Columna de Nefrox
El nuevo fútbol | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Durante muchos años, el fútbol tuvo una manera muy particular de presentarnos a sus protagonistas. Los conocíamos por sus goles, por sus pases, por sus atajadas o por aquella capacidad que tenían para resolver un partido cuando parecía que ya no había nada por hacer. Algunos se convirtieron en leyendas, otros en símbolos de sus países y unos cuantos alcanzaron ese lugar reservado para los futbolistas que trascienden generaciones.
Hoy, sin embargo, estamos empezando a encontrarlos en otro sitio. Ya no aparecen en las alineaciones como titulares, ni los esperamos para cobrar un tiro libre o para cambiar el rumbo de una final. Ahora los vemos caminando por la zona técnica, conversando con sus auxiliares, preparando cambios y tratando de explicar desde afuera aquello que antes resolvían dentro de la cancha.
El fútbol está viviendo una interesante transición: una generación de grandes jugadores comienza a tomar el control de las selecciones nacionales.
Zinedine Zidane, Xavi Hernández, Diego Forlán, Rafael Márquez, Marcelo Gallardo, Patrick Vieira y Mauricio Pochettino son algunos de los nombres que representan esta conexión entre dos épocas. Cada uno tiene una historia distinta, una formación diferente y una manera particular de entender el juego, pero todos comparten algo: antes de convertirse en responsables de un proyecto deportivo, tuvieron que ganarse un lugar en el fútbol mundial con una pelota en los pies.
El caso de Zidane tiene un significado especial. Durante mucho tiempo, su nombre estuvo ligado a una posibilidad que parecía inevitable: dirigir a Francia. Después de conquistar prácticamente todo lo que podía ganar como futbolista y de construir una trayectoria extraordinaria en el Real Madrid, llegó el momento de hacerse cargo de una selección que conoce desde sus entrañas. Zidane sabe lo que significa representar a Francia, lo que implica disputar una Copa del Mundo y lo que se siente cargar con las expectativas de todo un país. Ahora tendrá que transmitir ese conocimiento a una generación que lo recuerda más como una figura histórica que como un compañero de vestidor.
Xavi representa otra clase de desafío. Su carrera estuvo marcada por una manera muy particular de interpretar el fútbol. Fue uno de esos jugadores capaces de encontrar soluciones donde los demás solamente veían espacios cerrados. Su siguiente capítulo como entrenador lo lleva a Países Bajos, un país con una tradición futbolística muy definida y una relación histórica con el juego de posesión. Será interesante observar cómo conviven dos culturas que, aunque tienen puntos de encuentro, también poseen sus propias características.
En Uruguay, Diego Forlán representa el regreso de una figura que conoce perfectamente la exigencia de vestir la camiseta celeste. Su nombre está asociado a una de las mejores etapas recientes de la selección uruguaya y a un Mundial de Sudáfrica 2010 en el que fue protagonista. Ahora tiene que cambiar la perspectiva: dejar de pensar en cómo encontrar el gol para preocuparse por cómo construir un equipo capaz de generarlo.
Y si hablamos de historias que tienen un componente emocional, la de Rafael Márquez merece un espacio aparte. El futbolista que durante tantos años fue capitán de México ahora tiene la responsabilidad de conducir a una nueva generación de seleccionados. Su transición comenzó desde el trabajo como auxiliar y ahora representa uno de los proyectos más interesantes del fútbol mexicano rumbo a 2030.
Márquez conoce el escenario internacional, jugó en algunas de las instituciones más importantes de Europa y participó en cinco Copas del Mundo. Pero ninguna de esas experiencias garantiza el éxito como entrenador. Esa es precisamente la parte fascinante de su nuevo desafío: tendrá que demostrar que todo lo aprendido como jugador puede convertirse en una herramienta para construir una selección competitiva.
