junio 23, 2021

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#Si Sostenido

El silencio genial | De Eduardo L. Marceleño García

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Acaso estamos, separadas, difusas entre nosotras. Nos gustaba pasar los domingos viendo películas en mi tele, la de mi casa, la casa de mi madre que con su esfuerzo se hizo de una mesa, una cama, la estufa y un televisor. Esa misma casa donde nos crío a mi hermano y a mí, o nos crió a medias, porque una madre nunca cría a solas y por completo a sus hijos, la otra mitad viene del hijo, de la hija, es decir, de la calle.

Nos gustaba, pues, ver las películas que pasaban en la tele los domingos. A ella, mi mejor amiga, le gustaban las historias románticas, cursis, mejor dicho. Esas donde el hombre siempre viene a salvarte. Historias de otra época que ya casi no se cuentan en nuestros días, aunque aun ahora son los hombres quienes estimulan nuestros deseos, no porque sean hombres valientes a quienes entreguemos nuestra admiración, sino porque son el enemigo a vencer, y esto alimenta nuestro optimismo, ese que de a poco se opone a la naturaleza de nuestra derrota. Nuestra propia naturaleza es la derrota misma, por más que nos duela, o por más que le saquemos la vuelta y huyamos de ella.

Luego, ella quiso ser dentista, pero sus padres no pudieron pagar su educación de dentista, a veces se puede y muchas otras más no, y lo jodido viene cuando te dicen que hay mil opciones distintas pero ninguna es la tuya, no te suena tuya, no te acomoda. Yo quise ser doctora, y mi madre nunca hubo podido formarme doctora así diera un brazo a cambio. Puede que yo hiciera las cosas que se tenían qué hacer en el momento, por instinto, como un animal atado a sus formas, por más salvajes que estas fueran, y después guardé silencio. Ella también hizo lo que tuvo que hacer, sin mucho silencio de por medio. La resignación también es un camino, igual de duro que el de la prostitución, pero con otro destino. De a poco todo cabe en una vida, si se piensa que esta se nos muestra dispuesta como una carne trémula, recién cortada de los huesos de nuestra presa. Entonces una se pone a la mesa y decide comerse en crudo o echar el trozo a las brazas, a cocerla por un tiempo, el necesario.

El silencio ha sido mi marca, aunque eso no confirma una derrota prolongada. Al contrario, el silencio deja mi rastro sobre el camino hacia la victoria, mi propia victoria. A ella le gusta verse pobre, con esa pinta de pobre donde el silencio se ha vuelto sinónimo de miseria, es decir, que esta pinta de extrema delgadez, andrajosa, el cabello seco, el maltrato hacia su propia existencia, son un grito de desesperanza que ya nadie escucha. Lejos quedó el viejo recuerdo de las películas cursis que tanto disfrutaba cuando era una niña, ignorante de la otra mitad que le faltaba por formarla, la de esa calle a la que renunció y que tarde o temprano terminó consumiéndola, en las condiciones más tristes que pudo haber imaginado siquiera.

Esas faltas de respeto de las mujeres hacia ellas mismas, prácticas únicamente femeninas, emanadas de su alma, siempre las he visto como una equivocación, una derrota verdadera. Doblegarse a las primeras, ceder paso al enemigo, nuestro enemigo, y hacerlo dueño y parte de nuestro campo de batalla, ese que por designio nos pertenece al nacer de una fortaleza quemada, quieta, y por consecuencia inmune, a la que se le ignora por completo su historia, es decir, su pasado, cuando antes de quedar hecha cenizas, ardía, preciosa, en llamas.

Me veo delgada, con un vestido que compré en el mercado. El vestido es corriente pero el amigo de mi madre no lo sabe, no conoce de materiales finos, ni tampoco de vestidos. Tengo 18 años, y le aviso a mi madre, en mi bien entrenado silencio, que saldré a pasear con su amigo, el albañil que nos construyó un baño digno en casa cuando yo era niña.

Mi madre no es tonta, sabe que mi sueño es ser doctora. Mi madre es pobre pero no es tonta. Se las ha arreglado todo este tiempo. Hubo ella, mi madre, querido ser quien me formara doctora, pero hizo ya suficiente con haberme formado mujer, la otra parte habría que labrármela por mí misma, sola y con mi anhelo, qué duda cabía entonces. Tenía que hacer lo mío: salir a calle y buscarme el camino, mi camino, cargada de costales de silencio, con mis trampas y señuelos, dispuesta a cazar hombres que nunca tendrán los medios para conocer semejante perversidad. Estoy hecha de grotescos fragmentos de vida, o de calle, da igual.

