Opinión
No es un bug: es tu software cambiando las reglas sin avisarte | Columna de Gonzalo Hernández Araujo
Sistema Operativo
Hace unas semanas abrí una sesión nueva de Claude Cowork —la herramienta de IA con la que administro archivos y automatizaciones para varias cuentas de clientes— y algo que llevaba meses funcionando dejó de hacerlo. La sesión no leía la carpeta del proyecto. No aparecía la memoria de conversaciones anteriores. Hice lo que cualquiera haría: revisé permisos, reinicié, probé otra vez y reporté un error. Solo después entendí que no había ningún error. Las sesiones nuevas habían empezado a correr en un modo distinto —remoto en vez de local— y nadie me lo explicó a tiempo.
No es un problema de una herramienta de nicho. Le pasa a cualquier app que un día te exige un paso extra que antes no pedía, sin decirte por qué. La mayoría de esos cambios ni siquiera son un error del proveedor: son una decisión de producto, tomada en otro lado, que a ti te llega disfrazada de “algo se rompió”. En mi caso, la explicación sí existía: la documentación técnica de Cowork describe el cambio —sesiones nuevas en la nube por defecto, modo local conservado para instalaciones existentes— pero vivía en un documento que nadie lee antes de que el problema aparezca. El ícono en pantalla decía “Cloud”. Lo que no decía era desde cuándo, por qué, ni qué pasaba con mis archivos mientras tanto, ni cómo regresar al modo anterior si lo necesitaba.
1. La seguridad no desaparece, se muda de lugar
Llevo semanas notando algo parecido en mi banco. Antes, el código para autorizar una transferencia llegaba por SMS —tan práctico que hasta se rellenaba solo al llegar, sin cambiar de pantalla—. Ahora llega como notificación dentro de la app: si no memorizas los seis dígitos a tiempo y te vas a revisarla, la propia app te saca de donde estabas y tienes que empezar de nuevo. Cuento de nunca acabar. Nadie en el banco me explicó el cambio, pero la fecha coincide con algo que sí puedo rastrear: desde el 9 de enero, toda línea telefónica en México debe estar vinculada a una identidad verificada ante la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones, y en agosto empezaron las primeras suspensiones escalonadas de líneas sin registrar. Un SMS depende de que la operadora te lo entregue y de que tu línea siga vigente; meter el código dentro de la app le quita al banco esa dependencia. Es una hipótesis razonable, no una que el banco me haya confirmado —y probablemente por eso mismo nadie se molestó en explicármela.
Hay una razón legítima detrás de este tipo de cambios: casi nadie quiere convertirse en administrador de sistemas cada vez que abre una app, y las guías de seguridad más serias piden justo eso, que un producto sea seguro por defecto sin depender de que el usuario configure nada. La agencia estadounidense de ciberseguridad lo resume así en su guía de referencia: “la complejidad de configurar la seguridad no debería ser un problema del cliente” (CISA, Secure by Design).
Pero mover dónde vive un candado —de una red que no controlas a una app que sí, de tu equipo a un servidor ajeno— no es activar una casilla menor: cambia quién procesa la información, qué tanto puedes ver de ese recorrido y qué pasa si algo falla en el camino. La seguridad no desaparece; se redistribuye. Baja el riesgo de que alguien intercepte un SMS o de que una línea suspendida te deje fuera de tu propio dinero. Sube la importancia de que ese candado nuevo, dentro de la app, funcione bien y no te expulse de lo que estabas haciendo. Cuando una empresa mueve esa frontera, no basta con decir que tomó la mejor decisión. Tiene que explicar qué riesgo bajó y qué riesgo nuevo apareció, aunque ese riesgo nuevo sea más difícil de explicar en una sola frase que el que acaba de resolver.
2. Por qué el primer síntoma siempre parece un bug
Si un producto siempre funcionó de una manera y de pronto deja de leer tus archivos, sospechar de un error es lo más razonable del mundo. Eso es justo lo que documenta la investigación sobre automatización cuando habla de “sorpresas de modo”: el sistema cambia de estado o de autoridad, pero la persona no se entera. Ve el efecto, no la decisión que lo produjo (USENIX, sobre actualizaciones automáticas y sus consecuencias no previstas). El resultado es una forma cara de confusión: en vez de trabajar, terminas investigando si el problema está en tus archivos, en tus permisos, en la app o en tu conexión.
