septiembre 23, 2026

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El viejo rico | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Para los evangelistas fui, una vez, “el joven rico”, pero ya no soy joven. ¡Han pasado tantos años desde que…! Pero, ¿conoce usted mi historia, señor? Si yo se la contara a usted con mis palabras, no me creería: dirá, quizá, que exagero. Además, los recuerdos adquieren siempre en la memoria los rasgos de la idealidad, de manera que no hay que confiar mucho en lo que dicen los viejos. ¡Nunca cuentan la historia como la vivieron, sino como la recuerdan! Por eso, le contaré la mía de la manera más objetiva, aunque también más fría: con esto quiero decir que se la referiré a usted tal y como la dejó escrita San Marcos en el capítulo décimo de su libro.

“Jesús estaba a punto de partir cuando corrió uno a su encuentro, se arrodilló delante de él y le preguntó:

“-Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para ganar la vida eterna?

“Jesús le respondió:

“-¿Por qué me llamas bueno? Uno solo es bueno: Dios. Ya conoces los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.

Él contestó:

“-Maestro, todo esto lo he practicado desde muy joven.

“Jesús lo miró, sintió cariño por él y le dijo:

“-Sólo una cosa te falta: anda a vender todo lo que tienes, dáselo a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme.

“Al oír estas palabras, el otro frunció el ceño y se puso muy triste, pues tenía muchos bienes” (Marcos 10, 17-22).

Y esto es todo lo que el evangelista dice respecto a mí. ¿Cómo supo que me había puesto en verdad muy triste? ¿Se lo reveló mi semblante? En todo caso, sí: me fui muy triste. ¡Me fui! Por eso nunca supe, sino hasta muchos años después, lo que Jesús, al verme partir, dijo en aquel momento a sus discípulos:

“¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!… Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios” (Marcos 10, 24-25).

¡Y bien, amigo mío, yo soy ese individuo del que el evangelista ni siquiera dice el nombre! Yo no tuve nombre para él, con todo lo que esto significa para un judío. ¿Nota usted el desprecio con que se refiere a mi persona? “Corrió uno a su encuentro”. Uno. ¿Se ha fijado usted que el rico de la parábola de Lucas, ese mismo que banqueteaba espléndidamente cada día mientras a las puertas de su casa se moría de hambre un mendigo, tampoco tiene nombre? El pobre sí: se llama Lázaro. Pero el rico… No tener nombre significa no existir. O peor aún que eso: no existir para Dios.

¡Quién dijera que han pasado sesenta años desde entonces! Ahora soy un muerto que camina… ¡Sí, señor, hay muertos vivos! Yo morí hace sesenta años, aquel día en que Él pasó a mi lado y, mirándome con amor, me dijo: “¡Sígueme!”.

Es verdad que sigo siendo un hombre rico, pero pronto dejaré de serlo, porque la muerte se acerca y todo lo dejaré. Contra lo que suele decirse, amigo, no hay muerto rico

. ¡Los muertos son más pobres aún que los mendigos! Son los más pobres entre los pobres.

El otro día, a través de una puerta mal cerrada, oí lo que discutían mis hijos. Disputaban acerca de cuánto debía tocarle a cada uno, y negociaban acaloradamente con el primogénito, quien, por ley, recibiría más que todos. Es más, creo que incluso sus hermanos han dejado de hablarle. Y yo, mientras tanto, desde mi asiento, me pongo de su parte, y le pido a Dios que todo acabe de una vez. ¿Para qué seguir en este mundo? ¿Únicamente para verlos reñir?

¡No dejarles nada! ¡Con qué gusto lo haría! ¡Ah, si me hubiese atrevido hace sesenta años…!

Soy lo que se dice un hombre importante. Importante a los ojos de los hombres. Ante los de Dios, ya ve usted, ni siquiera tengo un nombre.

También Lucas habla de mí; y también él me trata con desprecio, limitándose a decir: “Cierto hombre le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?'” (18, 18). Y despacha la historia con estas secas palabras: “Cuando él oyó esta respuesta (la que ya conoce usted, amigo), se puso muy triste porque era riquísimo”. Yo no soy Ismael, soy sólo uno, uno entre muchos: cierto hombre…

Amigo mío, ¿me escucha usted? Recoja mi confesión con el mismo respeto con que se recoge una lágrima: me muero de nostalgia. ¡Mi vida podría haber estado llena! ¿Qué habría sido de mí si…, si me hubiese atrevido? Porque bien claro oí lo que me dijo: “Después, ven y sígueme”. No fue un sueño, no. Él me invitaba a andar en su compañía, a formar parte de su grupo.