Marcelo Gallardo, por su parte, representa una historia diferente. Su trayectoria en los banquillos ya tiene capítulos importantes y su nombre se convirtió en una referencia del fútbol sudamericano. Ahora, al frente de Ecuador, tendrá que demostrar que su propuesta puede adaptarse a un entorno distinto. En este caso no se trata de regresar a la selección que defendió como jugador, sino de encontrar una identidad con futbolistas que tienen otras características y que representan otra cultura deportiva, de un Ecuador que vive su generación dorada aún con la cuota pendiente de no haber ganado algo.
También hay espacio para Patrick Vieira y Mark van Bommel, dos exfutbolistas que conocen perfectamente lo que significa competir al máximo nivel. Vieira, referente de Francia y del Arsenal, tiene ahora una responsabilidad internacional con Senegal. Van Bommel, protagonista de grandes equipos europeos y de la selección neerlandesa, también forma parte de esta generación de antiguos jugadores que buscan trasladar su experiencia al trabajo de selección.
Y en esta conversación no puede faltar Mauricio Pochettino. Su trayectoria como entrenador ya tiene una dimensión propia, pero también fue futbolista internacional con Argentina. Su presencia al frente de Estados Unidos demuestra que no todos los caminos de esta generación conducen de regreso a sus países de origen. A veces, la experiencia adquirida como jugador termina convirtiéndose en una oportunidad para dirigir un proyecto completamente diferente.
Lo interesante es que no estamos hablando de una simple colección de nombres famosos. Sería muy sencillo pensar que basta con haber sido una estrella para convertirse en un buen entrenador, pero el fútbol ha demostrado muchas veces que ambas profesiones requieren capacidades distintas. Conocer el juego desde la cancha ayuda, pero dirigir implica administrar egos, tomar decisiones difíciles, construir relaciones y encontrar respuestas cuando las cosas no salen como se habían planeado.
Un extraordinario mediocampista no necesariamente será un extraordinario estratega. Un delantero histórico no tiene garantizado el éxito al elegir una alineación. Y un capitán acostumbrado a levantar la voz en el vestidor puede descubrir que dirigir a un grupo de futbolistas es mucho más complicado que conducir a sus compañeros dentro del campo.
Por eso vale la pena seguir esta nueva etapa con curiosidad, pero también con paciencia.
Lo que estamos viendo es el paso de una generación que creció bajo las órdenes de entrenadores que hoy son parte de la historia. Algunos aprendieron de técnicos que revolucionaron el juego; otros compartieron vestidor con futbolistas que después también se convirtieron en estrategas. Todos llevan consigo una colección de experiencias que ahora tendrán que transformar en decisiones.
Quizá dentro de algunos años recordemos este periodo como el momento en que varias de las grandes figuras de nuestra memoria futbolística encontraron una segunda profesión dentro del mismo deporte. O quizá algunos descubran que el lugar que mejor les quedaba era aquel donde podían decidir con los pies y no con una pizarra.
Todavía es pronto para saberlo.
Lo que sí sabemos es que el fútbol tiene una manera muy particular de cerrar sus ciclos. Los jugadores que alguna vez fueron los encargados de cumplir las instrucciones ahora tienen que escribirlas. Aquellos que esperaban una oportunidad para entrar al campo ahora deben decidir quién merece tenerla. Los que alguna vez fueron parte de una generación dorada tienen la responsabilidad de preparar a quienes intentarán construir la siguiente.
Y eso convierte a esta nueva camada de entrenadores en algo más que una noticia de actualidad.
Es el momento en que nuestros antiguos ídolos comienzan a convertirse en los responsables del futuro. El fútbol les dio la oportunidad de ser recordados por lo que hicieron como jugadores; ahora les toca descubrir si también podrán dejar una huella desde el banquillo.
Porque una cosa es formar parte de la historia de una selección.
Y otra muy distinta es tener que construir su siguiente capítulo.
