junio 28, 2026

Conecta con nosotros

Letras minúsculas

Carta al rey | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

Por: Juan Jesús Priego

A veces me da por pensar que la felicidad no es lo que creemos, y que quizá sea algo mucho más modesto de lo que pensamos. ¿Y si no fuera, por ejemplo, más que poder realizar en libertad lo que nos gusta, lo que nos sale mejor, o, dicho con palabras llanas, lo que nuestro corazón prefiere?

Pon a un estudioso a organizar reuniones y a dirigirlas, y verás cómo poco a poco el carácter se le avinagra; pon a un alma serena y contemplativa en la situación de tener que organizar una oficina y verás cómo, con el paso del tiempo, se le muda el semblante: ya no se reirá de nada, ya no sonreirá con nadie, y tal vez hasta se le vaya la vida quejándose de todo. ¿Ha conocido usted gentes así, doloridas y quejumbrosas? No las juzgue, entonces, señor,  con tanta severidad: acaso alguien las hayan sacado del agua, a ellas, que tenían vocación de peces…

También empiezo a creer que la felicidad pública tiene que ver, y mucho, con la felicidad privada. ¿No me cree? Bien, lo invito a contemplar la siguiente escena: una mujer tiene que estar ocho horas al día detrás de un mostrador cuando lo que quisiera es estar en casa escribiendo una novela; observe usted cómo trata a los demás, cómo se deshace de ellos en cuestión de segundos para que no sigan molestándola con sus preguntas impertinentes. ¿Qué le importan a ella los papeles que debe llenar o las solicitudes que debe expedir? ¡Un comino, eso es lo que le importan, y si pudiera prendería fuego a todos esos legajos de una vez por todas! Sí, señor: seamos benévolos con estas pobres gentes malhumoradas, pues se ve a las claras que no están haciendo lo que quieren.

¡Ah, si todos estuviéramos en donde debemos estar, cómo cambiaría la vida! Seríamos entonces amables y educados: en una palabra, felices, porque esto y no otra cosa es la llamada felicidad.

Era el año de 1575 cuando don Juan Huarte de San Juan publicó un libro que llevaba por título Examen de ingenios para las ciencias; en él hacía ver –con muy poderosos argumentos, según mi modesta opinión- que los hombres nacimos sólo para una cosa, y que únicamente si logramos dedicarnos a esta sola cosa estaremos en paz con nosotros mismos; por lo cual, aconsejaba nada menos que al rey que legislara en tono a este grave asunto y no permitiese de ninguna manera que el labrador se metiese a zapatero, ni el legislador a médico, ni el abogado a matemático, ni el médico a filósofo, ya que si esto llegase a suceder la sociedad acabaría pagando tarde o temprano las consecuencias. Escuche usted lo que este docto varón escribió al invencible rey de todas las Españas:

«Para que las obras de los artífices tuviesen la perfección que convenía al uso de la República, me pareció, Católica Real Majestad, que se había de establecer una ley: que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio del labrador, ni el tejedor del arquitecto, ni el jurisperito curase, ni el médico abogase, sino que cada uno ejercitase sola aquel arte (sic) por la cual tenía talento natural, y dejase las demás. Porque considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfección sin que en la una faltase. Y porque no errase en elegir la que a su natural estaba mejor

, había de haber diputados en la República, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio, haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía
, y no dejarlo a su elección».

Querer no es poder, ni poder querer: he ahí la cuestión, querido amigo. Éste hombre que tenemos enfrente, por ejemplo –el que preside la fila, ese de pantalones color caqui y camisa a cuadros-, tal vez quiso en otro tiempo ser escritor, pero le faltó ingenio y claridad para convertir sus pensamientos en ensayos y libros; pero, en cambio, cuando habla es un águila descalza. Ahora bien, ¿no sería perder el tiempo querer dedicarlo a lo primero cuando podría ser un maestro consumado en lo segundo? Por eso, pues, sigue diciendo nuestro autor:

«Eso mismo quisiera yo que hicieran las Academias de vuestros reinos; que pues no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando en la lengua latina perito, que tuvieran también examinadores para saber si el que quiere estudiar dialéctica, filosofía, medicina, teología o leyes tiene el ingenio que cada una de estas ciencias ha menester. Porque si no, fuera del daño que este tal hará después en la República usando su arte mal sabida, es lástima ver a un hombre trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que es imposible salir con ella. Por no hacer hoy día esta diligencia han destruido la cristiana religión los que no tenían ingenio para teología; y echan a perder la salud de los hombres los que son inhábiles para medicina: y la jurisprudencia no tiene la perfección que pudiera por no saber a qué potencia racional pertenece el uso y buena interpretación de las leyes. Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del arte».

