de Finca La Mina; un tinto Pesquera Reserva 2020; un Félix Callejo 2018 (el mejor, tal vez); un Gran Valtravieso Reserva 2015; un Cru Garage Nebbiolo 2020; un Taparacá Gran Reserva 2015, abierto en el momento exacto por mi amigo Luis Ángel; un Sirius 2019; The Prisoner Red Blend; el Mas La Plana Cabernet Sauvignon y un Marqués de Murrieta Reserva. Constelación púrpura.

Compré una edición estadounidense de El gran Gatsby, con un fotograma de Robert Redford y Mia farrow como portada (en la adaptación cinematográfica de Jack Clayton de 1974). Cada vez que tengo una edición de esa novela entre las manos leo el inicio y el final: una de las mejores aperturas y, sobre todo, uno de los mejores cierres de la literatura estadounidense. Y así vamos, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado.

Coqueteé, al fin, con la comida del mar, con resultados irregulares. Bien: ceviche negro en Manzanillo (entré al puerto y me regalaron una medalla); carpaccio de salmón en San Miguel de Allende; tostada de atún fresco con base de hummus en Al-Ándalus. Mal: taco de marlín ahumado. Fatal: un trozo de pato frito, que no es comida de mar. Hay que estar realmente mal para comerse a un animal tan simpático como el pato.

Un amigo me contó su aspiración de abandonar su trabajo como director corporativo para volverse cantante. Caminé bajo el sol de Amealco hasta encontrar una taquería llamada Chayan, aunque no pedí nada. Vi una película en la que uno de los personajes dice: «Cambia de cara o te quedarás fea y sola en tu rincón». Fui feliz deambulando por San Ángel; el Templo del Carmen quizá sea mi lugar favorito de la Ciudad de México. Vi un lápiz colgado en una galería de arte contemporáneo.

Visité por fin Veracruz, uno de los estados que me faltaban. Conocí gente entrañable en Coatepec; una de ellas me regaló un chile habanero que guardé en el bolsillo hasta mi regreso a casa. En esas calles con olor a café —el cursi cliché resultó cierto— un gato negro iluminó mi noche con sus ronroneos mientras se restregaba en mis piernas. Comí en un poblado de menos de cinco mil habitantes y me enfermé del estómago. Débil, con náuseas, caminé por Córdoba buscando algo que me ayudara, pero acabé comiendo tacos árabes de cerdo.

Fui a la UNAM un 14 de febrero y añoré la vitalidad y facilidad romántica de aquellos muchachos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, un aura entrañable, aunque ya solo dispuesta a lo lejos, sin dejarse tocar.

Usé un extinguidor por primera vez. Tuve un déjà vu en una zona residencial de Campeche, como si hubiera vivido ahí de niño, aunque era la primera vez que pisaba ese lugar. Acabé con el cuerpo raspado tras una capacitación de seguridad en un campo militar, en la que conocí personas bastante simpáticas de otras ciudades. Tomé un negroni mientras veía pasar una cucaracha en la cantina El Tío Pepe, en el Centro Histórico.

Vi por segunda vez al Liverpool ganar la Premier League. Conocí a Luis Pérez Sabido, autor de la letra de «Yo sé que volverás», en un entrañable local de dueños cubanos en Mérida. Tomé vino japonés y recorrí de noche el Museo de las Culturas con colegas y la ayuda de lámparas de celular. Probé un licor japonés llamado Shibitakojo Kuro Kirishima Genshu que me resultó mucho mejor que el sake, pero que no me atreveré a pronunciar en un bar.

Las habitaciones de Médica Sur me parecieron superiores a las de muchos hoteles. Coincidí con alguien a quien no veía desde hacía años; como aquella última vez, nos cruzamos por azar en una ciudad inmensa entre millones de habitantes, pero esta vez ya no nos saludamos. Encontré una nota tirada en la calle: «$150 de bistec, ¼ de chuleta ahumada, ½ de jitomate (6)». La reunión de Oasis me sacó del retiro de conciertos; fui a la segunda fecha y pensé que, aunque lo creamos, nunca nos alejamos tanto de la adolescencia.

Estado de ánimo: fastidiado. A menudo me sesentendido por días de otras personas y de lo que importa.

Unos admiradores de Pulp me invitaron a escuchar el nuevo álbum en un sitio especializado y recordé cuánto me gustaba esa banda; su concierto de 2012 en el Palacio de los Deportes sigue en mi top cinco de eventos musicales. Pedí un coctel malo con sabor chícharo solo porque se llamaba como mi canción favorita de Bob Dylan: «Simple Twist of Fate». Una amiga dedicada a la medicina me habló de su road trip universitario por Francia y España y de su deseo de repetirlo algún día.

Recuperé mi reloj favorito gracias a un relojero avezado que tardó un año en encontrar la refacción de un reloj ya descontinuado que nunca se vendió en México. Me reencontré con una compañera de secundaria después de veinte años;

quizá pasen otros veinte antes de volver a verla (o ni eso). Caminé por Iztacalco, Tláhuac e Iztapalapa por primera vez, con esa atmósfera tan aparte. Me faltan Milpa Alta y Magdalena Contreras para cerrar el circuito de la Ciudad de México, aunque no llevo ansias.