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La última oportunidad | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay partidos que llegan con la etiqueta de “uno más” y hay otros que, aunque nadie quiera decirlo demasiado fuerte, comienzan a parecerse a una última oportunidad. El Atlético de San Luis recibe mañana al Necaxa y, para los potosinos, el partido tiene mucho más significado del que podría tener una jornada cualquiera del calendario. Porque mientras los Rayos llegan con técnico nuevo, los de casa llegan con la obligación de demostrar que todavía tienen algo que decir en este torneo.
Necaxa estrena entrenador. Y no es cualquier entrenador. Juan Reynoso vuelve a México, vuelve a la Liga MX y, además, regresa a una institución que conoce perfectamente. Ahí terminó su carrera como futbolista, ahí comenzó también su camino en los cuerpos técnicos y ahora vuelve para intentar rescatar a un equipo que después de ocho jornadas suma apenas ocho puntos.
Eso, por supuesto, hace todavía más interesante el partido. Un técnico nuevo siempre genera una especie de sacudida. Hay jugadores que quieren ganarse un lugar, otros que quieren demostrar que pueden ser importantes en el nuevo proyecto y un equipo que, por unos días, vuelve a sentir que empieza de cero. Reynoso tendrá poco tiempo para cambiar demasiadas cosas, pero tendrá algo que todos los entrenadores nuevos tienen: la posibilidad de comenzar escribiendo su propia historia.
Y ahí está precisamente el problema para San Luis.
Porque mientras Necaxa puede hablar de un nuevo comienzo, Atlético de San Luis ya no puede darse ese lujo.
Para el equipo potosino, este partido tiene que ser una especie de punto de quiebre. No porque una victoria vaya a borrar todo lo ocurrido en el torneo, ni porque tres puntos vayan a convertir de pronto una temporada complicada en una temporada exitosa. Eso sería engañarnos. Pero sí porque empieza a llegar ese momento en el que hay que levantar la mano y decir “aquí estamos”.
El calendario complicado ya pasó. Eso lo hemos hablado desde hace semanas. Cruz Azul, Tigres, América, León y los partidos que pusieron al Atlético desde muy temprano frente a rivales que, sobre el papel, parecían superiores o que llegaban con otras aspiraciones. Se podía anticipar que el arranque sería complicado. Se podía entender que Diego Mejía necesitaría tiempo para construir un equipo con una idea distinta.
Pero una cosa es explicar un mal comienzo y otra muy diferente es acostumbrarse a él.
Y eso es lo que San Luis no puede permitir.
La temporada, a estas alturas, prácticamente está perdida. Hay que decirlo sin rodeos. No porque matemáticamente no existan posibilidades de rescatarla, sino porque el equipo ha dejado pasar demasiadas oportunidades y porque la sensación alrededor del proyecto comienza a ser mucho más pesada que la tabla de posiciones. En el fútbol mexicano siempre queda una puerta entreabierta para quien consigue una buena racha, pero una cosa es tener posibilidades matemáticas y otra es transmitir la sensación de que realmente se puede competir.
Por eso el partido contra Necaxa es tan importante.
No se trata únicamente de ganarle al Necaxa. Se trata de demostrar que el Atlético todavía tiene hambre.
Porque si San Luis pierde, seguramente habrá explicaciones. Que Reynoso apenas llegó. Que Necaxa tiene jugadores importantes. Que el torneo todavía tiene partidos. Que matemáticamente quedan posibilidades. Todo eso será cierto.
Pero también será cierto que el tiempo se está acabando.
Y eso es lo que más preocupa.
Diego Mejía llegó con una idea de fútbol que, al menos en el discurso, resulta atractiva. Un equipo que quiere tener la pelota, construir desde atrás, presionar después de perderla, ser valiente y buscar el arco contrario. No llegó para esconderse. No llegó para hacer del Alfonso Lastras un lugar donde simplemente se espera al rival. Llegó con la intención de construir algo diferente.