Jesús: maestro itinerante al que nunca se veía dos veces. Siempre andaba por caminos nuevos. Él pasaba…

“Temo a Cristo que pasa”, dijo un día, tal vez pensando en mí, el gran San Agustín. Hay que temerlo, sí, porque si te encuentra y te invita a seguirlo, y tú le dices que no, él seguirá adelante y tú te quedarás con la pena de lo que pudo haber sido…

“Temo a Cristo que pasa”. No estuvo nunca en un lugar fijo. ¿Para no dejarse encontrar por los temerosos y vacilantes? Es posible. Es, incluso, muy posible…

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Teoría y práctica de la infelicidad | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Como acerca de la felicidad he escrito ya mucho y no ha crecido siquiera mínimamente, por lo que he podido constatar, el número de las personas felices, hoy he decidido escribir sobre la infelicidad, esperando que las cosas se desarrollen de idéntica manera y no crezca el grupo de los seres infelices.

Infeliz. Aclaro desde ahora que voy a utilizar esta palabra con cuidado sumo, hasta diría que casi con pinzas, pues se trata de una término que, al menos desde hace tres siglos, o poco más, ha llegado a convertirse en un insulto. “¡Ese infeliz!…”. Como si el hecho de no ser felices fuese algo por lo que debiéramos pedir disculpas.

Para evitar malas interpretaciones, pues, aclaro desde ahora que ser infelices no es un pecado, ni algo que tenga que ver con ningún tipo de transgresión moral. “Infeliz”, aquí, es aquel que por alguna causa, o por algún revés, o por alguna contrariedad, o por alguna omisión, o por una serie de causas, reveses, contrariedades u omisiones, ha renunciado a decir de sí mismo que es feliz. En otras palabras, infeliz no es el bellaco, ni el malvado, ni el pusilánime, apocado, encogido, tímido y corto que dice el diccionario, sino el que hasta el día de hoy ha estado como jugando a las escondidas con la felicidad.

Aquí terminan las aclaraciones terminológicas. Ahora, a la cuestión. ¿Por qué son infelices los infelices? Hasta el momento no hay respuestas definitivas, sino sólo respuestas significativas. Veamos, por el momento, dos de ellas.

Una vez, hacia el siglo V a.C., le preguntaron a Buda:

“-¿Qué es el sufrimiento?”.

Respondió:

“-Encontrarse con lo que se odia, no encontrarse con lo que se ama, desear y anhelar sin obtener”.

Nueve siglos más tarde, san Agustín (354-430), al escribir su hermosísimo –y muy poco leído- tratado Acerca de las costumbres de la Iglesia, dijo a su vez: “No puede llamarse feliz el que no tiene lo que ama, sea lo que fuere; ni el que tiene lo que ama, si es pernicioso; ni el que no ama lo que tiene, aunque sea lo mejor” (I, 3).

Ahora bien, como es imposible que Buda hubiera leído a san Agustín, y muy poco probable que éste leyese a aquél, hemos de suponer que ambos llegaron casi a la misma conclusión siguiendo cada uno su propio camino. Por lo menos, los dos coinciden en afirmar que la infelicidad es una carencia: una carencia no de felicidad –lo cual sería tautológico y absurdo-, sino de aquello que la produce, es decir, la posesión de o por lo menos el encuentro con aquello que se ama.

Sin embargo, es preciso aclarar que, llegados a este punto, los caminos de estos dos bienaventurados toman rumbos divergentes, pues mientras Buda aconseja la renuncia, la abolición del deseo y del apego, san Agustín agrega: “Tampoco es feliz el que no ama lo que tiene”, haciendo ver con ello que no sólo no condena el cariño, sino que lo quiere aún más extenso: un cariño que se vuelque sobre lo que no se amaba e incluso sobre lo que ya teníamos y no pensábamos conquistar. Es como si dijera: “¿Te consideras infeliz porque no tienes lo que amas? Bien, pues no te cruces de brazos esperando tenerlo, ni tampoco pierdas pie, pues todavía hay una puerta abierta para ti: ama lo que tienes

. Acaso sólo cuando ames lo que tienes vendrá a ti lo que no tienes, y entonces serás feliz, pero ahora de una manera mucho más perfecta”.