El albañil me desnudó y se echó sobre mí, como si fuera yo una presa, frágil, tierna. Noté, de inmediato, como si se tratara de un radar interno, el calor y el gozo, su gozo, la carne, su carne, dentro, la situación de vulnerabilidad al tenerlo aprisionado, bien acuartelado entre mis piernas. Vencido, ante mí y sobre su cama, me hice fuerte, la imperfección del acto endureció mis caderas, mis ganas se apagaron, que nunca el deseo, ese de ser alguien y para serlo estaba ya en proceso, sobre el camino, guardando un genial silencio, quieto, sin pasmo, mío y solamente mío. Y esa debilidad, su debilidad de albañil, de hombre, era la misma debilidad de otros hombres, de una mayoría que estaba por venir y que en todas las ocasiones, es decir, en cada una de las camas que vendrían y en las cuales yo me postraría ante ellos como su presa, terminaría siendo yo siempre el cazador sin que ellos jamás se dieran cuenta. Yo no los conozco, no los reconozco, no los conocería nunca. Siempre estuve donde era preciso estar, desterrada.

Estas son las memorias de una vida sincera, y es gracias a la brutalidad de su clarividencia, que el recuerdo ahora escrito no tendrá ya dónde esconderse más que en el genial silencio que marcó el destino de una puta cualquiera.

Pintura: Jeffrey T. Larson, “Color of Daylight”, 1999

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Demasiadas mujeres | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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A veces traes a una, dos o tres personas en la cabeza y estás demasiado cansado que no cabe otra más. Y a veces traes a quince y no has llenado todavía y tienes demasiada energía para gastar en otras diez mil personas más, pero al final del día no encontraste a nadie.

Compré sobres de colores para enviar cartas tristes a mis amigos, puede que también a algunas muchachas, ¿por qué no enviar cartas tristes a las mujeres? Las mujeres entienden todo pero hay cosas que no les hacen gracia y entonces se hacen las estúpidas y terminan por reducirte a un pobre estúpido mediante el hiriente conducto de la lástima.

Los textos sagrados no mencionan que Jesucristo follaba como un loco. Se tiraba a todas las mujeres, no por ser divino sino por ser humano. Luego se paseaba por los pueblos, brincando en pelotas, agitando un abanico para secarse el sudor y demás fluidos.

No te descuides, prepara un buen montón de mentiras para que las cosas no se pongan peor de lo habitual. Corre y cuéntales diez o doce mentiras más. Joseph Campbell le encontró mil caras al héroe y todo el mundo lo respeta. Encuentra mil mentiras qué contar y nadie va a decirte nada.

Luego, cuando todo esto mejore, nos inventaremos un saludo marcial para saludar a nuestro Ejército. Leeremos la biblia como se debe, guiados por un pastor yonqui con sida, preparado, con la claridad suficiente que ninguno de nosotros tendremos.

Ella me dijo: “te amo en tu condición de estar loco”, pero cuando llegó el momento de conocer a su madre, la locura se había ido, y ella dejó de quererme para siempre.

Me encanta el olor a alcohol en el aliento de las chicas, es un perfume único que dice muchas cosas a la vez, todas buenas, pero demasiadas como para explicarlas con palabras. Por lo demás, los padres de la chica con aliento a alcohol no estarán muy de acuerdo conmigo, es por eso que no son invitados a las noches de fiesta junto con sus hijas.

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#Crónica | No fue tu culpa, no fue el alcohol … ¿abuso sexual o violación?

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No se trata de quien es víctima y quien victimario; porque si preguntas a las mujeres, ¿quiénes han sido sufrido violencia en alguna de sus formas?, te sorprendería el resultado

Por: Itzel Márquez

Texto ganador del segundo lugar en el Premio Estatal de Periodismo 2021 dentro de la categoría de Crónica.

Este año, La Orquesta ha sido honrada con 4 galardones del Premio Estatal de Periodismo, para celebrarlo, publicaremos de nueva cuenta esos trabajos que fueron reconocidos por nuestros y nuestras colegas del medio. Esperamos que los disfruten.

Parece estar de moda denunciarla, pero la violencia sexual siempre ha estado ahí, como un testigo silencioso, normalizado y tan interiorizado socialmente, pero el “me too”, tantas famosas alzando la voz y el constante “si tocan a una respondemos todas”, nos han dado el valor de no callarnos más. Porque si en una habitación llena de personas piden que levanten la mano las mujeres que han sufrido violencia en alguna de sus formas, te sorprenderá el resultado.

Esta historia viene del 23 de julio de 2017, comienza como muchas otras, no era un día en el que se esperara mayor sobresalto: Julieta trabajaba en una cafetería desde algunos meses atrás y como era costumbre, ese sábado había decidido ir de fiesta con sus compañeros. Al término de la jornada laboral, pasaron por ella a su casa, tenían todo listo: comida y algo de alcohol. Ese día la fiesta sería en una de las casas de Beto, lejos de la ciudad para poder acampar y hacer una fogata.

