Columna de Nefrox
Liga de miedo | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Testeando
La ruleta empezó y empezó muy mal. Apenas los primeros partidos de la “nueva Liga MX” se habían jugado en torneos amistosos, cuando ya comenzaron a hacer estragos. Contagios, segundas pruebas, suspensiones y ni siquiera ha arrancado el torneo en forma.
FC Juárez y Mazatlán FC han sido los dos primeros equipos en sonar las alarmas: posibles brotes dentro del plantel impedirían a ambos equipos presentarse a jugar; la solución de la liga: aplazar los partidos.
Sin embargo, no son los únicos que han levantado sospechas. Estos dos equipos estuvieron hace pocos días en contacto con otros más, que propablemente tendrían jugadores que estuvieron cerca de alguno de los hoy sospechosos de dar positivo al covid-19.
Los protocolos de la liga son un tanto débiles: practicar pruebas continuamente a cada equipo y, en caso de sospecha suspender los partidos, parece no ser una medida para salvaguardar la salud de los jugadores y por ende de sus familias. Un torneo que se cae a pedazos y ni siquiera hemos comenzado.
Habrá que esperar y no ser pesimistas; otras ligas en otros países han logrado continuar a pesar de la adversidad. Ojalá los protocolos sean lo suficientemente claros y consistentes para evitar brotes por partidos y ojalá el calendario no se vea tan afectado en las próximas semanas, ya que de ser así, la liga tendría que replantearse la posibilidad de continuar con los juegos. Nada está dicho, literalmente cualquier cosa puede pasar.
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Columna de Nefrox
Semana de clásico | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay partidos que uno marca en el calendario por lo que pueden representar para el torneo y otros que señala porque no quiere perderse la oportunidad de ganarlos. El Atlético de San Luis contra Querétaro pertenece a esa segunda categoría. No importa demasiado cómo llegue cada equipo, cuántos puntos tenga o qué lugar ocupe en la clasificación: cuando aparece Gallos enfrente, el partido adquiere una dimensión que no siempre se puede explicar con estadísticas.
El martes, el Alfonso Lastras volverá a recibir una edición del Clásico de la 57. Y para entender por qué importa tanto, hay que mirar más allá de los noventa minutos que están por disputarse. Esta rivalidad ha atravesado distintas épocas del fútbol mexicano, ha visto cambiar escudos, plantillas y categorías, y ha conseguido mantenerse vigente mientras otras historias se quedaron en el recuerdo.
San Luis y Querétaro tienen una cercanía que va más allá de la geografía. Son dos ciudades que comparten una región, una vía de comunicación y una rivalidad deportiva que se ha alimentado con el paso de las generaciones. La carretera que une a ambas también ha servido para transportar las discusiones futboleras de una ciudad a otra. En una dirección viajan las bromas; en la contraria regresan las respuestas. Y cuando llega el día del partido, cada quien quiere tener la última palabra.
Pero sería demasiado sencillo reducir este encuentro a una cuestión de proximidad. Hay rivalidades que nacen cerca y nunca llegan a convertirse en algo importante. Esta sí lo hizo porque tuvo partidos que dejaron huella, enfrentamientos que definieron destinos y una final de ascenso que todavía forma parte de la memoria del fútbol potosino.
Para San Luis, la historia contra Querétaro no está hecha únicamente de resultados. También está construida con los recuerdos de quienes acompañaron al equipo cuando pelear en las categorías inferiores era parte de la vida cotidiana. Aquella final de 2005, cuando los potosinos consiguieron el ascenso a Primera División frente a Gallos, representa uno de esos capítulos que ayudan a entender por qué esta rivalidad conserva una carga emocional particular.
Quien estuvo ahí sabe que un partido puede durar noventa minutos, pero su recuerdo puede acompañarte durante años.
Y quienes no vivieron aquella época han encontrado sus propias razones para querer ganar este enfrentamiento. Cada generación recibe una rivalidad que ya existía y tiene la oportunidad de agregarle sus propias historias. Así funciona el fútbol: heredamos los colores, escuchamos las anécdotas de nuestros padres y abuelos y, tarde o temprano, terminamos teniendo nuestros propios partidos inolvidables.
Por eso el martes no será suficiente con mirar la tabla para entender lo que está en juego.