Ahí el soporte técnico tiene una oportunidad, y casi siempre la desperdicia. Bastaría con una respuesta simple: no es un bug, así cambió el sistema, y así lo regresas. En mi caso esa respuesta no apareció en la app ni en el primer canal de ayuda; la encontré horas después, buscando en otro lado. Tuve que salir del producto para entender el producto, y eso ya dice algo sobre qué tan bien se comunicó el cambio: si la explicación correcta no está donde ocurre el problema, el soporte no es una capa aparte de mala suerte, es la prueba de que el aviso nunca llegó a tiempo.
3. Lo que realmente cuesta no avisar
Una actualización silenciosa puede mejorar el estado técnico inmediato y, al mismo tiempo, deteriorar la relación con la siguiente actualización. Si algo cambia sin avisarte una vez, aprendes una regla defensiva: cualquier actualización te puede quitar control sin que te enteres. La próxima vez dudas más, buscas versiones anteriores o ignoras avisos que sí importaban. Esa desconfianza no es un detalle de marca, es infraestructura: un usuario que entiende lo que pasa puede cooperar con una protección nueva; uno que se siente sorprendido empieza a protegerse del producto mismo.
La solución no es pedir permiso para cada parche —eso volvería la protección otra carga—. Es que todo cambio que toque tus archivos, tus permisos o dónde corre el sistema venga con lo mínimo: qué cambió, por qué, qué opciones conservas y cómo regresas al estado anterior si lo necesitas. La prueba de si un producto cumplió con eso es sencilla: después del cambio, ¿la persona puede explicar qué pasó y recuperar el control en menos de un minuto? Si no puede, el problema no es que “no entienda de tecnología”. El problema es que el producto nunca hizo visible su nueva autoridad.
Yo terminé encontrando la explicación de Cowork en un documento técnico que nadie me había señalado, no en la propia herramienta. La del banco todavía la estoy armando por mi cuenta, atando una fecha con una noticia. La próxima vez que algo cambie “por tu seguridad” sin decírtelo del todo —en tu banco, en tu herramienta de trabajo, en cualquier candado que uses todos los días sin pensarlo—, la pregunta no es solo si la decisión fue correcta. Es si tú, cuando te toque, vas a poder explicar qué pasó, o si también vas a terminar resignándote a un error que en realidad era una decisión que alguien más tomó por ti.
Versión completa y fuentes adicionales del artículo original: “No era un bug: era tu software cambiando las reglas sin avisar.”
Opinión
Si rento una casa, ¿me puedo quedar con ella después de cierto tiempo? | Columna de Víctor Ezequiel
SERENDIPIA
Por: Víctor Ezequiel / X: @MrVictorHdz
Hay una leyenda urbana que aparece con sorprendente frecuencia: “Si llevas muchos años rentando una casa, llega un momento en que puedes quedártela”. La frase suele venir acompañada de un misterioso “lo dice la ley”.
Pues no exactamente.
El simple paso del tiempo no convierte a un inquilino en propietario. Pero detrás de esa creencia existe una figura jurídica real: la prescripción positiva o adquisitiva, mediante la cual una persona puede adquirir la propiedad de un inmueble por haberlo poseído durante determinado tiempo y bajo ciertas condiciones.
Y ahí está la diferencia que suele perderse en la conversación de sobremesa.
No es lo mismo ocupar que poseer como dueño
Por ejemplo, el Código Civil para el Estado de San Luis Potosí establece que la posesión necesaria para prescribir debe ser en concepto de propietario, pacífica, continua y pública. Para inmuebles, contempla cinco años cuando existe buena fe y diez cuando existe mala fe, siempre que se cumplan las demás condiciones legales.
¿Qué significa esto en palabras normales?
Imaginemos que Juan renta durante quince años una casa de María. Juan vive ahí, paga servicios, pinta las paredes, arregla una fuga y quizá hasta cambia el piso.
