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El silencio genial | De Eduardo L. Marceleño García

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Acaso estamos, separadas, difusas entre nosotras. Nos gustaba pasar los domingos viendo películas en mi tele, la de mi casa, la casa de mi madre que con su esfuerzo se hizo de una mesa, una cama, la estufa y un televisor. Esa misma casa donde nos crío a mi hermano y a mí, o nos crió a medias, porque una madre nunca cría a solas y por completo a sus hijos, la otra mitad viene del hijo, de la hija, es decir, de la calle.

Nos gustaba, pues, ver las películas que pasaban en la tele los domingos. A ella, mi mejor amiga, le gustaban las historias románticas, cursis, mejor dicho. Esas donde el hombre siempre viene a salvarte. Historias de otra época que ya casi no se cuentan en nuestros días, aunque aun ahora son los hombres quienes estimulan nuestros deseos, no porque sean hombres valientes a quienes entreguemos nuestra admiración, sino porque son el enemigo a vencer, y esto alimenta nuestro optimismo, ese que de a poco se opone a la naturaleza de nuestra derrota. Nuestra propia naturaleza es la derrota misma, por más que nos duela, o por más que le saquemos la vuelta y huyamos de ella.

Luego, ella quiso ser dentista, pero sus padres no pudieron pagar su educación de dentista, a veces se puede y muchas otras más no, y lo jodido viene cuando te dicen que hay mil opciones distintas pero ninguna es la tuya, no te suena tuya, no te acomoda. Yo quise ser doctora, y mi madre nunca hubo podido formarme doctora así diera un brazo a cambio. Puede que yo hiciera las cosas que se tenían qué hacer en el momento, por instinto, como un animal atado a sus formas, por más salvajes que estas fueran, y después guardé silencio. Ella también hizo lo que tuvo que hacer, sin mucho silencio de por medio. La resignación también es un camino, igual de duro que el de la prostitución, pero con otro destino. De a poco todo cabe en una vida, si se piensa que esta se nos muestra dispuesta como una carne trémula, recién cortada de los huesos de nuestra presa. Entonces una se pone a la mesa y decide comerse en crudo o echar el trozo a las brazas, a cocerla por un tiempo, el necesario.

El silencio ha sido mi marca, aunque eso no confirma una derrota prolongada. Al contrario, el silencio deja mi rastro sobre el camino hacia la victoria, mi propia victoria. A ella le gusta verse pobre, con esa pinta de pobre donde el silencio se ha vuelto sinónimo de miseria, es decir, que esta pinta de extrema delgadez, andrajosa, el cabello seco, el maltrato hacia su propia existencia, son un grito de desesperanza que ya nadie escucha. Lejos quedó el viejo recuerdo de las películas cursis que tanto disfrutaba cuando era una niña, ignorante de la otra mitad que le faltaba por formarla, la de esa calle a la que renunció y que tarde o temprano terminó consumiéndola, en las condiciones más tristes que pudo haber imaginado siquiera.

Esas faltas de respeto de las mujeres hacia ellas mismas, prácticas únicamente femeninas, emanadas de su alma, siempre las he visto como una equivocación, una derrota verdadera. Doblegarse a las primeras, ceder paso al enemigo, nuestro enemigo, y hacerlo dueño y parte de nuestro campo de batalla, ese que por designio nos pertenece al nacer de una fortaleza quemada, quieta, y por consecuencia inmune, a la que se le ignora por completo su historia, es decir, su pasado, cuando antes de quedar hecha cenizas, ardía, preciosa, en llamas.

Me veo delgada, con un vestido que compré en el mercado. El vestido es corriente pero el amigo de mi madre no lo sabe, no conoce de materiales finos, ni tampoco de vestidos. Tengo 18 años, y le aviso a mi madre, en mi bien entrenado silencio, que saldré a pasear con su amigo, el albañil que nos construyó un baño digno en casa cuando yo era niña.