El Atlético de San Luis necesita hacer valer su condición de local, pero también debe comprender que jugar un clásico requiere algo más que salir motivado. El entusiasmo es importante, aunque no resuelve por sí solo los problemas que aparecen cuando el rival encuentra espacios, presiona la salida o consigue que el partido se juegue bajo sus condiciones.
Querétaro llegará con la intención de incomodar. Es lo que suele buscar cualquier visitante cuando sabe que enfrente tiene a un adversario que necesita responder ante su gente. Gallos no tendrá ninguna obligación de facilitarle las cosas al Atlético y seguramente encontrará en la rivalidad un motivo adicional para competir.
Para los queretanos, ganar en San Luis significa regresar a casa con una satisfacción que no se mide únicamente en puntos. Para los potosinos, perder frente al vecino puede convertir una noche complicada en varios días de conversaciones incómodas. Esa es una de las particularidades de los clásicos: el resultado no desaparece cuando termina el partido, sino que sigue presente en las reuniones, las oficinas y las conversaciones entre amigos.
Por eso el Atlético debe evitar que el deseo de ganar se convierta en una presión que termine jugando en su contra.
El Alfonso Lastras puede ser una ventaja importante si el equipo consigue contagiar a la tribuna con su fútbol. Pero la localía también exige responsabilidad. No basta con reconocer la importancia del partido; hay que jugarlo con inteligencia. San Luis tendrá que encontrar la manera de imponer su ritmo, evitar errores que le den vida al rival y mantener la concentración incluso cuando el encuentro se vuelva áspero.
Porque nadie puede asegurar que será un partido cómodo.
En los clásicos, las diferencias entre los equipos pueden reducirse cuando el balón comienza a rodar. Un conjunto que llega con mejores resultados puede encontrarse con un rival dispuesto a disputar cada pelota como si fuera la última. Una jugada a balón parado, una expulsión o un error en la salida pueden modificar todo lo que se había preparado durante la semana.
Y si algo debe tener claro San Luis es que Querétaro no necesita dominar el encuentro para complicarle la noche.
Por eso el martes será importante saber jugar con la cabeza fría. La intensidad tendrá que estar presente, pero también la paciencia para no convertir cada ataque en una obligación de terminar la jugada. Un clásico se puede ganar con una gran actuación, pero también con la capacidad de reconocer cuándo hay que insistir y cuándo conviene cuidar el partido.
La afición, por supuesto, tendrá su papel. El Alfonso Lastras debe sentirse como la casa del Atlético, un lugar donde el equipo encuentre respaldo y donde el visitante entienda la importancia que tiene este encuentro para quienes están en las tribunas. No hace falta convertir el partido en una guerra para demostrar que existe rivalidad. Basta con vivirlo con la pasión que merece y recordar que el fútbol tiene sentido precisamente porque nos permite defender nuestros colores sin dejar de reconocer al adversario.
Además, el calendario ofrece una nueva oportunidad para escribir una historia propia. Los resultados de otras temporadas no decidirán lo que ocurra el martes. Tampoco lo harán las goleadas, los tropiezos ni las celebraciones que cada afición conserva en la memoria. Todo eso forma parte del contexto, pero el partido que viene todavía está por jugarse.
Y ahí está la responsabilidad del Atlético.
No puede salir al campo pensando que la tradición resolverá los problemas. Tiene que ganarse el resultado con fútbol, con disciplina y con la convicción de que su gente merece una noche para celebrar. En una temporada llena de altibajos, un triunfo ante Querétaro puede tener un efecto emocional importante, aunque tampoco conviene confundir una victoria en el clásico con la solución definitiva a todos los pendientes del equipo.
Son dos asuntos distintos: competir bien durante el torneo y responder en un partido que tiene un significado especial.
San Luis necesita ambas cosas.
El martes, el Atlético tendrá delante a un rival que conoce la importancia de este enfrentamiento y que llegará con la intención de llevarse algo más que tres puntos. El margen para las distracciones será pequeño y cualquier error puede terminar pesando más de lo habitual.
Por eso vale la pena recordar que la rivalidad no necesita exageraciones para ser importante. No requiere que se prometa una final ni que se inventen cuentas pendientes. Su historia está ahí, construida por los equipos y las personas que han mantenido vivo el enfrentamiento durante décadas.