Cerca de la medianoche, todos llegaron al lugar, escuchaban música, asaron malvaviscos y bebían un poco de cerveza. Al cabo de un rato, el anfitrión comentó que había un cementerio y una cancha de básquetbol cerca del lugar y propuso ir a caminar hacia esos lugares, a lo cual todos accedieron, un tanto porque el alcohol comenzaba hacer estragos en el organismo de los presentes y otro más para buscar aventura.

Todo marchaba bien, caminaron hacia ambos lugares sin más contratiempo; no obstante, al regresar de la cancha de básquetbol, Julieta comenzó a sentirse mareada, tropezó y Pablo la ayudó a continuar de regreso. Al llegar a la casa, comenzaron los shots de ese amargo licor, el tequila; uno, dos, tres, cinco… Julieta perdió la cuenta al grado de perder la conciencia, Pablo le insistió que se recostara un momento en la habitación para que se sintiera mejor, ella accedió, él la acompañó, cerró la puerta y la fiesta continuó.

Momentos borrosos y pocos recuerdos fueron lo que siguió en la mente de Julieta, cerró los ojos un momento y al instante siguiente tenía el busto descubierto y el pantalón desabrochado, de un lado de la cama estaba Beto y del otro Manuel, su hermano, una silla atrancaba la puerta para que nadie pudiera entrar. Ella quedó en shock sin saber qué había pasado, cerró los ojos otro instante y después vio entrar a Pablo, quien le dio un puñetazo a Beto en la cara, él solo dijo: “es mi vieja, ella me dijo que quería”.

Julieta sin saber qué hacer y al escuchar los gritos de todos, se vistió, luego se levantó de la cama y salió de la habitación, le pidió a Ana que buscara su celular, fueron por él al camino, subieron las cosas al automóvil mientras intentaban separar a Beto y a Pablo, él estaba furioso por lo que Beto (había o no hecho).

Condujeron a casa de Ana, todos decían que Julieta no podía volver así con sus papás. Fueron a casa de Ana, nadie sabía qué decirle a Julieta, Ana solo murmuró: “duerme, te sentirás mejor en un rato”; así fue y tras dos horas, Julieta despertó, dijo que quería ir a su casa, nadie se opuso. Comenzó a caminar, una calle tras otra, sabía a dónde dirigirse, pero en su mente no era ella.

Al llegar, sus padres le preguntaron cómo le había ido, ella solo dijo “bien”, sin más atención, se bañó y continuó con lo planeado para ese día.

Al pasar el tiempo, tal como cuando comienza a amanecer en el horizonte después de una larga oscuridad, los recuerdos volvían a Julieta: detalles de lo ocurrido ese sábado 23 de julio, pero tenía que seguir trabajando en la cafetería en donde Beto era su compañero, un día como si nada hubiera ocurrido, él se acercó y le dijo: “oye, estuve pensando en lo que pasó el sábado y solo quiero decirte perdón”, ella ni siquiera lo volteó a ver.

Cansada de tener que convivir con Beto, Julieta le contó a la encargada de la cafetería. Julieta nunca la había visto tan enojada, con la dueña no ocurrió lo mismo, ella solo dijo que no podía hacer mucho, porque “había ocurrido fuera del horario laboral”; Julieta solo pidió que no tuviera que volver a trabajar con él.

Una semana después decidió que era momento de hablarlo con sus padres, esa noche al salir del trabajo y llegar a casa, ella estaba tan nerviosa, lo único que pensaba era lo mucho que la iban a regañar, sus papás le dijeron: “tuviste que haber tomado menos, para poder defenderte”, se sentía llena de rabia. Su padre le sugirió que acudieran a dependencias locales para denunciar y que tomara terapia psicológica, después de muchas lágrimas y algunos abrazos, ella aceptó.

Al día siguiente su padre la acompañó, pero en el Ministerio Público, Julieta recibió comentarios como “te van a preguntar todo muy puntual y si no te acuerdas, mejor ni te desgastes”, o “si no recuerdas lo que pasó y no hay testigos, no podrás hacer nada”, ahí vio que legalmente no podría hacer nada, así que solo accedió a tomar terapia psicológica. Ese día, al llegar al trabajo, ella le contó a Ana todo lo que le habían dicho al querer tomar acciones legales, su amiga trató de consolarla: “tranquila, ya hicimos memoria todos y no pasó nada, también lo platicamos con Beto”; Julieta sintió de nuevo una rabia inmensa y solo se quedó callada.

Se fue de viaje una semana, la psicóloga le dijo que tenía que estar lejos para no pensar, para no ver a Beto y para meditar lo que decidiría, casi al regreso vio su horario de trabajo de la siguiente semana con tal sorpresa que, tendría que compartir horario con Beto tres días, ahí decidió que no quería seguir en ese lugar. A su regreso, renunció, la dueña solo dijo que no quería que se fuera, pero que no podía hacer nada; tiempo después, Julieta se enteró que habían ascendido a Beto y ahora era gerente del lugar.