“Sólo una vez me quejé del trato que la fortuna me daba –cuenta de sí mismo Sa’di (1213-1291), el poeta persa-. Tan pobre era que no podía permitirme siquiera unos zapatos. Así que fui a la mezquita de Kiyah con el corazón dolorido y quejoso. Y allí vi un hombre sin pies”. Su rebelión interior se aplacó entonces como por ensalmo. ¡Y él que creía ser el más pobre del planeta! Sí, es cierto que andas descalzo, pero hay otros que ni siquiera tienen pies; de modo que no debes ser tan desgraciado, después de todo.

Pero, ¿has bendecido alguna vez a Dios por tener un par de hermosos pies con los que puedes correr, bailar, saltar y, sobre todo, ponerte en camino hacia los que amas? ¡Apostaría que nunca lo has hecho! Claro, has dado por supuesto que tener dos pies es lo menos que podías tener. Y, sin embargo…

A los hombres que se creían muy infelices, Joubert, el moralista francés, les dio una vez el siguiente consejo: “Si quieres vivir feliz, haz la lista de los males que no tienes”.

Hay que amar también lo que ya tenemos. Y aquí entran no sólo nuestras facultades o riquezas interiores, sino también y sobre todo las personas que nos han sido dadas por la vida y con cuyo amor ya contamos porque era anterior a cualquiera de nuestros esfuerzos. ¡Con cuánta indiferencia tratamos a estos seres! A menudo ni siquiera los vemos. Nos sucede como a los enamorados, que por naturaleza son siempre injustos con respecto a aquello que no sea el objeto de su pasión; su mirada es profundamente excluyente: ¡a los otros seres ni siquiera los ve, ya sean padres, hermanos o amigos! Pues bien, dice san Agustín, si lográramos amar también a estos hombres y mujeres seríamos un poco menos infelices.

“Si no puedes tener lo que deseas –aconsejaba un rabino medieval-, por lo menos desea lo que tienes”.

Amar lo que ya es nuestro, querer cuanto nos ha sido dado por Dios y por la vida: he aquí el camino que nos propone san Agustín, es decir, un hombre que conoció casi todos los caminos.

Quizá tenga razón. Porque, como en el relato de Poe –La carta robada-, la felicidad está siempre a la mano, frente a nuestras narices, mientras nosotros nos cansamos buscándola en las estrellas.

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Llamadas telefónicas | Columna de Juan Jesús Priego

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¿Qué me decía usted? –pregunté al anciano mientras éste luchaba, sudando y todo, por coger con firmeza el hilo de nuestra conversación.

–Ah, sí, le estaba diciendo que uno de mis hijos, el menor de todos, ha tomado para conmigo o respecto a mí, como prefiera usted decir, una actitud bastante extraña. Ya no me saluda cuando llega a casa, ni me dice adiós cuando se va. De la noche a la mañana, según parece, le ha dado por pensar…

Y otra vez el teléfono. El anciano se me quedó mirando como a la expectativa, se encogió de hombros, esbozó una sonrisa que quería ser de comprensión –aunque no llegó a tanto: sólo quiso serlo– y se ovilló en la silla como un derrotado.

–Sí –dije a quien me llamaba esta vez–. ¡Hombre, qué pena! Lo comprendo, pero no traigo conmigo mi agenda. Lo que pasa es que la dejé ayer en mi otra chamarra y aún no he podido ir por ella. ¿Podría hablarme más tarde? ¿Qué tan tarde? Déjeme ver. ¿Podría marcarme nuevamente a eso de las diez? ¡No, qué va a ser tarde! A esa hora apenas estoy llegando a casa. Bien, espero su llamada. Hasta entonces.

Miré al anciano como diciéndole: “Puede continuar usted, señor”. Pero no dije nada, sino que únicamente lo miré. Éste se incorporó en la silla, trazó con la mano sobre el borde de mi escritorio una figura incomprensible (era evidente que no recordaba en qué punto de la conversación nos habíamos quedado) y dijo por fin:

Entonces mi mujer tomó la decisión de dormir en camas separadas. ¿Por qué razón? Hasta ahora no ha querido decírmelo. Además, jura por Dios que ni siquiera me lo dirá. ¿Qué debo pensar de todo esto? No lo sé. La única palabra que me viene a la mente es ésta: conspiración.

–No, no –dije yo–. Todavía no llegábamos allí, si esto es lo que seguía. Se había quedado usted en que su hijo el menor estaba tomando con respecto a usted actitudes un tanto extrañas

–Ah, sí –dijo el anciano–. Extrañas, claro. Como por ejemplo no avisar a dónde va ni de dónde viene. De la noche a la mañana se ha puesto a decir, figúrese usted, que yo no cuidé bien de él cuando era niño. ¿Que no me preocupé por él? ¿Quién, entonces, le pagó las colegiaturas, la ropa que se ponía, la comida y los estudios? ¿Quién?