¿Quiénes son estos filósofos de los que se habla en este delicioso Examen de ingenios? Platón, quien dijo así en su tratado sobre las leyes: «Nadie sea a la vez fundidor y carpintero, porque dos oficios y profesiones no pueden desempeñarse debidamente». Y Cicerón, que también dijo: «Quien viva, pues, según su talento natural, que persevere allí, pues nada le está mejor, salvo que llegue a persuadirse de haber errado en la elección» (De los oficios).

¡El que diga que los antiguos eran unos tontos, merecería que lo colgasen! En efecto, nada descorazona tanto a un hombre que el que tenga que pasarse la vida ejecutando tareas para las que no se siente hecho. ¡Casi todas nuestras enfermedades mentales, malos humores y depresiones vienen de allí! Y si no me cree usted, señor, pregúntele a la señorita que se agazapa al otro lado de la ventanilla. Ella se lo podrá decir mejor que yo, por lo que puedo inferir al ver su rostro.

Lee también: Los últimos días de Friedrich Nietzsche | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

Letras minúsculas

El Anatomista de Almas | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

Ha caído en mis manos muy extrañamente –como caen casi siempre los libros en nuestras manos- una vieja novela de Paul Bourget (1852-1935) publicada en México en 1917. Se trata de una pequeña novela titulada Lazarine. ¿Y cómo iba a dejarla en aquel botadero de venerables volúmenes ante el que los transeúntes seguían de largo con paso apresurado?

Es una pena que ya nadie lea a Paul Bourget, ese anatomista de almas, como me gusta llamarlo. Todos los problemas de la vida están planteados en sus novelas y, por eso, no es casualidad que Jean Paul Sartre lo cite constantemente en El ser y la nada, su obra filosófica más ambiciosa, aunque no sea más que para refutarlo.

Sus análisis de los desórdenes del corazón son implacables. Él es el padre, a pleno título, de la novela psicológica moderna, o novela de tesis. Para él, un novelista es ante todo un moralista cuya misión consiste en mostrar la vida tal como es, y de sus propias novelas llegó a decir que no eran sino “simples planchas de anatomía moral”. Con Émile Zola creía que “la novela es un tratado de anatomía moral, una recopilación de hechos humanos y una filosofía experimental de las pasiones”. En 1894, es decir, a sus 42 años de edad, fue elegido para ocupar uno de los cuarenta sillones de la Academia Francesa, sillón que ocuparía tras su muerte el famoso crítico literario Edmond Jaloux. En fin, si mis lectores quieren saber quién fue Paul Bourget y conocer la elegancia de su prosa, harían bien en leer El demonio del mediodía o, también, El sentido de la muerte, dos de sus novelas más representativas y logradas.

Pero me he dejado llevar por la pluma en vez de llevarla yo a ella y nada he dicho aún de Lazarine. Era ésta una hermosa joven de provincias, hija de un militar ya retirado, que de pronto descubre haberse enamorado de un apuesto joven, también militar de carrera, llamado Robert Graffeteau, y algo le dice a nuestra heroína que es plenamente correspondida… ¡Ah, los signos del amor no mienten nunca!

En una carta a su única hermana, mayor que ella y ya casada, Lazarine le escribe, por ejemplo: “Dime, ¿no tienes por extraordinaria, por estupefaciente, por milagrosa la aventura de que los dos caminos por los que andábamos el señor Graffeteau y yo, tan lejos el uno del otro, se hayan entrecruzado repentinamente?”.

Lazarine llora de felicidad y todo le parece milagroso. ¿Cómo era posible, siendo el mundo tan ancho, que ella y Robert Graffeteau se encontraran en un pequeño rincón del universo? Ya esto era en sí mismo un milagro. Pero que además se vieran el uno al otro con amor… ¡Oh, ya esto era demasiado! En la misma carta –fechada el 4 de abril de 1916-, Lazarine prosigue así sus confesiones: “Le amo y sé que me ama. ¿Cuándo me lo dirá?

”.

 Pero había un pequeño problema, y era éste: que el tal Robert Graffeteau estaba ya casado, sólo que no lo decía; casado con una mujer de la peor especie que luego lo abandonó para irse en pos de otros hombres. El nombre de su esposa era Thérèse Aldière, y vivía por esos días con un individuo que la había introducido –o ella a él- en el terrorífico mundo de las drogas

.