Todo eso demuestra que ocupa y utiliza el inmueble.
Pero también demuestra algo muy importante: Juan sabe que la casa es de María y que él está ahí porque María se la entregó en arrendamiento.
Su posesión es derivada. No posee como propietario.
La Suprema Corte ha explicado que quien recibe temporalmente el uso o disfrute de un inmueble por voluntad del propietario —como ocurre con un arrendatario— no puede simplemente transformar esa posesión en propiedad por el transcurso del tiempo. Tampoco basta comenzar a comportarse como dueño en algún momento: debe demostrarse jurídicamente el origen y la naturaleza de la posesión.
Por eso, quince años de renta no equivalen a quince años de propiedad.
¿Entonces qué significan buena y mala fe?
Aquí también hay bastante confusión.
En San Luis Potosí, es poseedor de buena fe quien entra en posesión mediante un título suficiente para darle derecho a poseer o quien desconoce los defectos de ese título. Es poseedor de mala fe quien entra sin título para poseer o conoce los defectos que le impiden hacerlo con derecho. La ley, además, presume la buena fe mientras no se demuestre lo contrario.
Un ejemplo sencillo:
Pedro compra un terreno mediante un contrato que, aparentemente, le permite adquirirlo, pero posteriormente descubre que quien se lo vendió no tenía facultades suficientes para transmitirlo. Si Pedro desconocía ese problema, puede encontrarse en un supuesto de buena fe.
En cambio, si Pedro sabe desde el principio que quien le entregó el inmueble no era propietario y aun así pretende comportarse como dueño, la situación es distinta.
Pero cuidado: mala fe no significa automáticamente delito ni elimina la posibilidad de prescribir. En San Luis Potosí, precisamente, la ley contempla la prescripción de inmuebles aun cuando exista mala fe, pero exige diez años de posesión en concepto de propietario, pacífica, continua y pública.
El Código Civil potosino contempla que puede existir un cambio en la causa de la posesión. Es decir, alguien que originalmente no poseía como dueño puede comenzar a hacerlo con ese carácter; sin embargo, el plazo de prescripción comienza a contarse desde que jurídicamente cambia esa causa.
Pero esto no ocurre porque el inquilino simplemente diga:
“Ya llevo diez años aquí, ahora soy dueño.”
Tampoco basta con dejar de pagar la renta, cambiar las cerraduras, pagar el predial o hacer remodelaciones.
Tendría que acreditarse qué hecho o acto produjo el cambio de la posesión derivada a una posesión en concepto de propietario, y desde cuándo ocurrió.
La jurisprudencia ha sido especialmente cuidadosa con este punto: quien pretende adquirir por prescripción tiene que demostrar la causa generadora de su posesión y no puede convertir, por su sola voluntad, una posesión precaria o derivada en posesión de dueño.
Entonces, ¿hay que promover un juicio?
Existe la acción de prescripción positiva, que se promueve contra quien aparece como propietario en el Registro Público de la Propiedad. Si se acredita que se cumplieron los requisitos legales, la sentencia puede declarar consumada la prescripción y, una vez inscrita, servir como título de propiedad. Así lo dispone expresamente el Código Civil potosino.
En otras palabras, nadie se convierte en propietario por decreto de sobremesa. Hay que demostrarlo ante un juez.
¿Y qué puede hacer el propietario para protegerse?
También hay una cara de esta historia que suele olvidarse.
El propietario que renta un inmueble no debería confiar únicamente en que “la escritura está a mi nombre”. Debe conservar su título de propiedad, celebrar contratos de arrendamiento por escrito, identificar plenamente al arrendatario, establecer claramente el plazo, renta y obligaciones, conservar comprobantes de pago y documentar renovaciones, modificaciones o convenios.
También es recomendable realizar inspecciones conforme a lo permitido por el contrato y la ley, conservar evidencia de que el propietario continúa ejerciendo sus derechos y, sobre todo, no ignorar indefinidamente un incumplimiento.
Si el arrendatario deja de pagar, se niega a entregar el inmueble al terminar el contrato o pretende desconocer los derechos del propietario, existen acciones legales para exigir el cumplimiento, reclamar rentas, recuperar la posesión o terminar la relación contractual, según el caso.