Ahora les toca a los jugadores actuales agregar su parte.
Cuando el árbitro marque el final, alguien podrá presumir la victoria y alguien tendrá que soportar las bromas de la semana. Así ha sido durante años y probablemente seguirá siendo así durante muchos más. Esa es la parte cotidiana y, al mismo tiempo, entrañable del fútbol regional: los partidos terminan, pero la rivalidad encuentra la manera de permanecer.
El martes, San Luis tiene la oportunidad de defender su casa y regalarle a su gente una alegría que tendrá un sabor distinto al de cualquier otra victoria. Querétaro intentará impedirlo. Y entre ambos volverán a darle sentido a una historia que no pertenece solamente a los clubes, sino también a las ciudades que representan.
Porque el Clásico de la 57 no se juega únicamente en la cancha.
También se juega en la memoria de quienes lo han seguido durante años, en las historias que pasan de una generación a otra y en esa necesidad tan sencilla de querer que gane el equipo de casa.
El martes, el Alfonso Lastras tendrá la palabra.
Y San Luis tendrá que responder donde más importa: dentro del campo.
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Columna de Nefrox
El color y la esperanza | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
En el fútbol hay victorias que sirven para sumar tres puntos y otras que sirven para recuperar algo que un equipo había perdido. A veces es la confianza, otras la tranquilidad y, en ocasiones, esa sensación de que las cosas pueden comenzar a salir bien después de semanas en las que todo parecía cuesta arriba. Atlético de San Luis llega al partido del próximo domingo contra Santos Laguna con la posibilidad de conseguir precisamente eso: una tercera victoria consecutiva que le permita comenzar a mirar su torneo desde otra perspectiva.
No es un asunto menor. Para encontrar la última ocasión en que los potosinos consiguieron tres triunfos seguidos en la Liga MX hay que regresar al Apertura 2023 (ese mismo torneo obtuvo 5 victorias al hilo, algo no visto por un cuadro local desde 2008). Aquella racha incluyó victorias ante Querétaro, Puebla y León, esta última el 23 de agosto de aquel año. Desde entonces, San Luis no ha logrado repetir esa secuencia de tres partidos ganados al hilo. Han pasado torneos, entrenadores, jugadores y proyectos, pero esa pequeña barrera sigue ahí, esperando a que alguien la derribe.
Por eso el encuentro del domingo tiene un significado especial.
El San Luis viene de conseguir dos victorias consecutivas y, después de un comienzo que volvió a despertar las dudas de su gente, parece haber encontrado una oportunidad para enderezar el camino. Primero fue necesario recuperar los puntos; ahora hace falta algo más difícil: darle continuidad a lo que empieza a funcionar.
Porque en el fútbol mexicano estamos acostumbrados a que una victoria se convierta rápidamente en motivo de celebración y una derrota en el principio de una nueva crisis. Nos movemos de un extremo al otro con una facilidad extraordinaria. Un equipo gana y parece que encontró la fórmula; pierde y de pronto todo vuelve a estar mal. Sin embargo, los torneos no se construyen con una tarde buena ni se pierden necesariamente con una mala. Se construyen con la capacidad de repetir las cosas que funcionan.
Eso es lo que San Luis necesita demostrar.
El triunfo ante Pumas en Ciudad Universitaria, con un marcador de 3-2, tuvo un valor importante porque se consiguió fuera de casa y ante un rival que siempre representa una prueba exigente. No fue solamente una victoria para la tabla; fue una oportunidad para que el equipo recuperara confianza y llegara al siguiente compromiso con algo que durante buena parte del torneo le había faltado: la posibilidad de mirar hacia adelante sin cargar inmediatamente con el peso del resultado anterior.
Ahora viene Santos Laguna, y sería un error pensar que la visita de los Guerreros representa una oportunidad sencilla.
Porque mientras San Luis busca su tercera victoria consecutiva, Santos también parece haber encontrado una manera de despertar. El equipo lagunero llega después de vencer a FC Juárez, Toluca y Pachuca, tres resultados que le permitieron sumar nueve puntos de nueve posibles. El triunfo más reciente, un 1-0 ante los Tuzos, confirmó que los de Torreón no llegan al Alfonso Lastras únicamente a cumplir con el calendario.
Y eso cambia el escenario.