Se sorprenderá el lector –como me sorprendí yo- que estas palabras, dichas por el actual amante de Thérèse, no hubiesen sido pronunciadas ayer por la noche, sino  hace ya casi un siglo: “Figúrate que ayer, con ocasión de asistir a la catedral de Tolón a los funerales de esos soldados de marina de que te he hablado, me quedé todo suspenso y maravillado al oír la definición que da la Iglesia del paraíso: ‘El absoluto descanso en la luz’. Te traduzco las palabras latinas al pie de la letra. El opio no es más que eso. Entremos, pues, en el paraíso, sin demora. Algunas pipas bastan, con la adición de un poco de cocaína en el reverso de la uña”.

Robert Graffeteau amaba a Lazarine, pero chocaba contra una pared que, bien lo sabía él, no iba a poder derribar con tanta facilidad: el catolicismo de ésta, que no toleraba el adulterio.

¡No, Lazarine jamás sería suya! ¡Jamás! Y, de pronto, al comprenderlo, sintió que aborrecía a la Iglesia. ¿Por qué tenía que entrometerse entre él y ella? ¿Quién le dio permiso para interferir en su felicidad? He aquí sus pensamientos, tal como los consigna Bourget en su novela:

“Su inteligencia entera se esforzaba en combinar los razonamientos que habían de vencer la resistencia de la tierna niña: su derecho –el derecho de él- a rehacer su vida; su crueldad –la crueldad de ella- al negarle su apoyo; la inhumanidad, la injusticia de un dogma en cuyo nombre habrían de quedar despedazados sus corazones. Y esto por nada, y para nada, puesto que al casarse a nadie ocasionaban perjuicio. A medida que este raciocinio se presentaba en su cerebro, sentía crecer en su interior un instinto de rebeldía, hasta entonces desconocido para él, y que le llenaba de extrañeza. Hasta ahora su actitud respecto de la Iglesia había consistido en la veneración indiferente –valga la expresión-, muy frecuente en las familias de la burguesía parisiense, en la que la huella hereditaria sobrevive a la creencia. Semejante sumisión a las ritualidades exteriores está muy próxima a la total desafección… Lo que ahora experimentaba Graffeteau era un verdadero acceso de odio”…

¡Cuán implacable es el análisis de Boruget! Sí, muchas veces la Iglesia es odiada no por lo que hace, sino por lo que impide hacer. ¡Ah, si la Iglesia no existiera, qué fácil sería todo para Graffeteau! Pero existía, y la odiaba por existir. ¡Con qué gusto la habría dinamitado, si pudiera! Y, al terminar de leer Lazarine me pregunto: ¿cuántos, hoy, la odian por idénticos motivos?

También lee: La Orla del Manto | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

Letras minúsculas

La Orla del Manto | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

¡Dios me libre, amigo mío, de condenar a los pecadores! ¿No vino Cristo a salvarlos? Si él no condenó a la mujer adúltera, ¿por qué de hacerlo yo? 

Pero detengámonos, aunque sólo sea un momento, en esta mujer. ¿Tan infeliz era en su matrimonio que hubo de andar por calles y plazas buscando afecto? Y, sobre todo, ¿tan necesitados de cariño estamos los humanos como para comportarnos así? Pobre mujer, pobre mujer. 

Mas no nos engañemos, amigo mío: también los animales, cuando se les ofrece una caricia, quedan desarmados. Piense usted en esos perrotes que se acercan a uno en actitud agresiva: una caricia basta para tenerlos de nuestra parte toda la vida. 

Sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico”, escribió poco antes de morir don José María Cabodevilla (1928-2003), el sacerdote español. ¿Y por qué aclaro que poco antes de morir? Porque estas cosas, amigo, sólo se descubren hasta el final, es decir, al cabo de un largo recorrido. 

Hablábamos de la mujer adúltera. Pero, ¿y qué decir de las otras mujeres del evangelio? De la samaritana mejor ni hablemos: había tenido cinco maridos y, cuando Jesús se la encontró un día cabe el brocal de un pozo, andaba ya rompiendo con el sexto. Sí, señor: necesitamos cariño, una caricia, un gesto afectuoso para no desesperar. 

Conocí una vez a un anciano que tenía fama de lujurioso. Su mujer lo despreciaba, lo despreció siempre, sin darse cuenta de que, en el fondo, ella era la culpable de los deslices de su marido. ¡Oh, no es lo que usted piensa! Déjeme terminar y comprenderá. Digo que, en el fondo, el la era la culpable porque no tuvo para con su esposo ni el más leve gesto de ternura

. Se había casado con él quién sabe por qué, he ahí todo. Le gritaba, lo amenazaba, lo reprendía; y el hombre, que no estaba hecho precisamente de piedra, se puso a buscar caricias aquí y allá, con mujeres desconocidas. Lo que este hombre necesitaba era sentirse querido, y lo que no encontró en su casa fue a buscarlo fuera de ella. Me dijo un día:

-¡Pero yo no soy un lujurioso! Yo lo único que quiero comprobar es que mi cuerpo no causa asco…

Sí, amigo: sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico. 