Mi madre no es tonta, sabe que mi sueño es ser doctora. Mi madre es pobre pero no es tonta. Se las ha arreglado todo este tiempo. Hubo ella, mi madre, querido ser quien me formara doctora, pero hizo ya suficiente con haberme formado mujer, la otra parte habría que labrármela por mí misma, sola y con mi anhelo, qué duda cabía entonces. Tenía que hacer lo mío: salir a calle y buscarme el camino, mi camino, cargada de costales de silencio, con mis trampas y señuelos, dispuesta a cazar hombres que nunca tendrán los medios para conocer semejante perversidad. Estoy hecha de grotescos fragmentos de vida, o de calle, da igual.

El albañil me desnudó y se echó sobre mí, como si fuera yo una presa, frágil, tierna. Noté, de inmediato, como si se tratara de un radar interno, el calor y el gozo, su gozo, la carne, su carne, dentro, la situación de vulnerabilidad al tenerlo aprisionado, bien acuartelado entre mis piernas. Vencido, ante mí y sobre su cama, me hice fuerte, la imperfección del acto endureció mis caderas, mis ganas se apagaron, que nunca el deseo, ese de ser alguien y para serlo estaba ya en proceso, sobre el camino, guardando un genial silencio, quieto, sin pasmo, mío y solamente mío. Y esa debilidad, su debilidad de albañil, de hombre, era la misma debilidad de otros hombres, de una mayoría que estaba por venir y que en todas las ocasiones, es decir, en cada una de las camas que vendrían y en las cuales yo me postraría ante ellos como su presa, terminaría siendo yo siempre el cazador sin que ellos jamás se dieran cuenta. Yo no los conozco, no los reconozco, no los conocería nunca. Siempre estuve donde era preciso estar, desterrada.

Estas son las memorias de una vida sincera, y es gracias a la brutalidad de su clarividencia, que el recuerdo ahora escrito no tendrá ya dónde esconderse más que en el genial silencio que marcó el destino de una puta cualquiera.

Pintura: Jeffrey T. Larson, “Color of Daylight”, 1999

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Perfil del secretario de Cultura | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Estimado y culto público de La Orquesta, Mauricio Gómez publicó en su periódico Grado 23 un detallado estado de la cultura y de las experiencias con las últimas administraciones estatales, que obligan a la reflexión sobre el perfil del próximo secretario de cultura y como imaginar y proponer no cuesta nada, aquí propongo mis humildes consideraciones.

  1. Comprensión cultural transversal

No solo cultura a secas, no solo cultura en un campo (música, artes visuales, arte popular o letras), se requiere de alguien que reconozca de los problemas básicos de la cultura en San Luis Potosí, que no son pocos y sí muy variados: como los espacios abandonados, las instituciones disfuncionales, el desdén por la cultura indígena, la pérdida de lenguas y de patrimonio cultural, la falta de objetivos artísticos-académicos, la renovación de concursos, convocatorias y programas, la instalación de un programa editorial, o sea: la definición de una política cultural. Hubo un tiempo donde hubo un secretario que era culto, muy culto, ávido de música, pero nada más de eso, lo demás importó lo mismo que un cilantro partido a la mitad. Se requiere pues de un especialista en todo. Transversal significa, en resumidas cuentas, que comprenda la complejidad de cada caso, que tenga la virtud de actuar en circo de tres pistas.

  1. Capacidad política frente a la administración del Estado

El secretario es un vocero del sector cultural frente al poder. Tuvimos alguna vez un secretario sensible y conocedor, como el que se describe atrás, pero atado de manos y pues no sirve de nada un secretario que no es escuchado por el gobernador. Se requiere de un mediador que tenga esa fuerza de hacerse escuchar en palacio de gobierno y que logre colocar en la agenda del estado los intereses del sector cultural.

Por el otro lado, la comunidad cultural es difícil: el aparador es insuficiente para tanto ego inflado. Así que la capacidad política no solo debe servir para codearse en la mesa de los secretarios del Estado sino para estabilizar las aguas tempestuosas de artistas, críticos, gestores y consumidores culturales, ávidos de chamba y aquí viene una pregunta ¿hasta dónde el Estado puede seguir siendo el mecenas del arte, la cultura y la academia?

  1. Vinculación nacional

También se requiere un tejedor de vínculos nacionales. Al estado de San Luis Potosí le conviene tutearse con las Escuelas de Arte de Oaxaca, Guanajuato, Querétaro, Michoacán. ¡Nos estamos quedando bien atrás! Hay que impulsar programas federales en el suelo potosino y vincular a los intereses del locales con editoriales, museos, galerías, gestores e instituciones como el INALI, el INAH, los centros independientes de arte y un muy nutrido etcétera. No se crea que es cosa fácil, simplemente el acervo Julián Carrillo implica más de un dolor de cabeza.