El problema es que en el fútbol las ideas necesitan resultados que las sostengan.
Y San Luis necesita empezar a encontrarlos.
El partido del sábado puede ser justamente ese momento. No hace falta pensar todavía en grandes objetivos, ni hablar de liguilla, ni construir castillos en el aire. Primero hay que recuperar algo mucho más básico: la sensación de que este equipo puede ganar partidos.
Porque eso también se ha perdido.
Y cuando un equipo deja de ganar, empieza a perder algo más que puntos. Pierde confianza, pierde tranquilidad, pierde paciencia de su gente y, poco a poco, comienza a jugar con el peso de lo que ocurrió en los partidos anteriores.
Por eso este sábado no hay que mirar demasiado lejos.
Hay que mirar al Necaxa.
Un Necaxa que llega con ocho puntos, que también está lejos de vivir una temporada tranquila y que acaba de cambiar de entrenador. Un Necaxa que tiene un nuevo proyecto, un nuevo discurso y un técnico que conoce perfectamente la Liga MX. Un Necaxa que, paradójicamente, puede llegar al Lastras con esa sensación de que comienza una nueva historia.
San Luis no puede permitirse sentir lo mismo.
Para el Atlético no empieza nada el sábado. El torneo ya empezó hace tiempo. Los puntos que se dejaron en el camino ya no regresarán. Las oportunidades desperdiciadas tampoco.
Lo que sí puede empezar es otra cosa: una reacción.
Y quizá eso sea lo único que todavía le queda a este torneo.
Porque si la temporada está prácticamente perdida, todavía hay una diferencia enorme entre terminarla de pie o terminarla esperando simplemente que se acabe.
Mañana, ante Necaxa, San Luis tiene que levantar la mano.
No para decir que ya está de regreso.
Todavía no.
Primero tiene que demostrar que quiere regresar.
Y quizá esa sea la última oportunidad que le queda.
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TESTEANDO
Hay calendarios que parecen diseñados para poner a prueba cualquier proyecto. Y el del Atlético de San Luis fue uno de esos.
Desde antes de que comenzara el torneo lo habíamos dicho en esta misma columna: el arranque no iba a ser sencillo. No hacía falta ser adivino. Bastaba con mirar los nombres que aparecían uno detrás de otro.
Cruz Azul, Tigres, América.
Y ahora León.
No precisamente la bienvenida que uno quisiera para un equipo que estrena proyecto, entrenador y una idea de juego que todavía necesita tiempo para convertirse en costumbre. Pero el calendario no tiene paciencia y la Liga MX mucho menos.
El problema es que una cosa es anticipar que un inicio será complicado y otra muy distinta es vivirlo. Después de las primeras jornadas, el Atlético de San Luis todavía está buscando su primera victoria en casa y las sensaciones no han sido las mejores.
Ha habido partidos donde el equipo compitió. Momentos donde mostró la idea de Diego Mejía. Instantes donde pareció que el trabajo en los entrenamientos comenzaba a trasladarse a la cancha.
Pero también hubo errores. Desconcentraciones. Falta de contundencia. Y, sobre todo, puntos que se fueron. Eso no se puede esconder detrás del calendario.
Porque sí, los rivales han sido complicados. Pero también hay que decir algo que parece una obviedad y que en el fútbol mexicano a veces olvidamos en algún momento: hay que ganarles a los buenos. Y San Luis no lo ha hecho.
El próximo lunes estará León.
Y después de ese partido viene lo verdaderamente interesante.
Porque, al menos en el papel, el calendario comienza a parecerse mucho más a lo que uno esperaría para un equipo como el Atlético de San Luis. Rivales con los que puede competir de otra manera. Partidos donde la diferencia de presupuesto no debería ser tan grande. Encuentros en los que ya no bastará con decir que enfrente estaba un gigante.
Ahí comenzará el verdadero examen.
Y quizá por eso este momento del torneo sea tan importante. Porque el San Luis ya no puede vivir del argumento del calendario complicado.