Durante un tiempo me he dedicado a pensar en una mujer que, por lo menos en el evangelio, carece de nombre. Se le conoce como “la hemorroísa”, es decir, como “la mujer de las hemorragias”. Ahora le contaré su historia: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: ‘Con sólo tocar su manto quedaré curada’.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: 

“-¿Quién tocó mi manto? 

“Sus discípulos le dijeron: 

“-¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?

“Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo: 

“-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Marcos 5, 21-43).

Y así esta mujer desaparece de la Historia sin volver a aparecer en ella nunca más. Y me pregunta usted, amigo, qué tiene que ver la hemorroísa con la mujer adúltera, y yo le digo que mucho: que son almas gemelas, por hablar así. 

Esta última padecía constantes flujos de sangre; por lo tanto, para la cultura judía era no sólo una mujer impura, sino una fuente perenne de impureza para quien se acercase a ella; la ley de Moisés era bastante clara a este respecto: “Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura mientras le duren las hemorragias. La cama en que se acueste quedará impura; el asiento en que se siente quedará impuro. El que la toque quedará impuro” (Levítico 15, 25)… 

¿Qué es lo que hay que concluir de todo esto? Que la mujer se sentía sucia, impura –legalmente lo era-, repulsiva. ¿A quién podía acercarse que no la rechazara? Y, ¿sabe usted? Ella tenía necesidad de tocar, de utilizar el sentido del tacto y, tímidamente lo usó, alcanzando con sus dedos la orla del manto de Jesús. 

Sí, señor: tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados, pues de otra forma nos sentimos muertos. ¡A los muertos no se los toca! Necesitamos que alguien nos diga, tocándonos, que nuestro cuerpo no es repulsivo, ni asqueroso. “El amor verdadero –escribió el novelista italiano Vasco Pratolini (1913-1991) en su Crónica de mi familia es el de los pobres. Un hombre y una mujer pobres que se casan tienen que poder unir sus dos almas para resistir y darse coraje. Amarse es darse coraje… Un hombre pobre, sumido siempre en la miseria, es más fuerte con una compañera a su lado. Sólo entonces valora plenamente el vigor de sus propios brazos, el significado de su presencia en la tierra, ve con claridad y perspectiva; sus angustias desaparecen con una caricia”. 

Espléndido, ¿no le parece? ¡Realmente espléndido, diría yo! 

También lee: El efecto Tam-Tam | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

#4 Tiempos

El efecto Tam-Tam | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

En Un mundo feliz, su novela más conocida, Aldous Huxley (1894-1963) hace decir lo siguiente a uno de los odiosos personajes que aparecen en ella: «Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad».

¿Quieres que una cosa sea creída y dada por verdadera? Bien, entonces repite sesenta y dos mil cuatrocientas veces la misma cosa. Si es verdad o no lo que dices, eso no importa: te la creerán en la misma medida en que la repitas. Y, por lo demás, ¿no es esto lo que hacen hoy los medios de comunicación para dar la impresión de que son muy veraces y muy objetivos? Si el canal A dice, por ejemplo, que el señor M es un abusador sexual, y el canal B lo repite, y el canal C se hace eco de la nota y el canal D la confirma, entonces no puede haber duda: el señor M es efectivamente un abusador de la peor calaña: todos lo dicen.

¿Y si los canales A, B, C y D fueran del mismo dueño y se hubiesen puesto de acuerdo para difamar al indefenso señor M? Entonces lo sentimos por el señor M. ¿Por qué cometió la imprudencia de enemistarse con un propietario tan poderoso?

Para la mentalidad posmoderna –es decir, la nuestra- la verdad no es algo que haya que buscarse o descubrirse, sino algo que puede construirse a base de repeticiones incesantes. Es curioso –observa Paul Virilio en uno de sus libros- cómo se dio cuenta la gente de que el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 no era una escena de ciencia ficción tomada de alguna serie televisiva que se estuviese transmitiendo en aquel momento: «Sólo haciendo zapping y viendo las mismas imágenes en todos los canales, comprendieron finalmente que aquello era verdad».