Un amigo de San Luis y su hija vinieron de visita y comimos como si el tiempo no hubiera pasado, aunque claramente sí lo había hecho. En Coyoacán, una chica me dijo que sus abuelos se conocieron cerca de ahí. Luego fuimos a uno de mis Sanborns favoritos. El pastel que comí en mi cumpleaños llegó desde San Luis de parte con la persona que me mantiene conectado por allá.

Falleció mi abuelo materno; siempre llevaré conmigo su nobleza y hedonismo. Vinimos a estar sentados y tomar una copa. Llevó una vida buena y tranquila. Me conmoví leyendo la autobiografía del papa Francisco y me desarmé al releer la contundencia del Credo católico, que no repasaba desde que era niño.

Hablé de jazz —esa vieja amante a la que había oxidado— con una gran conocedora del tema. Recordé mis primeros contactos con el género, hace más de veinte años, con el Kind of Blue de Miles Davis y el Blue Train de John Coltrane, que marcaron al jazz como algo definitivamente nocturno y azul para mí.

Titular de una vieja revista encontrada en San Fernando: «El peligroso acto de tragar espadas». Hubo una sola canción de los Stones a la que recurrí con constancia: «Fool to Cry». Fui jurado en una cata de vinos españoles, aunque las quince copas me supieron casi iguales porque apenas salía de una gripe prolongada.

Platiqué sobre música con un grupo de guatemaltecos mientras nos guarecíamos de la tormenta bajo una pequeña estructura de lámina, una versión chabacana de Lifeboat o Extraños en un Tren. Canté «Romance te puedo dar» en un karaoke con japoneses. Vi un par de veces a Ana, a quien aprecio, aunque no lo muestre de forma alguna. No tengo mucho por ofrecer.

Inicié el año en San Luis Potosí. En una pared leí: «Sal del bucle, cierra el círculo». Una muchacha punk me regaló un pin en el Bizarro Café. Le pedí a un peluquero que no me cortara mucho el cabello y me lo cortó mucho. Un chef de la costa del Pacífico me animó a comer un taco de lengua, algo a lo que hasta entonces me había negado rotundamente por darme repelús. El sabor fue maravilloso, pero intuí que fue por una preparación muy especial que no sé si encuentre en otro lado.

Pensé que debería filmarse una película nocturna en el Club France. Fui a bares con una mujer que no bebía. Encontré una carta intensa entre las páginas de un libro que hace mucho no abría; al leerla me sorprendí al no recordar el nombre de la autora y lamenté que no viniera firmada. Llegué tarde a un evento de L’Oréal.

Una desconocida en la calle me regaló una bolsa de tela luego de que se me rompiera la bolsa de papel en la que llevaba unos aguacates y estos cayeran dramáticamente al suelo. Fue uno de los mayores actos de bondad que recibí el año y reconocí nuevamente ese aire de misericordia que hay en las mujeres mexicanas. En los peores momentos siempre ha habido una mujer dispuesta a ayudarme.

Escuché sobre todo Beatles, boleros y canciones románticas, convencido de que los Beatles son una banda latina. Regalé un poemario que no fue valorado. Una piña, la última foto de un celular que perdí y que de manera infructuosa (y absurda) intenté rescatar al otro día en Iztacalco.

En medio de una reunión, me desencajé al enterarme de la muerte de Diane Keaton, esa mujer que muchos hombres buscamos y que, cuando se va —cuando se vuelve inalcanzable o simplemente desaparece—, queda adherida a la memoria para el resto de los días. Pensé entonces en la escena de las langostas de Annie Hall, un pequeño tratado sobre los amores irrecuperables: aquellos que creemos haber dejado atrás, pero que en realidad siguen ahí, acompañándonos, discretos y persistentes, como una forma añeja del recuerdo.

Fui a san Miguel de Allende después de más de veinte años; vi a un perro con las cejas pintadas, compré una figura de San Miguel Arcángel y me dio un ataque de tos antes de una reunión de trabajo. Una muchacha sentada en una banca me recordó a alguien del pasado. Probé ron de Santa Lucía y un destilado danés llamado Empirical que me invitó Clover, la talentosa hija de mi amigo Oswaldo.

En Insurgentes Sur, un anciano con el rostro cubierto por un paliacate me gritó «ÁNIMO, GÜERO, ÁNIMO» con tal enjundia que me levantó la emoción perdida, lo cabizbajo.  Pensé que a menudo Dios se manifiesta a través de personas que están ahí afuera, aunque luego desaparezcan en la esquina.

Di un tour de 5 minutos por un museo a unos visitantes del exterior antes de que tuvieran que correr al aeropuerto para olvidarse de México. Una persona muy generosa preparó tinga para mí, entre otros detalles invaluables. Leí que en Año Nuevo los griegos untaban aceite en la frente a los niños deseándoles que vivieran tanto tiempo como los olivos.

En la Narvarte vi a un amigo más ilusionado que nunca. Otro amigo cumplió dos años con su novia y lo vi más ilusionado que nunca (y me regaló unas plumas que me inspiraron a volver a escribir). Y aquí estoy, con la esperanza de escribir más el próximo año.

 

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