No me va usted a creer, lector, seguro que no me va a creer, pero justo en ese momento empezó a sonar otra vez el teléfono, mi pequeño, caro, odioso y portátil teléfono celular. Miré a mi interlocutor, pero no ya como diciéndole: “Puede usted continuar, señor”, sino como preguntándole: “¿Contesto o no contesto?”. Durante unos segundos dudé. ¡Dios mío, qué dilema! Tomé el teléfono en mi mano derecha sin saber todavía qué hacer con él.

–Sí, soy yo (Dios mío, qué respuestas más tontas da uno por teléfono: si yo no soy yo, ¿quién más podría ser?). A sus órdenes. Comprendo, claro, pero aún no sé cómo voy a andar ese día y no tengo a la mano mi agenda para saberlo, pero si me habla usted a eso de las diez y media, yo le digo si puedo o no. No, no, lo que pasa es que ahora estoy ocupado con una persona

. No importa: si no puede hablarme a las diez y media, puede perfectamente hacerlo a las once. ¡No, qué va! Está usted hablando con el noctámbulo más incorregible del planeta. No se preocupe; si puedo, lo haré con mucho gusto. ¡Hasta luego!

Cuando colgué, ya no me atreví a mirar al anciano. ¡Era demasiado penoso verlo a la cara! ¿Y qué cree usted? Que antes de que lo viera a la cara el teléfono volvió a sonar una vez más. Y como esto ya era demasiado, lentamente, con parsimonia, con sadismo, lo apagué. ¿Por qué no me había atrevido antes a realizar este saludable ritual? ¡No más llamadas telefónicas, al menos por ahora!

¿Qué tienen los pitidos del teléfono que nos hacen ponernos enseguida al aparato? ¿Qué es lo que nos impulsa a contestar con tanta rapidez? ¿De qué magia se valen para ponernos tan nerviosos cuando suenan? He aquí un tema de obligada meditación.

¿Por qué cuando estamos ocupados con una persona sentimos que una llamada telefónica es más urgente e interesante que todo lo que esta persona pudiera decirnos? ¿De qué noche de los tiempos nos viene esa sensación? “Algo grave está pasando”, nos decimos a nosotros mismos, y somos capaces de hacer a un lado a quien esté enfrente con tal de que esa llamada no se pierda.

Pero no: hoy ya no lo haré. Esta persona que está aquí, conmigo, este hombre cargado de años ha tenido que tomar un taxi para venir a encontrarme, y resulta que ni caso le hago para dedicarme a responder al primero que llama. El anciano se había tomado el trabajo de ponerse en camino, en tanto que aquella otra gente sólo se había limitado a marcar un número para obligarme a escucharla. ¡Qué sencillo y qué injusto al mismo tiempo! Cuando éste me vio apagar el teléfono, suspiró aliviado y sonrió dulcemente. Ahora se sentía importante, único; ahora podía hablar con libertad y sin el temor de verse interrumpido.

Desde entonces he tomado una seria resolución: dar prioridad a los que vienen en lugar de a los que simplemente llaman. Ya no me cohibirá ni me pondrá a temblar el pitido tramposo del teléfono; desde ahora lo tendré por lo que es: por una alarma que hacen sonar los que no se tomaron el trabajo de buscarme como se debe buscar realmente a las personas. Y, sobre todo, esto: que la presencia valga más y la sola voz menos, mucho menos. Siempre y cuando, claro está, no me estén hablando desde Hawaii…

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Enseñanzas nocturnas | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

¡Qué sueño más extraño! ¿O debo llamarlo pesadilla? Estaba yo en alguna parte –tal vez era un bosque, aunque no podría asegurarlo- cuando de pronto escuché una voz que me llamaba por mi nombre. ¿Quién podía ser? La voz me era desconocida y, sin embargo, me parecía de algún modo familiar

-¿Quién es? –pregunté girándome primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, avanzando hacia atrás y luego hacia delante-. ¿Quién me habla?

En torno mío no había nadie más, y al descubrir esto me invadió el terror. Volví a preguntar:

-¿Quién es?

Literalmente, temblaba. Un sudor frío me hacía tiritar hasta el punto que tuve que ovillarme debajo de un árbol. ¿O es que llovía? No lo sé. A este respecto, lo único que puedo recordar es que se hacía de noche, cada vez más de noche, y yo no sabía qué hacer para detener el tiempo.

-Ven –me dijo la voz-. No tengas miedo.