Ese argumento tuvo sentido. Lo dijimos antes de que comenzara. Pero tiene fecha de caducidad.
Y esa fecha está llegando.
Después de León, comienza otro torneo dentro del mismo torneo. Uno donde San Luis tendrá que demostrar qué tan bueno es realmente.
Hay que reconocer algo más.
Este no es el peor comienzo en la historia de la franquicia. La memoria del fútbol potosino suele ser s electiva y a veces parece que cada mal arranque es automáticamente el peor de todos.
No.
Para encontrar uno realmente oscuro hay que regresar hasta aquel equipo dirigido por Guillermo Vázquez, que terminó viviendo uno de los momentos más complicados de la historia reciente del club.
Lo de ahora es malo. Muy malo. Pero todavía no es aquello. Y esa diferencia importa.
Porque todavía hay tiempo. Muchísimo. Lo que sí se está acabando es la posibilidad de seguir explicando los resultados.
Ahora toca provocarlos. Diego Mejía llegó con una idea de fútbol. Un equipo que quiere tener la pelota. Que quiere ser intenso. Que pretende recuperar rápido y asumir riesgos. Pero una idea necesita resultados que la sostengan. Porque el fútbol permite paciencia mientras existen señales.
Después comienza a exigir respuestas.
Y quizá ahí está el verdadero reto para San Luis. No convertirse de repente en un candidato al campeonato. No hacer diez partidos perfectos.
No borrar de un plumazo todo lo que salió mal.
Simplemente empezar a ganar. Encontrar una victoria que cambie el estado de ánimo.
Después otra.
Y entonces comenzar a descubrir qué puede ser este equipo cuando el rival ya no se llama Cruz Azul, Tigres o América cada semana.
El calendario difícil está por terminar. La excusa también. Y eso, aunque pueda sonar negativo, quizá sea la mejor noticia para San Luis.
Porque ahora podremos saber cuánto de este mal comienzo fue consecuencia del calendario y cuánto corresponde realmente a las deficiencias del equipo.
El lunes contra León todavía queda una prueba complicada. Después, comienza el torneo de verdad.
El torneo donde San Luis tendrá que demostrar que no solamente sabe competir contra los grandes. Que también sabe ganarles a los que están a su alcance.
Porque todavía queda mucho campeonato.
Y este equipo todavía tiene demasiado que demostrar. Pero a partir de ahora, ya no habrá calendario al cual culpar.
Ahora sí comienza la historia que Diego Mejía vino a escribir en San Luis.

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San Luis quiere jugar de otra manera | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay entrenadores que llegan a un equipo para cambiar resultados. Y hay otros que llegan para cambiar la manera en que el equipo entiende el fútbol.
Diego Mejía parece pertenecer al segundo grupo.
Porque si algo ha quedado claro durante estas primeras semanas del Atlético de San Luis es que el técnico no quiere un equipo que simplemente sobreviva los partidos. Quiere que los juegue. Y eso, aunque parezca una diferencia pequeña, cambia absolutamente todo.
San Luis quiere tener la pelota. Pero no por presumir posesión. La quiere porque Mejía entiende que con el balón también se puede defender. Construir desde atrás. Mover al rival. Encontrar espacios. Y cuando se pierde, recuperarla lo más rápido posible.
La famosa presión tras pérdida, esa que parece sencilla cuando se explica pero que requiere muchísimo trabajo cuando se intenta ejecutar.
Ahí comienza a entenderse la idea.
Porque este Atlético de San Luis no quiere esperar. Quiere provocar. Quiere que el rival tenga que tomar decisiones. Quiere avanzar con la pelota desde el fondo y asumir riesgos.
Y eso implica algo que quizá no siempre será agradable para la afición: habrá errores y muchos con el nivel de jugadores que se tienen.