Santos ha sido uno de esos equipos que durante los últimos torneos han vivido lejos de las expectativas que alguna vez construyeron. Una institución acostumbrada a competir, a formar jugadores, a ganar campeonatos y a representar una plaza futbolera importante ha tenido que convivir con temporadas complicadas y con la sensación de que recuperar su lugar en la Liga MX requiere mucho más que recordar lo que fue.
Pero el fútbol tiene una memoria muy particular. Puede pasar meses recordándote tus problemas y después regalarte una semana que te permite imaginar un futuro diferente.
Tres victorias no convierten automáticamente a Santos en candidato a nada, pero sí le permiten llegar a San Luis con argumentos. Ganarle a Juárez, Toluca y Pachuca no es lo mismo que encadenar resultados contra equipos que atraviesan una mala racha. Son partidos que pueden ayudar a recuperar la confianza de un vestidor y a convencer a los jugadores de que existe una manera de competir.
El verdadero reto para los laguneros será demostrar que lo ocurrido no fue solamente un buen momento, sino el principio de una recuperación. Porque despertar en el fútbol es relativamente fácil; mantenerse despierto es lo complicado.
Y San Luis tendrá que enfrentarse precisamente a esa versión de Santos.
Lo interesante es que los dos equipos llegan con algo que defender. Los potosinos quieren convertir sus últimas victorias en una racha que les permita cambiar la conversación sobre su torneo. Los laguneros quieren demostrar que su reacción es real y que todavía pueden construir una segunda parte del campeonato mucho más digna que la primera.
Ninguno puede darse el lujo de pensar que ya hizo suficiente.
Para Atlético de San Luis, la tercera victoria consecutiva tendría un valor que va más allá de los números. Significaría romper una racha que se ha prolongado desde el Apertura 2023 y comenzar a construir una pequeña identidad alrededor de los resultados. También permitiría que el equipo dejara de vivir únicamente de las explicaciones sobre su mal comienzo y empezara a generar razones para creer en lo que viene.
Porque una cosa es decir que el calendario fue complicado, que el equipo necesitaba tiempo o que los jugadores debían adaptarse a una idea. Y otra muy diferente es comenzar a responder en la cancha.
El domingo es una oportunidad para hacer precisamente eso.
También será una prueba para la afición. La gente de San Luis ha vivido suficientes altibajos como para saber que dos victorias no resuelven todos los problemas. Pero también sabe reconocer cuándo un equipo comienza a ofrecer señales de vida. No hace falta prometer una liguilla ni hablar de grandes objetivos para recuperar un poco de ilusión. A veces basta con ver que el equipo compite, que tiene una idea y que puede sostenerla durante varios partidos.
El fútbol necesita resultados, por supuesto, pero también necesita continuidad. De poco sirve ganar un domingo si el siguiente partido vuelve a convertirse en una colección de dudas. Las rachas no garantizan campeonatos, aunque sí pueden cambiar el ánimo de una temporada. Y para un equipo que ha tenido que explicar demasiado durante los últimos meses, empezar a ganar con regularidad sería una noticia importante.
Además, existe un antecedente que puede jugar a favor de los potosinos: San Luis ha ganado sus últimos cinco enfrentamientos de Liga MX ante Santos Laguna. El historial reciente le ofrece confianza, aunque no garantiza absolutamente nada cuando el árbitro hace sonar el silbato. Los antecedentes sirven para alimentar la conversación, no para ganar los partidos.
El domingo habrá que volver a empezar.
Santos llegará con la ilusión de confirmar su despertar. San Luis tendrá enfrente la posibilidad de demostrar que sus dos últimas victorias no fueron un paréntesis agradable dentro de una temporada irregular, sino el inicio de algo que puede sostenerse.
Y ahí está la importancia de este encuentro.
No estamos hablando de una final, ni de un partido que defina por sí solo el destino de ambos equipos. Todavía hay camino por recorrer. Pero existen tardes que, sin tener un trofeo en juego, sirven para establecer una dirección. Tardes en las que un equipo decide si se conforma con haber mejorado un poco o si está dispuesto a convertir esa mejoría en una costumbre.
San Luis necesita ganar el domingo porque la tercera victoria consecutiva puede representar mucho más que tres puntos. Puede ser la oportunidad de romper una barrera histórica reciente, de recuperar la confianza de su gente y de comenzar a construir una segunda parte del torneo que tenga sentido.