Y algo fundamental: nunca hay que intentar resolverlo mediante violencia, amenazas o cambiando unilateralmente las cerraduras para sacar al inquilino. El patrimonio se protege utilizando las vías legales, no creando un problema nuevo.
En concreto, sí existe una figura mediante la cual alguien puede adquirir un inmueble por el transcurso del tiempo, pero rentar no es comprar a plazos.
La prescripción exige una posesión con determinadas características, durante el plazo establecido por la ley, y debe acreditarse judicialmente. El inquilino que reconoce que otra persona es propietaria no adquiere mágicamente el inmueble porque hayan pasado diez, veinte o treinta años. Como en casi todo en la vida, el tiempo puede ser importante; pero por sí solo no hace milagros.
Lee también: Compré una casa nueva que se cae a pedazos, ¿ahora quién responde?
El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

También lee: Los espejos Olmecas, El Señor del Espejo Humeante | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
Destacadas
No voy a escribir de la caída del Huasteco…pero podría | Apuntes de Jorge Saldaña
Culto Público:
Este aprendiz de reportero podría escribir nada más porque le da la gana, que Eduardo Isaac Sánchez Zúñiga es medio hermano de Gerardo Sánchez Zumaya.
También podría decir que Héctor Manuel Portales Ávila es primo hermano de Samantha Portales Acosta, esposa del conocido como “El Huasteco”.
Si quisiera, podría teclear sin más, que el padrastro de Samantha y Simone Portales Acosta fue José Castillo Peregrin desde mayo del 2015, cuando contrajo nupcias con la mamá de ambas, Lucero Acosta Montalvo, hasta que el señor se murió en Tabasco en enero de este año.
Podría declarar al vuelo que fue justamente ese empresario huido de España el que realmente le cambió la vida al hoy venido a menos, Gerardo Sánchez Zumaya, ese empresario que pasó de vende gorras en Tanquián a proveedor de Pemex y socio de un conglomerado millonario.
También me sería fácil sacar de algún recoveco de mi inquieta imaginación que en un bonito día de abril (el nueve) de 2013, mientras Castillo Peregrin era novio de Acosta Montalvo y Sánchez Zumaya, novio de Samantha Portales, se creó la empresa Grupo Mineral (signo de “and”) logistic Comercializadora de Minerales y Construcción S.A. de C.V. (che nombresote…) en el pintoresco y pequeño municipio de Tancanhuitz.
Siete meses después, uno de los socios de esa empresa, con un capital de 50 mil pesos, “donó” (la gente de allá es generosa qué le vamos a hacer) sus acciones y en noviembre del mismo 2013 José Castillo Peregrin, el cincuentón presuegro de Zumaya, se convirtió en el administrador general de dicha empresa.
Si así le seguimos, en la dinámica en la que soy muy irresponsable en mis afirmaciones, también escribiría sobre todo el entramado familiar que existe entre Tanquián y Tabasco: Un árbol genealógico caótico, confuso, lleno de pasiones prohibidas, triángulos amorosos, traiciones, nombres y apellidos idénticos, relaciones hasta incestuosas (que entre primos en primer grado en México no son consideradas como tal -pero de todos modos “iu”-).
Para que Usted mi Culto Público tenga una idea, la familia Buendía en “Cien años de soledad”, allá en la ficción maravillosa del Gabo, se quedaría corta y sonrojada.
Ya sé que el tema familiar es intriga y prima hermana del chisme, pero dadas las circunstancias (recuerde que hasta ahorita solo las estoy imaginando) esas relaciones se convierten en interés periodístico por la trazabilidad de los hidrocarburos ilegales, del dinero a manos llenas que produjeron, de las facturas que lo bancarizaron, de la simulación societaria que se ejecutó, y de un delito que se llama lavado y se apellida de dinero, aquí donde los apellidos importan y…no mienten.
Pero no voy solo a escribir todo eso. Haré algo mejor.