Pero si el próximo secretario considera que la solución consiste sólo en importar cultura, en copiar modelos, eventos o festivales y que las soluciones vienen de fuera, pues ya se perdieron otros seis años de gobierno y otra oportunidad de desenredar el embrollo.

  1. Lejanía de las mafias culturales

En la encarnizada lucha que muchas personas emprendieron contra las élites culturales, estas fueron sustituidas por mafias, es decir por grupos que se enquistan en algún coto cultural, artístico o académico. Se requiere que el próximo secretario no deba cuentas a los mafiosos o esté enemistado con algún sector, porque de ser así, la institución se convierte para unos en una industria de regalías (justicia y gracia), y para otros de torpeza administrativa (ley a secas), o peor de vendettas.

  1. Voltear abajo

Estando en el Tlalocan es muy difícil voltear a ver lo que ocurre en el inframundo cultural. Los sacos y las corbatas impiden enterarse de que, acá abajo, hay unas “corbatas de tierra” (así me dijo un amigo de Santa María Acapulco). Un buen secretario debe saber que la parte de abajo no solo es chusma proletaria que hay que civilizar, sino la mejor mitad del mundo (Galinier dixit), por lo menos donde esta la infraestructura humana (infraestrukchor en el sexenio de Peña) y la oportunidad de pasar a la historia de ser el primer semidios que alcance a ver tan abajo.

  1. Dosificador de soluciones

El primer problema por solucionar será la premiación del 20 de noviembre 2021 en el contexto de la austeridad y COVID19 de estos tiempos, esa será la medida de todo el sexenio. Para que la Secult no sea una dosificadora de programas federales, requiere de cierta autonomía y margen de maniobra. Aplicar el presupuesto con creatividad permitirá solucionar poco a poco la inmensa cantidad de pendientes culturales que tenemos acumulándose en el horizonte.

Hay más consideraciones claro, pero ya se acabó el espacio. Al fin que vendrán otros seis años para seguir comentando… ¿y usted qué piensa?

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#4 Tiempos

¿Usted es de clase media? | Columna de León García Lam

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VOLUTA IX.

Estimado y culto lector de La Orquesta: yo, más que una opinión, tengo una pregunta: ¿usted a qué clase social pertenece? (si tiene tiempo, responda este formulario) Seguramente usted es parte de ese exclusivo sector de la población que se llama así mismo “clase media”, pues el 78% de la población afirma pertenecer ahí. Queda claro que, la mayoría no somos tan ricos (o tan presumidos) para sentirnos clase alta, ni nos consideramos tan fregados pues siempre hay alguien más jodido que uno. Casi todos tenemos la suerte de estar en el justo medio, en el mero centro de la decencia existencial: ni muy muy, ni tan tan. Los opinólogos se arrancan los cabellos de desesperación, porque esa percepción no coincide con la evaluación de CONEVAL, la cual calcula 70 millones de pobres en México y creciendo.

Pero déjeme ponerle en contexto de dónde viene y a dónde va todo este debate sobre la clase media. Hace un año, Viri Ríos escribió para The New York Times un escandaloso artículo intitulado “No, no eres clase media” en donde refuta el mito de que todos somos clasemedieros, desde los que ganan $6 mil pesos al mes hasta los que ganan $120 mil pesos al día. Viri Ríos pone la vara en $16 mil pesos mensuales. Nadie recordaría la discusión del año pasado, si no es porque el presidente lleva semanas atacando a la clase media: aspiracionistas, egoístas, corruptos y privilegiados. Lo cual ha desencadenado ríos de tinta y harta discusión. Después de tanto, se determinó que, como casi todos somos clase media hay que dividirnos en clase media baja, clase media-media y clase media alta. El 90% de la población se ubicó como clase media-media.