Santos, por su parte, llega con la intención de demostrar que también tiene derecho a cambiar su historia.
Y quizá eso sea lo más interesante de este partido: los dos equipos necesitan confirmar que el pasado reciente no tiene por qué determinar lo que viene.
Uno quiere demostrar que finalmente encontró la continuidad que tanto le ha faltado. El otro quiere comprobar que su despertar no fue una ilusión pasajera.
El domingo, en el Alfonso Lastras, no habrá garantías para nadie. Habrá una pelota, dos equipos y noventa minutos para comprobar quién está preparado para dar el siguiente paso.
Porque en el fútbol ganar una vez puede ser una sorpresa.
Ganar dos veces puede ser una buena noticia.
Pero ganar tres veces seguidas empieza a parecerse a una declaración de intenciones.
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El nuevo fútbol | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Durante muchos años, el fútbol tuvo una manera muy particular de presentarnos a sus protagonistas. Los conocíamos por sus goles, por sus pases, por sus atajadas o por aquella capacidad que tenían para resolver un partido cuando parecía que ya no había nada por hacer. Algunos se convirtieron en leyendas, otros en símbolos de sus países y unos cuantos alcanzaron ese lugar reservado para los futbolistas que trascienden generaciones.
Hoy, sin embargo, estamos empezando a encontrarlos en otro sitio. Ya no aparecen en las alineaciones como titulares, ni los esperamos para cobrar un tiro libre o para cambiar el rumbo de una final. Ahora los vemos caminando por la zona técnica, conversando con sus auxiliares, preparando cambios y tratando de explicar desde afuera aquello que antes resolvían dentro de la cancha.
El fútbol está viviendo una interesante transición: una generación de grandes jugadores comienza a tomar el control de las selecciones nacionales.
Zinedine Zidane, Xavi Hernández, Diego Forlán, Rafael Márquez, Marcelo Gallardo, Patrick Vieira y Mauricio Pochettino son algunos de los nombres que representan esta conexión entre dos épocas. Cada uno tiene una historia distinta, una formación diferente y una manera particular de entender el juego, pero todos comparten algo: antes de convertirse en responsables de un proyecto deportivo, tuvieron que ganarse un lugar en el fútbol mundial con una pelota en los pies.
El caso de Zidane tiene un significado especial. Durante mucho tiempo, su nombre estuvo ligado a una posibilidad que parecía inevitable: dirigir a Francia. Después de conquistar prácticamente todo lo que podía ganar como futbolista y de construir una trayectoria extraordinaria en el Real Madrid, llegó el momento de hacerse cargo de una selección que conoce desde sus entrañas. Zidane sabe lo que significa representar a Francia, lo que implica disputar una Copa del Mundo y lo que se siente cargar con las expectativas de todo un país. Ahora tendrá que transmitir ese conocimiento a una generación que lo recuerda más como una figura histórica que como un compañero de vestidor.
Xavi representa otra clase de desafío. Su carrera estuvo marcada por una manera muy particular de interpretar el fútbol. Fue uno de esos jugadores capaces de encontrar soluciones donde los demás solamente veían espacios cerrados. Su siguiente capítulo como entrenador lo lleva a Países Bajos, un país con una tradición futbolística muy definida y una relación histórica con el juego de posesión. Será interesante observar cómo conviven dos culturas que, aunque tienen puntos de encuentro, también poseen sus propias características.
En Uruguay, Diego Forlán representa el regreso de una figura que conoce perfectamente la exigencia de vestir la camiseta celeste. Su nombre está asociado a una de las mejores etapas recientes de la selección uruguaya y a un Mundial de Sudáfrica 2010 en el que fue protagonista. Ahora tiene que cambiar la perspectiva: dejar de pensar en cómo encontrar el gol para preocuparse por cómo construir un equipo capaz de generarlo.
Y si hablamos de historias que tienen un componente emocional, la de Rafael Márquez merece un espacio aparte. El futbolista que durante tantos años fue capitán de México ahora tiene la responsabilidad de conducir a una nueva generación de seleccionados. Su transición comenzó desde el trabajo como auxiliar y ahora representa uno de los proyectos más interesantes del fútbol mexicano rumbo a 2030.