Puede ser que tenga en mi poder acta por acta, fecha por fecha, empresa por empresa, notario por notario, actas de nacimiento, matrimonio, defunción, facturas, montos, direcciones (esas no serían publicables ¿ok?) y códigos postales repetidos tantas veces como los nombres de notarios tabasqueños casualmente usados en innumerables ocasiones por la colmena GESA “bien raro” incluso en las mismas fechas, en que también protocolizaron actos notariales personajes como Jorge Amílcar Olán Aparicio (el mismísimo).
Del expediente del que le hablo solo supongo que está enterada tanto la UIF, a través del que imagino es su correo: [email protected] como el departamento respectivo del SAT que igual tiene un mail como: [email protected] –
De todos estos datos y pruebas documentales seguro está enterada la federación.
De la estructura de simulación en la que se donaron y/o vendieron acciones con el objetivo de esconder que el beneficiario de las cuentas y recursos seguía siendo un mismo personaje que notarialmente quedaba desligado pero bancariamente acreditado, y que trabajó entre 2015 (año de las bodas en Tanquián) al 2025 para otros muy famosos personajes de la prensa nacional a los que hoy no se pueden nombrar sin recordar la palabra huachicol, también está enterada la Secretaría de Gobernación por ser un tema de interés para la nación. (No nada más porque sea paisana)
Quizá por eso es que se congelaron algunas muy grandes cuentas del banco Santander y otros hace algunas semanas.
Quizá por eso se le vio a Gerardo Sánchez Zumaya el 22 y 23 de septiembre en reuniones y oficinas de funcionarios del más alto nivel en la CDMX.
Quizás en una de esas reuniones, al bravucón Huasteco se le escaparon algunos adjetivos, nombres y datos de más (lo que se conoce como “se fue de hocico y embarró a medio mundo”)
Quizás en una de esas lo grabaron…
Tal vez no salió muy bien el intento de ir a reclamar en voz alta y sonsonete de Tanquián el “trato injusto” recibido a cambio de “apoyar y financiar a los amigos”.
Quizás por eso es que el comunicado fantasmagórico del 23 de septiembre, con el que se dijo que Sánchez Zumaya dejaba de buscar la candidatura al gobierno del estado potosino, no existió.
Según un relato que me contaron en un sueño, un “sí” con la cabeza del Huasteco permitió que se le atribuyeran declaraciones urgentes sobre “reflexivas circunstancias personales que requieren prioridad” y estas fueran repartidas a medios de comunicación nacionales.
Nadie le pidió dejar de ser candidato -que conste-
La decisión de Zumaya fue algo entre derrota, penitencia, ofrenda… y súplica.
¿Quién pudo dar la información necesaria para que la investigación más grande contra el huachicol fiscal apuntara a Gerardo Sánchez?
Yo no podría decirlo, pero sí recuerdo que Héctor Manuel Portales Ávila, primo hermano de la esposa de Sánchez Zumaya, fue uno de los detenidos en el más grande golpe contra las redes de huachicol en México.
Héctor Manuel fue administrador de la empresa MetraFletes, a través de la que según la investigación se movieron más de 10 millones de litros de hidrocarburos ilegales.
Los miles…sí, miles de millones que toda la red significaba tenían que parar en algún lado.
Gerardo se hizo un lado en su aspiración política.
El primo político, en junio recobró su libertad a cambio de ofrecer pruebas a la FGR.
Ni modo primo. Ni modo Huasteco. Todo se derrumbó y dicen que desde el Zócalo cuando se toca el tema alguien tararea: “Te vas porque yo quiero que te vayas…y a la hora que yo quiera te detengo”.
De acuerdo al psicoanálisis, la proyección psicológica es un mecanismo de defensa primitivo e inconsciente por el cual una persona atribuye a otros sus propios defectos, impulsos, pensamientos o emociones inaceptables.
¿Por qué le digo esto?
Porque en aquel video con el que el Huasteco salió a la luz pública y se hizo viral por lo alterado e iracundo de su tono, Gerardo repite 8 veces la palabra “delincuente”, 5 veces la palabra “miedo” y dos veces la palabra “tonto”. Nada más por eso.
Yo soy Jorge Saldaña.
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