-No tengo miedo –dije sólo por no quedarme callado-. Pero, ¿quién eres?

Tu tiempo de estar en el mundo se ha acabado. Ahora debes venir.

Aquellas palabras, lo recuerdo aún, me hicieron ponerme muy triste. Ahora ya sabía yo quién era el que me hablaba de esta manera, pero, así y todo, no quería marcharme. Por lo menos, no todavía. Antes tenía que volver a casa y dejar arreglados todos mis asuntos. Estaba dispuesto a obedecer, pero antes necesitaba dejar mis cosas en orden.

-¿A qué esperas? –me urgía la voz-. ¡Dame tu mano!

-No, todavía no. Estoy por terminar el último capítulo de un libro muy importante para mí. Es, además, el tercer volumen de una trilogía, y si queda inconcluso este capítulo quedará trunca la obra entera…

¡Qué extraños son los sueños! Yo no estaba en ningún bosque, sino sudando frío en mi cama, pero por otra parte era verdad que por aquellos días estaba ya por concluir el cuarto volumen de mis Meditaciones en torno a la literatura y la fe. ¿Y cómo irme de este mundo sin haber puesto punto final a esta serie que ya consideraba yo la obra de mi vida? ¡No, todavía no, por el amor de Dios! Después de haber colocado ese punto, que Dios hiciera conmigo lo que quisiese, pero antes no. Insistí, pues, en mi sueño:

-¿Por qué no me dejas terminar este trabajo? Si me llevas ahora, nadie sabrá que existe y quedará sin haber sido nunca publicado. Me falta en realidad muy poco. Si me apresuro, en quince días estará listo. ¡Dame sólo quince días! No te pido más…

Pero la voz fue terminante:

-No. El tiempo se te ha acabado. ¡Ven!

-¿Es que no tiene importancia para ti que yo ponga punto final a ese libro? ¿No te importa nada?

-¡He dicho que no!

Me sentía como un niño que negocia y regatea con su padre con el único objeto de salirse con la suya. Lo que no alcanzaba a comprender es por qué se negaba Él a dejarme acabar esa obra. ¿Qué había de malo en ello? Se trataba sólo de quince días. No le pedía el elíxir de la inmortalidad, ni mi negativa era rotunda… Yo quería llorar. Me sentía incomprendido. Bajé los brazos y me quedé mirando la lejanía.

¿Qué me llevaba conmigo ahora que me llamaban? ¡No había podido terminar mi obra! El documento inconcluso estaba en la memoria de mi computadora y seguramente, para volverla a utilizar, mis parientes borrarían todo lo que se encontraran en ella: así, con un solo golpe de manos, con un solo clic. ¡Qué fracaso!

Con estos pensamientos me atormentaba a mí mismo cuando, de pronto, lo comprendí, y la intuición me hirió como un rayo: la vida del hombre es muy breve; por lo tanto, sólo nos justifica lo que hemos podido hacer en el transcurso de una hora, de un solo día, de un minuto. Lo que importa es, pues, el amor. Si escribir un libro fuera una justificación válida, uno no podría morir antes de que el libro estuviera terminado: morir antes sería absurdo. Además, no se escribe un libro todos los días, en tanto que se puede amar cada minuto. ¡Sólo el amor es un todo en sí mismo!

¿Qué me llevaba conmigo ahora que me llamaban? Sólo los pequeños gestos de amor que, entre un compromiso y otro, había podido realizar. En realidad, únicamente eso.

-Está bien, vamos –dije. Y, mientras levantaba el brazo, me desperté. Lo tenía tan entumido que ni siquiera podía sentirlo.

¡Qué sueño más extraño! Y, sin embargo, a partir de allí una cosa me ha quedado clara: que nada vale ante Dios más que el amor que en este único día podemos regalar. ¡Nadie sabe si mañana estaremos todavía en este mundo! Y también que, si es bueno escribir, todavía es mejor amar.

Escribió el doctor Bernie Siegel en uno de sus libros: “Somos mortales, todos vamos a morirnos algún día, no importa cuánto ejercicio hagamos o cuántas verduras biológicas comamos. Si admito esta idea, aprovecho al máximo mi vida en el presente, haciendo hoy lo que más me gustaría hacer el resto de mi vida. Mi actitud es que, si muriera esta noche o mañana, mi vida habría sido completa; me siento realizado porque he amado en plenitud. Yo suelo decir a todos, sanos o no, que deben vivir como si fueran a morir en cualquier momento”.

Ojalá le hagan caso, doctor. Porque nada hay más verdadero que esto. Anoche, mientras dormía, lo comprendí.

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