Márquez conoce el escenario internacional, jugó en algunas de las instituciones más importantes de Europa y participó en cinco Copas del Mundo. Pero ninguna de esas experiencias garantiza el éxito como entrenador. Esa es precisamente la parte fascinante de su nuevo desafío: tendrá que demostrar que todo lo aprendido como jugador puede convertirse en una herramienta para construir una selección competitiva.
Marcelo Gallardo, por su parte, representa una historia diferente. Su trayectoria en los banquillos ya tiene capítulos importantes y su nombre se convirtió en una referencia del fútbol sudamericano. Ahora, al frente de Ecuador, tendrá que demostrar que su propuesta puede adaptarse a un entorno distinto. En este caso no se trata de regresar a la selección que defendió como jugador, sino de encontrar una identidad con futbolistas que tienen otras características y que representan otra cultura deportiva, de un Ecuador que vive su generación dorada aún con la cuota pendiente de no haber ganado algo.
También hay espacio para Patrick Vieira y Mark van Bommel, dos exfutbolistas que conocen perfectamente lo que significa competir al máximo nivel. Vieira, referente de Francia y del Arsenal, tiene ahora una responsabilidad internacional con Senegal. Van Bommel, protagonista de grandes equipos europeos y de la selección neerlandesa, también forma parte de esta generación de antiguos jugadores que buscan trasladar su experiencia al trabajo de selección.
Y en esta conversación no puede faltar Mauricio Pochettino. Su trayectoria como entrenador ya tiene una dimensión propia, pero también fue futbolista internacional con Argentina. Su presencia al frente de Estados Unidos demuestra que no todos los caminos de esta generación conducen de regreso a sus países de origen. A veces, la experiencia adquirida como jugador termina convirtiéndose en una oportunidad para dirigir un proyecto completamente diferente.
Lo interesante es que no estamos hablando de una simple colección de nombres famosos. Sería muy sencillo pensar que basta con haber sido una estrella para convertirse en un buen entrenador, pero el fútbol ha demostrado muchas veces que ambas profesiones requieren capacidades distintas. Conocer el juego desde la cancha ayuda, pero dirigir implica administrar egos, tomar decisiones difíciles, construir relaciones y encontrar respuestas cuando las cosas no salen como se habían planeado.
Un extraordinario mediocampista no necesariamente será un extraordinario estratega. Un delantero histórico no tiene garantizado el éxito al elegir una alineación. Y un capitán acostumbrado a levantar la voz en el vestidor puede descubrir que dirigir a un grupo de futbolistas es mucho más complicado que conducir a sus compañeros dentro del campo.
Por eso vale la pena seguir esta nueva etapa con curiosidad, pero también con paciencia.
Lo que estamos viendo es el paso de una generación que creció bajo las órdenes de entrenadores que hoy son parte de la historia. Algunos aprendieron de técnicos que revolucionaron el juego; otros compartieron vestidor con futbolistas que después también se convirtieron en estrategas. Todos llevan consigo una colección de experiencias que ahora tendrán que transformar en decisiones.
Quizá dentro de algunos años recordemos este periodo como el momento en que varias de las grandes figuras de nuestra memoria futbolística encontraron una segunda profesión dentro del mismo deporte. O quizá algunos descubran que el lugar que mejor les quedaba era aquel donde podían decidir con los pies y no con una pizarra.
Todavía es pronto para saberlo.
Lo que sí sabemos es que el fútbol tiene una manera muy particular de cerrar sus ciclos. Los jugadores que alguna vez fueron los encargados de cumplir las instrucciones ahora tienen que escribirlas. Aquellos que esperaban una oportunidad para entrar al campo ahora deben decidir quién merece tenerla. Los que alguna vez fueron parte de una generación dorada tienen la responsabilidad de preparar a quienes intentarán construir la siguiente.
Y eso convierte a esta nueva camada de entrenadores en algo más que una noticia de actualidad.
Es el momento en que nuestros antiguos ídolos comienzan a convertirse en los responsables del futuro. El fútbol les dio la oportunidad de ser recordados por lo que hicieron como jugadores; ahora les toca descubrir si también podrán dejar una huella desde el banquillo.
Porque una cosa es formar parte de la historia de una selección.
Y otra muy distinta es tener que construir su siguiente capítulo.
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