Tal vez las ideas en la mente de Julieta nunca estén del todo claras, tal vez aunque hayan pasado cuatro años siempre será una herida abierta y tal vez Julieta no es real, tal vez su nombre es Itzel Márquez, una víctima más de violencia sexual que no encontró apoyo en la ley, pero que ha seguido con su vida y no, no se trata de quién es víctima y quién victimario, se trata de concientizar, se trata de que NUNCA MÁS UNA MUJER TENGA QUE SUFRIR VIOLENCIA SEXUAL.

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#Si Sostenido

Crucigrama | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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Las instrucciones en el altavoz sonaron inútiles. ¿De qué sirve tener el cinturón de seguridad bien puesto a diez mil metros de altura? Moriríamos igual. Los protocolos guardan el orden, pero el orden no guarda certezas.

Fueron llamados pájaros de acero. Ahora ofrecen un falso wifi que nunca conecta, sólo promete que el avión sea de primera, y a su vez sugiere un vuelo seguro que nadie puede notar a las primeras.

Los protocolos, por inútiles que parezcan, guardan el orden de las cosas, unas tienen su sitio y las otras tienen su otro buen sitio. Tienen, ambas, prohibido salirse de sus lugares. Respetan el tiempo. Se siguen instrucciones, se obedecen las órdenes. Por lo demás, son los cielos los que se encargan de los nubarrones, turbulencias y caídas.

Nunca he conocido a ninguna asistente de vuelo, es decir, conocer a fondo, a pelo, hasta el hueso. Tampoco he conocido a nadie que conozca a una, ni de lejos a alguien que diga que ha conversado más de diez segundos con ellas.

Casi todas las azafatas son hermosas y viven en el cielo. Son como ángeles, por eso quienes habitamos en piso firme no las conocemos nunca.

La primera vez que una de estas criaturas me miró a los ojos, me sentí especial, como si ella quisiera que fuéramos algo más que pasajero y ángel. El hechizo debe ser el mismo para todos. Aquella era una asistente de una buena aerolínea, nada barata.

También he viajado en aerolíneas malas y sus azafatas son menos amables, y en vez de entregar sonrisas muestran sus culos, culos gordos, feos, desmedidos. Si eres pequeño puede que la señora del culo enorme te asuste, si eres mayor puede que te la ponga dura. Y si el vuelo tiene más de dos horas no habrá de otra que machacártela en los cielos, dentro de un baño donde la mierda no termina de irse del todo. El cielo no es justo con las aerolíneas baratas. Palabra de dios, ley de los cielos.

Confías en los ángeles cuando te dicen que un absurdo cinturón pegado al asiento te asegura la vida durante el viaje. Al bajar del avión te das cuenta que nada de eso era real y que los ángeles han desaparecido en cuanto la compuerta se cierra.

Me pone mal saber que las cosas se mueven mientras duermo. Ojalá al irse uno a dormir todo lo demás se fuera también a dormir con uno. Le haría un espacio en mi cama a todas las cosas con tal de que me permitieran dormir en paz.

Leonard Cohen le canta una canción a Lorca en secreto. Antes de despedirse del mundo, Pavese dijo: “El consuelo de una visión consiste en creer en ella, no en que sea real”. Por lo demás, el tiempo es una forma de experiencia limitada. Es como entrar y salir del cine, como subir y bajar de un avión, elevarse y descender del cielo. Todo cambia dentro, nada cambia afuera.

El viejo juego de las pestañas y los deseos, cosas que pasan frente a tus narices y otra persona se hace cargo de premiarte por ello. Alguien se las arregla para acariciarte la cara. Pierdes una pestaña, pides un deseo. Un día conoces a una chica preciosa y te dice que has perdido una pestaña. Luego te pide permiso para tomarla. Después viene el momento de pedir un deseo. Lo cierto también es que no todas las chicas conceden deseos, ni son todos los afortunados en perder oportunamente las pestañas frente a una chica.

Hay lluvias de miles de estrellas una vez cada cientos de años, hay una lámpara escondida en alguna parte con un genio dentro, y hay pestañas que pertenecen a chicas hermosas.

Uno de los ángeles resuelve crucigramas durante el vuelo. Adentro hay turbulencia, el aire se agita afuera. Brota el pánico, el miedo de irnos en picada, el miedo de estrellarnos contra el suelo, ese violento regreso al piso firme. La chica sigue en lo suyo, resuelve crucigramas, entonces la tripulación la observa y de a poco se tranquiliza. Pasan algunos minutos y el avión recupera el control del vuelo.

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