Porque jugar con valentía significa aceptar que alguna vez el riesgo puede salir mal. Mejía lo ha dicho de manera bastante clara: busca un equipo que tome riesgos y que sea capaz de atacar mucho. No parece una promesa. Parece una declaración de principios.
Y quizá ahí está lo más interesante. Diego Mejía no llegó a San Luis solamente con la intención de cambiar nombres.
Llegó con una idea.
Una idea que comenzó a construir desde su experiencia anterior, particularmente durante su paso por Atlético Ottawa, donde consiguió el campeonato de la Canadian Premier League en 2025. Antes de eso también acumuló experiencia como auxiliar y entrenador en México, además de una etapa de formación y scouting en el Manchester City.
Eso ayuda a entender de dónde viene su obsesión por los detalles.
El fútbol no comienza cuando el árbitro pita. Comienza desde la salida. Desde la posición de los centrales. Desde dónde recibe el mediocampista. Desde cómo se mueve el extremo cuando la pelota está en el otro costado. Desde qué hace el equipo cinco segundos después de perderla.
Y ahí aparece una palabra que quizá define mejor su propuesta: intensidad.
Pero no solamente correr. Correr con sentido. Presionar con sentido. Atacar con sentido.
Porque correr detrás de la pelota durante noventa minutos no es intensidad. Es cansancio.
La intensidad que busca Mejía parece estar más relacionada con controlar el partido mediante las decisiones que toma el equipo. El técnico potosino ha dejado claro que no entiende el fútbol desde una postura excesivamente defensiva, busca ofender, propone, pero su equipo no le responde, su diseño no corresponde al nivel de plantel.
Eso también explica algunos partidos que hemos visto. San Luis puede tener más la pelota y, aun así, no ganar. Puede llegar más veces y no encontrar el gol. Puede dominar territorialmente y terminar empatando. Y ahí está la parte que todavía necesita madurar. Porque una cosa es construir una identidad.
Otra es convertir esa identidad en resultados. El Atlético todavía está aprendiendo.
La propuesta tiene riesgos. Y muchos. Si los laterales avanzan, habrá espacios. Si el mediocampo pierde la pelota mal parado, habrá contragolpes. Si los centrales tienen que defender demasiados metros a su espalda, aparecerán problemas.
Pero también hay una recompensa. Cuando el sistema funciona, San Luis puede convertirse en un equipo incómodo. Uno que no te deja respirar. Uno que te obliga a defender durante largos periodos. Uno que recupera la pelota cerca del área rival y vuelve a atacar antes de que puedas acomodarte.
Eso es lo que Mejía está buscando.
Quizá por eso sería injusto evaluar su trabajo solamente desde la tabla. Los resultados importan. Por supuesto que importan. Pero también hay que observar qué está intentando construir.
Porque después de varios años en los que San Luis encontró identidad con diferentes entrenadores, ahora parece estar intentando algo distinto: que la identidad no dependa solamente del rival.
Que San Luis tenga una manera propia de jugar.
Que no importe si enfrente está Cruz Azul, América, Pachuca o cualquier otro.
Que el equipo pueda decir: así queremos jugar.
Y quizá esa sea la apuesta más grande de Diego Mejía. No promete que San Luis ganará todos los partidos. Promete, con sus decisiones, que San Luis intentará ser protagonista.
Eso puede salir bien.
Puede salir mal.
Puede tardar.
Pero al menos en momentos, parece que hay una idea.
Y en el fútbol mexicano, donde muchas veces los equipos cambian de entrenador antes de terminar de entender lo que quieren ser, tener una idea ya es un comienzo.
Ahora falta lo más difícil. Convertirla en costumbre. Y después, convertir la costumbre en resultados.
Porque jugar bonito puede ilusionar.
Jugar con identidad puede enamorar. Pero al final, como siempre, el fútbol termina haciendo la misma pregunta:
¿Y los puntos?
Ahí comienza el verdadero examen para Diego Mejía.

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