Para algunos, que usted se considere clase media es un síntoma de una enfermedad muy grave que se llama conformismo, porque si se diera cuenta de su verdadera condición de pobreza, eso lo llevaría a luchar por salir del hoyo; para otros, que existan tantas personas aspirando a ser clase media es síntoma del egoísmo y del materialismo consumista que carcome los valores de nuestra sociedad. Hay quien piensa, por el contrario, que la única salida que tendríamos los mexicanos es a aspirar a ensanchar la clase media, pues ese sería el mejor signo de una repartición justa de la riqueza y hay quien piensa lo contrario, que la clase media es un callejón sin salida, porque seguir pensando en clases es reproducir el mismo sistema injusto, por lo tanto, nuestra aspiración debe ser hacia una sociedad de derechos.

Ante eso, déjeme contarle un secreto, aquí entre nos. Hay temas que no tienen solución. El concepto clase media surgió de la opinión popular, para referirnos a nosotros mismos, los que estamos en medio, que volteamos arriba con envidia y agradecemos no estar más abajo. Que los economistas (que son bien cuadrados) quieran encontrarle una definición exacta definitiva y cerrada a lo dicho en una discusión de cantina (que es donde seguramente apareció por primera vez el concepto), es muy su problema, ahí seguirán como el burro que persigue a la zanahoria, intentando poner un límite a la clase.

El gran error que cometen los economistas y comentólogos es partir del supositorio de que clase es igual a ingreso. Efectivamente, uno de nuestros principales anhelos son mayores ingresos, pero esos no cambiarán nuestra clase social. Uno podrá salir del barrio, pero el barrio nunca sale de nosotros, para que mejor me entienda. Un aumento en el ingreso solo incrementa el consumo en el mismo conjunto de significados que tiene nuestra clase, como cuando una familia recién acaudalada amuebla su nuevo departamento con una jirafa gigante de peluche o como cuando vemos pasar el coche deportivo edición limitada rebotando con frenesí al ritmo de los Ángeles Azules. Mudarse de colonia, vestir con ropa de marca, ostentar vehículos refleja solo la ventaja económica que tienen algunos en su propia clase. Dicho de otra manera, en todas las clases hay personas ricas y pobres.

Todo esto, me recuerda aquellas profecías apocalípticas: llegará el día que la clase alta no tenga clase, la clase media se quede sin medios y la clase trabajadora esté desempleada.

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#Si Sostenido

Demasiadas mujeres | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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A veces traes a una, dos o tres personas en la cabeza y estás demasiado cansado que no cabe otra más. Y a veces traes a quince y no has llenado todavía y tienes demasiada energía para gastar en otras diez mil personas más, pero al final del día no encontraste a nadie.

Compré sobres de colores para enviar cartas tristes a mis amigos, puede que también a algunas muchachas, ¿por qué no enviar cartas tristes a las mujeres? Las mujeres entienden todo pero hay cosas que no les hacen gracia y entonces se hacen las estúpidas y terminan por reducirte a un pobre estúpido mediante el hiriente conducto de la lástima.

Los textos sagrados no mencionan que Jesucristo follaba como un loco. Se tiraba a todas las mujeres, no por ser divino sino por ser humano. Luego se paseaba por los pueblos, brincando en pelotas, agitando un abanico para secarse el sudor y demás fluidos.

No te descuides, prepara un buen montón de mentiras para que las cosas no se pongan peor de lo habitual. Corre y cuéntales diez o doce mentiras más. Joseph Campbell le encontró mil caras al héroe y todo el mundo lo respeta. Encuentra mil mentiras qué contar y nadie va a decirte nada.

Luego, cuando todo esto mejore, nos inventaremos un saludo marcial para saludar a nuestro Ejército. Leeremos la biblia como se debe, guiados por un pastor yonqui con sida, preparado, con la claridad suficiente que ninguno de nosotros tendremos.

Ella me dijo: “te amo en tu condición de estar loco”, pero cuando llegó el momento de conocer a su madre, la locura se había ido, y ella dejó de quererme para siempre.

Me encanta el olor a alcohol en el aliento de las chicas, es un perfume único que dice muchas cosas a la vez, todas buenas, pero demasiadas como para explicarlas con palabras. Por lo demás, los padres de la chica con aliento a alcohol no estarán muy de acuerdo conmigo, es por eso que no son invitados a las noches de fiesta junto con sus hijas.

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