Escribió Ignacio Ramonet en La tiranía de la comunicación: «¿Qué es verdadero y qué es falso? El sistema en el que evolucionamos funciona de la manera siguiente: si todos los medios de comunicación dicen que algo es verdad, entonces es verdad. Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. Los conceptos de verdad y mentira varían de esta forma lógicamente. El receptor no tiene criterios de apreciación, ya que no puede orientarse más que confrontando unos medios con otros. Y si todos dicen lo mismo, está obligado a admitir que ésa es la verdad».

Así pues, ¿qué es la verdad y qué la mentira cuando todos los medios beben de la misma fuente (las agencias de información) y dicen las mismas cosas? ¡Señores, estamos perdidos, sobre todo si pensamos que no hemos podido estar presentes como testigos en el lugar de los hechos para verificar por nosotros mismos si lo que estos señores nos dicen es cierto o no lo es!

Pero no nos desviemos. Estábamos en que sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad. Esto lo dijo el famoso novelista inglés en el ya muy lejano 1932, año en que salió de las prensas por primera vez Un mundo feliz. Pero ya antes que Aldous Huxley –y es lástima que nadie se acuerde de ello, ni se lo tenga en cuenta-, don Miguel de Unamuno había escrito algo muy parecido en un artículo periodístico que más tarde fue incluido en su libro Almas de jóvenes. He aquí lo que don Miguel escribió en aquella ocasión:

«-Es torpe discutir y sacar a nadie de sus ideas; los hombres no quieren dejarse convencer. Lo mejor es dejarlos.

»-No dejarlos –responde entonces un interlocutor imaginario, que no es otro que él mismo-, sino repetir una y dos, y cien, y mil y millones de veces la misma cosa, que a fuerza de oírlo repetir acabarán por creértelo cuando ya no les suene a cosa extraña. Un día y otro, siempre con la misma canción.

»-Pero si una vez no se lo pruebas, ¿te lo van a creer la milésima?

»-Claro que sí. La cuestión es que no les suene ya a cosa extraña y nueva, que sea corriente, que estén hartos de oírla. Lo que se oye a diario acaba por aceptarse, por absurdo que sea… Con el público y con el pueblo no importa dar pruebas de la afirmación que se sustenta cuanto estarlo afirmando de continuo y no hartarse de repetir un día y otro y otro y ciento, sin descanso ni parada, sí, sí, sí, sí, sí, o no, no, no, no, no, y gritar más que los demás, ladrar, ladrar fuerte». ¡Ay, don Miguel! Una vez más usted ha tenido razón mucho antes que los otros. Sí, así es como el público y la gente se acostumbran a esos disparates a los que luego llaman verdades; no es que estos rumores pasen la prueba de la lógica y el buen sentido, pero a base de haberlos oído a toda hora y en todas partes, ya no le queda duda: las cosas, en efecto, son así, pues ¿no es esto lo que dicen todos? Pero yo no pienso ahora en el pobre señor M. Pienso en Cristo. Se ha hablado tan mal de él en los últimos tiempos que a muchos les ha parecido que odiarlo debería ser cosa natural. Una señora a la que conozco me preguntaba hace poco:

-Padre, ¿debo quitarle a mi hijo la cruz que le colgamos al cuello el día de su primera comunión? Es que oí decir hace poco en la televisión que la cruz atrae energías negativas. Lo dijo un yogui o quien haya sido, y al parecer lo dijo en serio. ¿Y qué cree usted? Que al día siguiente, en otro canal, escuché exactamente lo mismo: que una cruz en el cuello deprime siempre a quien la lleva. ¿No ve usted que antes la cruz era un arma mortal? Así dijo el conductor del programa: que traerla al cuello es como cargar una pistola en miniatura o incluso una sillita eléctrica. ¡Y yo no quiero que mi hijo sea un deprimido!

Bien, ya lo dijo uno, ya lo repitió otro, ya lo dirá a su debido tiempo otro más, ya lo proclamarán todos a una y entonces la verdad estará hecha. ¿Para qué añadir nada si todos no pueden equivocarse?

También lee: La sociedad de la indiferencia | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

Opinión

Pautas y Redes de México S.A. de C.V.
Av Cuauhtemoc 643 B
Col. Las Aguilas CP 78260
San Luis Potosí, S.L.P.
Teléfono 444 2440971

EL EQUIPO:

Director General
Jorge Francisco Saldaña Hernández

Director Administrativo
Luis Antonio Martínez Rivera

Directora Editorial
Ana G. Silva

Periodistas

Diseño
Karlo Sayd Sauceda Ahumada

Productor
Fermin Saldaña Ocampo

 

 

 

Copyright ©, La Orquesta de Comunicaciones S.A. de C.V. Todos los Derechos Reservados